I045003a
Fecha: 20030207
Título: Es necesario abrirles tiempo y espacio a las personas
Original en audio: [7 min. 33 seg.]
Queridos Hermanos:
Durante estas semanas, ya son cuatro semanas del tiempo Ordinario, ese tiempo litúrgico que la Iglesia tiene para meditar en el conjunto de la vida de Cristo.
Durante estas cuatro semanas, digo, hemos venido escuchando este año la Carta a los Hebreos, es un documento muy profundo, a veces un poco difícil de entender por la terminolgía, pero es un documento que nos hace muchísimo bien, que nos enseña a mirar con mayor profundidad, a mirar con mayor amor el misterio de Jesucristo.
Y está terminando la Carta a los Hebreos. El día de mañana terminaremos las lecturas que se hacen durante este año en esta Carta, y las últimas recomendaciones las estamos escuchando el día de hoy y el día de mañana. El día de hoy, el autor de la Carta a los Hebreos nos hace énfasis en la caridad fraterna.
Todos sabemos que estamos llamados a ser amorosos con los demás, pero muchas veces uno no sabe ni cómo ser amoroso y caritativo, ni tampoco sabe de dónde sacar amor para realmente querer y servir a las otras personas. Y esas son las dos grandes respuestas que nos da la lectura de hoy, si la examinamos con cuidado.
Hablemos de lo primero, o mejor, empecemos por lo segundo: ¿de dónde sale el amor? ¿De dónde saca uno amor? Y la clave está en dos cositas, dos cositas que son la fuente del amor fraterno. Primera: ábrele un espacio a tu hermano dentro de tu vida, dentro de tu casa, dentro de tu tiempo, dentro de tus cosas.
No hay manera de querer a una persona sin conocerla, y no hay manera de conocer a una persona sin darle un poquito de tiempo, sin darle un poquito de tu casa, sin darle un poquito de tus cosas, sin darle un poquito de tu corazón.
Yo le puedo asegurar que la persona más antipática del mundo, si usted la pudiera oír, si usted la pudiera escuchar, si usted pudiera tener una conversación con ella, le cambiaría la opinión. Porque uno forma las opiniones sobre las otras personas a base de unas tonterías tan grandes, que no son sino estrategas del enemigo, estrategias del demonio para que no nos queramos.
"Que fulanita de tal, ¿se ha dado cuenta que casi nunca me saluda?" ¡Qué sabe uno si lo han visto, si se han dado cuenta, en qué están pensando! Y de tonterías como esas, de cosas tan pequeñas como esas, "la cara que me hace", "el tono de voz", "los chistes de los que se ríe", "un comentario que me dicen que hizo", de cosas tan pequeñas a veces nos agarramos para dejar de amar o para no abrirnos al amor de otra persona.
Por eso, el primer consejo, la primera recomendación es: ¿conoces a esa otra persona? ¿La conoces? toma la persona que te caiga más mal en la vida, puede ser un vecino, puede ser un pariente, puede estar viviendo en tu propia casa, puede ser un compañero de trabajo, tú puedes responder a estas preguntas: "Qué le alegra? ¿De qué sufre? ¿Qué le ha sucedido últimamente? Uno no sabe estas cosas.
Y como la antipatía es de los más contagioso que hay en el mundo, cuando uno es distante con una persona inmediatamente la persona se vuelve distante con uno; y por eso, cuando dos estamos distantes, ni la otra persona tiene confianza para decirme qué le pasa, ni yo tengo interés en saber qué le está sucediendo. Y en esa distancia se alegra el enemigo, en esa distancia se alegra Satanás, porque estando así distantes pensamos mal del otro, y pensando mal no llegamos a amar.
Por eso convenzámonos de una cosa: es necesario abrirle espacio a las personas, es necesario abrirle tiempo a las personas. Si tú tomas la persona más distante del mundo, la más antipática del mundo y alguna vez logras tener una buena conversación con esa persona, te aseguro que te cambia por completo la idea.
Muchas veces Dios se vale de un dolor, se vale de un luto, se vale de un duelo; a veces ha pasado que hay una persona que nos cae mal, pero esa persona tuvo un luto, esa persona tuvo una tragedia.
O de pronto un pariente cayó enfermo y nosotros, aunque sea sólo por conveniencia social y sólo por no quedar mal, vamos allá, y hacemos una visita que es casi sólo por conveniencia, pero en esa visita de pronto descubrimos cuánto dolor tiene esa persona, razón que viva con la cara que tiene.
¡Es que no es lo mismo imaginarse uno a la gente que conocer la realidad de su vida! Por eso el segundo consejo que nos da la Carta a los Hebreos: aprende a ponerte en la vida de la otra persona, a ponerte en el pellejo de la otra persona. Si tú te pones a mirar únicamente: "¡Qué vieja tan antipática, qué se creerá, qué cara la que hace!"
Pero ¿tú sabes la vida que lleva esa persona? ¿Tú sabes que tuvo tres hijos, por ejemplo, que de esos tres hijos, uno anda mal casado, el otro es un vicioso, el otro no quiere estudiar?
¡Ella se siente frustrada como mamá, como esposa, como mujer, como todo! ¡Y esa cara que tiene no es de antipatía por ti, es la amargura de la vida que lleva encima!
Cuando uno empieza a acercarse a la gente, no para ver si me quieren o no me quieren, sino empieza a acercarse a la gente como nos enseña la Carta a los Hebreos, para saber qué están viviendo, para saber qué están sufriendo.
Conozcamos más y juzguemos menos. Démosle más tiempo a las personas y quitémosle tiempo a nuestras imaginaciones, más tiempo a la realidad y menos tiempo a la fantasía; oiga más a la persona y oiga menos de la persona; oiga más lo que ella vive; oiga más lo que ella sufre.