I061002a
Fecha: 20110214
Título: El que pierde a Dios se deshumaniza
Original en audio: [4 min. 05 seg.]
Estamos iniciando ya la semana número seis del Tiempo Ordinario, el tiempo durante el cual miramos la vida pública de Jesucristo, es decir, su ministerio, lo que Él hizo y dijo, lo que Él padeció y cómo oró por nosotros. Esta es una manera bella de apreciar, de valorar el Tiempo Ordinario. Es tiempo para recorrer por orden el misterio de Cristo.
Nos encontramos con el capítulo octavo del evangelio según San Marcos. Recordemos que en los días de entre semana, lo que solemos llamar las ferias del Tiempo Ordinario, siempre empezamos por Marcos, después de unas semanas pasaremos a Mateo, y después San Lucas.
Estamos todavía con Marcos, es el capítulo octavo, y hemos encontrado todo un recorrido que Cristo ha hecho. En los primeros textos de este evangelio, veíamos al Señor dedicado completamente a esa labor tan hermosa de sanar, de restaurar, de levantar la humanidad caída.
Pero bien pronto vimos también que surgía la oposición, y la razón principal es que si Dios va a ser Rey en nuestras vidas, Dios es un Rey celoso, Dios no quiere reinar junto con otros; y por eso la llegada del Dios verdadero implica la salida de los dioses falsos, y en esos dioses está la idolatría del poder, la idolatría del dinero, la idolatría del orgullo o de la codicia.
Por eso la misión de Cristo empieza a encontrar obstáculos, y por eso vemos que hay gente que busca a toda costa poner a Jesús en aprietos, quieren de alguna manera desenmascararlo, complicarle la vida.
Le piden entonces un signo, como Moisés había presentado tantos signos, llamémoslos expectaculares, cuando la Alianza en el Sinaí, signos que todo el mundo pudo ver, porque el clima cambió, porque la montaña se veía en llamas, porque había truenos y relámpagos, pues le piden a Cristo, como si fuera un director de cine de Hollywood, le piden que también Él haga un espectáculo. Pero Cristo no se presta para ese juego.
La fe no es un espectáculo, y para el que no quiere creer, porque no le conviene creer, las cosas maravillosas afuera, no harán que cambie el corazón adentro.
Hay un cierto tono de tristeza en esta constatación que hace Cristo, como también hay algo de tristeza en la fuerza que va tomando el pecado en la lectura que hacemos del libro del Génesis.
Hoy, por ejemplo, el capítulo cuarto de este libro del Génesis nos presenta el triste episodio de Caín y Abel. Caín siente envidia de su hermano porque ve que la ofrenda de Abel es bien recibida por Dios, y entonces decide matarlo.
Lo que nos quiere contar el Génesis es que una vez que nos desconectamos de Dios, perdemos también todo rastro de humanidad; el que pierde a Dios se deshumaniza, y para volver a recuperar la amistad con Dios no valen los espectáculos exteriores, algo tiene que suceder allá en el corazón, allá en tu corazón.