I063001a

De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20030219

Título: Los enemigos se eliminan convirtiendolos en nuestros amigos

Original en audio: [5 min. 54 seg.]


La primera lectura de hoy, mis hermanos, nos ayuda a reflexionar en ese tema tan frecuente en la Sagrada Escritura: la relación entre la justicia y la misericordia.

Podemos decir que el diluvio fue un gran acto de justicia y sobre todo de ese tipo de justicia que a veces nos encanta, esa justicia que es drástica, que es dura, que arrasa con todo, que limpia, que borra la faz de la tierra.

Es el tipo de justicia que muchas veces nosotros quisiéramos aplicar; claro, qué tal que la aplicaran con nosotros.

El hecho es que se trata de un acto de justicia, llamémoslo. Pero a este acto de justicia, sigue esta expresión de misericordia: “Pasada la tormenta, la gran tormenta, el Señor aspiró el suave olor del sacrificio que le presento Noé, y se dijo: "No maldeciré más la tierra por causa del hombre"" Génesis 8,21, y da una explicación: "Porque desde su juventud la inclinación del corazón humano es perversa" Génesis 8,21.

Claro, si se tratara de limpiar de la tierra a todos los malos, seguramente habría que hacer muchos diluvios y habría que quitar a todos o a casi todos. No, la solución no es esa, la inclinación del corazón humano es perversa y eso significa que si vamos a quitar la maldad quitando los malos, tendremos que borrar una y otra vez la historia de la humanidad.

"Jamás volveré a castigar a los seres vivientes como lo he hecho" Génesis 8,21, dice Dios, y entonces inventó un ritmo, el ritmo de la siembra y la cosecha, del frío y el calor, del verano y del invierno, del día y la noche.

Un ritmo que favorece al crecimiento a través de la alternancia de las estaciones; se puede realizar la siembra y la cosecha, y a través del día y la noche trabajamos y descansamos; y a través del frío y el calor, pues nos cansamos o nos descansamos; el ritmo favorece la vida, como nos lo recuerda nuestro corazón; pero ese ritmo que favorece la vida, favorece también el crecimiento del mal.

Es lo que nos dice Jesucristo en alguna de sus parábolas cuando se refiere a aquél trigo que va creciendo gracias al ritmo del día, la noche, el verano, el invierno, el frío, el calor; pero junto a ese trigo y gracias a esos mismos ritmos, entonces va creciendo también la maldad.

Si la solución no es un diluvio, si la solución al problema de la maldad no es un diluvio, entonces, ¿cuál es la solución?

Es lo que nos dirá Jesús en esa parábola: "Tienen que crecer juntos. Llegará el momento del juicio, llegará el momento de la cosecha y entonces lo que no sea para los graneros de Dios, tendrá que arder en el fuego eterno" San Mateo 13,30.

De ese modo entendemos que hay una relación entre el castigo y el diluvio, y esa purificación de la creación que será el juicio final.

Pero hay una solución intermedia y es la que queda sugerida en la segunda lectura, la lectura del evangelio de hoy: la maldad no sólo hay que erradicarla, a veces hay que curarla y Jesús, con la paciencia de imponer dos veces las manos a este enfermo, expresa la paciencia de Dios que establece un camino, que establece un proceso para que pueda sanarse la gente.

Tal vez sería más importante que guardáramos esa enseñanza en el corazón: la maldad puede ser erradicada, el costo es acabar con todo, pero la maldad también puede ser sanada muchas veces; la maldad puede ser sanada, ahí la sanción es una victoria más perfecta sobre el mal.

Cuentan que Abraham Licoln decía, porque el no era drástico con su enemigos y lo criticaban por eso, porque le decían que políticamente era un riesgo muy terrible dejar vivos no sólo biológicamente sino activos políticamente a sus enemigos, y también cuentan que Lincoln decía: "¿Bueno, pero si yo a mi enemigo lo convierto en un amigo, no lo estoy acabando también?"

Yo puedo acabar con mis enemigos convirtiéndolos en amigos. Algo así es lo que hace Dios con nosotros. Dios acaba con muchos de sus enemigos no por vía drástica del diluvio, sino convirtiéndolos, convirtiéndonos en sus amigos.