I031003a
Fecha: 20030127
Título: No te fies demasiado de tu propia cabeza, no te fies demasiado de tu propio corazon
Original en audio: [14 min. 34 seg.]
Gravísima la equivocación de estos letrados: le atribuían al espíritu del mal lo que venía del espíritu del bien. ¿Por qué semejante error? ¿Por qué pudieron equivocarse de esa manera? ¿Por qué presentían un origen tan maligno en Jesús? ¡Es una cosa casi misteriosa!
¿Por qué ese afán de encontrar la causa perversa de Cristo, el origen perverso de Cristo? ¿Por qué parecen estar tan convencidos de la maldad intrínseca, interna de Jesús?
A nosotros, desde nuestra perspectiva, nos resulta casi imposible de entender: ¿cómo llamar malvado a un hombre que se la pasa haciendo obras buenas: sanando a los enfermos, curando a los ciegos, paralíticos, sordos, enseñando el camino de la verdad, y a ese hombre lo califican de endemoniado? Y dicen que está gobernado por el príncipe de los demonios. ¿Cómo pudieron llegar a semejante error?
Es importante hacernos esta pregunta, porque un juicio errado, puede significar la perdición de una vida, como lo muestra el mismo Cristo en la conclusión del evangelio de hoy: "No tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre" San Marcos 3,29.
Y dice el Evangelista Marcos: "Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo" San Marcos 3,30. ¡Qué terrible es equivocarse en un juicio! Un juicio equivocado puede ser la condena de uno.
Bueno, ¿estos por qué estaban convencidos del origen maligno de Cristo? Pues porque ellos tenían muy claro qué era ser bueno y qué era ser malo; estaban completamente seguros de cómo era una persona buena; estaban completamente seguros de cómo tenía que ser un profeta, cómo era o cómo tenía que ser el Mesías.
¡Qué peligrosa es esa seguridad! Estaban seguros, ¡qué grave esa seguridad! Como Jesús no respondía al modelo que ellos tenían en la cabeza, como Jesús no correspondía con lo que ellos pensaban, "ahí tiene que haber una causa maligna, ahí tiene que haber algo perverso".
Pero como por otra parte veían que había tanto poder en las palabras de Jesús, y que causaba tanta fascinación, y que lograba tantas cosas, el razonamiento de ellos como que fuera: "Tiene que ser malo, tiene que ser malo porque no corresponde a nuestro esquema, a nuestro modelo; tiene que ser malo, pero como tiene tantísimo poder, ah, pues entonces tiene que ser muy malo. Porque si es malo y es poderoso, ah, entonces es muy malo".
Y como nunca habían visto tantísimo poder en nadie, "eso tiene que ser por lo menos el jefe de los demonios que está ahí metido". "Tiene que ser muy malo".
Todo nace de la seguridad que ellos tenían, de ahí nace todo, de la certeza que ellos tenían de cómo tenía que ser lo bueno y cómo tenía que ser lo malo. Jesús no se corresponde con ese modelo, entonces Jesús es malo, tiene que ser perverso; y si tiene poder, ah, pues más perverso tiene que ser.
Con ese razonamiento cometieron el espantoso error que hemos oído: "Tiene que ser perverso". ¿Por qué se sentían ellos seguros? Por dos razones: porque eran letrados, número uno, y porque eran amigos, número dos. Luego ahí hay una enseñanza para nosotros.
En otra ocasión dirá San Pablo: "La ciencia hincha, la ciencia infla" 1 Corintios 8,1. Ellos se fiaban de sus estudios, número uno, y se fiaban de esa seguridad que da el estar en un grupo donde se oye lo mismo y donde todos estamos de acuerdo.
"Yo he estudiado mucho, y todos los que hemos estudiado mucho pensamos lo mismo, por consiguiente esa es la verdad". Una advertencia para nosotros, las dos cosas: fiarse demasiado de las propias investigaciones, de las propias ideas, de los propios descubrimientos, de la propia mente, de los propios estudios, de las propias lecturas, error número uno.
Error número dos, fiarse de que me siento a gusto, me siento bien, tengo a mi alrededor o pertenezco a un grupo de personas en donde todos estamos de acuerdo.
Pongamos ahora eso en términos positivos, porque desde luego de lo que se trata es de no caer no ese error. En términos positivos la cosa sería: no te fíes demasiado de tus propias investigaciones y conclusiones. Y número dos: no te fíes demasiado de las opiniones de tus amigos.
Cuando uno está rodeado solamente de amigos, uno sólo oye lo que ya sabe. El que se rodea solamente de los que le caen bien, sólo oye lo que le cae bien, y ese es terreno abonado para el engaño, para la mentira.
Una vez entrevistaban a un famoso empresario, dueño de gigantesca fortuna, y sobre todo con una capacidad de liderazgo y de abrir nuevos mercados a su empresa. Este hombre, un norteamericano, realmente había demostrado una sagacidad, una inteligencia, una genialidad para el mundo de los negocios.
Y lo entrevistan y le preguntan, bueno, sobre las claves de su éxito: "-¿A qué atribuye usted su éxito?" Entonces él dice: "Yo creo que he contado con suerte, pero sobre todo he contado con una gran colaboración en mi mesa directiva".
Bueno, eso suena natural, ¿no? Un gran hombre se rodea de un equipo que trabaja con él. Pero lo más interesante es lo que él decía de la mesa directiva. Decía: "Siempre he escogido para trabajar conmigo personas que tengan suficiente libertad para no estra de acuerdo conmigo". Eso es genial. "Siempre trato de oír a los que no piensan como yo".
Entonces, este señor no hace su equipo en la empresa con los que piensan como él y con los que él se siente a gusto, sino precisamente trata de llevar a la mesa directiva la gente que piensa de otro modo, la gente que le va a contradecir, la gente que mira las cosas de otra manera, porque son ellos los que le abren a uno la mente.
Cuando uno está hablando sólo con la gente que piensa como uno, pasa lo de los letrados: todos se cerraron, todos estaban convencidos: "-Debe ser un endemoniado, ¿cierto?" "-Sí, sí, sí, tiene que ser un endemoniado". Todos piensan lo mismo.
No busque a los que piensan como tú, porque esos te van a repetir lo que a ti te gusta oír. Pónl especial atención al que está en desacuerdo contigo, al que está a disgusto contigo, al que no te cae bien, ese te va a mostrar la otra cara de la moneda, te va a mostrar la otra cara de la realidad.
Eso era lo que practicaba este empresario. Él no se rodeaba de la gente-, qué fácil es para una persona de éxito rodearse de gente que lo apalude y que a todo le diga "amén", "amén", "amén", "sí, como usted diga"; "claro, usted es el jefe", "usted es el genio", "usted es el artista", "como usted diga".
Es muy fácil rodearse de un coro de aduladores, pero un coro de aduladores, un coro de amigos jamás traerá una idea nueva.
En cambio este señor se había convertido en un genio de las finanzas porque siempre estaba tratando de oír la voz distinta. Y es una cosa realmente genial, eso sí es genial.
Porque ¿qué pasa? Supongamos que una empresa está establecida en una determinada región y quiere crecer, quiere establecerse en otra región, lo más probable es que en la otra región haya circunstancias nuevas, tendencias nuevas, otro tipo de competencia, una lógica diferente en la publicidad y en el mercado, las ideas de allá no van a ser las mismas ideas de acá.
Por eso, si yo tengo en la mesa directiva gente que sólo piensa como se piensa acá, cuando me vaya a extender allá, estaré perdido. En cambio, si yo tengo cerca de mí gente que no piensa como yo, gente que tiene un grado de discrepancia, desde luego, tener completos, absolutos y absurdos enemigos, no tiene sentido, pero gente que tenga un grado de discrepancia, gente que me enseñe a ver las cosas de otro modo.
O sea que podemos sacar una enseñanza sumamente práctica de este evangelio de hoy: no te fíes demasiado de tu propia cabeza y no te fíes demasiado de tu propio corazón, porque en el fondo esas son las dos ideas.
Tu propia cabeza son tus estudios y tu propio corazón son tus amiguitos o tus amiguitas, las que sienten como tú, las que piensan como tú, los que te dicen lo mismo, los que te hacen eco: "Ustedes que opinan de..." "-Sí, si usted lo dice, tienen que ser así, claro, amén, amén". ¡Eso no sirve de nada!
Y esto vale para todo: vale para una empresa exitosa, pero vale para una diócesis, vale para un provincial, vale para un prior, vale para una priora, vale para todos los líderes. El verdadero líder sabe darle una atención particular a la opinión discrepante.
"Ah, sí, es que claro, uno sabe que al fin y al cabo ese es un padrecito resentido, él está resentido y entonces él siempre me lleva la contraria. Es un padrecito resentido que se quedó ahí en el Consejo o en el Capítulo, él es siempre así".
No seas tonto, que cuando hablas de esa manera cancelas una voz, y de pronto en esa voz está una luz.
Es muy peligroso cancelar una voz: "!Ay, sí, otra vez, fray fulano, sí, él no hace sino contradecir todo y ése es una amarguetas, ay, eh, para qué vamos a ponerle cuidado! Él, sí, él es así, pero eso no importa".
¡Cuidado! Es posible que efectivamente sea sólo que está rezumando amargura, pero ¿qué tal que ahí esté la opinión que hacía falta? ¡Cuidado con fiarse demasiado del propio corazón.
¡Fíjate qué enseñanza tan drástica la que nos da el evangelio de hoy! Estos señores se fiaban demasiado del propio corazón, demasiado, y estaban seguros: "Y nosotros, el club de amigos, estamos todos convencidos que ése es un gran endemoniado, es que es un gran endemoniado". ¡Que error tan terrible el que cometieron!
No te fíes demasiado de tu propia cabeza, no te fíes demasiado de tu propio corazón. De pronto, en lo que tú no has estudiado, hay una verdad que te sirve; y en la voz que no te ha importado, hay una señal, hay una dirección, hay un consejo que te puede hacer muchísimo bien.