I036001a
Fecha: 19970201
Título: La fe es un don de Dios
Original en audio: [6 min. 15 seg.]
En este año impar estamos recorriendo la Carta a los Hebreos, una Carta de denso contenido teológico, parece un poco lejana para nuestras costumbres, usos y problemas actuales.
Pero si hay un capítulo de esta Carta que esté muy cerca a nuestras necesidades y de nuestra vida diaria, es este capítulo once que hemos escuchado en buena parte en el día de hoy.
Uno debe tener memoria de ese libro, capítulo once de la Carta a los Hebreos, seguramente nos va a servir para los momentos que estamos viviendo hoy y para muchos de otros momentos.
En este capítulo de esta Carta, que es para infundir ánimo y sabiduría a un grupo de creyentes que estaban siendo muy atacados y que ya estaban desalentados; este capítulo once empieza como a arropar, a dar calor a la fe de esta comunidad, de este grupo de cristianos.
De esa manera este capítulo once de la Carta a los Hebreos es como la descripción, la respuesta a esta pregunta: ¿cómo se tiene fe? Hay muchas situaciones en la vida, las que seguramente tenemos los aquí presentes, de dolor, enfermedad, pobreza, desamparo, soledad, confusión, en que sabemos que la gran respuesta es tener fe.
Pero la pregunta entonces es: ¿cómo lograr uno tener fe? ¿Cómo llenarse de fe cuando a veces parecen terminarse las cosas? ¿Cómo seguir creyendo cuando el mundo se burla de que nosotros creamos? ¿Cómo afirmar nuestra fe con todas sus consecuencias, cuando parece que los valores y lo que vive la sociedad hoy es otra cosa?
Pues la respuesta de la Carta los Hebreos es que uno llega a tener fe como se llega a tener calor en una noche de invierno, acercándose a la fogata, a la hoguera; la fe no se logra uno sólo diciendo que: "tengo que tener fe".
Ante la cruda enfermedad, ante la tragedia inesperada, ante un accidente, o ante la muerte misma, de nada sirve que uno tenga que repetirse: "Yo tengo que tener fe", eso será sugestión, control mental, será cualquier otra cosa, pero no es fe.
La fe se tiene sólo por contagio, uno va acercando sus manos engarrotadas a la llamita de la fe de otras personas y así, cerca de la hoguera, de la fogata, uno va sintiendo que también dentro de uno existe el milagro de fe.
Por esto en esta Carta a los Hebreos, después de decirles: "la fe es seguridad de los que se espera, y prueba de lo que no se ve" Carta a los Hebreos Hebreos 11,1, es además una definición bellísima.
Después de decirles eso: ¿qué es lo que hace? Los va acercando, a los destinatarios de la Carta y también a nosotros, a esa fogata y entonces nos cuenta historias sobre todo el ejemplo magnífico de Abraham.
Nos cuenta lo que sucedió con Abraham, con Sara, y si leemos el capítulo completo, veremos que lo que hace es como ir acercando más y más ascuas y troncos encendidos a esa fogata, y yo les puedo asegurar que si uno lee despacio ese capítulo, uno siente que le renace la fe, uno siente que es posible creer.
También nosotros vivimos un milagro parecido en la Eucaristía; cada uno de nosotros tiene sus propias necesidades, preguntas y sus propias tibiezas, porque la fe no está tan amenazada cuando hay graves problemas, en esos momentos yo creo que todos rezamos.
La fe quizá está más amenazada cuando no hay esos problemas, cuando nos sentimos demasiado seguros de nosotros mismos y empezamos más bien a enfriarnos, pues tal vez así llegamos a la Eucaristía, pero la llama de amor del Corazón Sagrado de Cristo, la llama de su infinita caridad por la que se da por nosotros.
Y la llama de amor de los Santos Ángeles, de María que está siempre en cada Eucaristía, y esa cerilla, ese fosforito que cae en nosotros va haciendo el milagro de la fe de la Iglesia.
Por eso, cuando se termina la consagración, dice el sacerdote: "Éste es el sacramento de nuestra fe", esa es la celebración misma de nuestra fe.
Nosotros acercamos nuestras cerillas, nuestros fósforos de fe y sentimos, al juntarlos, que se hace una gran llama, que se hace una hoguera y que en esa llama y en esa fogata se puede calentar el corazón que se había enfriado, se puede perder el miedo, se puede esperar de nuevo amar y sonreír.
Demos gracias a Dios por el don de la fe y así, reuniéndonos y orando juntos especialmente en la Eucaristía, permitamos que Dios acreciente ese fuego, esa llama, porque el mundo entero está bastante oscuro, bastante frío; no pereceremos, no nos perderemos si esta luz, este calor, esta llama están en nuestras vidas.