I082001a

De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20010227

Título: El lugar del culto a Dios es el mismo lugar del amor a nuestros hermanos

Original en audio: [7 min. 37 seg.]


La lectura del libro del Eclesiástico sitúa las ofrendas como acto de culto, como acto de religión en su relación con la justicia, particularmente, con las relaciones que tiene con los prójimos, la relación que tiene con los hermanos.

Podemos decir que esta lectura nos enseña a evitar dos extremos: primero, el del culto vacío e hipócrita, cuando se nos dice: "El que observa la ley, hace buena ofrenda" Eclesiástico 35,1; "el que hace favores, ofrenda flor de harina, y el que da limosna, ofrece sacrificio de alabanza" Eclesiástico 35,2.

Se nos está diciendo que el lugar del culto a Dios es el mismo lugar del amor al hermano,y que estos actos de justicia y de amor para con nuestros hermanos, son también obras de alabanza, obras de culto, obras de reconciliación con el Señor.

Es la misma idea que nos encontramos en otro lugar donde dice: "Rompe tus pecados con obras de justicia" Daniel 4,24, y también donde dice: "La limosna perdona muchos pecados" Tobías 12,9.

Es bien interesante pensar que el lugar de la absolución no siempre, no sólo está, para aplicarlo en nuestra Iglesia, en el confesionario, digamos que hay también un lugar de perdón allí donde se realizan obras de justicia y de amor por el hermano.

Ahora bien, desde luego que la enseñanza de la Iglesia es clara en el sentido de que para que esas obras de amor y de justicia tengan pleno valor ante Dios y sirvan realmente para reconciliación nuestra, pues eso no vale sin más para todos los pecados.

particularmente, si la vida de la gracia está muerta en el corazón, que es lo que sucede en el pecado mortal, pues la puerta a la que todos estamos llamados es indudablemente la confesión, el sacramento de la reconciliación, que aplica de nuevo en el corazón los frutos de la Pascua de Cristo.

Pero este hecho no puede hacernos olvidar que hay un lugar de perdón, que hay un lugar de reconciliación, sobre todo, porque para muchos de nosotros el pecado que mata a la vida de la gracia, y que por eso se llama mortal, no es el único pecado, y probablemente no es el pecado que está entorpeciendo fundamentalmente la obra de Dios en nuestros corazones.

De manera que si uno se va a quedar aplicando a su vida sólo lo que dice del pecado mortal, pues está muy descuidado, está miope con respecto a otras faltas que están haciendo mediocre la vida y que probablemente tendrán su mejor lugar de perdón ahí en la relación con los hermanos. Lo mismo sucede con respecto a la lectura de la Palabra de Dios. La lectura de la Biblia perdona pecados, lo mismo la oración, lo mismo el ayuno.

En fin, volviendo a nuestra lectura, aquí de lo que se trata es de contar que hay una relación estrechísima entre ese amor por el que abro el corazón a mi hermano y ese amor que abre el corazón para mí. Si abro el corazón a mi hermano, en ese mismo acto estoy abriendo el corazón de Dios para mí. Y eso es lo que se quiere con las ofrendas de propiciación, con las ofrendas litúrgicas, con los actos de culto.

Pero ese es sólo un aspecto de la enseñanza, el aspecto que nos enseña a evitar el extremo del culto vacío. Pero hay personas que entonces horizontalizan completamente su fe y convierten todos sus actos de amor a Dios como en equivalentes de actos de amor al prójimo, o como si bastara con amar al prójimo porque en el prójimo ya está Dios.

Tal vez no sea la tentación directamente de quienes nos encontramos aquí, o tal vez sí, pero en todo caso, sí es una tentación que asecha a muchas personas; ver que su trabajo por la comunidad, que su trabajo por los pobres, que su trabajo por los necesitados es ya toda su religión.

Y resulta que esta lectura, así como nos invita a hacer del amor al prójimo el lugar del culto a Dios, así también nos invita a perfeccionar el amor al prójimo en la ofrenda litúrgica, y por eso dice: "Honra al Señor con generosidad, y no seas mezquino en tu ofrenda" Eclesiástico 35,7; "cuando ofreces pon buena cara, y paga de buena gana los diezmos" Eclesiástico 35,8.

Indudablemente, ya ahí no se está refiriendo a ningún acto específico de amor al prójimo o con el prójimo, sino se está refiriendo a actos propiamente religiosos, y está invitando a que seamos perfectos en el amor a Dios.

De manera que, valga aquí lo que dijo Jesús en otro contexto: "Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre" San Mateo 19,6. Y Dios ha querido que un mismo amor santifique, unja, sane, eleve nuestra relación con nuestros hermanos, y al mismo tiempo, nos santifique, nos perdone, nos eleve en los actos de religión de amor a Dios.

¿Por qué hemos de separarlos? ¿Por qué buscar vanamente, estérilmente, mentirosamente un amor a Dios si no amamos a los hermanos? Pero al mismo tiempo, ¿por qué excluir del amor específicamente a Dios de nuestras relaciones con los hermanos?

Es profunda la enseñanza de amor a Dios y al prójimo que nos ha traído esta lectura.

Que Cristo Jesús, presente y dador de su propia vida en este Sacrificio Eucarístico, nos conceda reunir, como lo reunió su Corazón, el perfecto amor a Dios y el perfecto amor a nuestros hermanos.