I053001a

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Fecha: 20030212

Título: Senor: me creaste para amarme

Original en audio: [6 min. 12 seg.]


Durante cuatro semanas, hermanos, nos acompañó la Carta a los Hebreos, un documento que seguramente sentíamos distante, y que espero que si hemos venido siguiendo la secuencia de las predicaciones, ahora podemos experimentar, podemos sentir mucho más cercano.

En esta quinta semana, el panorama ha cambiado y estamos con el libro del Génesis. Nos remontamos a los orígenes, y un primer momento, un primer objeto de meditación es ver cómo Dios derrama ternura, Dios derrama amor, Dios derrama cuidados, detalles, dulzura sobre su criatura predilecta: el ser humano.

De este modo el hombre aparece como el gran destinatario del amor de Dios y a la vez aparece como la cumbre más alta de la creación visible.

Que nos quede eso como enseñanza para hoy: el hombre, predilecto, amado de Dios; su destino, es el amor divino, su vocación, es recibir el amor de Dios. Para eso existimos, para eso llega cada hombre a este mundo. Esta es la vida, esto es lo que Dios ha querido de nosotros.

En segundo lugar, la cumbre, el punto más alto de la creación visible. Qué enternecedor escuchar aquello que nos dice el relato: “le encargó el jardín para que lo cuidara, para que lo cultivara" Génesis 2,15.

Ahí está la vocación humana: recibir el amor de Dios y ser dueño y ser el administrador de parte de Dios, y en nombre de Dios, de la creación. Esa es la vocación humana, para eso fuimos hechos.

Y en la medida en que respondamos a esa vocación, encontramos la paz; en la medida en que somos señores del mundo y no esclavos de las cosas, encontramos paz. Mientras en la medida en que nos rebelamos contra Dios, nos esclavizamos de las cosas. Son leyes que no fallan.

Si descubrimos nuestra vida como destino del amor de Dios, descubrimos también nuestro destino en Dios. Si descubrimos nuestra vida como señores de la creación, descubrimos también nuestra vida como receptores, como destinatarios del amor de Dios.

Pero si nos rebelamos contra ese orden, si pretendemos escoger nuestro bien y nuestro mal, si no aceptamos lo que Dios nos dice que es nuestro bien y nuestro mal, eso es "comer del árbol prohibido" y es lo que vamos a encontrar en los textos de los días siguientes.

Comer del árbol prohibido es elegir nuestro bien y nuestro mal, dándole la espalda al bien que Dios nos ha ofrecido y a la advertencia que Él nos ha hecho.

Pidámosle al Señor en este día que nos regale dos cosas:

Primero: conciencia agradecida de nuestro ser. Qué hermoso decirle hoy al Señor: "Me creaste para amarme, me creaste para tener en quien depositar el tesoro de tu amor". ¿Quién no vivirá feliz, quién no vivirá en paz, quién no tendrá amor para repartir si de veras cree que esto es así, si de veras dice en su corazón: “Señor, me creaste para amarme?”

El que de veras diga esto necesariamente siente alegría y necesariamente siente amor para dar. Pidamos esto, la conciencia agradecida de nuestra dignidad.

Segundo: pidamos al Señor que nos ayude a conservar el orden propio. Somos señores de las cosas, somos dueños de ellas, no podemos permitir que ellas sean nuestros dueños. Que nosotros, guiados por el Espíritu de Dios, seamos dueños de las cosas y que descubramos la maravillosa dignidad en que le plan original de Dios nos ha puesto.

Ahí está nuestra paz, ahí esta nuestra alegría, ahí está la respuesta a los grandes interrogantes y a los grandes dolores de nuestro mundo.