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Fecha: 19981102

Título: La reflexion sobre la muerte es muy provechosa para el corazon humano

Original en audio: 11 min. 53 seg.


Este día nos invita a reflexionar con seriedad en el misterio de la muerte.

Nuestro mundo intenta esconder o maquillar el hecho de la muerte, las personas detestan aquello que les haga sentir débiles, viejas, enfermas; todo lo que nos muestre que somos frágiles y que vamos a terminar. De esa manera, parece que absolutizamos este tiempo en el que estamos viviendo y hacemos de él todo nuestro tiempo, con una consecuencia desastrosa.

No pensar en la muerte no destruye la muerte; nuestra falta de preparación no impide el hecho de que de todas maneras nos vamos a morir, y de este modo, la consecuencia que se sigue es que estamos menos preparados para nuestra propia muerte y para la muerte de las personas que nos rodean.

El pensamiento o la reflexión sobre la muerte es muy provechoso para el corazón humano; nos lleva a aprovechar el tiempo de otra manera, nos lleva a agradecer el amor que recibimos y a no darle demasiada importancia a los problemas de cada día.

Efectivamente, cuando tenemos problemas o disgustos con otra persona, si miramos ese disgusto, o ese problema a la luz de la eternidad y de la muerte que se acerca, ¿quién es uno para guardar resentimientos?, ¿quién es uno para guardar malos sentimientos? El mismo Jesús lo dice en alguna parte: "Procura ponerte de acuerdo con tu adversario mientras váis de camino" San Lucas 12,58.

Ante la seriedad de ese Juez que nos espera al final del camino, nuestros juicios y el tomar nosotros el papel de juez, es casi una usurpación, por no decir, algo ridículo.

De manera que los problemas o los dolores de esta vida, particularmente los problemas que tenemos con las personas que están cerca, adquieren su proporción justa cuando pensamos en la eternidad, cuando caemos en cuenta que todos tenemos limitaciones. Y, por lo mismo, la meditación sobre la muerte nos lleva a buscar lo que realmente permanece.

Una persona que esté cerca de esta meditación, difícilmente pondrá gran alegría o gran esperanza en las vanidades, en los lujos, en los adornos, en aquellas cosas que son transitorias, que son útiles, que son demasiado pasajeras. La meditación sobre la muerte nos invita a reconocer lo que vale la pena, lo que sí permanece.

Uno se pone a pensar, por ejemplo, en lo que van a hacer las cosas que uno tiene, y las palabras que uno dijo. Ese es un ejercicio un poquito fuerte, pero hay que hacerlo alguna vez en la vida, ponerse a pensar: "¿bueno, y después que yo me muera, qué van a hacer con mis cosas?" ¡repartirlas!, "van a repartir mis cositas, van a repartir....", pero no sólo las cosas de uno, la ropita de uno, de pronto, tal cual libro que tenía, las joyas, o los adornos, eso se repartirá.

Es bueno mirarlo en la mente, mirar cómo ya están repartiendo todas nuestras cosas, y cómo y en ese momento. Cada cosa adquiere su verdadero valor, pero digo, no sólo las cosas físicas, sino también uno tiene que pensar qué va a pasar con las palabras de uno. Fíjese que cada palabra que uno dice, eso es como una bola que uno echa a rodar, y un día uno ya no las puede parar.

Hay una historieta de una señora que se puso a hablar mal de una vecina, y después de que había inventado una historia completa, se dio cuenta de que su historia era mentira, que eran puras suposiciones de ella y que estaba haciendo acusaciones sobre la vecina.

Entonces, fue adonde un santo sacerdote y le dijo: "-Bueno, ¿y ahora qué hago yo? Porque ya me di cuenta de que lo que yo había dicho, que era que me parecía, eso es mentira; pero yo ya dije eso y eso ya se regó"; entonces le dijo el sacerdote: "-Mire, ahora haga una cosa muy sencilla: ahora que salga de aquí, consígase una gallinita, una gallinita ya muerta, y usted se va de aquí para la casa y va echando las plumitas, mañana vuelve".

La señora no entendió por qué eso, pero así lo hizo, y fue dejando las plumitas, cuando volvió al otro día, le dijo el padre: "Bueno, ahora devuélvase y recójame todas las plumas", le dice la señora: "Pero ahora, ¿yo qué plumas voy a encontrar a estas alturas?" Y le dijo el padre: "Eso es lo que pasa con los chismes, eso es lo que pasa con las palabras que uno va soltando, después se las lleva el viento, ¿y quién parará esas plumas? ¿Quién encontrará esas palabras?"

Entonces, cuando uno piensa en la muerte, y cuando uno piensa en que muchas de las cosas que uno va a hacer, ya no las puede detener, entonces uno se vuelve mucho más recatado en las palabras, más recatado en los pensamientos.

Allá en el convento donde yo vivo, estamos leyendo la autobiografía del Papa Juan Pablo II, una autobiografía que lleva por título: "Don y Misterio", y cuenta el Papa que él tuvo un compañero de preparación en el seminario, al Papa le tocó muy dura la preparación en el seminario, porque era la época de la Segunda Guerra Mundial y entonces le tocó, en parte, ser un seminarista clandestino.

En fin, fue una situación muy terrible la que le tocó a él y cuando ya narra esa parte de su ordenación sacerdotal, para ese día se había podido ordenar un compañero suyo, un compañero que estaba en el seminario, pero no se pudo ordenar, ¿sabe por qué? Porque las autoridades lo reconocieron como sacerdote que se había preparado en la clandestinidad, lo apresaron, se lo llevaron y murió en un campo de concentración, no alcanzó a ser sacerdote. Eso le habría podido pasar al mismo Jaun Pablo II.

Entonces, es patético escuchar ese relato y más patético pensar: "¡Huy, un compañero mío, que estuvo conmigo y ya no está, hubiera podido estar aquí, hubiera podido recibir la ordenación sacerdotal, y ya no está", él ha muerto, y yo estoy aquí!"

Cuando uno piensa en estas cosas o cuando se muere una persona muy cercana, uno toma la vida de otra manera, uno recibe la vida cada día como un regalo entonces uno dice: "Bendito seas, Señor, por este día que me estás regalando, por la vida, por la salud, por poder orar". ¡Uno podría estar muerto!

Mire, de mis compañeros de colegio, con los que yo me gradué, tres han muerto ya, y yo no soy una persona demasiado mayor, yo creo; tres de mis compañeros ya han muerto, por ejemplo, en accidentes, a uno muy tristemente lo atracaron, lo drogaron para atracarlo. El hombre llegó a su casa, vivía en un edificio y bueno, quién sabe que ha hecho el hombre que se cayó y murió despedazado, se cayó de esas torres de apartamentos multifamiliares.

Yo digo, bueno, Dios disponga de nuestras vidas, Él es el único dueño; pero dice uno: "¡A uno podría sucederle eso! Uno no está exento de un accidente, de una enfermedad, de un problema congénito".

Todas esas meditaciones sobre la muerte nos invitan a apreciar la vida. Uno no debe pensar en la muerte para asustarse; debemos pensar en la muerte para apreciar la vida, para agradecer la vida. ¡Cuántas cosas tan bellas podemos hacer nosotros en un día, a cuántas personas les podemos hacer bien!

Pero, también nos sirve esta celebración para saber que todos tenemos, como la señora de la historieta aquella, muchas "plumas" que hemos regado, y que ya no las podemos detener, el daño que hemos hecho, los malos ejemplos que hemos dado.

Yo me pongo a pensar, por ejemplo, en mi condición de sacerdote: "Hombre, tantas cosas que uno no hizo bien, que hizo regular o que hizo mal". A veces uno alcanza a seguir tratando a las personas y como tratar de acercarlas a Dios, pero yo digo, a veces uno ha dado malos testimonio, o no se ha explicado bien, o lo que sea, y de pronto, uno ha dejado males por ahí, como rodando, como regados, ¿no? A veces uno le habla muy duro a una persona y luego no tiene tiempo de explicarle las cosa, porque ya esa persona se murió, porque ya no se la volvió a encontrar.

Entonces, lo que estamos celebrando hoy en esta fiesta, esta conmemoración de los fieles difuntos, es para darnos cuenta de que esas personas que ya salieron de esta tierra, muy probablemente salieron, llamémoslo así, como con cuentas pendientes, con cosas que no quedaron bien hechas, que no alcanzaron a corregir.

La última corrección, lo último que uno puede ofrecerle a Dios, para corregir lo que ya no puede corregir, es el amor, amarlo mucho a Él, entregarse a Él, ofrecer la propia vida en reparación por los pecados de uno y del mundo entero, eso es lo último que uno puede hacer; pero muchas veces pasa, o algunas veces pasa, que las personas mueren, y ni siquiera ese acto de caridad y de ofrenda de sí mismas lo alcanzan a hacer plenamente.

Por eso la Iglesia, en esta celebración, nos recuerda que todos tenemos que orar por esos fieles difuntos, porque en la medida en que quedaron esas cuentecitas pendientes, vamos a hablarlas así, es necesario que sea el amor de toda la Iglesia el que cubra todas esas faltas, todos esos errores, el que, de alguna manera, recoja todas esas "plumas" y pueda hacer, que incluso esos errores que ya no podemos reparar, el amor es siempre creador y es siempre creativo.

Por esto, es una práctica maravillosa orar por los fieles difuntos, porque nos ayuda a tomar en serio nuestra vida y porque es un acto de caridad muy grande.

Entender que uno muchas veces no alcanza a reparar todo lo que quisiera reparar y que, tal vez esas personas que ya se murieron, pues hubieran querido amar más a Dios, hubieran querido servir mejor, pero no pudieron.

Entonces ahora nosotros, con nuestro amor, con el amor de Cristo en la Eucaristía, nos unimos, en una sola ofrenda, para pedirle a Dios que lleve a todas esas personas a la plena contemplación de su rostro, al gozo de mirarle, de gozarse, de tener la alegría de Él en los cielos.

Sigamos, pues, esta celebración, tomando con mucha serenidad y al mismo tiempo con mucho agradecimiento nuestra vida. No desperdiciémos la vida, no maltratemos la vida, jamás maldigamos la vida, jamás atentemos contra la vida, nunca. La vida es la presencia más cercana, la más inmediata de la Providencia de Dios.

Nosotros agradecemos nuestra vida, y nos unimos a la ofrenda de Jesús, para que un baño inmenso de amor, lleve a estos fieles difuntos a la plena contemplación del rostro de Papá Dios.