Eucaristía

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Propedéutica Eucarística

Fuentes en la Escritura

Antiguo Testamento

Prefiguraciones: una mirada alegórica a los textos

Guiados por la luz de la Pascua, podemos encontrar en el Antiguo Testamento esbozos del sacramento eucarístico:

  1. El sacrificio del sumo sacerdote Mequisedec, que recibe el diezmo de Abraham, y a nombre suyo ofrece pan y vino. (Génesis 14,18).
  2. Isaac, sacrificado por su propio padre Abraham (Génesis 22,10).
  3. El maná, con que se alimentó el pueblo de Israel durante su peregrinar por el desierto. (Exodo 16) .
  4. Y sobre todo, el sacrificio y luego comida del cordero pascual, que libró de la muerte al pueblo de Israel (Éxodo 12).

La Cena Pascual: Alianza y Liberación

¿Qué hace distinta la Cena Pascual de otra comida ordinaria? Observamos que:

  1. La Cena trasciende la motivación natural-fisiológica, es decir, el hambre del cuerpo.
  2. La Cena trasciende la motivación natural-social, es decir, el compartir de familia o de amigos.
  3. En la Cena hay una víctima vicaria: uno que muere en lugar de otro: el cordero muere en lugar de los israelitas. La noche de la Pascua es noche de exterminio (el ángel de Dios pasa exterminando); es noche de ira. El pueblo de Israel queda a salvo de esa ira por la sangre del cordero sacrificado. La sangre indica que "ya ha habido muerto."
  4. La Cena marca una diferencia entre Israel y Egipto: en Israel mueren corderos; en Egipto, primogénitos.

La Ira de Dios y el por qué de la muerte

¿Por qué "debe haber" muertos en esa noche? Se trata de una noche de juicio o de "ira." Santo Tomás explica: nos e trata de una emoción o sentimiento que Dios tenga, sino de la acumulación objetiva de las consecuencias de nuestras malas acciones.

La Biblia toma el obrar humano muy en serio. La vida es todo menos juego. Además, el mal no es algo que permanezca en el interior, ausente del escrutinio de los demás, o de influir en los demás. En esto, la mirada de la Ecritura es "ecológica": si envenenamos el ambiente terminamos envenenándonos a nosotros mismos. Nuestros pecados acumulan basura y veneno en el ambiente espiritual y moral, e incluso físico. Al final, el colapso de la naturaleza deja ver con claridad el peso del mal que hemos cometido entre todos. Otras imágenes: las tuberías de aguas negras; la multiplicación de los abortos; el aumento en suicidios y depresiones.

El día en que todo ello colapsa es lo que la Biblia llama el Día de la Ira de Dios. La liberación de los israelitas es ante todo el estrepitoso derrumbe de un orden caduco. Lo que nace, nace bajo la protección de la sangre del cordero.

La sangre de la Alianza

En el antiguo Oriente los pactos se sellan con sacrificio. Un pasaje es especialmente relavante:

Y le dijo: Yo soy el SEÑOR que te saqué de Ur de los caldeos, para darte esta tierra para que la poseas. Y él le dijo: Oh Señor DIOS, ¿cómo puedo saber que la poseeré? El le respondió: Tráeme una novilla de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón. El le trajo todos éstos y los partió por la mitad, y puso cada mitad enfrente de la otra; mas no partió las aves. Y las aves de rapiña descendían sobre los animales sacrificados, pero Abram las ahuyentaba. Y sucedió que a la puesta del sol un profundo sueño cayó sobre Abram, y he aquí que el terror de una gran oscuridad cayó sobre él. Y Dios dijo a Abram: Ten por cierto que tus descendientes serán extranjeros en una tierra que no es suya, donde serán esclavizados y oprimidos cuatrocientos años. Mas yo también juzgaré a la nación a la cual servirán, y después saldrán de allí con grandes riquezas. (Génesis 15,7-14)

Aquella gente celebraba sus pactos así porque al pasar por mediod e los animales degollados recitaban oraciones a sus dioses atrayendo sobre sí mismos ese destino fatal si llegaban a incumplir lo prometido. La sangre es señal de compromiso hasta dar la vida; es un modo personal y a la vez público de decir: así acepto, con todo mi ser, lo que hemos convenido y expresado en nuestras palabras. Al respecto es importante:

Entonces Dios dijo a Moisés: Sube hacia el SEÑOR, tú y Aarón, Nadab y Abiú, y setenta de los ancianos de Israel, y adoraréis desde lejos. Sin embargo, Moisés se acercará solo al SEÑOR, y ellos no se acercarán, ni el pueblo subirá con él. Y Moisés vino y contó al pueblo todas las palabras del SEÑOR y todas las ordenanzas; y todo el pueblo respondió a una voz, y dijo: Haremos todas las palabras que el SEÑOR ha dicho. Y Moisés escribió todas las palabras del SEÑOR. Levantándose muy de mañana, edificó un altar al pie del monte, con doce columnas por las doce tribus de Israel. Y envió jóvenes de los hijos de Israel, que ofrecieron holocaustos y sacrificaron novillos como ofrendas de paz al SEÑOR. Moisés tomó la mitad de la sangre y la puso en vasijas, y la otra mitad de la sangre la roció sobre el altar. Luego tomó el libro del pacto y lo leyó a oídos del pueblo, y ellos dijeron: Todo lo que el SEÑOR ha dicho haremos y obedeceremos. Entonces Moisés tomó la sangre y la roció sobre el pueblo, y dijo: He aquí la sangre del pacto que el SEÑOR ha hecho con vosotros, según todas estas palabras. (Éxodo 24,1-8)

¿Qué significa sacrificar?

En otras naciones los dioses se alimentan:

Daniel era comensal del rey y más honrado que ningún otro de sus amigos. Tenían los babilonios un ídolo, llamado Bel, con el que se gastaban cada día doce artabas de flor de harina, cuarenta ovejas y seis medidas de vino. El rey también le veneraba y todos los días iba a adorarle. Daniel, en cambio, adoraba a su Dios. El rey le dijo: «¿Por qué no adoras a Bel?» El respondió: «Porque yo no venero a ídolos hechos por mano humana, sino solamente al Dios vivo que hizo el cielo y la tierra y que tiene poder sobre toda carne.» Díjole el rey: ¿Crees que Bel no es un dios vivo? ¿No ves todo lo que come y bebe a diario?» Daniel se echó a reír: «Oh rey, no te engañes - dijo -, por dentro es de arcilla y por fuera de bronce, y eso no ha comido ni bebido jamás.» Entonces el rey, montando en cólera, mandó llamar a sus sacerdotes y les dijo: «Si no me decís quién es el que come este dispendio, moriréis; pero si demostráis que el que lo come es Bel, morirá Daniel por haber blasfemado contra Bel.» Daniel dijo al rey: «¡Hágase según tu palabra!» Eran setenta los sacerdotes de Bel, sin contar las mujeres y los hijos. El rey se dirigió, pues, con Daniel al templo de Bel, y los sacerdotes de Bel le dijeron: «Mira, nosotros vamos a salir de aquí; tú, oh rey, manda poner la comida y el vino mezclado; luego cierra la puerta y séllada con tu anillo; si mañana por la mañana, cuando vuelvas, no encuentras que Bel se lo ha comido todo, moriremos nosotros; en caso contrario, morirá Daniel que nos ha calumniado.» Estaban ellos tranquilos, porque se habían hecho una entrada secreta debajo de la mesa y por allí entraban normalmente a llevarse las ofrendas. En cuanto salieron y el rey depositó la comida ante Bel, Daniel mandó a sus criados que trajeran ceniza y la esparcieran por todo el suelo del templo, sin más testigo que el rey. Luego salieron, cerraron la puerta, la sellaron con el anillo real, y se fueron. Los sacerdotes vinieron por la noche, como de costumbre, con sus mujeres y sus hijos, y se lo comieron y bebieron todo. El rey se levantó muy temprano y Daniel con él. El rey le preguntó: «Daniel, ¿están intactos los sellos?» - «Intactos, oh rey», respondió él. Nada más abierta la puerta, el rey echó una mirada a la mesa y gritó en alta voz: «¡Grande eres, Bel, y no hay en ti engaño alguno!» Daniel se echó a reír y, deteniendo al rey para que no entrara más adentro, le dijo: «Mira, mira al suelo, y repara de quién son esas huellas.» - «Veo huellas de hombres, de mujeres y de niños», dijo el rey; y, montando en cólera, mandó detener a los sacerdotes con sus mujeres y sus hijos. Ellos le mostraron entonces la puerta secreta por la que entraban a consumir lo que había sobre la mesa. Y el rey mandó matarlos y entregó a Bel en manos de Daniel, el cual lo destruyó, así como su templo. (Daniel 14,2-22)

El Dios de Israel, en cambio, da alimento:

Cantad a Yahveh en acción de gracias, salmodiad a la cítara para nuestro Dios: El que cubre de nubes los cielos, el que lluvia a la tierra prepara, el que hace germinar en los montes la hierba, y las plantas para usos del hombre, el que dispensa al ganado su sustento, a las crías del cuervo que graznan. (Salmo 147,7-9)

Los sacrificios no tienen entonces el sentido de aplacar o alimentar a un "dios." El Deuteronomio invita a los israelitas a alegrarse con Dios, de modo que en aquello que comen de lo sacrificado participan de la alegría que Dios mismo es. El sacrificio es un medio pedagógico para descubrir la abundancia de Dios, y un modo también de crear un espacio de comunión.

Guárdate de ofrecer tus holocaustos en cualquier lugar sagrado que veas; sólo en el lugar elegido por Yahveh en una de tus tribus podrás ofrecer tus holocaustos y sólo allí pondrás en práctica todo lo que yo te mando. Podrás, sin embargo, siempre que lo desees, sacrificar y comer la carne, como bendición que te ha dado Yahveh tu Dios, en todas tus ciudades. Tanto el puro como el impuro podrán comerla, como si fuese gacela o ciervo. Sólo la sangre no la comeréis; la derramarás en tierra como agua. No podrás comer en tus ciudades el diezmo de tu trigo, de tu mosto o de tu aceite, ni los primogénitos de tu ganado mayor o menor, ninguna de tus ofrendas votivas o de tus ofrendas voluntarias, ni las ofrendas reservadas de tus manos. Sino que lo comerás en presencia de Yahveh tu Dios, en el lugar elegido por Yahveh tu Dios y solamente allí, tú, tu hijo y tu hija, tu siervo y tu sierva, y el levita que vive en tus ciudades. Y te regocijarás en presencia de Yahveh tu Dios por todas tus empresas. (Deuteronomio 12,13-18)

Nuevo Testamento

La Hora de Jesús

El Evangelio de Juan presenta un tema peculiar que crece en intensidad a medida que avanza el texto: la hora de Jesús.Desde el primer signo en Caná de Galilea (Juan 2,4) hasta la entrega de María como madre al discípulo amado (Juan 19,27), aquella hora indica el momento decisivo, el tiempo de la revelación, la batalla crucial, la liberación definitiva.

En los Sinópticos la misma idea aparece en el hecho de que la Pascua de Cristo ocupa una proporción enorme del texto completo. En Marcos, por ejemplo, corresponde a tres de los dieciséis capítulos. La cantidad de detalles descritos y el recuento de todo lo sucedido sugieren que en realidad todo el texto anterior viene a ser como una larga introducción que nos ayuda a entender qué está sucediendo en la Cena, la Cruz y el Sepulcro.

En contra, pues, de la postura gnóstica que desprecia al mensajero y que sólo valora la enseñanza, o el mensaje, los Evangelios muestran aprecio inmenso y verdadera veneración por los acontecimientos que rodearon la muerte de Cristo, preludio del anuncio de su Resurrección. Los discursos de Jesús, sus milagros, sus exorcismos, sus oraciones, su manera entera de vivir han de ser leídos desde los acontecimientos pascuales, y en particular, desde el signo de la donación-sacrificio.

Cristo: Sacerdote que ofrece su propio Cuerpo

Especialmente la Carta a los Hebreos destaca tanto al continuidad como el contraste que se da entre los sacrificios de la Antiguo Alianza y el sacrificio de Cristo, que viene a sellar la Nueva Alianza. Según este enfoque, Cristo es presentado como "Sumo sacerdote de los bienes futuros" (Hebreos 9,11). No es de la tribu de Leví, y ello significa que no es sacerdote según la carne y al sangre. Su sacerdocio es superior, y es el que necesitábamos:

Tanto el santificador como los santificados tienen todos el mismo origen. Por eso no se avergüenza de llamarles hermanos cuando dice: Anunciaré tu nombre a mis hermanos; en medio de la asamblea te cantaré himnos. Y también: Pondré en él mi confianza. Y nuevamente: Henos aquí, a mí y a los hijos que Dios me dio. Por tanto, así como los hijos participan de la sangre y de la carne, así también participó él de las mismas, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al Diablo, y libertar a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud. Porque, ciertamente, no se ocupa de los ángeles, sino de la descendencia de Abraham. Por eso tuvo que asemejarse en todo a sus hermanos, para ser misericordioso y Sumo Sacerdote fiel en lo que toca a Dios, en orden a expiar los pecados del pueblo. Pues, habiendo sido probado en el sufrimiento, puede ayudar a los que se ven probados. (Hebreos 2,11-18)

La idea es que Cristo es a la vez cercano, y por eso puede llamarnos "hermanos," pero a la vez es único y perfecto:

Así es el Sumo Sacerdote que nos convenía: santo, inocente, incontaminado, apartado de los pecadores, encumbrado por encima de los cielos, que no tiene necesidad de ofrecer sacrificios cada día, primero por sus pecados propios como aquellos Sumos Sacerdotes, luego por los del pueblo: y esto lo realizó de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo. (Hebreos 7,26-27)

La estructura de esta Carta muestra que: la ofrenda de este Sacerdote es su propio cuerpo (7,26-27); el templo en el que entra es el Cielo mismo (8,1-2); el fruto de su sacrificio es el perdón "de nuestras obras muertas" (2,17; 9,11-14). Ahora corresponde a nosotros estar firmes en la fe (10,23; 12,1-2), no abandonar nuestras asambleas de oración (10,25), ser dóciles a nuestros dirigentes y pastores (13,7.17) y buscar la paz y al santidad, "sin la cual nadie verá a Dios" (12,14)

Cristo: Nuestra Pascua

Los límites de la Alianza en Moisés son evidentes en la teología de san Pablo también. Él expresa esta idea mediante el contraste entre lo que puede dar la Ley y lo que nos comunica la fe. Los textos son abundantes, especialmente en las Cartas a los Gálatas y a los Romanos. La afirmación más rotunda quizás es esta: "No hago nula la gracia de Dios, porque si la justicia viene por medio de la ley, entonces Cristo murió en vano" (Gálatas 2,21).

El papel de "la Ley" (que en la práctica incluye todo lo que llamamos Antiguo Testamento) viene a ser doble: por un lado, es preparación para el nuevo régimen en Cristo:

Antes de que llegara la fe, estábamos encerrados bajo la vigilancia de la ley, en espera de la fe que debía manifestarse. De manera que la ley ha sido nuestro pedagogo hasta Cristo, para ser justificados por la fe. Mas, una vez llegada la fe, ya no estamos bajo el pedagogo. Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. (Gálatas 3,23-26)

Por otra parte, quienes absolutizan a ese pedagogo que es la Ley en realidad están despreciando la meta o término que la misma Ley anunciaba:

Habéis roto con Cristo todos cuantos buscáis la justicia en la ley. Os habéis apartado de la gracia. (Gálatas 5,4)

Las expresiones "justicia" y "justificación" no son inmediatamente claras para nosotros. Ser "justo" viene a ser equivalente a estas otras expresiones: estar a paz y salvo con Dios; estar en amistad con Él; tener confianza y estar en alianza con Él de modo que tenemos los mismos amigos y los mismos enemigos. El "justo" de que habla san Pablo es lo que nosotros llamaríamos una persona buena, sincera, santa, de fiar, un verdadero amigo de Dios.

A ese estado de "justicia" no se puede llegar por la propias fuerzas ni basta con saber qué hay que hacer y qué hay que evitar. Esto último ya lo daba la Ley, peor la Ley no lo salva a uno de seguir deseando lo que uno mismo sabe que está prohibido y que hará daño:

¿Qué decir, entonces? ¿Que la ley es pecado? ¡De ningún modo! Sin embargo yo no conocí el pecado sino por la ley. De suerte que yo hubiera ignorado la concupiscencia si la ley no dijera: ¡No te des a la concupiscencia! Mas el pecado, tomando ocasión por medio del precepto, suscitó en mi toda suerte de concupiscencias; pues sin ley el pecado estaba muerto. ¡Ah! ¡Vivía yo un tiempo sin ley!, pero en cuanto sobrevino el precepto, revivió el pecado, y yo morí; y resultó que el precepto, dado para vida, me fue para muerte. Porque el pecado, tomando ocasión por medio del precepto, me sedujo, y por él, me mató. Así que, la ley es santa, y santo el precepto, y justo y bueno. Luego ¿se habrá convertido lo bueno en muerte para mí? ¡De ningún modo! Sino que el pecado, para aparecer como tal, se sirvió de una cosa buena, para procurarme la muerte, a fin de que el pecado ejerciera todo su poder de pecado por medio del precepto. Sabemos, en efecto, que la ley es espiritual, mas yo soy de carne, vendido al poder del pecado. Realmente, mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco. Y, si hago lo que no quiero, estoy de acuerdo con la Ley en que es buena; en realidad, ya no soy yo quien obra, sino el pecado que habita en mí. Pues bien sé yo que nada bueno habita en mí, es decir, en mi carne; en efecto, querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero. Y, si hago lo que no quiero, no soy yo quien lo obra, sino el pecado que habita en mí. Descubro, pues, esta ley: aun queriendo hacer el bien, es el mal el que se me presenta. Pues me complazco en la ley de Dios según el hombre interior, pero advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte? ¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor! Así pues, soy yo mismo quien con la razón sirve a la ley de Dios, mas con la carne, a la ley del pecado. (Romanos 7,7-25)

Para que uno no siga dividido, deseando el mal aun sabiendo que es malo, se necesita una renovación interior de tales proporciones, que equivale a ser creado nuevamente. Pablo habla de hecho de una nueva creación:

Porque el amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron. Y murió por todos, para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos. Así que, en adelante, ya no conocemos a nadie según la carne. Y si conocimos a Cristo según la carne, ya no le conocemos así. Por tanto, el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo. Y todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación. Porque en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino poniendo en nosotros la palabra de la reconciliación. (2 Corintios 5,14-19)

Llegamos a ser creaturas nuevas por la unión con aquel que, al morir, destruyó el régimen antiguo, que estaba preso de los malos deseos, y al resucitar ha dado comienzo a un nuevo régimen en el cual Dios mismo inspira el querer y el obrar (Filipenses 2,13). Esta unión nuestra con el sacrificio único y redentor de Cristo se alcanza mediante la fe, según el conocido texto:

Mas la justicia que viene de la fe dice así: No digas en tu corazón ¿quién subirá al cielo?, es decir: para hacer bajar a Cristo; o bien: ¿quién bajará al abismo?, es decir: para hacer subir a Cristo de entre los muertos. Entonces, ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra: en tu boca y en tu corazón, es decir, la palabra de la fe que nosotros proclamamos. Porque, si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo. Pues con el corazón se cree para conseguir la justicia, y con la boca se confiesa para conseguir la salvación. (Romanos 10,6-10)

La fe, sin embargo, no es un acto interno e invisible. La fe florece en obras de amor (Gálatas 5,6). No es que las obras reemplacen a la fe, como sería el caso si uno se apoyara en el propio cumplimiento de la Ley, sino que la fe transforma el ser y lo dispone "para toda obra buena" (2 Timoteo 2,21; Colosenses 1,9-10). Por eso también Santiago dice que la fe sin obras está muerta (Santiago 2,17-18).

Si la fe es patente y engendra obras de amor, nuestra comunión con Cristo no es un acto subjetivo, sustraído de la esfera de lo social. Ya vimos que la Carta a los Hebreos exhorta a todos a que no abandonen las asambleas, o sea, que no dejen de reunirse para expresar y alimentar su fe (Hebreos 10,25). Ya desde el comienzo de la Iglesia fue así:

Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones. El temor se apoderaba de todos, pues los apóstoles realizaban muchos prodigios y señales. Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno. Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón. Alababan a Dios y gozaban de la simpatía de todo el pueblo. El Señor agregaba cada día a la comunidad a los que se habían de salvar. (Hechos 2,42-47)

La dimensión pública de la fe empieza con la recepción del bautismo y tiene su plenitud en "la fracción del pan." En un texto denso san Pablo muestra la unión entre la fe la comunión, entre la solidaridad social y la unión en Cristo, entre la pureza de conciencia y la expresión pública de lo que uno es:

Y al dar estas disposiciones, no os alabo, porque vuestras reuniones son más para mal que para bien. Pues, ante todo, oigo que, al reuniros en la asamblea, hay entre vosotros divisiones, y lo creo en parte. Desde luego, tiene que haber entre vosotros también disensiones, para que se ponga de manifiesto quiénes son de probada virtud entre vosotros. Cuando os reunís, pues, en común, eso ya no es comer la Cena del Señor; porque cada uno come primero su propia cena, y mientras uno pasa hambre, otro se embriaga. ¿No tenéis casas para comer y beber? ¿O es que despreciáis a la Iglesia de Dios y avergonzáis a los que no tienen? ¿Qué voy a deciros? ¿Alabaros? ¡En eso no los alabo! Porque yo recibí del Señor lo que os he transmitido: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: «Este es mi cuerpo que se da por vosotros; haced esto en recuerdo mío.» Asimismo también la copa después de cenar diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre. Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en recuerdo mío.» Pues cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga. Por tanto, quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma así el pan y beba de la copa. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo. Por eso hay entre vosotros muchos enfermos y muchos débiles, y mueren no pocos. Si nos juzgásemos a nosotros mismos, no seríamos castigados. Mas, al ser castigados, somos corregidos por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo. Así pues, hermanos míos, cuando os reunáis para la Cena, esperaos los unos a los otros. Si alguno tiene hambre, que coma en su casa, a fin de que no os reunáis para castigo vuestro. Lo demás lo dispondré cuando vaya. (1 Corintios 11,17-34)

La comunión en ese pan y en esa copa no es otra cosa que la unión con Cristo: aquella unión que ha tenido su comienzo en el bautismo y que renueva y transforma el propio ser de manera que uno no sea bueno o justo porque le toca, o por obligación, o por miedo, o por apariencia, sino en la verdad de Dios, porque "nuestro cordero pascual, Cristo, ha sido inmolado" (1 Corintios 5,7).

Los relatos de la Institución

Cuando llegó la hora, se puso a la mesa con los apóstoles; y les dijo: «Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios.» (Lucas 22,14-16)

Hay un vínculo claro entre la Pascua judía y la Ultima Cena de Jesús; un vinculo que representa el paso entre la figura y lo figurado; el paso entre la imagen y la realidad. Cristo habla de su Alianza como "nueva" y "definitiva." El sentido de "novedad" no indica un elemento más dentro de una serie, sino la irrupción de aquello que sólo Dios puede hacer. Lo "definitivo" indica la perfección de la intención, de la ofrenda y del resultado.

Hay dos recensiones de los relatos de la institución de la Eucaristía. Por una parte están Lucas y Pablo, que presentan al Cuerpo "entregado" :

Cuando llegó la hora, se puso a la mesa con los apóstoles; y les dijo: «Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios.» Y recibiendo una copa, dadas las gracias, dijo: «Tomad esto y repartidlo entre vosotros; porque os digo que, a partir de este momento, no beberé del producto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios.» Tomó luego pan, y, dadas las gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío.» De igual modo, después de cenar, la copa, diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros. (Lucas 22,14-20)
Yo recibí del Señor lo que os he transmitido: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: «Este es mi cuerpo que se da por vosotros; haced esto en recuerdo mío.» Asimismo también la copa después de cenar diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre. Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en recuerdo mío.» (1 Corintios 11,23-25)

Por otra parte tenemos a Marcos y Mateo, que hablan de la Sangre "derramada por muchos" :

Y mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio y dijo: «Tomad, este es mi cuerpo.» Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio, y bebieron todos de ella. Y les dijo: «Esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos. Yo os aseguro que ya no beberé del producto de la vid hasta el día en que lo beba nuevo en el Reino de Dios.» (Marcos 14,22-25)
Mientras estaban comiendo, tomó Jesús pan y lo bendijo, lo partió y, dándoselo a sus discípulos, dijo: «Tomad, comed, éste es mi cuerpo.» Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio diciendo: «Bebed de ella todos, porque ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos para perdón de los pecados. Y os digo que desde ahora no beberé de este producto de la vid hasta el día aquel en que lo beba con vosotros, nuevo, en el Reino de mi Padre.» (Mateo 26,26-29)

Varias preguntas pueden plantearse

Elaboración Teológica

Antiguos Padres de la Iglesia

Los textos de Hechos de los Apóstoles sobre la "fracción del pan" y de 1 Corintios sobre la Cena del Señor y lo que implica participar de ella muestran desde el principio que el mandato del Señor: "Haced esto en memoria mía..." tuvo desde el principio un lugar único en la conciencia de los cristianos. Un proceso natural llevó a establecer un día de reunión, el "día del Señor", según leemos ya en el capítulo 14 de la Didajé:

En el día del Señor reuníos y romped el pan y haced la eucaristía, después de haber confesado vuestros pecados, a fin de que vuestro sacrificio sea puro. Todo el que tenga disensión con su compañero, no se junte con vosotros hasta que no se hayan reconciliado, para que no sea profanado vuestro sacrificio. Este es el sacrificio del que dijo el Señor: «En todo lugar y tiempo se me ofrece un sacrificio puro: porque yo soy el gran Rey, dice el Señor, y mi nombre es admirable entre las naciones» (véase Malaquías 1, 11)

Los capítulos IX y X dan algún detalle sobre los rasgos de la celebración misma:

En cuanto a la Eucaristía, dad gracias así. En primer lugar, sobre el cáliz: «Te damos gracias, Padre nuestro, por la santa vid de David, tu siervo, que nos diste a conocer por Jesús, tu siervo. A Ti gloria por los siglos».
Luego, sobre el fragmento de pan: «Te damos gracias, Padre nuestro, por la vida y el conocimiento que nos diste a conocer por medio de Jesús, tu siervo. A Ti la gloria por los siglos».
«Así como este trozo estaba disperso por los montes y reunido se ha hecho uno, así también reúne a tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino. Porque tuya es la gloria y el poder por los siglos por medio de Jesucristo».
Nadie coma ni beba de vuestra Eucaristía a no ser los bautizados en el nombre del Señor, pues acerca de esto también dijo el Señor: No deis lo santo a los perros.
Después de haberos saciado, dad gracias de esta manera:
«Te damos gracias, Padre Santo, por tu Nombre Santo que has hecho habitar en nuestros corazones, así como por el conocimiento, la fe y la inmortalidad que nos has dado a conocer por Jesús tu siervo. A Ti la gloria por los siglos».
«Tú, Señor omnipotente, has creado el universo a causa de tu Nombre, has dado a los hombres alimento y bebida para su disfrute, a fin de que te den gracias y, además, a nosotros nos has concedido la gracia de un alimento y bebida espirituales y de vida eterna por medio de tu Siervo».
«Ante todo, te damos gracias porque eres poderoso. A Ti la gloria por los siglos».
«Acuérdate, Señor, de tu Iglesia para librarla de todo mal y perfeccionarla en tu amor y a Ella, santificada, reúnela de los cuatro vientos en el reino tuyo, que le has preparado. Porque Tuyo es el poder y la gloria por los siglos».
«¡Venga la gracia y pase este mundo! ¡Hosanna al Dios de David! ¡Si alguno es santo, venga!; ¡el que no lo sea, que se convierta! Maranatha. Amén».

La Tradición Apostólica de San Hipólito es la constitución eclesiástica más antigua después de la Didajé. Está formada por tres partes principales. En la tercera parte, se habla de algunas costumbres cristianas, como las reglas para el ayuno o para el ágape; respecto a este último, se distingue con gran claridad entre el pan bendito y la «Eucaristía, que es el Cuerpo del Señor».

En el mismo sentido, sin solución de continuidad, se expresan otros autores antiguos:

Ignacio de Antioquia, 110 AD

Ellos se abstienen de la Eucaristia y de la oracion, porque no confiesan que la Eucaristia es la carne de nuestro salvador Jesucristo, carne que sufrio por nuestros pecados y que el Padre, en su bondad, levanto nuevamente... Consideremos Eucaristia valida a aquella celebrada por el obispo, o por alguien designado por el. Cada vez que el obispo aparezca, que el pueblo este alli; del mismo modo que, donde quiera que Cristo este, alli esta la Iglesia Catolica. (Epistola a los Cristianos de Esmirna)
Tengan cuidado entonces de que hay solo una Eucaristia. Porque una sola es la carne del Senor; y solo una es la copa para [mostrar] la unidad de Su sangre; un solo altar; asi como hay solo un obispo, junto con los presbiteros y diaconos, mis companeros de servicio: de modo que, cualquier cosa que ustedes hagan, puedan hacerla de acuerdo con [la voluntad de] Dios." (Epistola a los Cristianos de Filadelfia)

Justino Martir, 150 AD

Llamamos a esta comida Eucaristia; y a nadie le es permitido participar de ella, excepto aquellos que creen que ensenamos la verdad y que han sido lavados con el lavado que sirve para la remision de los pecados y la regeneracion y vive por lo tanto como Cristo lo ha ordenado. Porque no recibimos estos alimentos como pan o bebida comunes; sino que, desde el momento en que Jesucristo nuestro salvador se hizo carne por la Palabra de Dios y dio su carne y su sangre para nuestra salvacion, asimismo, tal como nos ha sido ensenado, la comida transformada en Eucaristia por medio de la oracion Eucaristica que El establecio, y que por su transformacion alimenta a nuestra carne y a nuestra sangre, es la carne y la sangre de Aquel que se hizo carne, Jesus." (Primera Apologia de Justino)

Irineo de Lyons, 190 AD

Cristo ha declarado que la copa... es verdaderamente su propia Sangre, con la cual hace fluir a nuestra sangre; y al pan, una parte de la creacion, lo ha establecido como su propio Cuerpo, con el que hace crecer a nuestros cuerpos. Si el Senor viniese de otro que no fuese el Padre, con que derecho podria tomar pan, que es algo creado como nosotros, y confesar que es su cuerpo y afirmar que la mezcla en la copa es su sangre ?" (Contra las Herejias Libro V)

Melitón de Sardes, obispo de Lidia, autor de finales del siglo II, hace una brillante comparación entre las antiguas y las nuevas realidades:

El pueblo (judío) era como el esbozo de un plan,

y la ley, la letra de una parábola;
pero el Evangelio es la explicación de la ley y su cumplimiento,
y la Iglesia el lugar donde aquello se realiza.
Lo que era figura era valioso antes de que se diera la realidad.
y la parábola era maravillosa antes de que se diera la explicación.
Es decir, el pueblo (judío) tenía un valor antes de que se estableciera la Iglesia,
y la ley era maravillosa antes de que resplandeciera la luz del Evangelio.
Pero cuando surgió la Iglesia y se presentó el Evangelio,
se hizo vano lo que era figura, y su fuerza pasó a la realidad;
la ley llegó a su cumplimiento, y traspasó su fuerza al Evangelio.
El pueblo (de Israel) perdió su razón de ser, así que se estableció la Iglesia,
la figura fue abolida, así que apareció el Señor.
Lo que antes era valioso, ha quedado ahora sin valor,
pues se ha manifestado lo que realmente era valioso por naturaleza.
Valioso era antes el sacrificio de la oveja,
pero ahora es sin valor, a causa de la vida del Señor.
Valiosa era la muerte de la oveja,
pero ahora es sin valor, a causa de la salvación del Señor.
Valiosa era la sangre de la oveja,
pero ahora es sin valor, a causa del espíritu del Señor.
Valioso era el cordero sin voz,
pero ahora es sin valor, a causa del Hijo sin mancilla.
Valioso era el templo de abajo,
pero ahora es sin valor, a causa del Cristo de arriba.
Valiosa era la Jerusalén de abajo,
pero ahora es sin valor, a causa de la Jerusalén de arriba.
Valiosa era aquella angosta herencia,
pero ahora es sin valor, a causa de la amplitud del don.
Porque no es en lugar alguno determinado, ni en una estrecha franja de tierra
donde se ha establecido la gloria de Dios,
sino que su don se ha derramado por todos los confines de la tierra habitada,
y en ellos ha puesto el Dios omnipotente su tienda.

Por Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos. Amén.

San Cipriano, obispo de Cartago y mártir, es en esta materia tan claro como suele serlo. este par de textos vienen de su Epístola 63:

Algunos, por ignorancia o por inadvertencia, al consagrar el cáliz del Señor y al administrarlo al pueblo no hacen lo que hizo y enseñó a hacer Jesucristo Señor y Dios nuestro, autor y maestro de este sacrificio... Ahora bien, cuando Dios inspira y manda alguna cosa, es necesario que el siervo fiel obedezca al Señor, manteniéndose libre de culpa delante de todos en no arrogarse nada por su cuenta, pues ha de temer no sea que ofenda al Señor si no hace lo que está mandado... Al ofrecer el cáliz ha de guardarse la tradición del Señor, ni hemos de hacer nosotros otra cosa más que la que el Señor hizo primeramente por nosotros, a saber, que en el cáliz que se ofrece en su conmemoración se ofrezca una mezcla de agua y vino... No puede creerse que está en el cáliz la sangre de Cristo, con la cual hemos sido redimidos y vivificados, si no hay en el cáliz el vino por el que se manifiesta la sangre de Cristo...
Dice el Señor: «El que quebrantare uno de estos mandamientos mínimos y enseñare a hacerlo a los hombres, será llamado el más pequeño en el reino de los cielos» (Mt 5, 19): ahora bien, si no se pueden quebrantar ni los mínimos mandamientos del Señor, cuánto más esos que son tan grandes, tan importantes, que tocan tan de cerca al misterio de la pasión del Señor y de nuestra redención no podrán quebrantar ni cambiar lo que en ellos hay de institución divina por institución humana alguna. Si Cristo Jesús, Dios y Señor nuestro es él mismo el sumo sacerdote de Dios Padre, y se ofreció el primero a sí mismo en sacrificio al Padre, y mandó que esto se hiciera en memoria de él, tendrá realmente las veces de Cristo aquel sacerdote que imita lo que Cristo hizo, y ofrecerá un sacrificio verdadero y pleno en la Iglesia a Dios Padre cuando se ponga a hacer la oblación tal como vea que la hizo Cristo...

Son palabras de inmensa importancia no sólo para la teología sino para el cimiento de una genuina piedad eucarística. Está claro el vínculo entre la eucaristía y la redención, y las afirmaciones son bastante claras en torno a lo que luego se llamaría la "presencia real" de Cristo en este sacramento.

A esto hay que añadir algunos datos de la antigüedad, a saber, la celebración de la eucaristía cerca de las tumbas de los mártires, la incorporación de sus nombres al canon (de ahí el verbo canonizar), y la práctica de los mismos mártires de comulgar antes de padecer. El sacrificio de Cristo no es sólo ejemplo sino alimento; no es sólo alimento sino fuente de comunión. La Iglesia se reconoce a sí misma y descubre su propio misterio de misión y testimonio hasta la sangre a la luz de la Eucaristía.

San Ambrosio de Milán toma, en el siglo IV, una perspectiva que es litúrgica, mistérica y pedagógica a la vez. En el cuarto volumen de sus Sacramentos escribe, por ejemplo:

Quizá dices: este pan que me da a mí es un pan ordinario. Y no. Este pan es pan antes de las palabras sacramentales; mas una vez que recibe la consagración, de pan se cambia en la carne de Cristo. Vamos a probarlo. ¿Cómo puede el que es pan ser cuerpo de Cristo? Y la consagración, ¿con qué palabras se realiza y quién las dijo? Con las palabras que dijo el Señor Jesús. En efecto, todo lo que se dice antes son palabras del sacerdote: alabanzas a Dios, oraciones en las que se pide por el pueblo, por los reyes, por los demás hombres; pero en cuanto llega el momento de confeccionar el sacramento venerable, ya el sacerdote no habla con sus palabras sino que emplea las de Cristo. Luego es la palabra de Cristo la que realiza este sacramento.
Observa cada detalle. Se dice: la víspera de su Pasión, tomó el pan en sus santas manos. Antes de la consagración es pan; mas apenas se añaden las palabras de Cristo, es el cuerpo de Cristo. Por último, escucha lo que dice: tomad y comed todos de él, porque esto es mi cuerpo. Y antes de las palabras de Cristo, el cáliz está lleno de vino y agua; pero en cuanto las palabras de Cristo han obrado, se hace allí presente la sangre de Cristo, que redimió al pueblo. Ved, pues, de cuántas maneras la palabra de Cristo es capaz de transformarlo todo. Pues si el Señor Jesús, en persona, nos da testimonio de que recibimos su cuerpo y su sangre, ¿acaso debemos dudar de la autoridad de su testimonio?

San Agustín de Hipona

Para esta sección me he apoyado ampliamente en parte de la obra de El Escoliasta.

La Eucaristía y la Pasión

Para S. Agustín la Eucaristía es una figura de la pasión redentora de Jesús que efectúa la participación de los miembros de la Iglesia en la nueva vida de su cabeza, Cristo. Comentando el discurso del pan de vida (Juan 6) y la invitación de Cristo a comer su carne y a beber su sangre dice:

Es un horrible delito esto que parece mandar; hay, por tanto, que ver aquí una figura, una invitación a comulgar con la pasión de Cristo y a imprimir en nuestra memoria el suave y benéfico recuerdo de su carne crucificada y muerta por nosotros. (Sobre la Doctrina Cristiana, III, 16, 24)

La Iglesia debe comulgar con la pasión de Cristo no sólo por medio del acto exterior de comer y beber sino también por medio de la conciencia interior, y por eso hacerse ella misma enteramente sacrificio como resultado de su participación en el sacrificio por excelencia, el de Cristo. Por eso la Eucaristía representa no solamente el sacrificio único de Cristo en el Gólgota sino también el sacrificio espiritual hecho continuamente por los cristianos. El pan partido y el vino derramado asemejan estas cosas de las que son figuras o sacramentos: El cuerpo y la sangre entregados de Cristo y de los cristianos.

En la Eucaristía se unen orgánicamente el signo (La entrega de la Iglesia) y la realidad significada por el rito simbólico (El sacrificio de Cristo). Se trata de una totalidad: El acto sacrificial de Cristo muerto y resucitado lleva a su Iglesia en su movimiento hacia Dios. La Eucaristía es el signo sagrado por medio del que la entrega única de Cristo se hace cada día actual para ser vivida por los cristianos: La Iglesia es, junto a Cristo, la que ofrece la Eucaristía y la que es ofrecida en ella.

Cristo es él mismo el que ofrece y él mismo el don ofrecido. Ha querido que el sacramento de esta realidad sea el sacrificio cotidiano de la Iglesia que, siendo cuerpo de esta cabeza, aprende a ofrecerse ella misma por él. (La Ciudad de Dios, X, 20)

S. Agustín no quiere separar el sacrificio de Cristo del sacrificio cotidiano de la Iglesia. La liturgia eucarística está en función del Cristo total, unido para siempre a su Iglesia; glorifica a Cristo y a los santos, purifica y santifica la Iglesia en peregrinación hacia el reino y socorre a los fieles difuntos. En resumen: El sacrificio sacramental es símbolo real del sacrificio único de Cristo que redime a toda la creación y une a la Iglesia de modo especial con la redención, haciéndola una auténtica participante de ésta.

Presencia de Cristo y de la Iglesia

Quien recibe el misterio de la unidad y no tiene el vínculo de la paz no recibe un misterio salvador en favor suyo, sino un testimonio contra sí mismo. Si vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros entonces vuestro mismo misterio reposa sobre la mesa de la Eucaristía. Vosotros debéis ser lo que veis y debéis recibir lo que sois. (Homilía 272)

No se puede estar unido con la cabeza de la Iglesia si no se está unido al cuerpo. Quién se separa de la única Iglesia celebra la Eucaristía no para su salvación sino para su ruina, más aún, no la celebra de hecho. Esto se debe a que, ya que están presentes en la Eucaristía tanto Cristo como la Iglesia, los dos son la materia de este sacramento. Por eso S. Agustín se niega a ver la presencia real de Cristo separada de la participación en ella de la Iglesia: lo mismo que Cristo, los miembros de la Iglesia están presentes en el pan y el vino consagrados.

S. Agustín no se interesa principalmente por la Eucaristía en sí misma, sino por su fin último: la unión de los cristianos con Cristo y entre ellos. La visión paulina del cuerpo de Cristo es el principio de la doctrina eucarística. Es fundamental la intención de subrayar la inclusión de cada cristiano en la unidad del cuerpo de Cristo. La finalidad de la celebración de la Eucaristía no es "estar delante" sino "estar dentro". Recibido el pan eucarístico, que es símbolo real de su unión con Cristo, los participantes no siguen siendo individuos, existen dentro de Cristo y están unidos los unos con los otros en el cuerpo místico de la Iglesia. La participación en la Eucaristía nos hace cuerpo de Cristo.

Unión de los cristianos con Cristo y entre ellos

Vosotros sois los mismos hombres que erais, ya que no habéis traído caras nuevas. Y, sin embargo, sois nuevos: viejos por la apariencia del cuerpo, pero nuevos por la gracia de la santidad, y esto sí que es verdadera novedad. Así también como veis, esto todavía es pan y vino; pero llegará la consagración y aquel pan será el cuerpo de Cristo y aquel vino será la sangre de Cristo. Esto hace el nombre de Cristo; esto hace la gracia de Cristo: que la realidad parezca lo mismo que parecía y que, sin embargo, no valga aquello que valía. (Sermón del domingo de Pascua)

S. Agustín intenta profundizar en la significación del signo que representa la Eucaristía: La Iglesia como un estar dentro de Cristo y los otros. El fundamento de todo esto es la fe en la presencia real de Cristo en los signos sacramentales, el cambio del pan en su carne y del vino en su sangre. Sin esta presencia real los cristianos no recibirían en la comunión la vida eterna. La unidad del cuerpo místico no es construida por los miembros sino comunicada por la cabeza, Cristo, en el don real y eficaz que hace de sí mismo por medio de la Eucaristía. En vez de sustituir el realismo de la presencia de Cristo, el realismo de la presencia de la Iglesia lo presupone y lo garantiza.

La Eucaristía es vista como un acontecimiento salvífico en el cual se participa para estar en contacto con la misma autodonación de Cristo que vivifica la Iglesia y la envía al mundo a la misión, dándole un anticipo de la comunidad y de la caridad sin fin que ya comienza a vivir en este mundo.

Santo Tomás de Aquino

Para esta sección me he apoyado en parte de la obra de El Escoliasta, y en E-Aquinas

En la antífona eucarística de Sto. Tomás podemos encontrar la triple significación que él le da al banquete eucarístico: conmemora la pasión y resurrección del Salvador, significa el don actual de su gracia y anuncia la gloria futura. Por tanto hablaremos de la Eucaristía como representación del sacrificio de la cruz, como presencia real del cuerpo y la sangre de Cristo por medio de la conversión sustancial de los elementos y finalmente como anticipo y garantía del convite del Reino de Dios.

La Eucaristía representa el sacrifico de la cruz

En primer lugar, para Sto. Tomás la Eucaristía es el acto de Cristo sacerdote que se hace presente como inmolación única y eficaz, porque sus actos salvíficos tienen una calidad perenne y son siempre simultáneos con todo tiempo. La misa es un sacrificio a causa de que conmemora y representa la inmolación insuperable de Cristo.

Se debe considerar lo que por medio de este sacramento es representado, que es la pasión de Cristo... Por eso los efectos que la pasión de Cristo hizo en el mundo, este sacramento los hace en el hombre. Suma Teológica, III, q.75, a.1

La representación hace del efecto universal de Cristo una realidad efectiva en la vida personal de todos los que reciben la Eucaristía. Por medio del recuerdo litúrgico los ritos de la misa hacen presente la pasión y la resurrección. Según Sto. Tomás el misterio pascual está presente en particular por la presentación distinta del cuerpo y de la sangre bajo las especies del pan y del vino: símbolo de la muerte violenta que priva al cuerpo de su sangre.

Santo Tomás muestra el sentido profundo y dinámico del recuerdo litúrgico, además da relieve a la acción personal de Jesús en la Eucaristía: El hace el pan y el vino partícipes verdaderos de su autodonación, de modo que la Iglesia se ofrece y es ofrecida con él al Padre, mediante los elementos que representan su sacrificio. Por la representación memorial el acontecimiento salvífico pasado asume una nueva presencia espacio-temporal aquí y ahora.

La Eucaristía significa el don actual de la gracia del Salvador

Este sacramento mismo es un signo eficaz, un símbolo real que comunica el don de la gracia de Cristo de un modo enteramente especial.

Por los sentidos no se puede apreciar que estén en este sacramento el verdadero cuerpo y la sangre de Cristo, sino por la sola fe, que se apoya en la autoridad de Dios... Y esto es conveniente a la perfección de la nueva ley. Pues si los sacrificios de la vieja sólo contenían en figura el sacrificio de la pasión de Cristo... convino que tuviera algo más el sacrificio de la ley nueva, instituido por Cristo; es decir, que contuviera al mismo Cristo sacrificado, no sólo en significado o figura, sino también en realidad. Suma Teológica, III, q.75, a.1

La afirmación fundamental es que Cristo está verdaderamente presente, aunque esta presencia es accesible sólo a la fe. La Eucaristía es un símbolo real porque Cristo mismo está en ella, se revela, existe y actúa en ella. La Eucaristía manifiesta y presenta la realidad primaria que significa: el cuerpo y la sangre de Cristo dado en sacrificio por los hombres y entrado en la gloria para su salvación.

Para explicar la conversión del pan y del vino eucarísticos, que sustenta la presencia real de Cristo, Sto. Tomás usa la teoría de la transubstanciación: Mientras permanecen los accidentes del pan y del vino es la substancia de éstos la que se transforma en la substancia del Cuerpo y Sangre de Cristo. Lo que quiere Sto. Tomás con esta teoría es responder a una cuestión central en la teología eucarística: ¿Como unir de modo claro la realidad visible significante (el pan y el vino) y la realidad invisible significada (el cuerpo y la sangre de Cristo)?

Según Tomás, las dos son preservadas en la enseñanza de la transubstanciación: Por una parte los accidentes del pan y del vino son los símbolos reales que significan la pasión y la resurrección de Cristo: lo que se ve es la realidad significante. Por otra parte lo que es invisible a los sentidos, la conversión del pan y del vino en el cuerpo y sangre de Cristo, sirve para conducir a los creyentes a la realidad significada, la presencia real de la persona del Salvador.

La clave para una comrpensión de esta teoría es que ninguna substancia es directamente experimentable.

Sto. Tomás entiende por substancia una cosa o una persona examinada en su ser intrínseco, dotada de una unidad y de una consistencia propias, hecha abstracción de sus cualidades y propiedades diversas. Un hombre, compuesto de elementos diversos (sangre, huesos, tejidos...) es siempre una sola substancia. Por tanto Sto. Tomás quiere decir que en la Eucaristía hay un cambio de substancias en el sentido de que el ser intrínseco del pan y del vino, una realidad metafísica, no experimentable por los sentidos e invisible, se convierte en el ser intrínseco del cuerpo y de la sangre de Cristo. El cuerpo de Cristo no puede ser tocado o comido en su especie propia, sino solo en las especies sacramentales que lo ocultan a nuestros ojos y nuestra experiencia sensible.

Anunciar la gloria futura

En este sacramento se pueden considerar aquel de quien procede el efecto, Cristo, en él contenido, y su pasión representada, y aquello por lo que el efecto se produce, el acto sacramental y sus especies. Por las dos cosas le compete conducir a la consecución de la vida eterna... La comida del alimento espiritual y la unidad significada en las especies de pan y vino se obtienen imperfectamente en el presente y de manera perfecta en el estado de gloria. Suma Teológica, III, q.79, a.2

Sto. Tomás presenta dos aspectos de la Eucaristía como consecución de la gloria: (1) El acto redentor de Cristo, del cual la Eucaristía es el memorial sacramental, nos ha dado acceso a la gloria, y (2) sólo en el cielo serán plenamente realizadas la saciedad espiritual y la unidad eclesial que simbolizan las especies sacramentales. Por tanto el sacramento no tendrá plenamente su materia sino en el cumplimiento escatológico.

Se salva la tensión entre la presencia actual de la salvación (la saciedad de los deseos humanos por Dios y la unidad de la Iglesia son accesibles en el presente) y el todavía no (la entera saciedad y la unidad perfecta están reservadas a la visión beatífica). Así se toma en serio el aspecto escatológico de la Eucaristía como verdadero anticipo del banquete del Reino. No es solamente que este sacramento represente el convite del reino, sino que también ofrece una verdadera, aunque imperfecta, participación anticipada en él.

Evaluación de esta doctrina

Durante la Edad Media la reflexión y la piedad eucarísticas se van concentrando cada vez más en la relación individual de adoración que se establece entre el cristiano y Cristo. Esta es la razón de que la cuestión fundamental sea la presencia real de Cristo. Pese a los méritos considerables de la teoría de la transubstanciación, ella puede conducir, y condujo, a un olvido de la reciprocidad del misterio Iglesia-Eucaristía característica del pensamiento eucarístico anterior.

Un teólogo que es poeta y místico

El P. Lorenzo Galmés, O.P., ofrece

  • Desde otra vertiente, de amplio alcance popular y espiritual, no podemos silenciar el escrito litúrgico Officium de festo Corporis Christi, atribuido con consentimiento tácito en general a Santo Tomás de Aquino por el mismo Romano Pontífice, y que el mismo Juan Pablo II ha calificado de summus theologus simulque Christi eucaristici fervidus cantor.
  • A lo referido hay que sumar oraciones extralitúrgicas del Santo, que incluyen el conocido Adoro te devote, sumamente popular en otras décadas. El oficio encargado y promulgado por Urbano IV en 1264 ha sufrido todas las contingencias de las composiciones litúrgicas, revisado en las reformas a que los somete la Iglesia y atender las necesidades pastorales según tiempos y lugares.
  • Otros himnos:
    • Lo que han significado el Pange lingua y el Tantum ergo en el culto al Santísimo Sacramento excede toda comparación.
    • Estrofas como el Panis angelicus del himno Sacris solemniis, o como el O salutaris Hostia del cántico Verbum supernum, han acompañado muchas horas de adoración y devoción ante el Santísimo expuesto en la sagrada custodia.
    • La secuencia Lauda Sion, meditada y bien cantada, pieza de inconmensurable contenido teológico, impacta y emociona.
    • Muchos recordarán sin duda la preciosa antífona O sacrum convivium, que tan a menudo acompañaba al sacerdote en el culto y administración del Sacramento.
    • Pero si hemos de apuntar alguna preferencia especial, pondríamos el acento en el Adoro te devote, oración del grupo de doce que legó Santo Tomas, y que San Pío V insertó en el Misal Romano, entre las oraciones recomendadas a los sacerdotes a la hora de celebrar la Eucaristía. Ritmo sagrado, que el sabio Dom A. Wilmart cita como “maravilloso trofeo, composición armoniosa y general, que ha estimulado la piedad católica de muchas almas, más que muchos libros”.

Elementos Litúrgicos, Canónicos y Pastorales