I066001a

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Fecha: 20070217

Título: La fe es seguridad de lo que se espera y prueba de lo que no se ve

Original en audio: [8 min. 00 seg.]


Con las lecturas de hoy, mis hermanos, especialmente con la primera, conviene recordar que la fe tiene varias dimensiones. Hay una dimensión intelectual en la fe, una dimensión que tiene que ver con el conocimiento.

Nosotros como creyentes, como hombres y mujeres de fe, estamos afirmando cosas específicas, por ejemplo, que Dios existe, que Dios envió a su Hijo, que Cristo murió para perdón de nuestros pecados, y que eso no sucedió en la fantasía, sino en los tiempos de Poncio Pilato.

Y estamos dando testimonio del envío del Espíritu Santo, es decir, la fe tiene unos contenidos, y en ese sentido la fe tiene una dimensión relacionada con el conocimiento, una dimensión intelectual, pero sería muy pobre quedarnos únicamente con esa dimensión intelectual, sería muy pobre quedarnos únicamente con ideas, ese sería como un esqueleto vacío.

La realidad de la fe va mucho más allá de unas afirmaciones, o mejor, de esas mismas afirmaciones brota algo que no sólo impacta a nuestro conocimiento, sino que tiene un impacto, tiene una influencia en toda nuestra vida, esa dimensión, esa otra dimensión vital, existencial de la fe, es la que aparece subrayada especialmente en este texto bellísimo del capitulo 11 de la Carta a los Hebreos; podríamos darle muchos títulos a ese texto, y uno de ellos sería: "El poder de la fe".

La fe, que trae un poder, una fuerza, es como un torrente incontenible que lleva, a los que tienen fe, a hundir, podríamos decir, más allá de sí mismos. Estas dos dimensiones de la fe aparecen. De hecho, en el texto mismo, nos dice el autor de la Carta a los Hebreos: “La fe es seguridad de lo que se espera y prueba de lo que no se ve” Carta a los Hebreos 11,1.

En cuanto es esa prueba de lo que no se ve, tiene que ver con el conocimiento, y en cuanto es seguridad de lo que se espera, es como esa fuerza que nos empuja hacia el futuro.

También esto sirve para recordar la relación indestructible que hay entre la fe y la esperanza; cuando uno mira la fe únicamente como un echo intelectual, tiene el peligro de quedarse en el hoy, en el ahora, pero si la fe me está enseñando quién es Dios, qué quiere Dios de mí y qué clase de ayuda, de Espíritu, de fuerza, de bendición y de gracia me da ese Dios, entonces podríamos decir que la fe se vuelve esperanza.

La fe se convierte en un empujón lleno de amor, en un motor lleno de gracia y lleno de vida que me lleva a recorrer el camino glorioso, el camino de los mártires, el camino de los santos.

Pero yo, en este momento, quiero detenerme en otro aspecto, en eso que nos dice la Carta a los Hebreos: "Sin fe es imposible complacer a Dios, pues el que se acerca a Dios debe creer que existe y que recompensa a quienes lo buscan" Carta a los Hebreos 11,6.

La fe no es solamente una fuerza que nos mueve, sino que la fe establece una relación, un vínculo vivo y amoroso comparable, con todo, al vínculo de la amistad o al vínculo del amor.

Cuando se habla de complacer, cuando se habla de agradar a Dios no estamos diciendo simplemente seguir unas instrucciones o pasar por unas determinadas estaciones del camino, estamos diciendo que la fe viene a marcar una relación, viene a crear un vínculo.

Lo más grande de la fe no es que yo pueda conocer algo sobre Dios, sino que la fe me capacita para tener una relación viva con Dios, y es una relación viva y amorosa.

Viva, porque así como Él guió a esos antiguos, a Noé, a Henoc, incluso a Abel, menciona la Carta a los Hebreos, me va a guiar a mí.

La fe crea ese vínculo vivo, y me va conduciendo y me va llevando el Señor, pero por otra parte, esa misma fe hace que yo tenga no sólo algo de Dios, sino que tenga el deseo de agradarle a Él, entonces la fe se vuelve también amor.

Cuando yo camino con un extraño, lo único que me interesa es que no me haga daño, que no me lleve a perderme; ahí sólo me estoy llamando a mí mismo.

Que este personaje desconocido para mí no vaya a resultar un ladrón, un atracador, un peligro, alguien que me hace daño, alguien que me extravía; ahí sólo hay amor a mí mismo, pero cuando voy caminando con el Dios amigo, entonces la fe se convierte en confianza, se convierte en donación mía que responde a la donación que Dios me ha dado.

Porque este es el contenido mismo de la fe, se ha dado, se ha entregado y entonces, en la medida en que yo recibo esa donación de Dios y entro en relación de amistad por Él, también yo quiero darme a Él, quiero ser recibido por Él, quiero ser aceptable por Él, quiero sentir que Él me acoge, que Él se siente feliz de ser mi amigo.

Por eso, mis hermanos, qué grande es la puerta de la fe, grande porque nos revela grandes verdades, pero grande porque nos lanza hacia el futuro, y en ese sentido la fe se vuelve esperanza; y grande porque la fe nos involucra, nos hace entrar en una relación nueva y única, personal con Dios, y así la fe se vuelve amor.

La fe me lleva hacia el futuro, y así se vuelve esperanza; la fe crea un vínculo de amistad de gracia entre Dios y yo, y así se vuelve amor; la fe como puerta hacia la esperanza y hacia el amor.

Pidamos al Señor que nos haga crecer en esa fe, en una fe, claro, que tiene la doctrina bien puesta, que tiene la doctrina en orden, que tiene las ideas claras. Esa fe es importante, pero también esas otras dimensiones existenciales.

Fe que se vuelva esperanza, que nos lleve a recorrer el camino con gozo, con alegría, con energía, con fortaleza; y fe que se vuelve amor, acogida del regalo que Dios me hace y deseo de agradarle a Él.

Amén.