I035002a

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Fecha: 19990129

Título: "La semilla crece porque tiene fuerza, porque tiene vida, la semilla crece por si sola"

Original en audio: [20 min. 49 seg.]


Parece que hubiera una ligera contradicción, o de pronto no tan ligera, entre la propuesta de la primera lectura y la enseñanza del evangelio.

En la primera lectura se nos dice: "os falta constancia" Carta a los Hebreos 10,36, se habla del tiempo reciente de la conversión: el entusiasmo y la fortaleza que aquellos cristianos tuvieron, y después de que eso sucedió vino como un decaimiento.

Yo creo que ese decaimiento nos suena familiar a todos nosotros. Creo que todos lo hemos vivido; hemos vivido sobre todo el entusiasmo, el momento en el que diríamos: "si me matan por Cristo, me matan".

Hemos vivido también el decaimiento en el que decimos: "como que es más fácil que lo maten a uno por Cristo, que vivir por Cristo; como que es más fácil el camino de los que ya murieron y acabaron ya su jornada". Por algo dijo Santa teresa de Jesús: "vivo sin vivir en mí y tan alta dicha espero, que muero porque no muero".

Así pues, se acaba el tiempo del entusiasmo y viene el decaimiento. Entonces está la Palabra de la Carta a los Hebreos que dice: "si me mata esta gente, no renunciéis a vuestra valentía que tendrá una gran recompensa" Carta a los Hebreos 10,36.

Les hace falta constancia para cumplir la voluntad de Dios y alcanzar la promesa. Parece que aquí como si se detuviera como en el propósito y en el esfuerzo que tiene que hacer el creyente, y resulta que el evangelio va como en otro sentido.

Pero miren lo que nos dice el Evangelio: "El Reino de los Cielos es como una semilla que se siembra. Un hombre sembró una semilla. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo sin que él sepa cómo" San Marcos 4,26-27.

Parece que aquí el Reino de los Cielos crece como un absoluto, como sin el esfuerzo de las personas. La tierra va produciendo la cosecha ella sola: los tallos, la espiga, el grano.

Por eso digo que hay como una tensión, tal vez no contradicción, entre la primera lectura y el evangelio. Porque en la primera lectura se nos estaba diciendo: ¿qué pasa con ustedes? ¡Vuelvan a la valentía, sean constantes! Y en el evangelio se nos dice: la tierra va produciendo la cosecha ella sola. Y ustedes podrían echarse a dormir porque la tierra germinará.

Entonces dice uno: ¿qué hacemos entre la valentía que se nos exige en la primera lectura, y el sueño que se nos concede en el Evangelio?, ¿qué hacemos entre el reposo del Evangelio y el trabajo de la Carta a los Hebreos?

Lo que parece que sucede es que la vida cristiana es como un trabajo descansado, o es como un descanso trabajoso. La vida cristiana tiene esa tensión; la vida cristiana es suave en algún sentido, es descansada en algún sentido; y es difícil y ardua en otro sentido.

Los dos lados de una montaña están muy lejos en la base, cuando llegas a la cumbre, están unidos. El trabajo y el esfuerzo, el dolor y la alegría, la cruz y el gozo, están muy separados cuando uno empieza el camino, pero cuando uno avanza, bien se da cuenta que están muy cerquita el uno del otro. De que ese trabajo, de que ese esfuerzo, tiene mucho de descanso; y de que ese descanso tiene mucho de trabajo.

Podemos decir que las personas que están en las cumbres de la montañas son los santos. Y si miramos las vidas de los santos, nos encontramos con que ellos hablaron así. Ellos se sentían al mismo tiempo en trabajo y en descanso.

¿Pruebas? Miremos, por ejemplo, a San Pablo. Por allá dice en uno de sus alegatos sobre los Apóstoles y los super apóstoles y los judaizantes y toda aquella gente, dice: "Yo he trabajado más que todos, pero no yo, la gracia de Dios conmigo" 1 Corintios 15,10.

En otro lugar dice: "yo tengo que predicar el Evangelio, pero no puedo predicarlo por una paga" 1 Corintios 9,18, entonces, ¿cuál es la paga? El hecho de predicar el Evangelio.

Esas frases parecen contradictorias, parecen absurdas. Porque para nosotros el trabajo y el descanso están separados. Otro ejemplo: resulta que Jesús en el día de descanso, hace un trabajo, sana a los enfermos.

Los judíos nunca pudieron entender eso. Llegó un día de descanso, y Jesús sanando enfermos. Miren, pero es que ese descanso no impide el trabajo de darle la gloria a Dios, porque darle la gloria a Dios es como un descanso.

Lo mismo podemos decir de otros santos. Pensemos por ejemplo, en un teólogo como Tomás de Aquino. ¡Qué manera de trabajar! Pero si tú le dijeras "no trabaje tanto, descanse", ese descanso sería más trabajoso para él que seguir trabajando, porque su trabajo es meditar, contemplar la Palabra de Dios.

Meditemos por qué para nosotros el trabajo y el descanso son como los dos extremos de una montaña por la base: porque nosotros trabajamos para otros y descansamos para nosotros.

Entonces una persona qué siente: "yo de ocho a doce y de dos a seis trabajo para esa empresa, para esa compañía, para esa gente; eso es lo que yo hago por ellos. Ah, pero llegaron las seis de la tarde; ahora viene mi tiempo; ahora, lo que yo voy a hacer en mi descanso es para mí; llegó mi tiempo".

Para nosotros trabajo y descanso están separados, porque el tiempo que nosotros queremos es el tiempo del descanso, el que es para nosotros. Y el tiempo que nosotros no tenemos, pero que sí necesitamos, es el trabajo, que es el tiempo para otros.

Entonces, muchos de nosotros tal vez sentimos que tenemos que trabajar, nada qué hacer, hay que trabajar. ¿Y por qué hay que trabajar? Porque si no se trabaja no se descansa. Si no doy una parte de mi tiempo para otros, nunca tendré un tiempo para mí. Si yo pudiera tener todo el tiempo para mí, lo tendría sólo para mí.

Lo que he dicho del tiempo, vale también para las cosas y vale también para la inteligencia. Una persona dedica sus fuerzas a ser mejor en la compañía, en la empresa. Pero, terminada la jornada, sus fuerzas son para hacerse feliz él.

Sin embargo fíjate que entonces, sin hablar de la vida propiamente espiritual y de la vida cristina, hay personas que parecen romper esta norma.

Han conocido, por ejemplo, la vida de un artista? El verdadero artista no tiene tan desunida la frontera entre el trabajo y el descanso. De hecho los artistas son muy malos para los horarios.

Un artista no desune estrictamente: este es el momento en el que estoy trabajando, y este es el momento en el que estoy descansando. Si al artista le llega lo mejor de su inspiración a las once de la noche, a esa hora se pone a trabajar. ¿No es así?

El artista a las once y media le llegó lo mejor de su inspiración y trabaja hasta las tres de la mañana. Todos los artistas son noctámbulos, todos. pero no todos los noctámbulos son artistas.

Entonces, el artista trabaja, y se le dijéramos: oiga, usted usted está agotado, usted lleva veintiocho horas de trabajo continuo. El artista diría: déjenme. Me hace falta apenas dos páginas; va a ser una obra única. Me hacen falta unos retoques, va a ser un cuadro sin igual.

Para ese artista el trabajo y el descanso están unidos. ¿Por qué están unidos? Porque lo que él trabaja, no sale de sí mismo lo qu él trabaja. La persona que da su tiempo típicamente en un horario es la persona que piensa que salió algo de sí: mi esfuerzo, cada uno de mis esfuerzos salieron de mí y quedaron al servicio de otro y yo quedé exhausto. la persona piensa que sacó algo de sí.

El artista no siente eso. El artista siente que a medida que va haciendo su obra, se va haciendo a sí mismo. Y él sabe que está esculpiendo el mármol o su personalidad. Él sabe que está pintando el cuadro o su propia vida.

El verdadero artista, por ejemplo, el verdadero poeta siente una fuerza interior hacia la poesía, tanto que el problema para el verdadero artista es que se le pretenda asociar dinero a lo que él hace.

"¡Qué tiene que ver el dinero con el hecho de que yo pueda llegar a hacer! El arte, mi arte, mi poesía, mi historia, mis cuentos, mis cuadros, mi música me hacen ser. ¡No! Tendría yo que pagarle al mundo. Tendría yo que pagarle a la naturaleza y a la sociedad, pero yo debería pagarles a ustedes que me permiten ser artista".

pensemos ahora, por ejemplo, en un filósofo. El filósofo se parece también al artista. ¿Cuáles son los horarios de los filósofos? Los filósofos no tienen horarios, los profesores de filosofía sí tienen horarios, pero los filósofos no tienen horarios. El filósofo precisamente siente que lo primero que tiene que vencer es el tiempo.

El tiempo no debe existir porque las ideas, lo que es realmente cierto, es superior al tiempo. De manera que lo primero que debe hacer el filósofo es la ceremonia de destrucción del reloj. Debe desaparecerlo. El tiempo no existe, existe la verdad.

Y el filósofo camina en torno ala verdad, busca la verdad. Decía la esposa de un filósofo, Javier Subiri, ella se llama Carmen Castro, o se llamaba, no sé si ha muerto. Decía, pero ella era una enamorada de su esposo. Él era un artista de la filosofía y ella era una artista del amor. Ella estaba enamorada del filósofo. Subiri, como buen filósofo tenía su silla de filosofar.

Me parece que una persona es un verdadero filósofo porque tiene lugares donde filosofa. Entonces Subiri tenía su butaca de la filosofía, su butaca metafísica. Tenía su silla donde se sentaba a filosofar.

Y caminaba, y daba vueltas, y mientras su pensamiento daba vueltas, su rostro iba describiendo de una manera casi imperceptible, imperceptible para otros, pero perfectamente clara para su esposa, para Carmen Castro. Su esposo iba describiendo las sensaciones de su corazón. A subiri las ideas le salían por la voz, por la boca, pero los sentimientos y las emociones le salían por el resto.

Como Carmen Castro amaba más los sentimientos que las palabras, a veces Carmen castro se quedaba mirándolo a la cara, ojalá cuando él no se diera cuenta. Y decía Javier Subiri se le dolía filosofar. Se trenzaba a veces, decía ella, se trenzaba a veces en una lucha pavorosa, estaba luchando en un remolino de ideas.

Y entonces, se reconcentraba en su pensamiento y trataba de encontrar la fórmula precisa, distinción exacta. Sufría, se angustiaba.

Si hubiéramos filmado una película de la cara de Subiri filosofando, alguien diría: "Está malo del hígado, tiene dolor de muela, le pisaron un callo". Pero no, ningún dolor físico. Plena salud del cuerpo, pero su espíritu estaba en plena batalla, y su rostro reflejaba esa batalla.

Si alguien hubiera dicho a Subiri: "-Ven, te vamos a pagar", él diría: "¿Por qué? ¿Por hacer cara? ¿Qué me vais a pagar?" "-Te vamos a pagar por tu filosofía". Eso no tiene precio, eso no es trabajo. ¿Por qué? Porque es el ejercicio de la verdad, el ejercicio de la verdad.

Estas comparaciones nos ayudan a entender lo que es un cristiano, mis amigos. Un cristiano es como un artista. Un cristiano es como un filósofo.

Y si no amamos al Evangelio descubriéndole su arte, si no nos deleitamos en su verdad, si no nos fascinamos en su armonía, si no se nos va el rato en Dios como al artista en su escultura, como al pianista en su instrumento, como al filósofo en sus cavilaciones, si no se nos va el tiempo así en Dios, entonces seguiremos aplicándole a Dios el esquema del trabajo y el descanso.

Y esto es lo que uno hace cuando uno le pone tiempo a las cosas de Dios. Cuando uno dice: "Bueno, para Dios este ratico"; esa actitud la describía el Santo Cura de Ars con estas palabras: "Hay gente que va a visitar a Dios como diciéndole: bien bien, dos o tres palabras para deshacerme de ti, y luego a lo mío".

Y sí. Parece que a veces obramos de esa manera: bien, despaché la oración, y ahora sí, lo mío. Mis tiempos, mis ideas, mis.. , mis proyectos. Hay que sentir la fascinación, la fascinación de la belleza.

Santa Rosa de Lima era una mujer muy linda, era muy hermosa. Santa Rosa de Lima fue una virgen seglar que pertenecía a la orden dominicana. Rosa de Lima se iba a la iglesia a adorar a Jesucristo; a veces Cristo crucificado, a veces Cristo en la Eucaristía.

Y le pasaba a la gente del pueblo lo que le sucedía a Carmen Castro. Carmen Castro le gustaba ver a su esposo hacer caras cuando filosofaba.

A la gente de la ciudad de Lima le gustaba ver discretamente a esta mujer hermosa. El rostro de ella fue siempre muy lindo, pero a medida que iba avanzando en la oración se fue volviendo más lindo, angelical. Y las personas la miraban, la miraban discretamente, y a veces no tan discretamente. la miraban porque a medida que ella entraba en contemplación su rostro se encendía.

Dicen los que la conocieron, que los cambios que sufría el rostro de ella, no eran sólo cambios de facciones, como cuando uno sonríe, o uno frunce el ceño. Dicen que ella sufría una especie de cambios de colores; se encendía como en rojos, en luces, en pálidos, en blancos; iba cambiando.

Su rostro expedía vida y brillo y luz a medida que iba orando. Es posible que en ella repitiera Dios de alguna manera ese milagro que nos cuenta la Biblia sobre Moisés, que cuando salía de la contemplación de Dios, su rostro echaba luz.

Rosa de Lima, Rosa, la contemplativa no tenía noción del tiempo, perdía la noción del tiempo, ella estaba en su arte. Pero Rosa de Lima cuando hacía oración estaba en su arte, no como los artistas de este mundo. Me explico: el artista hace la obra; Rosa se sentía que ella era la obra y que el artista era Dios. Y por consiguiente, había que darle largo rato a Dios para que Dios hiciera su obra.

Cuando se llega a eso, mis amigos, se llega a la cumbre de la montaña. Cuando se llega a eso, cualquier trabajo es descanso y cualquier descanso es trabajo.

Y si le preguntaras a Rosa de Lima: "Óyeme, tus largos ratos de oración, tus esfuerzos por Jesucristo, tu manera de meditar en Él y de predicar ¿no te agotan?" Ella diría: "Miren, agotamiento sería tener que dejar esto. Pero estar con Él, dejarle que transforme, que pinte, que esculpa, que dibuje su corazón en mí, ¿cómo me va a cansar?"

Este es el corazón que se necesita para salir de la lucha. Cuando nos quedamos sólo con la lucha, nos agotamos. Cuando buscamos sólo el descanso, nos agotamos. La única fórmula es: fascínate, enamórate, que Dios te encante.

La palabra encantar viene de la Edad Media; significa introducir en el canto, meter en canto, transformar por el canto. Escucha el canto de Dios, fascínate en la melodía de Dios, enamórate del estilo de Dios.

Cuando sientas que el tiempo te pasa, que nada importa, porque Él esta, porque Él existe, cuando tal cosa suceda, entonces tú sentirás lo que dijo Cristo: "Oye, es cierto, el campo, el campo da fruto él solo".

Rosa de Lima no salía a la Iglesia a decir: "Bien, ¿hoy qué cambios de colores haré? En ella florecía Dios, florecía. Si tú te entras en Dios, Dios florece en ti; florece por sí solo. Florece.

¿Qué has de hacer tú? Fascínate por Él, enamótrate por Él, sé tú el artista divino, sé tú el poeta de Dios, sé tú el filósofo de la sabiduría eterna; encántate en Él, envuélvete en su canto, arrópate en su melodía y sentirás cómo tiene unidad, y cómo es de cierto lo que dijo Cristo: "La semilla crece porque tiene fuerza, porque tiene vida, la semilla crece por sí sola".