I031001a
Fecha:19970127
Título: Una Alianza Nueva y Eterna
Original en audio: [5 min. 03 seg.]
Hermanos:
En la celebración eucarística, cuando se consagra el vino para que sea Sangre de Nuestro Señor, el sacrificio perpetuo de redención, dice el sacerdote las palabras de Jesús: "Tomad y bebed todos de él porque este es el Cáliz de mi sangre", y luego dice: "Sangre de la Alianza Nueva y Eterna que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados".
La lectura que hemos escuchado hoy corresponde precisamente como a una especie de comentario o explicación sobre esa Alianza Nueva y Eterna, me refiero a la primera lectura de la Carta a los Hebreos en el capítulo noveno.
Si uno lo piensa bien, esas dos palabras, esos dos adjetivos: "Nueva" y "Eterna" son como contradictorios, pensemos por ejemplo, en las modas: las revistas de modas anuncian las nuevas colecciones: "Esta es la nueva colección para verano".
Las editoriales publican las novedades y de pronto uno, paseándose por el comercio, descubre cuáles son los títulos de las canciones que están de moda, pero mira cómo en el terreno del comercio y de las modas, lo nuevo pronto se hace viejo.
¿En dónde está la nueva colección de verano del año noventa y tres? Pues eso es viejísimo y seguramente si una mujer quiere estar a la última moda, no utilizará la novedad que ya pasó.
De modo que la Alianza de Cristo es nueva de un modo nuevo, no es solamente nueva porque sea otra alianza, sino es novedosamente nueva, hay una novedad no sólo en el hecho, sino también en la forma, y desde luego que también en la finalidad.
¿En qué consiste la novedad de esa Alianza, la misma que celebramos en la Eucaristía? En que las alianzas se mantienen por los propósitos entre las partes implicadas; hacemos una alianza como hacemos un contrato, y en ese caso, cada parte hace un propósito de respetar las cláusulas de contrato, las condiciones de la alianza.
Pero el punto es este: una vez que el contrato queda celebrado, a cada una de las partes le toca la parte dura, que es renovar ese propósito; en las alianzas o contratos que hacemos los seres humanos, el trabajo de mantener ese propósito le toca a cada una de las partes que han hecho el contrato o la alianza.
Si yo hago, por ejemplo, el contrato de pagar una casa o un carro, cada mes me toca renovar ese propósito y ver de dónde saco el dinero; el esfuerzo de renovar el propósito me toca a mí.
Al contrario, en la Alianza de Cristo, y esto es lo novedosamente nuevo de la Alianza de Cristo, de la Alianza de la Cruz, de la Sangre y de la Eucaristía, es que en ella no toca a la persona el peso de renovar, sino que hay un Espíritu, el Espíritu Santo y de Jesús, que viniendo a nuestras vidas, renueva sin cesar en nosotros ese propósito.
Siempre y cuando no expulsemos de nuestra vida a ese Espíritu Santo, o como dice San Pablo: “no lo entristezcamos” Carta a los Efesios 4,30.
Pes bien, alegrémonos en esa Alianza que es nueva al cuadrado, esa Alianza que es infinitamente Nueva, esta Alianza que, porque sucede en el Espíritu, es Nueva y nunca se hace vieja.
Y porque nunca envejece es Alianza Eterna; en Cristo y sólo en Cristo hay novedad que nunca será anticuada; hay una novedad que es la Eternidad.
A Él la alabanza por los siglos.
Amén.