Epif015a

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Fecha: 20090103

Título: Son muchas las epifanias que tenemos los catolicos

Original en audio: 22 min. 42 seg.


Queridos Hermanos:

Esta festividad tiene un nombre tomado de la lengua griega: Epifanía. Y seguramente sabemos ya que significa, "la manifestación", una manifestación pero en el sentido de una revelación.

¿Qué es revelar? Es tomar algo que estaba velado, que estaba oculto y sacarlo a la luz. Y ese es el sentido de esta fiesta: algo que estaba escondido, que estaba oculto a nuestra vista, ha aparecido.

Lo mismo que sucede cuando damos regalos para Navidad, o como hacen en algunos países en esta fiesta de los Magos, de los Reyes Magos, decimos.

Observa cómo los regalos nos gusta envolverlos en un papel bonito, un papel de fiesta. ¿Y cuál es el objetivo de envolver el regalo? ¿Por qué, si vamos a dar un regalo, lo envolvemos en un papel?

Para darle a la persona que lo recibe la alegría adicional de destapar el regalo. Y ese destapar el regalo, es ver aparecer lo que me han dado.

Cuando recibo la caja, por ejemplo, o recibo el paquete que va envuelto en ese papel, no sé bien lo que es. Puedo hacer algunas conjeturas, pero no estoy seguro de lo que es.

Entonces, destapo el regalo, y al destaparlo aparece, no solamente ese regalo, sino el cariño que me han tenido, el afecto que me han manifestado.

Por eso, observa que en español a los regalos también los llamamos presentes. Se dice: "Le dieron un presente", un presente o un regalo.

Y está muy buena esa forma de hablar, porque realmente ése es el significado de un regalo: es una manera de hacerse presente y de permanecer presente en la vida de otra persona.

Los regalos son como epifanías. Y creo que a todos nos gusta recibir regalos. A todos nos gusta destapar regalos, a todos nos gusta que haya epifanías.

A los niños les encantan las epifanías: "Ojalá que haya muchas epifanías, muchos regalos. Destapar, -¡ah, mira!-, lo que me regaló mi papá, mi mamá, lo que me regaló el Niño Dios, lo que me regaló mi tío, mi tía, mi abuelito, lo que me regaló ese primo que vive tan lejos".

¡Qué hermoso, qué grato es destapar regalos y sentir que las personas que nos aman están presentes! En ese regalo sentimos la presencia.

Si esto es así, hagámonos una pregunta: ¿Y cuál es el regalo que nosotros destapamos en esta fiesta? Porque, si esta es la fiesta de la Epifanía, entonces, ¿cuál es el regalo que destapamos?

Y la respuesta es muy profunda. Por supuesto, la primera parte de la respuesta es que el regalo es Jesucristo. ¡El gran regalo es Jesucristo!

Jesucristo estaba envuelto allí, en el calor, en el amor del vientre de María Santísima. Podemos decir, que Ella era el esplendor de ese regalo que no podíamos ver. Ella era la que anunciaba el regalo que había de venir.

Pero, después aparece ese regalo. Cuando ya está en el pesebre, cuando ya lo podemos ver, cuando nos gozamos ante Él, cuando nos extasiamos ante su hermosura, su humildad, su generosidad, su pureza, su inocencia, entonces el regalo está presente.

Ahí podemos decir, que el regalo estaba como escondido en el vientre de María y ha salido a la luz. ¡Esa es la Navidad! Podemos decir también, que esta Epifanía sucede cada vez que alguien se encuentra con Jesucristo. Encontrarse con Jesucristo, es destapar el regalo.

Muchos de los que escuchamos estas palabras, creo yo que la gran mayoría somos católicos y la gran mayoría de nosotros fuimos bautizados de niños y de niños se nos dio la presencia de Cristo. Cristo vino el día de nuestro bautismo, para quedarse con nosotros. Él es el gran presente, Él es el gran regalo.

Mas, para muchos católicos el regalo sigue envuelto, el regalo sigue en su papel. Es decir, no se han encontrado viva y personalmente con Jesucristo. ¡Y en ese encuentro es donde uno recibe verdaderamente el regalo del amor de Dios!

Por eso, algunos cristianos no católicos, predican a los católicos y les dicen: "Tú tienes que encontrarte con Jesucristo, tú tienes que conocer a tu Salvador".

Y a veces algunos católicos se desconciertan cuando les hacen esta pregunta: "¿Cuándo fue tu encuentro con Jesucristo?" El católico se queda así como diciendo: "¡Uy! ¿Y ahora qué digo?"

Pues, la verdad es que si vivimos nuestra santa fe católica, si la vivimos bien, podemos hablar de varias epifanías. Muchos de los que están aquí presentes, estoy seguro que tuvieron una hermosa epifanía, por ejemplo, el día de su Primera Comunión.

Una buena celebración de la Primera Comunión es una epifanía, porque en ese momento, después de una larga preparación, después de sentir hambre espiritual, un día llega Jesús: Jesús, que toca tu lengua, tus labios, tu boca, tu corazón; Jesús, que se da a ti, Jesús, que se entrega a ti. ¡Esa es una epifanía!

Es una epifanía también cuando celebramos el sacramento de la confesión. Si quieres encontrarte vivamente con la misericordia de Jesucristo, qué mejor que ir a ese canal que el mismo Cristo estableció: el perdón de los pecados a través de los Apóstoles y los obispos, que son sucesores de los Apóstoles, y los sacerdotes que somos colaboradores de los obispos.

En el sacramento de la confesión desenvolvemos el regalo. Ya sabemos: nos han dicho que Cristo es misericordioso y eso se ve muy bonito como un papel de regalo. Pero, hay que encontrarse con el regalo.

Cuando llegamos ante el sacerdote y expresamos nuestro arrepentimiento, cuando nos toca como desnudar el alma, Cristo también desnuda su Corazón. Nuestro corazón desnudo en la confesión, se encuentra con la desnudez del Corazón de Cristo.

En ese momento, todo el torrente de la bondad divina cae sobre nosotros, y entonces podemos decir: "¡Ahora sí que sé cuán misericordioso es el Señor!"

¿No nos había dicho por cierto un Salmo: "Gustad y veréis qué bueno es el Señor"? Salmo 34,8. Y ese gustar, ¿qué es lo que quiere decir? En colombiano, traducimos: "saborear". Hay que saborearse a Cristo.

Así como cuando uno dice que se le vuelve agua la boca un plato delicioso, hay que saborearse a Cristo. ¡Saboréalo! ¡Saborea su misericordia, destapa el regalo, encuéntrate con Él!

Otra manera de destapar el regalo, es tomar ese libro que seguramente tienes en tu casa y que se llama la Biblia. La Biblia está prácticamente en todos los hogares católicos, pero en muchos hogares católicos se encuentra todavía en el papel de regalo.

Una vez me invitaron a una casa, una familia muy cristiana, muy católica. Me invitaron a su casa y tenían una Biblia enorme, que yo sé que no la pusieron únicamente porque yo iba de visita. Me di cuenta de eso por un pequeño detalle.

Resulta que la Biblia estaba abierta, y en el lugar donde estaba abierta, las páginas tenían un poquito de polvo. Luego fui a abrir otro libro de la Biblia, y las páginas estaban pegadas. No era otra cosa sino una pura decoración, y la decoración es del papel de regalo.

La Biblia no puede ser un ornamento, no puede ser únicamente una gran decoración. La Biblia tiene que ser el regalo que se abre ante ti. ¡Abre esa Biblia! ¡Ábrela!

¡Ábrela! Deja que brillen las páginas del Evangelio en tu corazón. Deja que el camino de los Salmos, deja que la plegaria que el Espíritu Santo le regaló al pueblo de Israel y a nuestro pueblo, se convierta en un camino de oración dentro de ti. ¡Eso es abrir el regalo! ¡Esa es la Epifanía, tu epifanía! ¡Abre esa Biblia!

"-¡Ah, pero es que yo no voy a entender la Biblia!" "-Eso se podía decir antes; ya no lo puedes decir. Hay muy buenas traducciones de la Biblia que han sido aprobadas por nuestra Iglesia Católica. ¡Muy buenas traducciones! Y hay ediciones católicas de la Biblia que traen unas notas explicativas excelentes, muy bien hechas".

¿Por dónde puedes empezar a abrir ese regalo maravilloso que se llama la Biblia? Por los Evangelios. Empieza por Jesucristo, empieza, por ejemplo, por el Evangelio según San Marcos. Deja que tus ojos se maravillen, se extasíen viendo la ternura, la sabiduría, la fuerza, la valentía de Jesús; que Él, con toda su fuerza, con toda su gracia, toque tu corazón. ¡Eso es Epifanía!

¿Qué más epifanías hay? Son muchas. Jesús nos dijo esto: "Todo aquello que hicisteis a uno de mis humildes hermanos, a mí me lo hicisteis" San Mateo 25,40.

Quiere decir, que Cristo está envuelto también en un papel de regalo muy extraño que se llama la persona del pobre. Quiere decir, que a través de las llagas del enfermo y a través de las ropas ajadas y tal vez sucias del pobre, ahí está el regalo, ahí está el tesoro.

Y en nuestra bendita y Santa Iglesia Católica tenemos una cantidad de santos que supieron encontrar el regalo donde estaba. ¿Cómo no recordar aquí, por poner el caso, a San Vicente de Paúl? ¿Cómo no recordar, por ejemplo, a San Camilo de Lellis o a San Pedro Claver?

Quiero evocar solamente un momento en la vida de San Camilo de Lellis, el gran Apóstol de los enfermos, el Fundador de la Familia Camiliana. Ellos tienen rama masculina y rama femenina.

San Camilo de Lellis recibió del Espíritu Santo la gracia de reconocer el regalo. San Camilo de Lellis reconocía a Cristo en la persona de los enfermos, y trataba el cuerpo de los enfermos como se toca el Cuerpo de Cristo en el altar.

Así tocaba él al enfermo, como el que toca el Cuerpo de Cristo en el altar. ¿Y usted sabe una cosa? Este hombre, Camilo, era tan pero tan enamorado de Jesús, y era tan enamorado del servicio a los enfermos, que yo creo que al final de tanto amor, se nos iba era como volviendo loco.

Les voy a decir por qué. Porque, en una ocasión estaba atendiendo a un enfermito, y después de que le ayudó, lo alivió y lo consoló, entonces le dice al enfermo: "-¿Me hace un favor?" El enfermo responde: "-Claro, ¿qué quiere?"

Y le dice San Camilo: "-¿Me perdona los pecados?" "-¿Pero qué me dice, padre?", -San Camilo era sacerdote-, "-¿Qué me está diciendo? ¿Cómo así que le voy a perdonar yo los pecados?"

Fíjate que es un modo de hablar extraño y místico, pero fíjate hasta dónde llegaba él a percibir la presencia de Cristo en esos enfermos. ¿Hasta dónde él estaba convencido de que Jesús se encontraba ahí? Hasta el punto de pedirle a ese enfermo en quien estaba Cristo, el perdón de los pecados. Entonces, aquí también hay una epifanía.

Gracias a Dios hay muchos grupos de oración donde se ha despertado un gran amor hacia los pobres. Yo, desde aquí, desde esta Parroquia de la Renovación en Chiquinquirá, capital religiosa de Colombia, quiero enviar mi saludo de felicitación a todos los grupos de oración, grupos parroquiales que manifiestan el rostro de Cristo a los pobres, y sobre todo, encuentran el rostro de Cristo en los pobres.

He conocido muchos grupos de oración que sacan una noche a la semana, por ejemplo, para ir a llevar alimento a las personas, a los habitantes de la calle. Les llevan un caldo, les llevan un agua de panela, como decimos aquí en Colombia; les llevan una bebida caliente. Pero, sobre todo, les llevan, ¿qué? Lo que dice el regalo, un presente.

Muchos de estos indigentes, y no vamos a juzgar a nadie, han llegado ahí por distintas situaciones: pobreza, vicio, lo que sea. Mas, ¿quiénes somos nosotros para juzgarlos?

Entonces, algunas de estas personas pueden sentirse radical y totalmente abandonadas. Sienten que nadie se hace presente en sus vidas, sienten que no le importan a nadie.

Sin embargo, estos valientes de grupos parroquiales, de comunidades de base, de grupos de oración, van allá y les ofrecen con una sonrisa, con un abrazo, con una tasa de caldo, la presencia de Cristo, y a la vez, encuentran a Cristo presente en ellos.

Démonos cuenta, hermanos, démonos cuenta de cuántas epifanías hay. Pero, no quiero terminar estas palabras sin hacer una referencia a la segunda lectura de hoy, tomada de la Carta de San Pablo a los Efesios.

Porque, también él nos habla de un regalo que se destapó, también él nos habla de una revelación que llegó. ¡Es muy profundo lo que él dice!

Toma como punto de referencia la situación que había entre los judíos y los no judíos en el siglo primero. Resulta que los judíos y los paganos, -vamos a llamar así a los que no son de origen judío-, se detestaban mutuamente.

Los judíos detestaban las costumbres depravadas y degeneradas de los paganos, y los paganos despreciaban las costumbres extrañas, ese aislamiento, -o así lo veían ellos-, del pueblo judío.

Entonces, en esas circunstancias San Pablo habla de cómo Dios se ha manifestado, de cómo Dios se ha revelado también para aquellos que no lo estaban esperando. Y ése ha sido el gran regalo para ellos.

¡Qué mejor que leer las palabras del Apóstol! Dice él: "El regalo es éste"; bueno, él dice: "La revelación es ésta: que vosotros, los gentiles, aceptando el Evangelio, participáis en Cristo Jesús de la misma herencia, del mismo cuerpo y de las mismas promesas que el pueblo de Israel" Carta a los Efesios 3,6. ¡Esa es la revelación!

Y en otra ocasión, San Pablo manifiesta que, "esto era un secreto, un secreto que Dios tenía como escondido allá en su pecho, un secreto", que dice el Apóstol, "fue oculto por siglos infinitos" Carta a los Efesios 3,4-5.

"Y este secreto", nos menciona San Pablo, "ha sido revelado ahora" Carta a los Efesios 3,5. Y el secreto, ¿cuál es? El secreto es: ¿Por qué Dios eligió a Israel? ¿Y por qué Dios parecía tener abandonados a los demás pueblos?

La respuesta es una sóla: Dios eligió al pueblo de Israel, para que fuera ministro, preparador y testigo de su amor frente a todos los demás pueblos. Dios llamó al pueblo de Israel, para que ese pueblo preparara el camino, preparara la manifestación del amor divino a todos los pueblos.

Es decir, que la verdadera vocación de los judíos, no es y no era, nunca fue, reservarse ellos sólo para sí mismos. El verdadero papel, la misión de aquellos que son judíos, no es esconder para sí mismos, reservar para sí mismos: "Somos los elegidos, somos los elegidos, somos los elegidos". ¡No, señor!

El verdadero judaísmo, la verdadera elección, es lo que está expresado también hermosamente en la primera lectura que hemos oído, donde dice el Profeta Isaías: "A tu luz acudirán los pueblos, los reyes buscarán el brillo de tu aurora" Isaías 60,3.

Esta es la vocación de los judíos. Si por una casualidad hay algún hermano, -porque yo los considero hermanos; son hermanos y padres nuestros en la fe-, si hay algún hermano del pueblo judío que esté oyendo estas palabras, este sacerdote católico les manda decir lo siguiente a los judíos del mundo: ¡Qué hermosa es la vocación de ustedes! ¡Qué grande el llamado que Dios les ha hecho!

Amigos y hermanos judíos, con todo el respeto, completen su vocación, llévenla hasta el final. La vocación de ustedes está ahí, en la Ley y los Profetas. La vocación de ustedes está en el capítulo sesenta del libro de Isaías, en el que ustedes también creen, hermanos judíos.

Esta es la vocación de ustedes: llamarnos a todos los demás pueblos, para que nosotros acudamos a recibir la misma herencia, y seamos así coherederos de ustedes en un mismo Cristo, en un mismo Mesías.

Con todo el respeto, con todo el amor, este es el secreto más grande, esto es lo que Dios tenía escondido en su seno: que Dios los eligió a ustedes, amados judíos, para que a través de ustedes, todos conociéramos al verdadero Dios, y junto con ustedes alabáramos al único Creador y Salvador.

Por eso, con todo amor les invito a reconocer en la Persona adorable de Nuestro Señor Jesucristo, el cumplimiento de las promesas que ustedes recibieron y que nosotros hemos sido invitados a participar.

La escena es la del pesebre. Claro que no sabemos, cuando llegaron estos Magos de Oriente, en dónde vivían María y José. Seguramente ya no estaban viviendo en la gruta, ya no estaban viviendo en ese mismo lugar donde aconteció el nacimiento.

Pero, aunque sea solamente para recordar esta predicación y para saborear esta fiesta, miremos con los ojos del alma la escena: Jesús, en medio; judíos, José y María, adorándolo.

Los pobres, representados en los pastores, de rodillas ante Él. Y los paganos, venidos de lejos, también ahí postrados, también ahí agradecidos, también ahí con lágrimas de gozo, alabando y amando al único Dios en Jesucristo.

Sigamos esta celebración. ¡Qué día tan bello! Y no se te olvide, querido amigo, no se te olvide: destapa tus regalos, conoce a Cristo y dalo a conocer.

Porque, nada le podrás dar mejor a nadie, nada mejor que ese Cristo en quien ha sido vencida la muerte, ha sido vencido el pecado, y hemos tenido triunfo sobre el poder de las tinieblas. ¡Brille la luz del Señor por siempre!

Amén.