Epif010a
Fecha: 20020106
Título: La Manifestacion de Dios en Cristo.
Original en audio: 15 min. 3 seg.
Nosotros los cristianos de Occidente celebramos con mucho solemnidad a la Navidad, esa solemnidad la reservan los cristianos de Oriente para la fiesta de hoy, para la Epifanía. De manera que los cristianos de Oriente le dan, podemos decir, mucha más importancia a la fiesta de la Epifanía que a la misma Navidad.
Para ellos esta es la fiesta grande, la fiesta de la manifestación de Cristo, y uno puede preguntarse: ¿por qué? Como se dice coloquialmente en Colombia, ¿dónde está el chiste de esta fiesta? ¿Cuál es su gracia particular? ¿Realmente qué es lo que estamos festejando? Que unos personajes venidos de tierras lejanas, encontraron a Jesús.
Bueno, pero hay mucha gente que encuentra a Jesús. En los Evangelios, en cada página, hay personas que encuentran a Jesús. ¿Cuál es la gracia propia de esta fiesta? Tal vez esos cristianos orientales tendrían una respuesta más precisa que la mayor parte de nosotros. ¿Por qué celebramos este acontecimiento? ¿Por no dejar ninguna parte de la Biblia sin una fiesta?
La manifestación de Jesucristo es un momento privilegiado para reconocer su providencia, la dispensación de su amor, la economía de la salvación. Estamos tratando –mientras digo estas palabras- qué será lo que aman tanto los orientales en la fiesta de la Epifanía, que apareció Cristo. ¿Y eso no sería más natural celebrarlo en Navidad, que fue ahí donde dio a luz?
No es solamente que apareció Cristo, es la maravillosa unión entre la sabiduría y el amor, esto es lo que significa la palabra griega economía, y esto es lo que significa la palabra española la dispensación.
Realmente, lo que estamos celebrando en esta fiesta es cómo Dios, siendo grande, siendo inmenso, se las arregla para mostrarse a nosotros sin aplastarnos, sin destruirnos, sin acabarnos, sin desesperarnos, sin atemorizarnos.
Es la unión entre un amor grande y una sabiduría grande, esa es la dispensación. Para entenderlo mejor, vamos a pensar en una casa de familia; en una casa de familia seguramente hay un lugar que se llama la dispensa o despensa, en la despensa hay una cantidad de arroz, azúcar, de chocolate.
El niño pequeño tiene hambre, pero la mamá no le da un bulto de maíz; el niño quiere un dulce, pero la mamá no le pasa una arroba de chocolates, le pasa un pedacito, el pedacito que el niño pueda comer.
¿Qué esta haciendo la mamá ahí? Está tomando las riquezas de su casa, los bienes de su casa y los está dispensando; es la mamá que con sabiduría está mirando a la vez todo lo que hay en la casa, y es el niño y todo lo que el niño tiene y puede recibir; está mirando a la vez, la despensa y al niño.
Y la operación que hace la mamá es una dispensación, de todo este bien; yo tomo lo que el niño realmente necesita, y a la vez lo que al niño le pueda hacer feliz, sin que al niño le pueda hacer daño.
Esas son las tres dimensiones de la dispensación: lo que el niño necesita, lo que al niño le hace feliz y lo que al niño no le va a hacer daño. Si la mamá solamente le va a dar dulces, queda mal alimentado, no le dio lo que necesita; si la mamá solamente le da frutas y verduras pero nunca le regala ni un caramelo, está privando al niño de alguna alegría.
Pero si la mamá le da al niño todo lo que él quiere, pues seguramente el niño se indigesta. La dispensación es esa maravillosa sabiduría, es ese arte para darle a cada uno lo que necesita, lo que le pueda hacer feliz, en la medida en la que no le va a hacer daño; la dispensación es una obra de la prudencia que permite que el amor produzca su mejor fruto.
Eso es lo que se pide, por ejemplo, de un superior. Un superior tiene que mirar las necesidades apostólicas, los recursos de la comunidad y tiene que mirar a la persona concreta y tiene que ver, a veces es muy difícil, ¿cómo se hace para responder a las necesidades trayendo alegría y sin producir daño?
Es muy difícil y a veces casi no encuentra la salida, pero eso es ser un verdadero superior, esa es una verdadera dispensación.
Es lo que hace un ama de casa. Una de las cualidades que yo más le admiro a mi madre es precisamente eso. Nosotros no tuvimos una condición económica muy buena, pero realmente tampoco nunca pasamos hambre; y mi mamá se las arreglaba para que en medio de las limitaciones de presupuesto que teníamos, hubiera siempre un detalle que alegrara la comida, o el vestido, o la vida de sus hijos.
Mi mamá sabe muy bien esto, Dios la iluminó, lo que estamos celebrando hoy, la dispensación maravillosa del amor de Dios en Jesucristo.
Observemos una cosa: en el Antiguo Testamento se nos habla de muchas epifanías, de muchas manifestaciones; ¿pero qué pasó con algunas de esas manifestaciones? Por ejemplo, recordemos aquél monte de la alianza, el Monte Sinaí, en ese monte Dios apareció.
¿Y ¿qué paso cuando Dios apareció en ese monte? El pueblo, nos dice le libro del Éxodo, el pueblo oía el retemblar de la montaña que echaba humo, había fuego y unos truenos espantosos; y el pueblo, lleno de miedo, le dijo a Moisés: "Mira, dile a Dios que no nos hable; háblanos tú” Exodo 20,19.
¿Eso qué quiere decir? Que esa manifestación, que era una manifestación de Dios, le quedó grande al pueblo; el pueblo no supo qué hacer con eso, quedaron aplastados de miedo, de temor.
En Jesucristo Dios se manifiesta, pero lo hermoso no es que se manifieste, porque ya se había manifestado muchas veces, sino que se manifiesta de una manera bella y se manifiesta de una manera sabia, providentísima.
Cristo es la gran providencia de dios, Cristo es la gran dispensación de la gracia divina. Eso es lo que los cristianos de oriente ven en esta fiesta que nosotros tenemos hoy, no es simplemente celebrar que unos personajes raros, como quién dice: “Hasta esa gente tan rara encontró a Cristo”; bueno, eso es bonito, porque muestra el alcance de la gracia de Cristo.
Pero lo más bello es pensar cómo Dios, en el caso de estos personajes, en el caso de estos pastores, y en el caso mismo de los Santos Ángeles, Dios se la arregla para colmarnos de admiración, para colmarnos de salud, para llenarnos de alegría, para darnos de su propia vida; como que Él, que es infinito, encuentra caminos para aproximarse a nuestra pequeñez, a nuestra limitación.
Y allí como la más cariñosa y sabia de las mamás, darnos lo que necesitamos, lo que nos va ha hacer felices y lo que no nos va ha hacer daño. Por eso este es un día para celebrar todas las señales que Dios nos ha dado, que son señales hechas a la medida de nosotros, es que lo más grande Cristo es eso, lo más hermoso, me parece que podemos decir de Cristo en este día, es que Cristo es una manifestación de Dios, como nuestro tamaño.
Dios supo, Dios se las arregló para escribir su lenguaje de cielo en barro de nuestra tierra, Dios se las arregló para declarar su amor, que no cabe en ninguna palabra, a través de este camino que es Jesucristo; y por eso, en el Antiguo Testamento, allá en el monte Sinaí, un pueblo asustado le tuvo que decir a Moisés que ya no les hablará más Dios.
¿Qué encontramos en cambio en Cristo? Cuando Cristo le pregunta a los apóstoles: "¿Ustedes también se van a ir?" San Juan 6,67. Pedro, a nombre de todos, dice: “¿Y a dónde vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna” San Juan 6,68.
Cristo es el Dios amable, Cristo es el Dios humano, Cristo es el Dios con nosotros, Cristo es la providencia máxima de Dios para con nosotros.
En Cristo Dios se la arregló para decir, con nuestro lenguaje, con nuestra mirada, con nuestra sonrisa, con nuestras palabras, todo lo que Él es; y eso es muy grande, porque todo ha quedado traducido al lenguaje que nosotros, pequeños y pecadores, podíamos comprender. Y por eso es que todo ha quedado traducido.
Entonces Dios ha hablado nuestro lenguaje, y nosotros podemos empezar a hablar el lenguaje de Dios; eso estamos celebrando hoy, no cualquier epifanía, no cualquier manifestación, sino estamos celebrando la manifestación de Dios en Cristo, estamos celebrando que en Él, como dice la Carta a los Hebreos, "después de habernos hablado de muchas maneras, nos habló por su Hijo, ahí nos ha dicho todo" Carta a los Hebreos 1,1-2.
Como dijo San Juan de la Cruz: “Dios se quedó mudo, ya dijo todo, dio la plenitud de su Palabra en Jesús”. Es el momento para celebrar el amor de Dios y decirle: “Bendito amor que con tanta sabiduría, con tanta misericordia te has acercado a mí”.
¡Qué es esta maravilla, que yo con tantas limitaciones, como decía Santo Tomás de Aquino, con la doble oscuridad del pecado y de la ignorancia, y sin embargo puedo pronunciar el Nombre de Dios y puedo creer en Él, y puedo saber que mi Salvador existe, y puedo llamarlo por su nombre y puedo adorarlo!”
Este misterio trae una alegría y trae una luz interior muy grande en el corazón. Celebremos en este día esa luz, esa luz interior, esa luz maravillosa, esa gratitud que se despierta en el alma pensando que Dios se las arregló, que Dios puso el camino para poder darnos todo ese amor.
Y de algún modo, eso fue lo que nos dijo la primera lectura, allá donde dice que: "Jerusalén ahora brilla, porque ha llegado a ella la luz de Dios" Isaías 60,1-6.
Viene a nosotros la luz de Dios y nosotros nos colmamos de luz adentro, es la luz interior, es la luz de gratitud, es la luz de alabanza, porque Dios supo llegar a mí, Dios supo hablarme, Dios supo tocar mi vida, Dios supo dar su salvación, contenido maravilloso de esta fiesta que, por bondad de Dios, podemos celebrar en el día de hoy.