Fdif005a
Fecha: 20111102
Título: Tenemos el sagrado deber de orar por los difuntos porque para la Iglesia Catolica existe un lugar de purificacion antes de ir al cielo: el Purgatorio
Original en audio: 4 min. 41 seg.
Ayer, primero de noviembre, celebramos el esplendor, celebramos la hermosura de la Iglesia Santa, alguien dijo: "Los santos son los mejores hijos de la Iglesia", y así es. Cada santo es como una página del Evangelio, cada santo es como un eco de la gracia de Dios en los caminos de la Historia, cada santo es una realización peculiar, única, de eso que nos dice el Génesis, "que somos imagen y semejanza de Dios".
Cada santo es un modelo, un punto de referencia; cada santo también, como nos lo ha recordado no hace mucho el Papa Benedicto, es uno de aquellos que empuja la historia de la humanidad, el verdadero progreso de todos nosotros. Porque la humanidad entera se levanta con cada santo, así como lamentablemente queda herida y disminuida con los pecados de todos nosotros.
Así que la santidad es la vocación cristiana, una vocación que sin embargo presenta subidas y bajadas. San Pablo, predicando a una comunidad cristiana, en lo que en aquella época se llamaba Asia Menor y hoy llamamos Turquía, les decía: "Hay que pasar por mucho antes de entrar al Reino de Dios" Hechos de los Apóstoles 14,22,. Y ese "mucho" es mucho, y por eso hay subidas y bajadas, hay cansancios, hay caídas, hay estancamientos y retrocesos, hay dudas, preguntas y tinieblas, puede haber niebla, puede haber extravíos.
Dentro de todo ese camino, sin embargo, hay una dirección que está clara, es la dirección hacia Dios: Él es nuestra meta, Él nos aguarda. Pero esa imperfecciones pesan también en nosotros, y por eso tenemos el testimonio de la Biblia que nos enseña algo muy importante. Por ejemplo, en el Segundo libro de los Macabeos, se cuenta cómo algunos de los que batallaban por la causa de Dios, cayeron en la batalla, murieron evidentemente.
Al recoger los cadáveres de estos soldados que peleaban por Dios, se hizo un descubrimiento triste: algunos de ellos, aunque estaban peleando por la causa de Dios, tenían entre sus ropas fetiches o pequeños ídolos que nada tiene que ver con Dios.
Entonces fíjate la situación ambigua: por un lado, están batallando, están peleando, hasta literalmente hacerse matar por la causa de Dios, pero por otro lado, tiene esa imperfección, tiene esa duda, tiene esa fractura. Finalmente, los piadosos judíos de aquella época determinaron ofrecer sacrificios por esos soldados que habían caído en combate, sabiendo que su muerte dejaba ese sinsabor porque no habían sido perfectamente fieles.
Algo parecido encontramos en el Apocalipsis, donde se nos dice que "nada impuro ni manchado entra en el cielo" Apocalipsis 21,27, eso tiene que ser así. Pero la experiencia cotidiana nos muestra que muchos, aunque tengan una clara orientación hacia Dios, no terminan de vencer algunos defectos. Y si es verdad lo que dice el Apocalipsis, pues tiene que haber como algún modo de purificación antes de entrar a ese cielo.
Y a ese modo de purificación es a lo que la Iglesia Católica llama Purgatorio, y por eso nosotros oramos por los fieles difuntos, y eso, precisamente, es lo que recordamos el dos de noviembre: que tenemos ese santo deber de orar por nuestros difuntos, para que ellos, libres de toda imperfección, contemplen con absoluto gozo el rostro del Padre Celestial.