I043001a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 19970205

Título: Jesus es el escultor de nuestra vida

Original en audio: [15 min. 54 seg.]


La Santa Iglesia nos ha regalado en este año noventa y siete, impar, una lectura juiciosa, despaciosa, meditada de la Carta a los Hebreos. Es una Carta densa en su contenido, con algunos pasajes incluso difíciles de interpretar o muy ajenos a las costumbres y a la liturgia que hoy tenemos los cristianos.

Es profunda en su teología, es una continua invitación a ser fieles hasta el final, como nos decía el texto de ayer: "A correr detrás de Cristo que es el autor y el consumador de nuestra fe" Carta a los Hebreos 12,1. Ese Cristo que no se detuvo ni siquiera sufriendo tan dura contradicción de parte de los pecadores.

Ayer se nos hablaba de Cristo, hoy se nos habla de los cristianos: "Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado" Carta a los Hebreos 12,4.

Así empieza el texto que nos ofrece la Iglesia el día de hoy. Si uno lo mira bien, ese texto en el Capítulo 12 de Hebreos, puede ser visto como una descripción de la vida cristiana, y desde luego, que especialmente de la vida consagrada.

¿Qué clase de vida puede esperar una persona que se consagra a Dios? ¿Qué clase de vida? Esto es bueno saberlo para no hacerse uno vanas ilusiones o para no decir después: “a mí no me habían contado que esto era así, que en este paseo llovía, o que en este recorrido resulta que a uno le pegan.”

Pues sí, eso tiene, tiene uno muchas cositas, tiene uno muchas sorpresas. Una vida consagrada a Cristo tiene muchas sorpresas y este texto que nos ofrece la Iglesia hoy, sirve como una especie de resumen de la clase de sorpresas, sorpresas buenas y sorpresas malas, si se puede hablar así, que trae la vida cristiana.

Por lo pronto, nos dice que la vida cristiana es una pelea contra el pecado, no tiene mucho de apacible, y es una pelea en defensa propia, porque si usted no le gana al pecado, el pecado lo acaba a usted.

Conclusión: hay que pelear contra el pecado, ese no es un asunto de negociación, no es un asunto de conciliación: "-A ver, cómo hago yo para que este pecado".....", "-hombre, pecado, yo he estado pensando tú situación, creo que tal vez podríamos llegar a un acuerdo, ¿por qué no hacemos esto? Yo te voy a dar estos derechos y tú me das estos otros derechos".

¡No, el pecado quiere TODO de nosotros, y no se contenta con menos!

Ningún pecado llega diciendo: "Yo voy a llegar donde esta mujer y me voy a estar unas dos semanas y me salgo", no; cada pecado llega con uñas, con zarpas, chupas, sanguijuelas y llega a quedarse.

Es como sucede con el cáncer, el cáncer que llega a una persona llega a matarla, otra cosa es que lo detengan, pero a lo que viene es a eso; y si uno tiene conciencia de esto, uno es menos ingenuo con respecto al daño que hace el pecado y con respecto al odio que hay que tenerle al pecado, no a los pecadores, y por lo tanto, no a ese pecador que es cada uno de nosotros.

El pecado llega con zarpas, con garras, y llega a destruir, y llega a acabar, y llega para no irse; si no se le saca, no se va. Por consiguiente, la vida cristiana es una pelea contra el pecado, pelea que en algunas ocasiones llega hasta la sangre, hasta el derramamiento de la propia sangre como por cierto en este año nos lo indica el testimonio de la santa virgen y mártir Águeda.

Por otra parte, dice aquí el autor: "Habéis olvidado la exhortación paternal que os dieron: "No rechacéis el castigo del Señor"" Carta a los hebreos 12,5.

Entonces sigue esto duro. Es una vida en que uno pelea contra el pecado y en que Dios lo castiga a uno. No está tan fácil la vida cristiana en este capítulo 12 de Hebreos, porque así como uno tiene que pelear contra el pecado, pues así Dios necesita purificar al que pelea contra el pecado.

Y en esa limpieza y en esa purificación, la sensación que uno va a tener cuando lo estén corrigiendo es: "Me están castigando, me están castigando".

Me permito repetir aquí una comparación que utilicé otra vez: hacer un santo es como esculpir una estatua y la estatua, ¿cómo se hace? Sacándole a martillazos pedazos a un trozo de piedra, por ejemplo, o a un trozo de madera.

No se le puede pedir demasiado permiso a la piedra: "-Piedra, si te quito este pedacito, ¿tú qué opinarías? "-No, no, no, ese pedazo es esencial para mí, no me puedes quitar ese pedazo"; a un bloque de mármol, todos sus pedazos, todas sus partes le parecen esenciales.

¿Qué le toca al escultor?: "¡Quite de ahí!" Y va sacando los pedazos de piedra que él ve que sobran, y dentro de ese bloque de mármol que no tenía forma, pues aparece una forma hermosa, aparece una escultura.

Dentro de cada uno de nosotros hay un santo, hay una santa, pero hay una cantidad de cosas que sobran. Cuando Dios nos vaya a quitar las cosas que sobran, ¿qué vamos a decir?: "Dios es mi enemigo, Dios me quita lo que es mío, ¿por qué? ¿Por qué? Me está castigando, ¿por qué me castiga?"

Entonces, hay que hacer cuentas de que efectivamente es una vida castigada, es una vida en poda, es una vida con pulimento. Ahora, Dios no es cruel, Él tiene su pedagogía y Él sabe en qué orden tiene que quitar las cosas, porque la diferencia entre un picapedrero y un escultor es que el picapedrero llega a arrasar con todo el bloque, mientras que el escultor tiene tino y tiene distintas herramientas.

Entonces así también Dios: Dios no llega a demoler la vida, sino llega a limpiarla, a quitarle aquello que le sobra. Ningún castigo nos gusta cuando lo recibimos, nos duele, pero después de pasar por él, nos da como fruto una vida honrada y en paz.

Recuerde esa imagen y recuérdela siempre: dentro de usted hay un santo, dentro de usted hay una santa, pero hay que quitar cosas, hay que quitar. La vida, de camino hacia la santidad, es un camino más de despojo que de adquisición.

No es tanto añadir, añadir, añadir cosas. Casi lo único que hay que añadir es la fe y el amor para ponerse en manos escultor; pero de ahí en adelante la vida cristiana es perder cosas, soltar cosas, dejar ir cosas, dejar ir personas, dejar ir, dejar ir, por que todo se irá, hasta llegar a dejar ir la vida misma.

Dios sabe en qué momento y de qué manera hará esta obra, pero hay que saber que el camino es ese. Por eso, "fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, caminad por una senda llana" Carta a los Hebreos 12,12, nos dice la Carta a los Hebreos.

La vida cristiana es una vida de santificación porque aquí nos dice: "Buscad la paz con todos y la santificación sin la cual nadie verá a Dios" Carta a los Hebreos 12,14. De manera que es un acto supremo de amor ese despojo que hace Dios con nosotros.

¿Y cuál es la demora en hacer un santo? A mí ya me da es pena predicar, yo debería es callarme y meterme debajo de una piedra. ¿Por qué? Porque si yo reviso el santoral, resulta que tenemos a una Santa Inés, mártir, aquella muchachita que murió de doce o trece años.

Yo ya estoy por triplicar la edad de esa niña, y crudo, mañoso, ¿entonces qué? ¿Cuál es la demora? ¿Por qué Dios puede hacer un santo a los doce o a los trece años? Un Domingo Savio que no había cumplido quince años, y hay otras personas que crecen y todo les crece, se engordan y no logran sin embargo, bueno, dar así como la medida, como la medida precisa, ¿por qué pasa eso?

Santa Teresa del Niño Jesús, tesoro para toda la Iglesia, fallecida a los venticuatro años, ¿y uno qué? Multiplicada esa edad por no sé cuánto -aquí hay gente que alcanza a multiplicar esa edad-, multiplicada esa edad por no sé cuánto, ¿y qué? ¿Crudos! ¿Entonces? ¿Cuál es la demora? La demora es que nosotros somos bloques que se aferran a lo que les sobra.

Llega Dios y dice: "-Bueno, vamos a dar un martillazo por aquí", "-¡no, no, no, por ahí no, porque eso no se puede, déjeme así!" Entonces van pasando los años y entonces no se da el santo.

Acuérdense que la Iglesia tiene santos con todos los nombres, hay nombres muy raros, pero que yo sepa no hay san bloque, san bloque no existe.

Esos bloques que no se dejan tocar, que no se dejan castigar, que no se dejan corregir, que no se dejan quitar lo que les sobra, esos bloques no tendrán la santidad, y por consiguiente, no verán a Dios, a menos que llegue ese despojo a la manera que Dios quiera.

Fíjate que no dice: "Estad en paz con todos", sino dice: "Buscad la paz con todos" Carta a los Hebreos 12,14, y esa diferencia es muy importante; no dice: "Estad en paz", sino dice: "Buscad, buscad la paz" Carta a los Hebreos 12,14.

¿Cuál es la gran diferencia? Cuando una persona quiere estar en paz con todos, empieza a darle gusto a todo el mundo para que nadie pelee con él. Esa no es la vida cristiana.

La vida cristiana no es una especie de diplomacia de pequeño y alto nivel, buscando a ver cómo tengo contento, buscando que todo el mundo esté bien conmigo, que nadie me haga mala cara, que todos me quieran, que ninguno me odie.

No, la vida cristiana no es eso. "Buscad la paz" Carta a los Hebreos 12,14, y ese buscar la paz quiere decir que, efectivamente, cada uno de nosotros debe eliminar todo obstáculo para lo que dificulte la paz; cada uno de nosotros debe dar medios para querer esa paz, pero no debe pretender asegurar esa paz a cualquier precio, hay un límite en la búsqueda de la paz.

¿Qué tal, se imaginan ustedes a Cristo buscando la paz y haciendo negociaciones por las noches, por las madrugadas, con los fariseos, con los saduceos para estar a paz con todo el mundo, que nadie le dijera nada y sobre todo que no lo fueran a agarrar a azotes y a crucificar? No tendríamos al Salvador del mundo.

De manera que sí hay que buscar la paz, y uno debe poner de su parte y uno tiene que quitar los obstáculos por su mal carácter, por su mala educación, por todas las mañas que trae; uno debe evitar lo que impide la paz, de acuerdo, pero no es que haya que lograr la paz a cualquier precio; hay un límite y ese límite es, no mi dolor, sino la gloria de mi Señor.

En el momento en que se vaya a tocar el Nombre de Cristo, el Corazón de Jesús, la gloria de Dios, en esos momentos, hay veces que hay que perder la paz, perder la paz de uno y perder la paz de las otras personas. Esa paz en esta tierra no es un bien absoluto, es un bien hermoso, pero no es un bien absoluto.

Y esto tiene sus consecuencias práctica también en nuestra manera de tratar a las personas que nos prediquen o las personas que nos dirigen. Si uno pretende que la persona que predica diga siempre cosas que a uno le gusten, pues uno estaría más bien en el caso de esos discípulos de falsos maestros.

El falso maestro intenta endulzarle el oído al oyente, que le guste siempre lo que está diciendo; el predicador de Jesucristo debe hacer lo posible por estar en paz con su oyente, pero hay momentos en que tiene que decir cosas duras, cosas que sabe que no le van a gustar al auditorio, que no le van a gustar a la asamblea, pero hay veces que hay que decir esas cosas.

Porque así como Cristo no le pregunta siempre la opinión a nuestro gusto, hay momentos en que no hay que preguntarle la opinión al gusto de los demás. "Esto no te va a gustar, pero es mi deber, por el amor que te tengo en Cristo y por la gloria de Dios, es mi deber decirte esto".

Ese preámbulo no hay que decirlo en voz alta todas las veces, pero sí hay que tenerlo presente en el corazón, porque si empezamos a tratar de estar en paz con todos, terminaremos no estando a paz y salvo con Dios Nuestro Señor, con nuestro Salvador.

"Procurad que nadie se quede sin la gracia de Dios, y que ninguna raíz amarga rebrote y haga daño, contaminando a muchos" Carta a los Hebreos 12,15.

Vamos a rogar a Dios Nuestro Señor que nos dé una vida en la gracia, una vida, por decirlo en cortas palabras, en la que Dios tenga todo el derecho de hacer lo que Él quiera.

Creo que ese sería como un buen resumen: "Te doy permiso, Señor, -debemos decirle-, te doy permiso de que quites y pongas, de que hagas lo que tú quieras". Cuanto más rápido digamos eso, más rápido puede obrar Dios en nosotros, y en el fondo, en el fondo, una vida más tranquila, mucho más alegre, mucho más pacífica, podremos llegar a tener.

Porque el que no es fiel a eso que Dios quiere de él, en el fondo se está portando ya como un enemigo de sí mismo y así ¿qué paz podrá construir para los demás?

Que venga la gracia de Dios sobre nosotros y que nosotros respondamos a esa gracia autorizando a Dios, diciéndole: "Tú eres mi Señor, tú tienes poder sobre mí; me entrego al poder de tu amor, de tu sabiduría, de tu luz; me fío de ti, haz en mí tu obra, cumple en mí tu voluntad".