I092001a
Fecha: 19970603
Título: Al Cesar lo que es del Cesar
Original en audio: [12 min. 44 seg.]
Queridos Amigos:
La lectura que nos presenta la Iglesia en este martes, va en continuidad con la discusión que escuchábamos el día de ayer.
¿Qué es lo que está sucediendo? Ubiquémonos en el evangelio de Marcos: Jesús se ha resuelto a ir hacia Jerusalén, no en una peregrinación más, sino en el desenlace mismo de su vida profética; y emprende el camino.
Llega al Templo y se encuentra con el mercado de ofrendas, compra y venta de animales, y cambio de moneda, y entra en polémica con estos vendedores del Templo, ésa era la lectura que nos presentaba la Iglesia el sábado.
Siguiente lectura en ese orden, la de ayer lunes: Jesús sigue discutiendo, con los sumos sacerdotes, los letrados y los senadores, ahí es donde el Señor les ha dicho sobre esa parábola de los viñadores asesinos.
Y estos, los letrados los sumos sacerdotes, se han convencido de que toca eliminar a Cristo; pero sienten miedo de la gente, sienten miedo del pueblo, de manera que esta ha sido la segunda escena: Cristo, discutiendo ahora con los letrados, con los senadores, con los sumos sacerdotes.
Llega la lectura de hoy, del martes, San Marcos 12,13-17. Los fariseos y los herodianos intentan agarrarlo con astucia, con una pregunta sumamente difícil: si hay que pagar o no impuestos al Imperio Romano. Si decía que sí, quedaba como un traidor, si decía que no, entonces era un enemigo de Herodes, que estaba aliado con los romanos.
De manera que cualquiera que hubiera sido su respuesta encontraban motivo para prenderlo, para condenarlo físicamente. O sea que las lecturas de estos últimos días nos presentan a un Cristo discutiendo, en controversia, en polémica.
Esto no va a terminar hoy, mañana miércoles vamos a escuchar otra lectura en donde está Cristo discutiendo con saduceos, que niegan la resurrección; el jueves vamos a encontrar también una conversación que tiene tono polémico con un letrado; y el viernes otra discusión en torno a los letrados.
Es decir, esta es la semana de la polémica, de las discusiones, el Cristo que nos va a aparecer esta semana aquí en la Misa, es un Jesucristo que entra en discusión, que entra en controversia, es un Cristo que es signo de contradicción; quizá esa no es la imagen que más nos gusta de Jesucristo.
Seguramente, si nos preguntaran: "-¿Qué es lo que usted más admira de Jesús?" Nosotros diríamos, por ejemplo: "-Su mansedumbre, su sencillez, su bondad, su divinidad".
Resulta que esas cualidades son muy de Jesucristo, pero también son de Él todas estas discusiones, todos estos alegatos, todas estas controversias, y lo que digo de Cristo se aplica también a la Iglesia, si se le dice a las personas: ¿Usted a quién admira? ¿Qué personaje de la Iglesia admira?
Seguramente usted diría: "Después de Cristo y de la Virgen, admiro a San Francisco de Asís, por su humildad; por su sencillez, a San Martín de Porres, y de la gente más contemporánea, admiro a Sor Teresa de Calcuta, una mujer, que gastó su vida al servicio de los más pobres, una mujer que se preocupó de la gente que nadie se preocupa".
Y eso, efectivamente, esa caridad heroica, pertenece al tesoro de la revelación y a la vida de la Iglesia; pero esa no es toda la Iglesia, cuando la Iglesia va a hablar de otros temas, entonces ya no nos gusta, ahí sí no nos gusta. Si la Iglesia dice, por ejemplo: “No se puede juzgar con justicia una ley de despenalización del aborto, es inicuo que se autorice matar inocentes”.
Ahí sí, ¿pero la Iglesia por qué se meterá en esas cosas? ¡Cuánta falta hace que en esta semana viniera muchísima gente a Misa! ojalá se llenaran las iglesias, y ojalá escucháramos cómo habla Cristo; porque el mismo Cristo que nos ha presentado Marcos: sanando leprosos, dando vista a los ciegos, abrazando y bendiciendo a los niños y perdonando a los pecadores.
Ése mismo Cristo, que es todo bondad, en nombre de la misma bondad, tiene que sanar las tinieblas del entendimiento; ¿acaso Cristo es un brujo, para que se dedique sólo a sanar las enfermedades y a conseguirle empleo a la gente, sin meterse en las terribles tinieblas, confusiones y oscuridades que tiene nuestra mente hoy?
¿Sería acaso redención de Dios que Cristo se dedicara sólo a curar la lepra de nuestro cuerpo y que dejara intactas las costumbres podridas de la sociedad? ¿Podríamos considerarlo el Salvador del mundo sí abriera los ojos de los ciegos, y dejara en la noche, en la tenebrosa noche de la ignorancia y de la confusión nuestra conciencia moral?
Tenemos que ponerle otros matices a Cristo, Él no es sólo un "pote" de ternura para que nos echemos por la mañana, como quien se echa maquillaje; Cristo no es un polvo rosado, perfumado para que le echemos a nuestra vida que a veces apesta. Es necesario primero curar la peste, es necesario primero que se curen las heridas y las enfermedades que hay en tantas almas y que hay en tantas costumbres.
Es necesario sanarse también de eso, hay enfermedades terribles gangrenas, por ejemplo, o tipos de cáncer que de tal manera se ensañan en la piel o la carne de la personas, que todavía están dolidas y las pudren, y hedores terribles salen de esos cuerpos desventurados.
¿Usted cree que sería de gran caridad, entrar a la habitación de una persona enferma de gangrena, para echarle un poquito de talco perfumado? No, es necesario que se sane la herida, es preciso que se cure la enfermedad.
Y por eso Cristo, sin renunciar a su caridad, a su dulzura y a su mansedumbre, tiene que hablar recio, y tiene que hablar claro, tiene que hacer ver qué es lo bueno y qué es lo malo, y esto no lo hace porque esté de mal genio, ni el Papa está de mal genio cuando habla en contra del aborto voluntario, ni la Iglesia está de mal genio cuando dice que la eutanasia es un crimen, con guantes blancos, pero es un crimen.
El problema no es de la bilis, el problema no es del genio bueno o malo que tengamos, ese no es el problema, el problema es que el amor no puede ser una decoración, ni un perfume, ni un ambientador que se echa en la habitación del paciente gangrenado.
¡Cuántos quisiéramos que la Iglesia fuera así! Yo aquí me permito decir una de las explicaciones de por qué a tanto católico le parece fácil pasarse a esos grupos que se llaman "cristianos", que usurpan el nombre, ciertamente, autoridad no tienen para llamarse cristianos.
¿Acaso el nombre de "cristiano" es para que cualquiera se lo cuelgue al cuello? ¿Pueden ellos llamarse "cristianos", -pregunto yo-, cuando mutilan la Sagradas Escritura, quitando por ejemplo, el Santo Sacrificio de la Eucaristía, el perdón de los pecados a través del Sacramento de la Confesión? ¿Pueden llamarse cristianos si hacen eso con la Palabra de Dios que predican?
Pero esa es otra polémica, esa es otra discusión. Yo estaba diciendo, que a muchos católicos les parece facilísimo pasarse a esos grupos, porque llevan vida de amancebados, porque son unos adúlteros, porque llevan una vida inicua.
Y por eso, simplemente buscan un grupo donde sólo se le cante al Señor y se le bendiga: "¡Bendito sea Dios, alabado sea el Señor!" Alabado, ¿con qué? Qué bueno que levantes tus manos, y tus costumbres, ¿las has levantado? Qué bueno que levantes tu voz y cantes, -¡qué linda voz tienes!-, ¿pero tus obras cantan las maravillas de Dios?
Entonces muy fácil, ¿no? Llevar una vida con tres adulterios a cuestas, meterme a un garaje, a meterme a cantar con unos que se llaman "cristianos", y decir que ahora sí me encontré con el Señor, ¡bonita vida!
¿Debo yo, pregunto, después de escuchar a este Cristo, y de creer en este Evangelio, debo yo, como sacerdote quedarme callado y tranquilo mientras tales cosas suceden? Hermanos, no nos hagamos ilusiones, no nos digamos mentiras, la salvación de Dios es mucho más seria, Cristo no estaba diciendo ningún chiste cuando estaba muriendo en la Cruz.
Nosotros valemos precio de la Sangre de Cristo, y eso no es ni amargado, ni tieso, pero sí es serio, y con esa seriedad, es la seriedad del amor, es preciso que nos resolvamos a acoger el Evangelio.
Salgámonos de que la Iglesia tiene que darle gusto a las modas de cada época, y salgamos de la ilusión de que la conciencia moral de este país, la van a salvar los abogados o los señores de la Corte Constitucional, o los senadores, o no sé quién.
La salvarán la Palabra de Dios, predicada vivamente, así nos lo conceda el Señor; allí donde se cree realmente en Él, allí donde se acoge por completo su mensaje, sin mutilarlo, sin maquillarlo, sin esconderlo.
Que Dios, que ha mostrado tantísimo amor y que renueva ese amor en el sacrificio del altar, abra nuestros ojos, sane nuestra conciencia, cure nuestras costumbres y nos enseñe a ser verdaderamente suyos.
Amén.