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Continuamos con la lectura del Evangelio según San Marcos, en estos días posteriores a Pentecostés que nos llevan al tiempo llamado Ordinario y estamos todavía en el capítulo décimo. Pedro hizo una pregunta difícil, de demasiada franquesa: “los que hemos entregado la vida al Evangelio qué vamos a recibir?”, él lo hizo en forma de pregunta, pero luego Santiago y Juan, que eran hermanos entre sí hijos de Zebedeo, no van en tónica de pregunta sino en tónica de petición: “queremos sentarnos a la derecha y a la izquierda tuya, es decir queremos estar en los primeros puestos cuando llegues a tu gloria”; es evidente que para estos apóstoles en ese momento de su formación, la recompensa, el pago es algo muy importante y ellos visualizan su recompensa en términos de primeros puestos, porque este no es el único pasaje del Evangelio en el que encontramos los Apóstoles discutiendo entre ellos o buscando ventaja, como es el caso de hoy, con tal de ganar los primeros puestos. Antes de continuar la reflexión, quiero destacar que esa misma mala costumbre la seguimos encontrando muchas veces en la Iglesia de muchas maneras, también en nosotros los sacerdotes y por esto es necesario interceder por los sacerdotes, cuando un obispo se encuentra con que el padrecito que ha pasado por la parroquia humilde y ahora tiene una parroquia de mejor clase social o de mejor ingreso económico, ya no quiere volver a la parroquia humilde porque ya quemó esa etapa, porque ya pasó por ese escalón, ahí estamos repitiendo lo mismo de los Apóstoles, ahí estamos buscando los primeros puestos; ese fenómeno que se da en muchos ambientes de la Iglesia, incluso tiene un nombre que ha estado en las denuncias del Papa Francisco, se llama “carrierismo”, hacer carrera, que es más o menos la idea de que ya una vez ya he pasado por algo ya no puedo volver ahí, sino siempre tengo que ascender, estar en un mejor lugar, tener un mejor ingreso, tener más poder, subir; y resulta que Cristo lo que está enseñando a sus Apóstoles al principio del pasaje de hoy es el camino del Hijo del Hombre es más bien bajar, nuestro corazón buscando trepar y Cristo buscando descender. Nos inspira enormemente aquel texto de la Carta a los Filipenses en el capítulo segundo, donde se dice que Cristo se abajo, se despojó de su rango, se anonado; la entrega de Cristo, el despojo de Cristo, el descenso de Cristo tiene que ser siempre un cuestionamiento y por qué no decirlo, una denuncia a nuestras pretensiones de orgullo y de vanidad.
Por otra parte no es solamente está una enfermedad de clérigos, de religiosos; algunos laicos consideran que precisamente porque no son religiosos tienen una especie de derecho de pecar, o tienen derecho a desentenderse de su vida espiritual, es decir como si fueran una especie de élite que puede vivir únicamente de las rentas de un pasado cristiano, ya se trate del pasado de la sociedad o de lo que alguna vez fueron ellos mismos, pretender vivir, por ejemplo con la catequesis de Primera Comunión que tuvo hace muchos años es una terrible irresponsabilidad y pretender que uno pertenece a un grupo privilegiado, que tiene derecho de ser mediocre o que tiene el derecho, entre comillas de no orar, es un modo escandaloso y ofensivo de ser cristiano; por eso Cristo con su ejemplo, un Evangelio como el de hoy, nos está llamando a todos a la conversión, lo que Cristo quiere y espera de nosotros es muy distinto, evidentemente se trata de que independientemente cual sea nuestro lugar en la Iglesia sigamos su camino, amar y servir y en ese camino encontremos nuestra plenitud, nuestra alegría, nuestra verdadera paz.