I024001a
Fecha: 19970123
Título: La Iglesia necesita sacerdotes que tengan un corazon debil y al mismo tiempo fuerte
Original en audio: [5 min. 18 seg.]
¿Cómo era el Sumo Sacerdote que nos convenía, de acuerdo con lo que dice la Carta a los Hebreos?
Hace unos días escuchábamos que necesitábamos alguien que pudiera compadecerse de nuestras debilidades, porque Él mismo está rodeado de debilidad; y hoy hemos escuchado que necesitábamos que fuera santo, inmaculado, perfecto.
Lo necesitábamos débil, pero también lo necesitábamos santo; y así también nos necesita el pueblo de Dios a nosotros, y nosotros lo seremos así, si nos unimos al misterio de la humilde grandeza o de la grande humildad de Jesucristo.
Nos necesitan débiles, no pecadores, pero sí débiles, capaces de sentir y de sufrir, capaces de ser tentados, no de buscar la tentación; capaces de ser ofendidos, no de ofender; capaces de ser lastimados, no de lastimar.
Necesitamos ser así débiles, necesitamos un pueblo de gente que se arriesgue a ser sensible. Necesitamos un grupo de personas que puedan padecer, que puedan recibir el dolor de los demás, que puedan incluso estar en peligro, en peligro de pecar pero sin pecar.
La configuración del sacerdote con Cristo, significa crecer en estas dos cosas entonces: crecer en su unión con la debilidad de Cristo, y en este sentido, el sacerdote, y diría yo en general la persona consagrada, ha de convertirse como en alguien supremamente sensible, pero sensible para los demás, sensible para sentir lo que siente el hermano.
Porque hay un tipo de sensibilidad egoísta, egocéntrica que pone en primer lugar los propios sentimientos, esa es estéril para el Reino de Dios y es más un estorbo que otra cosa.
No estoy hablando aquí de la hipersensibilidad de la que también solemos padecer los religiosos o las religiosas, esa hipersensibilidad que hace, que como no tenemos un cariño asegurado, entonces estemos súper atentos a ver quién nos quiere, quién nos escucha, quién nos apoya, quién no nos apoya, quién nos ayuda, quién no nos ayuda.
Esa hipersensibilidad súper centrada en nosotros mismos más bien nos hace estériles, nos hace inútiles para la obra del Reino, pero dejando aparte esa, sí es bien necesario ser sensibles.
Hay que ser sensibles para captar la voz de aquellos que no se atreven a hablar. Es necesario ser sensibles para captar el paso suavísimo del Espíritu de Dios; es necesario ser muy sensibles para alcanzar a escuchar el palpitar del corazón de Cristo. Pero esa sensibilidad, esa súper sensibilidad, esa profundísima percepción del bien y del mal no debe llevarnos a pecado.
Necesitamos corazones que sean así blanditos como cera para que Dios pueda escribir en ellos; pero corazones que duros como diamante o pedernal frente a lo que no es Dios. Corazones que sean blanditos para cuando Dios escriba en ellos, pero duros para cuando otras voces, cuando otras tentaciones, cuando otras fuerzas pretendan adueñarse de nosotros.
Ser débiles para Dios y para todo lo de Dios, de modo que el menor de sus susurros tenga poder en nuestro corazón; pero ser fuertes y resistentes incluso ante los huracanes de la tentación, ante los huracanes de la burla o ante las debilidades de nuestra propia carne, o ante la agresividad que a veces el mundo pueda tener con nosotros.
Que Dios nuestro Padre, infunda en el nombre de Cristo su Divino Espíritu para que tengamos esa maravillosa, esa bendita sensibilidad, esa santísima debilidad que permite que seamos crucificados; pero tengamos también esa santísima fortaleza de Él recibida para que así crucificados tengamos la presencia de su misma santidad para el pueblo de Dios.
"Derribados, pero no aplastados" 2 Corintios 4,9, decía San Pablo en la Segunda Carta a los Corintios. Humillados, triturados de muchas maneras, pero al triturarnos, el mundo hace de nuestras espigas pan, y Dios hace de ese pan Eucaristía.