I073002a
Fecha: 20010221
Título: Pedir al Espiritu Santo que nos enamore del bien, que es lo que nos conduce a la santidad
Original en audio: [12 min. 25 seg.]
El tema de la sabiduría es uno de los más hermosos en el Antiguo Testamento, ¿por qué? Porque la sabiduría nos ayuda a reunir lo verdadero con lo bueno y con lo bello, y esto hace que la verdad se vuelva amable, que es ciertamente la obra de misericordia más grande que se le puede hacer al entendimiento humano.
Lograr que la verdad se vuelva amable. Esta es una obra que el Espíritu Santo hace en nosotros, porque así lo dice esa conocida oración, tal vez la más común de invocación al Espíritu Santo, por lo menos en nuestra Orden: "Concédenos gustar siempre el bien y gozar de su consuelo".
Gustar el bien, esa sí es la corona de una obra de conversión; sólo cuando el bien gusta, es decir, cuando se saborea el bien, entonces la persona puede, con libertad, buscar el bien. Mientras no haya esa degustación del bien, mientras no se saboree el bien, por dentro habrá anhelo, deseo de hacer las cosas mal.
Por fuera puede haber una traba, una ley, un obstáculo, un castigo; pero por dentro el deseo sigue siendo malo. Por eso cultivar una vida sabia es cultivar una vida santa, porque la verdadera sabiduría une la luz del bien con el sabor del bien y con el esplendor del bien.
No nos extrañe entonces que en todas estas lecturas del Eclesiástico se pondere de mil modos la sabiduría, la invitación que hace la sabiduría. Por medio de alegorías muy hermosas, por medio de comparaciones muy elocuentes, en el fondo lo que está queriendo el texto sagrado, me atrevo a decir, es que nosotros nos enamoremos del bien.
Porque en esto está toda la obra de la formación institucional o permanente, en esto está toda la obra de la santificación de un corazón, en esto. ¿Cuándo puede decirse que una persona ha emprendido seriamente el camino de la vida religiosa? Cuando legusta el bien.
Antes de eso ¿qué es? Es una persona disfrazada de religioso o de religiosa que, oyendo exhortaciones y acostumbrándose a los horarrios, está como esperando a que le llegue la hora en que el asunto le guste desde dentro.
Y lo mismo podemos decir del camino de la santidad: somos gente disfrazada de santa, estamos disfrazados de santidad; empezaremos a estar vestidos, no disfrazados, sino vestidos de santidad, cuando el anhelo interior coincida con la expresión exterior.
Porque ¿qué es un disfraz? es la expresión exterior de algo que uno no es por dentro, como puede suceder en los carnavales o en los bailes de disfraces: cada persona presenta un aspecto distinto de lo que es.
Pues así seremos nosotros también, estamos vestidos de santidad, nos parecemos a una cantidad de cuadros, de imágenes, y yo creo que algunas de las aquí presentes podrían posar para la santidad, no les quedaría mal.
De hecho, uno mira este cuadro así que contemplan mis ojos y uno dice: "¡Cuánta santidad!" ¿Pero qué se revuelve por allá en ese corazoncito? Eso lo sabe Dios, porque cuántos o cuántas estarán disfrazados.
El disfraz deja de ser disfraz y empieza a ser verdadero vestido, verdadero hábito cuando el bien se gusta dede dentro, ahí ya no hay disfraz, ahí tenemos verdadero hábito. Y ese camino, ahí, empieza a ser camino.
Nos decía Santo Tomás de Aquino en el Oficio de Lectura de ayer: "Mejor el que va cojeando por el camino, que el que corre pero fuera del camino". ¿Qué es cojear por el camino? Es ese anhelo de bien, es ese amor al bien, es esa fascinación por el bien, que nos lleva, de pronto, con dificultades, con tropiezo, pero nos lleva por donde es.
¿Y qué es correr fuera del camino? Entrar al mundo de las mentiras, de las apariencias, de los negocios: "¿Qué tengo yo que hacer ante los ojos de esta gente para que crean que estoy bien disfrazado?" Eso es correr.
La astucia de una mente mentirosa sabe disimular, sabe conquistar amistades, sabe qué hay que decirle a quién para ganárselo, y así rinde la vida, así se gana mucho poder.
Nosotros tuvimos casos de postulantes y de novicios con padrinos muy fuertes, y con esos padrinos tan fuertes que habían conseguido con tanta astucia, ¡cómo les rendía en la vida religiosa! Porque claro, teniendo todas esas amistades, entonces, todos los Consejos y todos los Capítulos, eso iban en avión, iban en jet, les rendía la vida, corrían, pero corrían fuera del camino, porque corrían disfrazados.
Por eso, es preferible ir cojeando en el camino, así cueste trabajo, así uno caiga muchas veces, difícil que alguien caiga más que yo; así uno caiga muchas veces, así uno viva en el suelo, pero que sea el camino, que no sea la mentira de un disfraz con el que se van conquistando las amistades humanas.
Y por eso corresponde, a quienes tienen autoridad dentro de la Iglesia, discernir quién es el que de pronto va cojeando pero va en el camino, y quién es el que va en jet disfrazado. Porque la Iglesia paga con lágrimas de sangre esos disfraces. Abra los libros de Historia de la Iglesia y mire lo que ha significado eso.
Hubo un tiempo, a comienzos del siglo dieciséis, donde verdaderos criminales, gente asquerosa y enemiga de Cristo, llegó hasta el episcopado y Papas hubo así.
Y llegaron disfrazados, y después, el mundo, que para eso sí tienen ojos, no para ver los testimonios de santidad, sino para ver esos escándalos, el mundo, que para eso sí tien ojos, lleva cuatro siglos y durará años, milenios, tal vez, señalándonos con el dedo y diciéndonos: "Miren sus porquerías de Papas, mire, el Sumo Pontífice, con amantes y con hijos y codicias, mírenlo lleno de agresividad.
Hombres que vivieron hace tres siglos y medio, cuatro siglos, vamos para cinco siglos, y todavía nos los echan en cara, ¿por qué? Porque hubo otros más desgraciados que ésos, que cerraron los ojos ante el disfraz y dejaron pasar las cosas, a ésos, los llamaba Catalina de Siena "perros mudos", "perros inútiles".
Tiene que ladrar, hay que ladrar y hay que ladrar a tiempo; por amor a la Iglesia hay que purificar, porque una caridad mal entendida, un amor mal entendido va dejando pasar la iniquidad, y después el mundo, que sabe de todo menos de compasión, nos lo echa en cara: "Ahí están sus frailecito, ahí están sus obispos, ahí están sus monjas".
Y después, siéntese el confesonario, a oír: "Sí, yo conocí a una monja que era esto y esto y esto otro; y tenía esto, esto y esto otro, y por eso jamás le vuelvo a creer a la Iglesia, a Dios". Y dice uno: "¿Qué asco que faltó la palabra oportuna, que faltó la intervención oportuna para no conceder eso".
Tienen que estar en guardia, todos los que amen la Iglesia tiene que estar en guardia.
Yo, aparte de mis palabras, gracias a Dios, creo que no tengo mucho más poder; pero también en lo que a mí concierne, estas palabras van para mí: tengo la grave responsabilidad de ayudar a que eso que está naciendo para el futuro de nuestra Orden nazca sano, por lo menos, que nazca mejor que nosotros.
Pidamos al Señor que nos enamore del bien, que nos haga gustar el bien, y que nos haga conscientes de la terrible reponsabilidad que tenemos si dejamos pasarlos disfraces.