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Fecha: 19971102
Título: Es bueno esperar en silencio la salvacion del Senor
Original en audio: 15 min. 1 seg.
Queridos Amigos:
Es tan importante esta celebración del dos de noviembre, conmemoración de todos los fieles difuntos que incluso, aunque se trata de un domingo en este día, la celebración, la oración por los difuntos, tiene prelación sobre las lecturas del domingo.
La mayoría de las memorias de los santos e incluso de las fiestas que tiene el calendario litúrgico, le ceden su paso al domingo, por ejemplo, mañana celebramos a San Martín de Porres, un religioso de nuestra Comunidad, muy conocido y muy amado en nuestras tierras.
Pero, cuando el tres de noviembre, día de San Martín, cae en domingo, entonces no se celebra San Martín, sino se celebra el domingo, se toman las lecturas del domingo.
¿Por qué el domingo tiene esta importancia? Porque es el día de la Resurrección del Señor y esta es la solemnidad por excelencia. De modo que el domingo tiene una gran importancia para nosotros y esto se refleja en la primacía que tienen las lecturas del domingo sobre las lecturas de los Santos.
Pero llega el dos de noviembre y resulta que tomamos las lecturas de la conmemoración de los fieles difuntos y no las lecturas del domingo.
Este comentario litúrgico quiere despertar en ustedes el amor por esta celebración. Además, es una celebración singular, porque, por ejemplo, los cristianos no católicos, es decir, evangélicos, luteranos, presbiterianos, etcétera, no tienen una celebración de este género, es más, ellos consideran que orar por los difuntos es uno de los muchos caminos que nos llevan a nosotros los católicos hacia la idolatría.
Y consideran que no se debe orar por los difuntos, pero sin embargo nosotros tenemos esta celebración, ¿por qué? ¿Será ella esa especie de idolatría de la que se nos habla?
Aún hay más, si nosotros miramos en nuestro propio pueblo, nuestro pueblo colombiano, el amor y la devoción por los fieles difuntos ha sido tan intenso como plural. Resulta que hay muchas personas que tienen cariño, devoción por los difuntos, pero, a veces de una manera extraña, por ejemplo, las celebraciones a las ánimas. La palabra "ánima" viene del latín y significa alma.
En la época de los computadores, en la época del Internet, en la época de la tecnología, ¿dónde andan las ánimas? ¿Andan también metidas entre los cables, los microondas, los satélites y los TV cables?
¿Puede un cristiano razonable y sensato, puede un profesional, por ejemplo, creer en ánimas y rezar a las ánimas? ¿No pertenece ese mundo al imaginario folclórico de aquellas regiones donde no ha entrado francamente la civilización, regiones precientíficas? O sea que tiene su importancia esto de las ánimas.
Finalmente, dentro de esta motivación, hay que destacar que este tema de los difuntos tiene su relación con costumbres o prácticas recientes. Por ejemplo, supongamos que usted cree en la reencarnación, en ese caso usted no es cristiano, pero supongamos que usted cree en la reencarnación y que usted por error, por ignorancia se entró a esta iglesia.
Esta iglesia es cristiana, nosotros creemos en Jesucristo, nosotros somos católicos. Un católico no puede creer en la reencarnación, son incompatibles; creer en la reencarnación, es ir en contra de la Biblia, el capítulo IX de la Carta a los Hebreos dice expresamente eso, y el libro del Deuteronomio habla expresamente en contra de la invocación de espíritus.
Pero, bueno, mi historia es: supongamos que usted cree en la reencarnación y entró a esta iglesia. Pues resulta que usted oye las lecturas y después ve que se está hablando de la conmemoración de los fieles difuntos; si usted cree en la reencarnación, en conciencia, tiene que irse de aquí.
Con toda cordialidad y urbanidad le digo: usted puede retirarse. Si usted cree en las regresiones y en las otras vidas, entonces le toca irse de aquí, usted no tiene nada que hacer en este templo.
Ahora, eso no significa que como ciudadanos tengamos que maltratarnos, no; si nos vemos por la calle nos vamos a saludar muy bien; pero usted no tiene nada qué hacer en esta iglesia, si usted cree en la reencarnación.
Resulta que esta celebración es una proclamación de la resurrección de Jesucristo aplicada a nuestra vida. Esa es la razón por la que se puede celebrar y se debe celebrar aunque sea domingo. Esta celebración, esta oración por nuestros fieles difuntos está proclamando la resurrección del Señor aplicada a nuestra vida.
Nosotros decimos en el Credo: "Creo en la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro", y la resurrección de los muertos, aquí en plural, ¿cuáles muertos son? ¿Pues cuáles muertos somos? Somos ustede y yo, es usted y soy yo; nosotros.
Cuando decimos: "Creemos en la resurrección de los muertos", estamos diciendo: "Creo, que después de que yo me muera, si muero con la fe viva en Jesucristo, hay para mí un acontecimiento que no sé describir en su último detalle, -esto no es extraño, nada se puede describir en su último detalle-.
Hay un acontecimiento maravilloso, un poder que resucitará mi ser; creo que aquello que le pasó a Jesucristo me va a pasar también a mí; creo que el Espíritu de Dios, que tuvo poder para levantar a Cristo del fracaso del sepulcro, ese Espíritu también tiene poder para levantarme a mí de mis cenizas, de mi sepulcro, de la tumba".
De manera que esta celebración es ante todo, una proclamación de nuestra fe. Creemos que lo que nosotros estamos afirmando de Cristo, se puede afirmar también de nosotros los que creemos en Cristo. Esto da un poco de escalofrío: "Creo que yo voy a resucitar". Haga la prueba de decirlo así, pasito, ojalá sin que se de cuenta su vecino, intente decir así pasito: "Yo voy a resucitar", uno se siente un poco raro, o sea, "me voy a morir y voy a resucitar".
Es una fe fantástica la nuestra, es una fe increíble la nuestra. Claro que decir una fe increíble, es decir una fe que no se puede creer, ahí es simplemente una hipérbole, no es más.
"Creo que voy a resucitar", eso estamos proclamando. Esta celebración, en la conmemoración de los fieles difuntos está diciendo que Dios nos creó para una vida que supera al tiempo y al espacio.
Cuando decimos esto, estamos afirmando que la resurrección no es: "vuelve y juega, vuelve y comienza la vida", no; esa es la reencarnación y eso no es cristiano, sino estamos afirmado una vida que está más allá de esas realidades que llamamos tiempo, que llamamos espacio, que llamamos materia; algo que está más allá de eso.
Y sin embargo esta resurrección no es simplemente un estado mental. Puesto que la resurrección de Cristo supone el Cuerpo de Cristo, mi resurrección supone mi propio cuerpo.
¿Con qué cuerpo voy a resucitar? Váyase usted al capítulo XV de la Primera Carta a los Corintios, donde se encuentra un comentario precioso sobre esa pregunta, ¿con qué cuerpo voy a resucitar? Pero le cuento que la resurrección es resurrección de la carne, es resurrección con cuerpo, un cuerpo glorioso como el de Cristo. Grande, ¿no? Grande la fe. La fe es algo muy grande.
Pero esta celebración es también una celebración en la esperanza. Cuando nosotros decimos que estamos orando por los fieles difuntos, estamos afirmando, con un realismo crudo, que la vida humana, así esté unida a Cristo, pasa por muchas mediocridades. La celebración de hoy es una proclamación del más puro realismo.
Es reconocer que en todos nosotros hay tantas limitaciones que nos llevan a afirmar, que incluso más allá de la muerte, necesitamos ayuda, necesitamos amor, necesitamos misericordia para alcanzar nuestra plenitud, y esta es la tercera dimensión de nuestra celebración de hoy. Es una celebración en la caridad.
Efectivamente, cuando uno piensa, por ejemplo, en caridad o en misericordia, uno piensa en ayudar a las personas que están vivas, y eso está muy bien, pero además de las personas que están vivas, resulta que hay personas que tienen una necesidad, si se quiere, mayor; y una posibilidad de ayudarse, si se quiere, menor.
Lo que quiero decir es que nadie tiene tanta necesidad de ayuda, y nadie está tan imposibilitado para ayudarse como el difunto, aquel que ya ha muerto.
Mientras nosotros estamos en esta tierra, podemos hacer por nosotros mismos, por ejemplo, cuando yo le recuerdo a usted estos artículos de nuestra fe, como la resurrección de los muertos, usted de pronto siente como una inquietud: "¡Yo no había pensado que eso era de ese tamaño! Y de pronto usted se mueve como a orar un poquito, a instruirse, a leer un poquito.
Porque yo me imagino que uno debe tener tiempo no sólo para leer lo que da plata, sino hay que tener tiempo también para conocer la fe.
Entonces, mientras usted está en esta tierra, usted puede tener actos de fe, actos de esperanza y actos de amor; mientras no se ha terminado la condición temporal propia del ser humano, entonces usted puede hacer algo por usted mismo, pero después de que usted muere, su capacidad de actos voluntarios termina; y entonces usted no tiene nada, sino la misericordia de Dios y la piedad de las oraciones de la Iglesia.
Por eso, el estado de mayor indigencia, el estado de más completa pobreza concebible es el estado del difunto, él, que no puede hacer nada por sí mismo, está es una condición de suyo inferior a la de aquel que tiene hambre, que tiene sed, o que carece de techo.
Por algo, el Fundador de nuestra comunidad, Santo Domingo de Guzmán, tuvo entre sus amores de toda la vida, el orar por los fieles difuntos, el ofrecer a Dios oración y amor por todos ellos, porque entendía que en la oraciones por ellos se ejerce de modo singular la caridad, una caridad que atraviesa el umbral de la muerte.
Esa es la Iglesia. La Iglesia, entonces, tiene una parte, llamémosla así, una porción, que somos nosotros, esta se llama Iglesia peregrina: subimos, bajamos, nos enfervorizamos, nos volvemos indiferentes, pecamos, reconciliamos; somos la Iglesia peregrina.
Pero, junto a esta Iglesia peregrina, el día de ayer estábamos contemplando la gloria de los santos, ayer fue el día de Todos los Santos, y esta es la Iglesia triunfante, la Iglesia gloriosa, en la cual vemos realizado el Evangelio.
Junto a nuestros fieles del cielo y junto a nosotros en la tierra, hay una Iglesia purgante, una Iglesia purificante, una Iglesia que se está purificando, una Iglesia que necesita ser lavada por la Sangre de Cristo y por las oraciones de la Iglesia. Esa Iglesia es a la que nos estamos uniendo de modo singular en esta celebración.
¿Y qué tienen en común los difuntos que necesitan oraciones, los santos que son evangelios realizados, y nosotros que peregrinamos en esta tierra? ¿Qué hay en común en estas tres porciones? Un mismo lazo de amor, una misma oración, una misma súplica, y esa misma súplica la encontramos perfectamente realizada en el sacramento de la Eucaristía.
En ella se nos muestra la gloria y el esplendor del Resucitado como está en el cielo; en ella se da alimento a los que vamos de camino por la tierra; y en ella se ofrece amor y misericordia para nuestros hermanos difuntos.
Sigamos esta celebración. Tarea: ahondar en la fe. Por favor, no lea cosas solamente para esta tierra; no se preocupe sólo de preparase para esta tierra. Hay que volver a decir, como se hacía tal vez en tiempos medievales: "Memento mori", "acuérdate, tú también vas a morir".
Aprende cosas, no sólo para esta tierra, aprende algo que venza a la muerte.