I015002a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 19990115

Título: Jesucristo no se olvida nunca

Original en audio: [12 min. 28 seg.]


Queridos Hermanos,

Démonos cuenta como las obras de Jesucristo suscitan admiración: la gente atónita, la gente asombrada decía: "nunca hemos visto una cosa igual" San Marcos 2,12.

Qué felicidad encontrarse con Jesucristo y poder un día también nosotros decir estas palabras que son de admiración y de reconocimiento, son las palabras que hacen que Jesús, que la imagen de Él, quede profundamente impresa en nuestros corazones.

En esta semana, el mundo del deporte tuvo una noticia que seguramente muchos de ustedes conocen: aquel que es considerado tal vez el más grande basquetbolista de los últimos tiempos, un señor inmenso en estatura, pero sobre todo, mago en el juego, Michael Jordán, se retiraba del basquetbol profesional.

Tratándose del jugador tal vez más grande que se haya conocido en el mundo en estos últimos tiempos, muchas personas fueron entrevistadas para que dieran su opinión sobre el retiro del basquetbol activo, siendo todas estas muy elogiosas: que se trataba de un jugador excepcional, que iba a ser muy difícil que alguien igualara las marcas que ha alcanzado este jugador; en fin, era una letanía de elogios a este gran jugador.

Sin embargo, en esa lista de elogios, un entrenador deportivo dijo algo que me llamó muchísimo la atención: "Hoy hay tantas cosas, hay tantas figuras; hoy hay tantos jugadores y hay tantos atractivos para los intereses de la juventud, que no me extrañaría que en unos dos o tres años muchos jóvenes norteamericanos no sepan quién es Michael Jordan".

A mí me llamó la atención esto porque, efectivamente, este gigante, además, es un hombre altísimo, calza 45, en los zapatos, en la nomenclatura americana, unos tenis especiales gigantes; es el hombre famoso, de los saltos descomunales para encestar.

Este hombre prodigioso en el baloncesto, "va a ser olvidado de aquí a dos o tres años", decía este gran entrenador, y probablemente lo que decían las otras personas, es cierto: es muy difícil que alguien iguale lo que ha hecho Michael Jordan, sin embargo de aquí a dos o tres años, probablemente mucha gente no se acuerde quién es él.

Ese es el destino de los ídolos de esta tierra, ese es el destino. Si nosotros le preguntamos, por ejemplo, a un niño o a una niña: "Tú sabes quién es Greta Garbo?" Probablemente contestarían que no tienen ni idea quién es esa señora. Seguramente, otras personas mayores podrían decir: "Sí, yo sé, yo he visto películas de Greta Garbo".

Los ídolos de este mundo van pasando, incluso los ídolos descomunales del deporte, del arte, de la canción, del acetato, van pasando, pero hay una figura que nunca pasa, hay alguien que siempre causa admiración en nosotros, hay un hombre fantástico, hay un ser excepcional, que generación tras generación, siglo tras siglo, frontera tras frontera, despierta admiración y parece que nunca envejeciera.

Cuando ya nadie se acuerde de que Michael Jordán existió, en alguna iglesia se estará leyendo todavía este evangelio que acabamos de escuchar, y todavía en esa iglesia habrá personas, como son ustedes, capaces de perder su voz, gritando aclamaciones a Jesucristo por las calles.

Acabo de acompañar a ustedes, con inmenso cariño y mucha alegría, en un sencillo recorrido por las calles de nuestro pueblo, llevábamos luces encendidas, ¿y cuánto ha pasado, dos años, tres años? Han pasado casi dos mil años, desde que estos acontecimientos se produjeron, pero hay algo encantador, fascinante, hay algo admirable, hay algo que cautiva nuestros corazones y que hace que Jesús jamás envejezca para nosotros.

A mi lado, un grupo de ustedes, un grupo de señoras entusiastas, tal vez un poco fanáticas, podría decir alguien, cantaban y estropeaban la garganta, porque no tenían ni micrófono ni megáfono, estropeaban la garganta, gritando: "¡que viva, que viva, que viva Cristo!"

Con un entusiasmo, con una alegría, como si Jesús, hoy por la mañana, hubiera hecho este milagro; esto es lo más admirable de Jesucristo, que Jesús despierta nuestro amor y despierta nuestra admiración y jamás envejece, jamás. Jesús, cautiva nuestras almas, basta una vez, basta que te encuentres una vez con Él y nunca podrás olvidarlo.

Eso es lo que yo le pido a Dios para este congreso de la Renovación Carismática; lo que yo le pido es que en cada uno de nosotros, los que ya estamos fascinados por Jesucristo, Él renueve el amor.

Pero sobre todo le pido que en aquellos que tal vez en este momento no sienten esa admiración, que en ellos vuele como un rayo el Espíritu, caiga sobre esos corazones, encienda esos amores, porque una sola vez que se encuentre con Jesucristo, una sola vez que veas lo que Él es capaz de hacer, una sola vez, una sola, será suficiente para que toda tu vida se parta en dos.

Una sola vez vino el Hijo de Dios a la historia humana y la partió en dos: antes de Cristo, y después de Cristo; una sola vez llegó Jesús a nuestra tierra y con esa sola vez, todo lo cambió. Yo creo que cada uno de nosotros tiene que vivir la misma experiencia.

Alguna vez, me encontré una señora, -eso fue ya hace ratico, yo todavía no había entrado a la comunidad, no había entrado al convento-, que tenía muchas mañitas, un rostro venerable, una señora que evidentemente tenía sus años y le pregunté cuántos años tenía, y me dijo: "-Seis".

Yo dije: "-Aparte de estar bastante mayor, parece que se nos está chiflando un poquito, ¡que tenía seis años de vida!"

Y resulta que, yo asistí a un grupo de oración en donde ella estaba y entonces le escuché su testimonio y por qué ella decía que tenía seis años. Ella tenía más de setenta años de haber llegado a esta tierra, pero ella decía: "Son setenta y tres años de haber llegado a la tierra, pero de vida, seis años, desde que encontré a mi Señor Jesucristo".

Ella aplicaba a su propia vida, lo que la humanidad ha hecho con Jesús: antes de Cristo y después de Cristo, y para ella, sesenta y siete años habían sido antes de Cristo, y ese tiempo casi no contaba, se sentía como una niña, una niña de seis años, ella sentía que tenía seis años de vida.

Al poco tiempo de conocer a esa mujer, yo entré al convento para hacerme fraile dominico, fraile predicador.

Y esta mujer, que para el mundo murió de unos ochenta años, sintió en su corazón, cuando se estaba muriendo, que tenía doce o trece años, no tenía más años, porque esos eran los años que había vivido en la presencia, en la gracia y en el amor de Jesucristo, y ella sentía: "Esa es mi verdadera vida, esa es la vida que yo he encontrado".

Vamos a pedirle con mucho fervor a Dios Nuestro Señor que manifieste su gloria entre nosotros en este encuentro maravilloso, para que muchos de nosotros podamos encontrarnos con Jesús y podamos decir: "ahora sé que mi vida es distinta".

Y todos los que nos encontremos con Jesucristo, todos sabremos una cosa: que el que ha hallado a Jesucristo, ha llegado al verdadero puerto.

Después de que mi voz se haya apagado, después de que yo haya desaparecido de esta tierra, después de que tú te hayas ido y de que estas luces ya no existan, después de que ya nadie se acuerde de cómo te llamabas tú, cómo me llamaba yo, después de eso, Él y por los siglos.

Él, Jesús, es el Señor, y hoy por los siglos, Jesucristo, el Señor, estará cautivando corazones, fascinando vidas, despertando cánticos, maravillando nuestras almas para la gloria de Dios Padre.

Amén.