I022003a
Fecha: 20110118
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Original en audio: [4 min. 16 seg.]
Durante los años impares iniciamos el tiempo Ordinario leyendo la Carta a los Hebreos. Es un documento que podemos considerar como una lectura del misterio de Cristo, es decir, como una aproximación hacia la vida, la misión y el ser mismo de Jesús, desde una perspectiva muy particular.
Porque los destinatarios de esta carta eran personas muy versadas en la Ley de Moisés, y además personas que probablemente derivaban su mismo sustento del templo o del culto según la Ley de Moisés.
Podemos imaginarnos entonces los trabajos que estos hebreos tuvieron que pasar en su proceso de conversión.
Para ellos, aceptar a Cristo significaba perder una cantidad de cosas, perder por ejemplo sus amigos, perder lo que era su fuente de sustento, que probablemente era el Templo de Jerusalén, perder también el sentido de pertenencia a los que eran sus raíces, porque ellos fueron expulsados de las sinagogas, fueron excomulgados.
Entonces todas esas pérdidas pues tienen su efecto en el alma; era gente a la que le había costado creer en Jesús, habían tenido que pagar un alto precio, y por eso algunos de ellos estaban tentados de dar marcha atrás.
Esto explica uno de los temas que aparece varias veces durante la lectura que vamos haciendo de la Carta a los Hebreos, el tema de la perseverancia, el tema de la constancia. Y por eso, junto a esa paciencia que se necesita para perseverar, está el mensaje de la esperanza.
No se puede perseverar, no se puede tener constancia si no hay esperanza, y la esperanza resulta comparada en el pasaje de hoy del capítulo sexto de la Carta a los Hebreos, esa esperanza queda comparada con un ancla.
Así como el barco cuando está anclado en aguas seguras pues también se siente firme y los tripulantes sienten que están a salvo, así también nosotros hemos lanzado nuestra ancla; pero el ancla nuestra no va hacia abajo, hacia la profundidad de las aguas del océano, sino va hacia arriba, hacia el cielo; nosotros estamos anclados con Cristo ene el cielo.
Es decir, el recorrido que Él hizo es el que nos da esperanza a nosotros, porque habiendo pasado por el sufrimiento y habiendo superado el sufrimiento, Jesús es la prueba viva de que vale la pena ser fieles al querer de Dios.
En este sentido, Jesús es nuestra ancla, y nosotros tenemos verdaderas razones para tener esperanza y para tener constancia.
En el evangelio, por su parte, nos encontramos otra disputa, otra polémica de Jesucristo, esta vez con aquellos que critican a sus discípulos porque estaban comiéndose algunas espigas, tenían hambre y comían algunas espigas, como esto sucedía en sábado, entonces criticaban a Jesús diciendo: "¿Por qué permites la desobediencia del sábado?" San Marcos 2,24.
Jesús responde con esa frase que conserva actualidad en todos los tiempos: "El sábado es para el hombre, y no el hombre para el sábado" San Marcos 2,27.
Y con esto estaba declarando que la Ley de Dios, y en realidad toda Providencia que viene del cielo, es simplemente para que nosotros alcancemos esa plenitud, plenitud que viene precisamente con Cristo.
De ese modo comprendemos también que todo en el Antiguo Testamento miraba hacia Cristo, y que la Ley misma de Moisés era como un pedagogo que nos habría de llevar hacia el Señor.