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El 6 de Agosto nuestra Iglesia Católica celebra la Fiesta de la Transfiguración del Señor. La Transfiguración del Señor es el nombre que tiene una experiencia intensa, una revelación preciosa, un don del cielo que pudieron presenciar tres de los apóstoles de Cristo, ciertamente los tres más cercanos a Él: Pedro, Santiago y Juan (cf. Lc 9,28-29).

Lo que sucedió lo conocemos muy bien y ha sido proclamado en el Evangelio, suben a una montaña, Jesús está en oración y mientras ora su aspecto, su ropa se transforma completamente, hay brillo, hay luz y hay una dulcísima sensación de alegría, de paz, de victoria, de llegar al puerto (cf. Lc 9,28-29). Esa visión maravillosa que impactó hasta el fondo en el corazón de aquellos discípulos es como una anticipación de la Resurrección, pero de hecho esta experiencia es también una anticipación de la cruz porque nos dice San Lucas en el pasaje que hemos oído que los dos personajes que se aparecieron junto a Cristo, es decir Moisés y Elías hablaban con nuestro Señor sobre su muerte, que iba a suceder en Jerusalén (cf. Lc 9,30-31). Es decir que la Transfiguración es al mismo tiempo la anticipación de la muerte, por esa conversación que tienen; y la anticipación de la Resurrección, por esa luz de gloria que baña a los apóstoles. Anticipación de la cruz y anticipación de la Resurrección. Podríamos decir entonces que la Transfiguración es algo así como el adelanto mismo de la Pascua, pero es un adelanto mientras van de camino, no han llegado aún a Jerusalén, están avanzando pero no han llegado; y esa anticipación en el camino nos da entonces una lección a nosotros, porque también el Señor, en un grado menor, según su sabia providencia, pero el Señor también a nosotros nos da esa clase de experiencias, que son anticipaciones de Pascua; anticipaciones de Pascua cuando nos permite comprender que es necesario pasar por muchas cosas antes de entrar al Reino de Dios, como dijo el apóstol San Pablo: “hay que probar la cruz, hay que conocer la cruz, hay que pasar por la cruz” (cf. Hch 14,22).

Pero también nos da anticipaciones de gloria y de resurrección, aquello que San Ignacio de Loyola llamaba “consolaciones”, este mismo santo llama a las experiencias de cruz “desolaciones”, y tenemos que pasar por “desolaciones” y por “consolaciones” y en medio de la éstas, nuestro peregrinar, como el de los discípulos, tiene anticipaciones de Pascua, que son anticipaciones de victoria, que son como alimento para el camino, que son como viático para que sigamos avanzando hasta que llegue nuestra verdadera Pascua, hasta que llegue la plenitud de la Pascua que será regalo, que será don al final de nuestra vida. Así nos lo conceda el Señor, para gloria suya. Amen.