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Fecha: 20010415
Título: Cristo vive, Cristo esta de nuestro lado, Cristo nos da vida nueva
Original en audio: 11 min. 31 seg.
Amigos:
Hoy tenemos muchos motivos para estar felices, y en el centro de todas nuestras razones, Cristo Jesús.
Su victoria es tan grande, es tan limpia, es tan generosa; su victoria es tan pura, es tan bondadosa, está llena de tanta luz.
Con razón nos estamos alegrando a esta hora de la noche junto con toda la Iglesia, con razón hemos cantado, aclamado, con razón hemos alabado y vamos a seguir alabando a Jesús porque su victoria es maravillosa, es esplendorosa, porque no solamente ha vencido, sino que, con su triunfo, nos ha dado también triunfo a nosotros.
Se levanta Cristo del sepulcro y con Él nos levantamos todos nosotros de nuestros sepulcros, de nuestras caídas, de nuestras tristezas, de nuestros desconciertos.
Así como todos somos solidarios, lamentablemente, en el pecado y todos tenemos tantas cosas de qué acusarnos, pues también tenemos salvación para todos; así como todos nos entristecimos al ver ese Cuerpo de Cristo bañado en sangre, hoy todos nos alegramos viendo ese Cuerpo de Cristo bañado en las luces de la gloria
Qué alegría contemplar con los ojos de la fe esas llagas que ya no anuncian tristeza sino que anuncian misericordia y con la misericordia una grande alegría; es una noticia tan buena, tan buena, que el Evangelista no oculta el trabajo que le dio a los mismos discípulos para creer que tanta cosa tan buena era cierta.
Y tal vez a nosotros nos pueda costar también un poco de dificultad reconocer esta victoria de Jesús, pero hay que de dejarse llevar por el testimonio de los Santos Ángeles, por el testimonio de los de los santos Apóstoles, por el testimonio de los mártires, de las vírgenes, de los Pastores, de los confesores, de los catequistas, de los misioneros.
Nos dejamos llevar por esa oleada de amor y cantamos con la Iglesia entera: "¡Aleluya, el Señor ha resucitado! Es la gran noticia que puede tomar nuestro corazón.
En realidad, mis hermanos, sólo el amor puede transformar la vida, amor a torrentes, amor grande, amor inagotable, amor invencible, amor irreversible es lo que nos ha dado Jesús con su Pascua.
Nuestra inteligencia, nuestra razón es un gran don de Dios. A través de la inteligencia descubrimos muchas cosas, por ejemplo, podemos descubrir que hemos hecho muchas cosas mal y podemos descubrir que el mundo debería estar mejor.
Pero nuestra razón, nuestra conciencia, lo mismo que la Ley de Moisés, llegan hasta ahí solamente, hasta decirnos: las cosas deberían ser mejores, el mundo debería estar mejor.
Cristo resucitado no es un argumento de la filosofía, ni de la razón, ni de la inteligencia humana; podemos decir que es la Palabra potente, es la razón de Dios, es el argumento de Dios. ¿Por qué tengo yo vida nueva? Porque hay un argumento que está gritando a mi favor, que está hablando a mi favor.
Jesús se puso de mi lado ¿cómo no voy a estar feliz? Jesús se puso de nuestro lado, intercede con poder a favor de nosotros, Él está rogando por nosotros, y a través de esas Llagas benditas está clamando continuamente perdón para nosotros.
A Él, a Jesús Nuestro Señor, le debemos todos los bienes, a Él le debemostodo lo que hemos recibido, y, sobre todo, a Él le debemos toda la hermosa esperanza que tenemos para el resto de nuestra vida y para la eternidad.
Vamos a creer más en Jesús, estamos celebrando estos misterios para que crezca nuestra fe. Vamos a creer más en Jesús, desde esta historia tan grande, nosotros que le vimos morir, nosotros que vimos todo lo que le sucedió.
Y Él sabía lo que le estaba pasando, y Él conocía los corazones humanos, y Él sabe quiénes somos nosotros, y así como somos, se entregó por nosotros, porque nos amó muchísimo, porque nos amó sin medida, porque nos está esperando.
Y en una celebración como esta Cristo salpica con su amor, Cristo unta con su amor, Cristo regala con su amor a todo el que quiera recibir.
Y nosotros queremos recibir ese amor, y por eso muchas veces en la oración ustedes ven que levantamos las manos porque estamos felices y porque queremos que Jesús nos salpique la manos, queremos que las manos nuestras estén salpicadas del agua nueva, de la vida nueva, de la gracia nueva que nos trae Jesús..
Y queremos ser bañados en el esplendor de esa gloria, queremos que Cristo nos vista de arriba a abajo con un amor nuevo, con una palabra nueva.
La próxima vez que digamos una noticia triste, la noticia del odio, la del pecado, la de la muerte, tenemos que decir en nuestro corazón: "El pecado es una cosa grande, pero mucho más grande es mi Señor Jesús; el pecado es una cosa muy triste, pero más grande es la alegría que trae Jesús; el pecado es una cosa que deprime, pero es inmensa la esperanza que trae Jesús".
Por eso, unidos a todos los creyentes en esta noche tan hermosa, estamos bendiciendo a Jesús, estamos volviendo a la raíz misma de nuestra fe, porque hay que recordar, hermanos: esta fue la primera fiesta que tuvimos nosotros los cristianos.
Antes que la Navidad, antes que cualquier memoria de la Virgen, de los santos y de los mártires, antes que cualquier rogativa, antes que cualquier plegaria, lo primero que celebraron los cristianos con un júbilo incontenible es: "¡Él Vive! ¡Él Vive! ¡Él vive!"
Los israelitas, como escuchábamos en el Antiguo Testamento, vieron los cadáveres de sus enemigos, los egipcios, y así también nosotros sentimos que cuando llega Cristo a este mundo y nos santifica con su Pascua, nuestros antiguos enemigos, todo lo que había tenido poder sobre nosotros, todo por tierra.
Y nosotros podemos ver cómo lo que nos parecía terrible y lo que nos parecía imposible ahora está postrado y le tiene que dar gloria a Jesús, porque sólo Jesús es el Señor.
Ni siquiera la muerte pudo con Él, el odio no pudo con Él, el imperio más poderoso de la antigüedad no pudo con Él, la traición no pudo con Él, el sepulcro no pudo con Él, los soldados crueles no pudieron con Él, los azotes no le ganaron, los clavos no fueron más fuertes que Él.
El es el Señor y ese es el gozo grande que tiene nuestra alma en este dia, que Él ha pasado por encima de todo eso, que Él ha vencido todo eso.
Y por eso no hay dificultad nuestra, por grande que nos parezca, que Cristo no pueda vencer, que Cristo no pueda transformar, porque la potencia de su Pascua es suficiente para cambiar el universo entero, y si hubiera mil universos, mil universos cambiaría la Sangre del Hijo de Dios, porque no hay amor más grande.
Hermanos míos, estos son los tiempos de los que nos habló el Profeta Jeremías, el profeta Jeremías que conocía tan de cerca la miseria de la traición humana y el pecado humano. El profeta Jeremías anuncia un tiempo nuevo y dice: "De parte de Dios, ahora viene una alianza nueva, yo voy a escribir mi alianza en sus corazones" Jeremías 31,33.
Y eso es lo que esta sucediendo. Se levanta Cristo del sepulcro con poder, se levanta Crsito del sepulcro lleno de gloria y de amor; y Cristo irradia, Cristo exhala, Cristo transmite el poder del Espíritu, ese Espíritu que ya casi vamos a celebrar. Esa es la belleza de la Liturgia de la Iglesia.
Hoy empieza la Pascua, y desde hoy hay que tener la mirada fija en una fiesta que se llama Pentecostés. Pentecostés es el cierre glorioso de lo que hoy se está abriendo; el tiempo que hoy empieza, que se llama Pascua, tiene su cierre, su broche de oro en Pentecostés.
Porque el mismo Espíritu que levantó a Cristo de entre los muertos, ese mismo Espíritu a nosotros nos levanta, nos transfigura, nos renueva, nos da alegría.
Yo por eso, mis hermanos, a nombre de Cristo el Señor, a nombre de la Iglesia deseo a todos y cada uno de ustedes una Pascua feliz, una feliz Pascua deseo a cada uno; y quiero que cada uno se lleve la sonrisa de Jesús, el triunfo de Jesús, la paz de Jesús, la luz de Jesús aquí en el alma.
¡Llévatela! Llévate a ese Jesús vivo, palpitante en tu corazón, que aquí hemos tenido mucho fuego: fuego de amor, fuego del cirio, fuego de Eucaristía y el mundo se está muriendo de frío, el mundo no conoce esos fuegos de Dios.
Hay que llevar ese fuego, hay que transmitir eso para que esa noticia de la bondad infinita de Dios llegue hasta el fin de la tierra para la gloria y alabanza de Cristo, Él que vive, Él que reina por los siglos de los siglos.
Amén.