I035003a
Fecha: 20010126
Título: La mies es la vida que esta lista para recibir la predicacion
Original en audio: [35 min. 20 seg]
Da nostalgia a veces lo que se dice sobre la secundaria, el bachillerato: “Un océano de un centímetro de profundidad”.
¿En que áreas de nuestra fe podemos decir que tenemos profundidad? También existe el riesgo contrario, quedarnos profundizando, reflexionando, mascullando, rumiando, pensando de la fe, de preocuparnos de una perfección interior, e indiferentes ante el anuncio y la extensión del Evangelio.
La Iglesia no puede renunciar a ninguna de estas dos dimensiones: necesitamos extensión y necesitamos profundidad; felizmente para nosotros –los Dominicos-, estas dos dimensiones aparecen en la definición misma de nuestro quehacer en la Iglesia, dice el libro de nuestras constituciones que a nosotros nos corresponde hacer que la fe crezca o se arraigue más profundamente.
Allí donde no la hay, en regiones de infieles, es necesario el ministerio de la predicación; pero allí donde hay fe, es necesario podarla, es necesario ahondarla, es necesario que dé fruto.
Como lo resumiera hermosamente Pablo VI, hablando de toda la Iglesia, se trata de todo el hombre y de todos los hombres. Cuando se habla de todos los hombres es extensión, y cuando se habla del hombre es profundidad; el Evangelio ha de abarcar todo el hombre y todos los hombres, toda nuestra vida interior, afectiva, económica, intelectual, personal, los recuerdos, y proyectos.
Todo lo que es dentro de nosotros, pero al mismo tiempo, toda la extensión. Entonces ahí está la sociedad, las instituciones, los niños, los incrédulos, los escandalizados; hay que llegar allá. Esta es una primera enseñanza que podemos sacar, de la fiesta que nos reúne en este día.
En segundo lugar, tomemos ese saludo que le da Pablo a Timoteo en la Segunda Carta: "Te deseo tres cosas: la gracia, la misericordia y la paz" 2 Timoteo 1,2.
Santo Tomás de Aquino habla de estos tres dones, porque la gracia es el primero de todos los dones; el que abre la puerta a todo es la gracia, el regalo amoroso del perdón, de la justificación, de una amistad con Dios, la gracia es el primero de todos los dones; la paz es el último de todos los dones, porque la paz es el orden en la serena posesión del bien.
La serena ordenada posesión del bien es la paz, por lo tanto, sólo tiene paz aquella vida, por decirlo así, que tiene los bienes que le corresponden. Sólo hay paz en una pareja cuando tienen los bienes propios de su condición de pareja; hay paz en una vida, en una persona, cuando tiene los bienes propios de su condición de persona.
Y así sucesivamente, por eso la paz es como la corona de todos los bienes, y en cierto sentido, el último de todos los bienes, el que en resumen contiene a todos. Por eso cuando se habla de la gracia y la paz, saludo muy común que tiene San Pablo, es sus cartas: gracia y paz, se está como diciendo desde la A hasta la Z, del primero al último de los dones.
Es hermoso pensar en estos dos dones de Dios, porque los necesitamos continuamente, y de aquí nuestra segunda enseñanza para hoy: necesitamos renovar en nosotros la acción de la gracia.
El día de mi ordenación sacerdotal, un padre, que me conoce desde que yo tenía ocho años, y que estuvo felizmente en esa ceremonia, a la salida de la iglesia se acercó, y me dijo: ”Le voy a decir una cosa que tal vez usted hoy no la entienda completamente, pero que pasarán los años y la irá comprendiendo mejor: "Mi único deseo para usted es la gracia de la misericordia, la gracia de la misericordia de Dios”.
"¡Renueva en mí tu gracia!" Esta oración la tenemos que hacer. Algo parecido de lo que le decía Pablo a Timoteo, le decía: ”Reaviva el don de Dios” 2 Timoteo 1,6.
El primero de los dones de Dios es la gracia. Por eso hoy vamos a pedirle al Señor que reavive su gracia en nuestras vidas, que nos permita vivir en la experiencia de su amor gratuito, eficaz, poderoso, luminoso; que nos conceda la gracia de su misericordia.
Son tres palabras: gracia, misericordia y paz, dijo Pablo, esas tres palabras forman como un camino. La gracia es el primero, la paz es el último, pero en la mitad, necesitamos misericordia.
Lo podríamos asociar con nuestra vida: si hay un momento en nuestra vida que lo pudiéramos llamar de conversión, una conversión en la vida, ese fue el momento de la gracia, ¿cuándo pasó? Hace una semana, hace unas horas, hace unos años.
Cuando llegue la hora de la muerte, la hora de la muerte, tiene que ser la hora de la paz, “la hora de la muerte es la hora de la paz”, ese es el morir del cristiano, porque es el momento de acceder a todos los dones, pues entre la conversión y la muerte hay un camino, y en ese camino la misericordia.
Por eso en esas tres palabras, hay como una especia de programa de vida espiritual :¡Renueva en mí la gracia que me diste cuando pude volver mis ojos hacia ti, Señor; renueva e mí la experiencia de tu misericordia, para vivir en gratitud a ti y para vivir con compasión, con solidaridad con mis hermanos; y concédeme, cada vez más, el don de la paz!". Esta es la segunda enseñanza que quería compartir con ustedes.
En tercer lugar, del Evangelio que hemos escuchado, hay un pensamiento que oído alguna vez, pero creo que no sobra recordarlo, porque se predica muy poco sobre eso: la gracia de nuestro Señor Jesucristo en el Evangelio: "La mies es abundante, pero los obreros pocos" San Lucas 10,2.
Observen algo, mis hermanos, mies, ¿a qué se refiere? La mies, es la cosecha, la mies es lo que está para cosechar, hay mucho para cosechar y los obreros son pocos, dice Jesús.
¿Por qué este texto? Porque casi siempre este texto lo entendemos la revés, y pensábamos que lo que Jesús estaba diciendo era que había mucho para sembrar, eso no fue lo que dijo Cristo, Él no nos mandó a sembrar, nos mandó a cosechar, ¿por qué eso? ¿Cuándo llega la mies? La mies es el tiempo de la madurez de la espiga. El campo de espigas, cuando está maduro, entonces está para cosechar.
Jesús, que tiene tantas comparaciones tomada de los campos y de la agricultura, no le faltaban palabras para decir lo que quería decir. Sí Jesús hubiera querido decir: "Vayan y trabajen los campos, que necesitamos obreros que trabajen la viña del Señor, para que trabajen en los campos de Dios", pero utilizó la palabra “mies”. Yo les cuento que yo viví, prácticamente casi todo lo que el Señor me ha regalado de vida, sin caer en cuenta que ahí decía: "mies".
Ahí no dice: "Los campos son pocos y los obreros pocos, pidan a Dios que lleguen muchos obreros a trabajar en los campos"; Jesús no dijo eso, Jesús dijo: "La mies", desde luego que recoger la mies implica un trabajo, sobretodo en la época en la que habló Jesucristo, ya que no existían esos gigantescos tractores que pueden recoger yo no sé cuantos kilos o arrobas, y de una vez salen los paqueticos camino al mercado.
Recoger la mies es pesado, pero es la mies, ¿qué significa que sea la mies? Porque Pablo, Timoteo y Tito, Santo Domingo, y San Jacinto, y San Luis, fueron misioneros impregnados de este mandamiento de Cristo, y a mí me da la impresión, que si nosotros queremos ser hoy predicadores, testigos del Evangelio, si nosotros queremos ser misioneros, tenemos que ser misioneros bajo el signo de la mies.
Sí, yo puedo querer decir eso: que la mies, que la cosecha es muy grande, pero no hay quién la recoja; eso es lo que ha dicho Cristo. ¿Qué quiere decir eso? Lo mismo que ha indicado Pablo en sus predicaciones, que ha llegado la plenitud del tiempo, que los tiempos están maduros, a una madurez en el tiempo.
Con la ayuda del Espíritu Santo, voy a explicarles este punto, porque le puede servir a alguno de ustedes: vamos a comparar estas dos posiciones. Casi siempre este texto, ¿cómo se entiende? Como si Cristo hubiera dicho: "Los campos son muy grandes, tienen que trabajar muchísimo en esos campos. Y uno se imagina que tiene que ir a sembrar, a podar, quitar las plagas y esperar a que llegue la cosecha.
¿Eso qué quiere decir? Eso quiere decir que la persona que sale así, sale como si fuera el primero que va a empezar una tarea, y ahí es donde está el error.
Por favor, a nosotros nos precede todo el Antiguo Testamento, entonces, ¿ese tiempo fue perdido? Todo lo que hicieron los profetas, todo lo que vivieron los Reyes, todo lo que escribieron los Sabios, todo lo que está en los Salmos todo eso, ¿no es nada?
Es decir, el misionero que sale pensando que va a los campos así no más, es como si hiciera caso omiso del Antiguo Testamento, ahí es donde uno comienza a darse cuenta que hay algo que funciona mal en ese modelo.
Si yo voy a recoger la cosecha, ¿qué voy pensando? Voy pensando que esa persona a la que yo me voy a encontrar es una persona a la que Dios ya ha preparado para el encuentro, Dios ha hecho un camino con esa persona; creo que este es el elemento clave.
Cuando salgo como misionero, salgo con una convicción: "Dios ya ha hecho un trabajo en la persona, yo me encuentro con una persona en la que ya Dios ha trabajado, y yo voy donde esa persona que ha sido madurada por una serie de experiencias, por una serie de evidencias por una serie de palabras; yo me encuentro con una persona que ya ha tenido un camino".
¿Por qué esto es tan importante? Porque lo primero que tiene que hacer el misionero es anunciar la conversión, el primer paso, la primera palabra que dijimos es la palabra "gracia".
Lo primero que tiene que hacer el misionero es anunciar la palabra “gracia”, pero la palabra "gracia" sólo tiene sabor en la boca de una persona que esté profundamente desgastada, profundamente cansada, profundamente hastiada de todo lo que no sea gracia.
El misionero tiene que ir con una sed inmensa, una sed grandísima, una convicción profunda, de que el modelo de vida de la otra persona está a punto de hacer crisis, está a punto de estallar. En esto la Iglesia Católica está tan cruda, por algo esta es la Iglesia que siempre interpreta ese pasaje de esa manera, que hemos dicho: "Un campo donde toca empezar a ver qué se hace".
No, nosotros vamos a cada vida, nosotros nos acercamos a cada vida con una convicción profunda, pero esa convicción tiene que ser tan absoluta, que el otro pueda percibirla; si la vida de la persona que nos va a escuchar, si la palabra que le vamos a decir es una vida que está a punto, que es una vida madura, que está a punto de hacer crisis, es una vida que está a punto de reventar, es una vida que está a punto de explotar.
El terreno para el misionero, allí donde el misionero debe sentirse llamado a trabajar, es allí donde las cosas están a punto de explotar. Los que mejor han aprovechado esto son los protestantes, ellos sí saben de eso, ellos saben que hay que acercarse a las vidas que están a punto de explotar, que son esas las vidas a las que hay que hablarles, esa es la mies, el que está maduro para oír el mensaje.
Mientras una persona se siente segura, porque todavía tiene salud, porque tiene muchas ideas para discutir, porque tiene muchos bienes para disfrutar, ¿qué toca hacer con una persona de esas? Una persona de esas, yo llego con mi religión y le digo: ”-Mira, te invito a que te conviertas a Cristo”, "-¿para....?" "-Te conviertas a Cristo para que tengas la experiencia de amor", "-no es el amor que yo estoy esperando, pero de pronto ese amor yo ya lo tengo".
En cualquiera de los dos casos ¿qué le toca hacer al misionero? Empacar su maletica e irse. El mensaje sólo prende allí donde la vida esté madura. Es que el mensaje de la mies es muy grande, ¿usted sabe cuál es la mies? La mies es la espiga madura y la espiga madura es la espiga que está a punto de explotar, la espiga que está a punto de romperse, de la cual sale la semilla.
Que si yo la dejo caer, al poco tiempo va a salir otra planta; pero la idea no es esa, la idea es recoger esa espiga y aprovechar ese grano. La mies es la vida que está a punto de estallar, y hay muchas de esas vidas. "La mies es mucha" San Lucas 10,2, dice Jesús; pero tampoco Cristo dijo: "Todo esto es mies", Cristo dijo: ”La mies es mucha” San Lucas 10,2, no dijo: "Es toda”, ni: "Todo es mies”.
El misionero tiene que dirigirse a aquellas espigas que están a punto de estallar; imaginemos una espiga que está madura, entonces está a punto de estallar, sí yo no la recojo en los próximos dos días, se ha roto la espiga, se ha soltado el grano por la tierra, y vaya y busque los granos que se han caído por la tierra; es decir, está a punto de tomar una decisión de seguir un camino, como decimos frente a una “Y”.
Ese grano, si lo recojo, se convierte en el pan de mi mesa; si no lo recojo, al suelo va a dar, y en término de alimentos está perdido, pues si un campo está lleno de espigas y caen todos esos granos, pues muchos de ellos no van a poder crecer, simplemente por la sobreabundancia de semilla en el suelo.
Hay que buscar esas vidas, las que están frente a una “Y”, las que van a tomar un camino y otro camino; hay muchas de esas vidas; "la mies es mucha" San Lucas 10,2, y hay muchas de esas vidas y hay que hablarle a esas vidas.
¿Cuáles son esas vidas? Pues esas vidas son las vidas que nosotros conocemos, las vidas de costumbre: las vidas de la gente emproblemada, las vidas de la gente enferma, las vidas de la gente rotas.
Cuando yo le conté por primera vez a un amigo mío, sacerdote dominico, que yo quería ser sacerdote, él después de expresarme toda su alegría y todo su gozo, me prestó un librito que se llamaba “Vidas Rotas”.
La historia que contaba la vida de una religiosas, que evangelizaban a través del ministerio de cuidar enfermos. Pues ese libro me hizo mucho bien, era un libro que hablaba de monjitas, vidas rotas, como el grano que se rompe, esas son las vidas que interesan para la evangelización.
Las vidas que están seguras, la persona que lo tiene todo, la persona que está convencida de sus ideas, esa persona, no interesa, ¡así como lo oye!, no le pierda tiempo, vende más cajas de dientes en un jardín infantil, esto es una buena comparación: si usted llega a un jardín infantil donde hay unos veinticinco muchachitos y usted llega y les dice: ”¡Les tengo unas prótesis, para estos niñitos!”.
Eso no le va a interesar a nadie, pero deje que maduren, espérese cincuenta, sesenta o setenta años, que salgan del jardín, ahí les interesa la propuesta, y están maduros. La evangelización tiene su momento.
Y así ha obrado Dios con nosotros. Si nosotros estamos hoy aquí, ¿por qué es? Porque esas cosa nos han pasado; si a cada uno de ustedes les hubiera ido mejor en la vida, ustedes no estarían aquí, tan sencillo como eso, usted está aquí por la misma razón que yo estoy aquí, porque nos ha ido mal, si todo nos hubiera salido bien, no estaríamos aquí; usted está aquí porque algo malo le pasó.
Las vidas que están a punto de estallar, las vidas que son mies, esas son las que interesan. ¿Y los demás? Déjelos, déjelos. Le voy a contar este detalle: usted seguramente sabe que San Pablo fue contemporáneo de Cristo, claro sí, San Pablo era un adulto y se convirtió a los pocos años de la predicación de los Apóstoles, quiere decir que Pablo no nació después de que murió Cristo.
O sea que estaba Cristo en esta tierra predicando y haciendo milagros, expulsando demonios y todo lo que hacía Cristo, y Pablo vivía, podemos suponer que Cristo con esa penetración que le daba el Espíritu Santo, sentía en su corazón que ése gran Apóstol estaba ahí, y sin embargo Cristo nunca le mandó ninguna razón a Pablo mientras estaba en vida, lo dejó madurar, hasta que Pablo se volviera mies.
Cristo hubiera podido perfectamente, conociendo como presentía en su corazón con esa penetración del Espíritu Santo, él hubiera podido perfectamente mandarle razón: -"¡Juan, vete a la región de Cilicia, vete allá a lo lejos y habla con un hombre, y vete y dile que lo necesito.
No, lo dejó madurar, hasta que llegó el día en que estalló Pablo, ese fue el día de Damasco, ese día lo hizo explotar, y explotó , entonces ese día lo tuvo “comiendo en la mano”.
Así obra Dios con nosotros, Dios sabe cómo obra con nosotros, Dios tiene paciencia y nos deja madurar, hasta que nos convertimos en mies; cuando ya somos mies, ya se puede trabajar en nosotros, por eso dice Cristo: ”La mies es abundante” San Lucas 10,2.
Es como hablaría un vendedor: -¡Esta plaza es buenísima, lo que necesitamos es colaboradores, esta plaza lo que está es buena!". Hay mucha gente que está lista para recibir el mensaje, eso es lo que quiere decir Cristo.
Hay mucha gente que está a punto de explotar, y si no la agarras a tiempo, esa semilla se pierde, hay que estar atentos para que no se pierda la oportunidad, eso es lo que parece que decir Pablo ahí.
De aquí concluimos, ¿qué es lo que ha hecho un Santo Domingo, por ejemplo? ¿Qué es lo que ha hecho un San Pablo? ¿Qué es lo que ha hecho un San Luis Bertrán? Miren, semana por semana crece mi amor por San Luis Bertrán, y además tenemos la dicha que es el Patrono nuestro de Provincia
Ése hombre, ése si es un misionero, imagínense llegar aquí, donde habían yo no sé cuántas lenguas distintas, allá en esos tiempos de la Colonia, y Luis Bertrán sabía a dónde, a qué le gastaba fuerzas.
Un apóstol es ése que tiene la visión y sabe cuándo está listo, este es el punto, está maduro, ahí viene la palabra precisa, ése es un apóstol; un apóstol no es como a veces se nos ha metido en la cabeza en este mundo idólatra de la eficiencia, no es un activista, es un sabio guiado por el Espíritu Santo que no pierde palabra.
Hay una frase muy bonita de Confucio, que no era cristiano, desde luego, que decía más o menos esto: decir una palabra sabia a un hombre necio, es desperdiciar una palabra; callar una palabra sabia es desperdiciar a un hombre; el sabio no desperdicia ni palabras, ni hombres; más o menos así es la frase de Confucio.
Y yo creo que eso hay que aplicarlo al apóstol, un apóstol no es una activista, no es que esté trabaje y trabaje hasta reventarse.
El apóstol no es ése, el apóstol tiene que tener, como Cristo, largos tiempos de oración, de reflexión de unión con el Padre; ser apóstol no es trabaje y trabaje, ser apóstol es estar en unión con Dios y en una unción del Espíritu Santo, que va avisando cuándo y a quién hay que hablarle.
Es la única explicación de cómo Pablo, en un tiempo donde no había celular, no había Internet ni había nada, realizó una obra tan impresionante de evangelización, es que Pablo estaba perseguido por el Espíritu Santo y sus colaboradores estaban colmados del Espíritu Santo.
Y así, llenos del Espíritu Santo, no perdían el tiempo, sino sabían en qué momento hablarle, a quién, qué había que hacer, en qué lugar. Nuestro bendito fundador Santo Domingo, fue un hombre así.
Murió Santo Domingo, al cabo de diez o quince años, ya la Orden contaba más de mil frailes, un crecimiento exponencial, brutal, un crecimiento asombroso. ¿Qué hizo Domingo? Tener el olfato para la mies: "a ver, por dónde es".
Yo estoy seguro de una cosa, cuando nosotros, ungidos por el Espíritu Santo, -que es el único que hace apóstoles-, demos con el chiste, se van a multiplicar obras de conversión, mientras tanto, como dice el Salmo: “Es inútil que madruguéis, y que veléis hasta muy tarde, vosotros los que coméis el pan de vuestros sudores, es inútil que madruguéis y que veléis hasta muy tarde, porque Dios da ese pan a sus amigos mientras duermes” Salmo 126,2.
El apóstol no es un hombre que está obsesionado con el trabajo, sino es un hombre que está obsesionado con Dios y sabe reconocer la mies, y sabe cuándo hablar, cuándo callar, cuándo orar, cuándo hacer penitencia.
Un padre jesuita daba este testimonio, porque todo tiene su lugar. Decía él que siendo capellán de un hospital, que había un hombre que iba a morir después de una vida de pecado, parece que hasta masón era, e iba a morir sin sacramentos y sin nada, y ya llegaba la hora de la partida y este señor no daba la menor traza de arrepentimiento.
Y siempre rechazaba y rechazaba al sacerdote y todo lo que tuviera que ver con la Iglesia, y este padre trataba de llegarle por un lado y por otro, y de entrarle, y de simpatizarle, y una vez, .es una anécdota tonta pero a la vez una anécdota profunda-.
Una vez estaba él en el despacho de la capellanía del hospital, llegó la media tarde y una religiosa le llevaba unas onces, el café de la media tarde, cuando llegó la religiosa y le dijo: ”Padre, el café”, entonces el padre que estaba como medio obsesionado con la idea de este hombre, se le ocurrió una cosa, ¿y si yo ofrezco como penitencia de amor, no tomarme este café?
Entonces le dijo a la hermana: ”No, no me voy a tomar este café, siento que hoy debo ofrecer esto por tal persona”. Al otro día el hombre estaba pidiendo confesión.
Hay que saber llegar a cada persona a cada caso, algunas veces será así, un pequeño acto de penitencia, otras veces será una sonrisa, un abrazo, otras veces será una palabra, otras veces quién sabe cómo le llegará Dios a una persona.
No es asunto de estar ocupados en muchas cosas, es asunto de reconocer la mies de Dios, es reconocer cuando una persona está madura, y si no está madura, déjela, déjela que madure, no va a tener esa salud toda la vida.
Pero oigan bien, uno habla aquí, ante este selecto grupo, pero ¿cuándo llegará la hora maravillosa del encuentro, de ese encuentro de ternura y de gracia? Yo no sé, puede que llegue aquí, puede que llegue después, de pronto puede que pasen los años y usted se acuerde de una pequeña capilla, donde escuchó una palabra y después se de cuenta que todo es verdad, y entonces pueda sentir que le dice sí a Jesucristo.
Bueno, habría tántas cosas qué decir cuando se trata de misioneros, de apóstoles y de predicadores. Pidámosle a Dios que nos conceda gracia y misericordia, que nos conceda paz; pidámosle a Dios que nos haga colaboradores del Evangelio y que nos dé sensibilidad por la mies.
¿Dónde esta la mies de Dios? Cuando usted vaya a su edificio, a su casa, a su trabajo, si usted lleva a Cristo palpitando en su corazón, ya sabe qué tiene que preguntarse, mire a la derecha, mire a la izquierda y pregúntese: "¿Y dónde esta aquí la mies de Dios?" Ahí Dios va a hacer obras maravillosas.