I041001a
Fecha: 20070121
Título: El poder de Cristo es discreto pero infinitamente eficaz
Original en audio: [8 min. 21 seg.]
Hermanos:
Este es un relato un poco extraño que acabamos de escuchar del evangelio de Marcos, es una de las narraciones que mejor muestra el poder de Cristo y también muestra lo extraño, lo oscuro, lo tenebroso de ese poder, de ese espíritu inmundo del que hablan los Evangelios.
Es sintomático, como creo que hay que decir en un lugar como el que nos encontramos, es un síntoma muy preciso lo que vivía ese endemoniado: herirse a sí mismo, vivir entre tumbas y herirse a sí mismo. Esa es la imagen de lo que hace el pecado, y especialmente de lo que hace el pecado de odio dentro del corazón humano.
Antes que convertirse en daño para la persona odiada, es un daño, es una auto-herida, es una autodestrucción que sucede en la persona que tiene ese odio, ese deseo de muerte.
Hay una enseñanza también, lo comentaba una vez un predicador, en ese hecho casi fantástico del suicidio de la piara, dos mil cerdos.
Estamos en una región que no pertenece propiamente a Israel, sino es lo que se llamaba la Decápolis, una región más bien pagana, y por eso hay esa inmensa piara. Porque los judíos no tenían cuidado de los cerdos, dadas sus prescripciones religiosas entorno a la carne de este animal.
La gran piara se va acantilado abajo y se suicida en el lago. Una vez le oí a un predicador una enseñanza muy bella, decía: "Esa especie animal que todos tenemos por sucia, no soporta la suciedad, no soporta la acción del pecado, del demonio dentro de sí; en cambio, por lo visto, la persona humana sí puede acumular porquerías en su corazón, y aún parece que sobrevive".
Pero el relato no está para que nosotros nos admiremos de las porquerías, ni para que nos extrañemos de hasta dónde puede llegar la maldad humana, sino para que admiremos el poder que expulsa esa maldad, y sobre todo el poder de la misericordia.
Mientras que el demonio hace ruido y grita, Jesús en voz baja susurra: "Sal de él" San Marcos 5,8. Y el susurro de Cristo es más poderoso que el rugido del pecado. Así también sigue sucediendo en nuestro mundo: el mal hace ruido. Y también hay un afiche que dice que el mal hace ruido y el ruido hace mal.
El mal hace ruido, es ostentoso, pretende mostrarse como señor. Y para ciertos temperamentos, la experiencia es que el mundo está devastado por la iniquidad, por la maldad, el egoísmo, el orgullo. Eso puede ser cierto en algún sentido, pero más cierto es que la maldad parece cundir simplemente porque es más gritona, porque ruge más.
Mientras que el bien que se hace, por ejemplo, el bien que se hace en este sitio, las conversiones que Dios realiza en este lugar, el encuentro amoroso con nuestro Padre Dios que pasa así una conversación, en un susurro, eso no hace ruido, nunca saldrá en el periódico, y sin embargo, es lo que sostiene, con su poder, que el mundo siga marchando.
Por eso el poder de Cristo no es el poder de uno que grita más que el demonio. El encuentro entre el endemoniado y Cristo no es el encuentro entre dos gritones: el uno que grita y el otro le responde.
Es el encuentro entre la ostentación, que entonces se vuelve ridícula del mal, y la amorosa presencia y la eficacísima palabra del Salvador que se acerca y con su solo amor y con su sola luz ahuyenta las tinieblas.
Hay un rasgo último de la misericordia de Cristo que aparece en este texto del evangelio: la gente de la región, evidentemente pagana y evidentemente sujeta a supersticiones, magia y quién sabe cuántas cosas más, le coge miedo a Cristo, ven en Él como una especie de super-hiper-mega brujo; y le cogen miedo a Cristo, porque ven en Él como solamente un poder extraño.
No están preparados para el mensaje de la misericordia, porque están encantados con la magia, la superstición.
El que había estado endemoniado le dice a Cristo que quiere irse con Cristo, que quiere seguirle. Y Jesús tiene un acto de misericordia cuando le dice a él: "Más bien quédate en esta región" San Marcos 5,19, y el hombre se quedó y empezó a predicar ahí la maravilla que había hecho Cristo con él.
Si Cristo dejó a este endemoniado curado para que evangelizara ahí, eso fue otro rasgo de la misericordia del corazón del Señor.
Le dijo a este hombre ya sanado que se quedara ahí, porque la gente lo había echado a Él; ya que no lo habían recibido a Él, que por lo menos fueran escuchando la Palabra del Evangelio a través de este hombre que se había curado.
No es entonces desprecio o desconfianza con el que habían estado enfermo, sino es un acto más de misericordia por el que quiere, que también esos otros que están enfermos, así no estén endemoniados, vayan recibiendo destellos, vayan recibiendo rendijas de luz hasta que se pueda abrir la ventana de la fe.
Este poder discreto, suavísimo pero de incalculable eficacia de Cristo, es el que atraviesa los siglos.
Y cuando uno descubre ese poder, cuando uno se une al equipo de Cristo, pues se une al equipo que no hace ruido, se une al equipo del que nos habla la primera lectura en la Carta a los Hebreos.
Se une a esa legión buena, así como hay una legión mala, se une a esa legión buena que camina en medio de la penumbra, que no puede gloriarse de sí misma, que no tiene el dudoso derecho de despreciar a los demás; se une a ese equipo de salvados, de perdonados, de redimidos, de sanados, del que nos habla la Carta a los Hebreos.
Gente que tiene fe, quizá se podría decir, el mayor privilegio de todos, o quizá se podría decir, la mayor responsabilidad de todos.
Nosotros, que vamos peregrinando en esta tierra, que hemos experimentado la misericordia de Dios, nosotros nos unimos a ese grupo. También nosotros queremos con nuestra fe llevar rendijas de luz a otras personas; también nosotros, hasta que vuelva el Señor, somos el anuncio de su misericordia porque Él ha tenido grande piedad con cada uno de nosotros.
Recibamos el alimento de nuestra fe en esta Eucaristía y preparémonos para dar de ese mismo alimento y de esa misma luz a nuestros hermanos.