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Fecha: 19960107
Título: La Epifania
Original en audio: 17 min.
Epifanía, llamamos en la Santa Iglesia a esta solemnidad, palabra con la cual decimos: "Manifestación del Señor". Ya se había manifestado a María y a José, y así aparecen como los primeros evangelizados; ya se había manifestado a los pastores que eran como una especie de escoria del pueblo de Israel.
Los pastores del tiempo de Jesús tenían pésima fama, tenían fama de gente mentirosa, ladrona, de gente abyecta. ¿Por qué a esa gente le envía Dios una legión de Ángeles? Para que la gloria del cielo sea la paz de la tierra, y ya Jesús se había manifestado así a estos pastores.
Lo nuevo, entonces, que trae la Epifanía no es la manifestación en sí misma, sino la manifestación a pueblos no judíos, la manifestación de los pueblos gentiles, representados por esos extraños y pintorescos personajes de Oriente a los que el Evangelio llama unos Magos.
La tradición ha dicho que eran tres y que eran al mismo tiempo reyes. Esa tradición, aunque sea antigua, parece tener más de leyenda que de apoyo, como para complementar lo que nos dice el Evangelio.
De modo que el origen del ministerio que estamos celebrando es la visita que estos extraños personajes hacen, saliendo de su tierra, saliendo de su cultura, para buscar a ese Rey. Esta manifestación de Jesús a los gentiles, tiene especial significado para todos nosotros los que no provenimos según la carne y la sangre del pueblo judío.
De alguna manera nosotros hemos salido y de alguna manera hemos tenido que salir de nuestras ideas, incluso ideas religiosas, incluso ideas sapienciales y hemos tenido que esperar una señal.
Y también para nosotros ha habido una estrella y también para nosotros ha llegado la ocasión de asomarnos a la casa de Jesús, de María y de José para adorar al Niño y para regalarle, para ofrendarle de lo mejor que produce nuestra tierra, de lo mejor que ofrece nuestra cultura.
De modo que este primer comentario sobre las lecturas que la Iglesia nos ofrece, se enfoca a que en esta festividad celebramos los orígenes de nuestra fe.
Un segundo punto es: Epifanía significa manifestación. Si lo pensamos bien, toda la vida de Cristo es epifanía: hay una manifestación de la gracia, podemos decir, una evangelización a aquella a la que el Ángel llama kejaritoméne, a la que el Ángel llama: Agraciada, Predilecta, Niña Amada, muy Favorecida.
Ahí hay una manifestación, ahí hay una epifanía, en este caso, para María Santísima. El Nacimiento de Jesús es una epifanía, la visita de estos personajes de Oriente es una Epifanía; pero luego hay otras dos epifanías importantes que la Iglesia asocia sobretodo, por la tradición Oriental, más que por la de Occidente, con estas festividades.
Ellas son: el bautismo del Señor y el milagro de las bodas de Caná. De pronto nos hemos extrañado, quienes tenemos la fortuna, la gracia de orar con la Liturgia de las Horas, que en la antífonas de este día, que para nosotros es simplemente el día de la visita de los Reyes, se hable de tres prodigios: el agua convertida en vino, alusión a las bodas de Caná; la voz del Padre en el Jordán: "Este es mi Hijo amado" San lucas 3,22, y la visita de los Reyes.
Esos tres prodigios de este día son más bien la comprensión que la Iglesia tiene de que un mismo misterio envuelve esos acontecimientos. La voz del Padre en el Jordán manifiesta el misterio de Ése que se estaba bautizando, y que para ese momento que se estaba bautizando, para la gente era sólo otro pecador.
El milagro de las bodas de Caná es otra manifestación. Aquella primera señal, de acuerdo con lo que dice el evangelio de Juan, es una manifestación sobre quién es Jesucristo, en este caso, una manifestación a los discípulos.
Y este milagro, está sucesión de milagros, de hechos hermosos y prodigiosos que acompañan la visita de estos Magos de Oriente, también son una manifestación a los gentiles.
De manera que la Iglesia, con corazón contemplativo, reúne esos tres misterios que son todos ellos Epifanía del Señor, como diciendo que Cristo vino para ser la manifestación de la gracia y gloria del Padre, ¿a quienes? A los discípulos que se convierten como en los verdaderos herederos de las promesas hechas a Israel, y así Jesús es el cumplimiento de todas las profecías, la plenitud de toda la Antigua Alianza.
Jesús es la manifestación de la gracia y gloria para los gentiles, como lo expresa en palabras inmortales el Apóstol San Pablo, como lo expresa en el texto que hemos escuchado en la Carta a los Efesios: ”Este es el misterio que estaba oculto, el misterio que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, y que ha sido revelado por el Espíritu de Dios ahora, que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo, partícipes de la misma promesa" Carta a los Efesios 3,5-6.
Entonces, Epifanía es también manifestación a nosotros los gentiles, a nosotros los no judíos, y Epifanía es también manifestación, de acuerdo con esa voz del Padre en el Jordán, especialmente para los pecadores; ahí donde hay pecado con arrepentimiento, esta cerca el perdón con la gracia.
Qué bien caen así las palabras de un pensador que no era cristiano, pero por tantos aspectos cercanos al pensamiento y a la revelación cristiana, hablo de Séneca, cuando decía: "Al que de veras le duele haber pecado, es casi inocente".
Y cuando uno piensa en esa manifestación de Cristo en el Jordán, uno siente que donde hay verdadera contrición, no está lejos sino que ya ha empezado la obra de la gracia, porque la contrición ya es gracia.
Estas consideraciones nos invitan, digo mejor, nos obligan a levantar el corazón más allá de lo anecdótico, más allá de los reyes al pie del pesebre, más allá de los regalos, como se acostumbra, por ejemplo, en España; pero más allá del anécdota de los reyes y de los regalos, en términos generales, invita, obliga a abrir el corazón a Cristo como Epifanía del Padre.
Y nos dice qué es lo que podemos esperar de Cristo: podemos esperar gracia para los judíos, que pueden encontrar en Él el cumplimiento de toda promesa; gracia para los gentiles, que por un inefable misterio de la misericordia divina, hemos sido incorporados a este Cristo; para los pecadores, tomando de los judíos gracia para todos ellos por la gracia del bautismo.
Cuando se ve la grandeza de esta celebración en estos términos, y se puede hacer una tercera consideración, y es en cierto modo, que esta festividad, vista en toda su magnificencia, en todo su despliegue, de algún modo supera incluso a la misma Natividad.
Y será por esto que en las Iglesias Orientales tiene casi más peso y tiene más esplendor la celebración de la Epifanía que la misma celebración del Nacimiento del Señor.
Ante este Cristo manifestado, ante este Cristo insignia de salvación para judíos y no judíos y para pecadores, la fe de los cristianos de Oriente y Occidente reconoce con agradecimiento y alabanza a la misericordia del Padre.
Y esto quizá explique también este significado que tiene la Epifanía en las iglesias orientales; esto también explique la orientación, por así decirlo, tan profunda y al mismo tiempo tan connatural de su liturgia hacia los aspectos escatológicos de nuestra fe.
San Pablo nos ha dicho: se trata de un misterio revelado por el Espíritu. El que no recibe del Espíritu, el que no recibe voz de Ángeles o luces de estrellas, ambos en el cielo, como para que aprendamos que de lo alto viene toda dádiva; el que no recibe voces de Ángeles o luces de estrellas, no encuentra a Jesús.
Y de verdad que del cielo nos viene más allá y más hondo que cualquier voz de Ángel; siendo tan bellas, tan sabias y tan humildes sus voces, más allá que cualquier voz de estos santos espíritus y más allá que cualquier trato, en los cielos nos viene la gracia del Espíritu.
Y no hay Epifanía sino en el Espíritu, y no hay Epifanía sino cuando el Espíritu cae sobre nosotros y adueñándose de nuestro entendimiento, lo ata a la Carne de Cristo, lo enamora de esa Carne que destila gracia, lo deja prendido y prendado de esa manifestación de Dios.
Sabe el Espíritu de Dios cuál es nuestro preentendimiento, y al abrazarlo dulcemente y sin violencia, convencerlo de que toda salvación y toda sabiduría están en Jesucristo.
Sólo el Espíritu de Dios puede tomar nuestro corazón, y con cadenas de amor y con lazos de gracia, como diría San Agustín: "Apretarle al corazón de Cristo, para que nada nos pueda separar de ahí", y para que ninguna duda, ni nuestros pecados, ni por los afanes que tiene el peregrinar en esta tierra, ni por graves ni escandalosas que sean las tentaciones que nos acechan, podamos separarnos de ese amor que hay en ese corazón.
Por eso, una espiritualidad centrada en la Epifanía del Señor, es una espiritualidad con las manos tendidas a lo alto, con los ojos fijos en lo alto, en el cielo, y con la boca deseosa de cantar de una vez y para siempre las alabanzas que no acaban.
porque los hechos de Navidad se extinguieron, y después de la aparición de aquellos Ángeles, el silencio volvió a la campiña de Belén y la tiniebla volvió a cubrir lo que antes estuvo lleno de luz.
En cambio, el que desea la plena Epifanía, desea esa Epifanía definitiva del día del Cristo sobre nuestras noches; uno no puede estar centrado en la Epifanía del Señor sin desear el cielo, sin desear esa última manifestación de la gloria de Cristo, ese día último al que no le sobrevendrá noche alguna.
Y por esto los cristianos de Oriente, que tantas cosas nos enseñan, nos invitan, desde lo profundo de su espiritualidad, a ser de veras espirituales, esto es, a tener y esperar nuestra vida sólo en el Espíritu Santo, y en ese Espíritu, a aguardar esa manifestación que no acaba, la eterna Epifanía en la cual contemplaremos para siempre.
Así lo conceda Dios, la gloria del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.