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Fecha: 19971228

Título: La familia sirve para que los hijos sean como Jesus: para que crezcan en sabiduria, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres

Original en audio: 16 min. 2 seg.


Amados Hermanos:

Vino Jesús a esta tierra como para enseñarnos de qué manera es que se vive. Porque el pecado, de tal manera se adueña del corazón, que a uno se le olvida para qué son las cosas.

Por ejemplo, las manos que Dios nos dio para construir, para ayudar, para bendecir, las podemos convertir en armas, cerrando los dedos, podemos acomodarle un golpazo a un prójimo, con lo cual habremos convertido la mano que Dios nos dio para construir y bendecir,las habremos convertido en un arma para destruir. Ahí se ve que el pecado causa como una especie de olvido.

Demos otro ejemplo: el amor humano. El amor humano es una belleza, es muy hermoso, es muy grande, es sublime. Eso de que haya un amor, eso de que surja esa atracción, ese gusto, ese cariño, esa amistad, el diálogo, la construcción de un lenguaje entre dos, eso es bellísimo,

pero eso que es tan bello, cuando está en el corazón de un hombre sin entrañas, se convierte en una simple astucia, en la habilidad de engañar y seducir a la mujer.

De manera que toda esa capacidad de lenguaje afectivo que Dios nos dio, nosotros la podemos utilizar mal como hombres, y desde luego, la mujer, que tiene toda una capacidad de lenguaje, de ternura, de dulzura, de alegría puede utilizar también esa capacidad suya de lenguaje, para burlarse cruelmente de un desdichado varón.

Ahora bien, a nosotros se nos había olvidado para qué eran las cosas. El Señor le dijo una vez a Santa Catalina de Siena que, por ejemplo, la boca la había hecho Dios, es decir, el uso de la palabra, lo había hecho Dios para tres cosas: para bendecir su nombre, para arrepentirse de los pecados y para decir palabras edificantes a los demás.

Pero si uno examina la manera cómo uno utiliza las palabras, cómo uno utiliza su modo de hablar, nosotros seguramente no lo hemos utilizado solamente para eso, sino para muchas otras cosas.

Bueno, con estos ejemplos, amigos, podemos comprender quizá una primera idea que quisiera que compartiéramos y es, que el pecado hace que nosotros utilicemos de manera perversa lo que Dios nos dio para nuestro bien.

Porque todo lo que Dios nos dio, nuestro cuerpo, nuestro lenguaje, la salud, la juventud, el dinero, la naturaleza, el conocimiento, el amor, todo lo que Dios nos dio, nos lo dio con una inmensa misericordia, con gran sabiduría y poder para nuestro bien; pero el pecado hace que nosotros utilicemos mal las cosas que Dios nos dio para nuestro bien.

Por eso, nosotros celebramos, cuando llega Jesús a esta tierra, que ha llegado como una especie de Maestro, o como un Médico que nos ayuda a recuperar el verdadero sentido de las cosas. Así por ejemplo, dice San Pablo en algún lugar: "Vosotros que antes utilizabais los miembros de vuestro cuerpo para pecado, ahora convertidlos en instrumentos de justicia" Carta a los Romanos 6,13.

De manera que los ojos que sirvieron para pecado, ahora tienen que se sanados por Jesucristo para que puedan ver las maravillas de Dios; la boca que servía para herir, para dividir, para humillar, ahora tiene que servir para alabanza, tiene que servir para consuelo, tiene que servir para enseñanza de otras personas.

Eso fue lo que hizo Nuestro Señor Jesucristo. Y desde pequeñito, desde el pesebre, con la humildad, con la pobreza nos está enseñando de generosidad, nos está enseñando de amor, y toda su vida será una larga enseñanza que nos ayuda a reconstruir lo que habíamos destruido por nuestros pecados.

Si esto es así, demos un paso más: pensemos en la familia. El pecado no respeta nada, el pecado igual avasalla y destruye a niños, jóvenes, ancianos, hombres, mujeres. De manera que ese alud, ese barro, esa avalancha de barro que es el pecado, también ha salpicado a la familia, y por eso también la familia humana está herida, y también necesita ser redimida.

Por eso hay un sacramento especial para la familia, que es el sacramento del matrimonio. En el sacramento del matrimonio no sólo se bendice el amor del hombre por la mujer, el amor de la mujer para el hombre, sino se bendice la fecundidad de ese amor que se expresa precisamente en un hogar y en una familia.

El sacramento del matrimonio no es el sacramento de una pareja solamente, es el sacramento del hogar, es el sacramento de la familia. Y si hay un sacramento para la familia es porque Dios, así como ha sanado tantas otras cosas, puede sanar las familias, quiere sanar las familias, sabe sanar las familias.

Y cuando nosotros, llenos de orgullo, decimos: "Yo no necesito de Dios", eso se lo encuentra uno, por ejemplo, a veces en algunos estudiantes de secundaria o de universidad.

Hay una cierta edad en la juventud en que a uno como que se le "suben los humos", y uno siente que con tanta fuerza que tiene uno, y con las ideas que uno tiene que a nadie más se le han ocurrido, y con la juventud que uno tiene, y las amistades que uno tiene, y la salud en el cuerpo y la elocuencia en la boca, "yo voy a sacar esto adelante", y muchas veces, dolorosamente, en esas edades juveniles nos olvidamos de Dios.

Pero va pasando el tiempo, y la historia se repite, los golpes, iba a decir los garrotazos de la vida, lo van bajando a uno de la nube.

Yo como sacerdote, por gracia de Dios, he podido ver ese proceso: yo he podido ver cómo es una persona cuando se siente suficiente: "Yo,¡ay, religión, rezos, no, eso es para gente desocupada, soy moderno! Entre otras cosas, ya salí a la capital, de manera que yo no soy cualquier mandado a hacer".

Y luego va viendo uno el cambio que tiene la persona; ¡ahh, cuando ya vienen las responsabilidades! Es que mientras uno está el "hotel mama"; mientras todo está garantizado, y mientras los estudios y todo funciona, eso es: "¡Háganme, sírvanme, funcionen!" Ahí se le sube a uno el orgullo.

Pero cuando se acaba esa etapa y uno va viendo que la vida es dura en muchas cosas, usualmente se le baja a uno también el copete, se le bajan los humos y uno va descubriendo que tal vez hasta esas oraciones de pronto sirven, ¿quién quita?

Entonces yo he visto, por ejemplo, en mi propia familia, yo he visto eso de hermanos míos, que yo los conocí en esa época en que, echados cómodamente en su cama, ojalá fuera en su cama, en la cama de los papás, viendo televisión, y dice la mamá, que suele ser piadosa, las mamás, gracias a Dios suelen ser piadosas: "Bueno, vamos para la Misa", "voy a pensarlo, mamá, si se acaba rápido el programa...."

Ver después a ese hermano mío, que lo visité no hace mucho, diciéndome: "Mira, estoy haciendo los nueve domingos al Divino Niño, y le estoy pidiendo a Dios que me ayude con esto y con esto". O sea, es que siempre es que uno cambia un poquito, gracias a Dios, y todos tenemos que cambiar; yo no estoy diciendo que yo sea mejor, ni mucho menos.

Dios sana a la familia, Dios tiene una familia para la familia; y todos en la familia necesitamos acoger esa voz, ese llamado de Dios.

De todo lo que se podría decir, yo quiero simplemente subrayar la frase última del evangelio que leímos hoy, para que sepamos para qué sirve la familia.

Sobre todo, por favor, los que no estén pensando en ser sacerdotes, porque es posible que no todos quieran ser sacerdotes; las que no estén pensando en consagrarse a Dios como monjas, como vírgenes, o en fin, las que no estén pensando en consagrarse a Dios, seguramente estarán pensando, unos y otras, en hacer hogares.

¿Para qué sirve la familia? Jesús, que sana todas las relaciones, todos los ámbitos de la vida humana, nos enseña también para qué sirve la familia humana. Nos dice el versículo último de este evangelio, es el versículo 52 del capítulo segundo del evangelio según San Lucas: "Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres" San Lucas 2,52.

Para eso sirve la familia, para eso: para que los hijos sean como Jesús, para que crezcan en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres.

Algunos papás se ocupan sólo de la sabiduría. Papás que tienen una gran visión, dicen: "Lo que yo le puedo dejar a mi hijo es educación, de manera que así tengamos que pasar estrecheces, así se aplace la pintada de la casa, pero la matrícula de mi hijo hay que pagarla, porque yo, la herencia que le puedo dejar a mi hijo, es la educación".

Ese papá obra muy bien, porque está cuidando que el niño crezca en sabiduría, pero eso no es lo único. ¿Con esa misma preocupación el papá se interesa para que el niño crezca en la gracia? ¿No ve que ese el problema? Sobre todo, hablemos las cosas francamente, eso es lo que suele suceder cuando se buscan los mejores centros de estudio.

Entonces los papás dicen: "No, no, no, mis hijas tiene que irse a estudiar a Bogotá y allá, así tengamos que apretarnos el cinturón, -o como le pasó a otro, casi comernos el cinturón-, pero mi hija tiene que irse a Bogotá". Muy bien, tu hija se va a Bogotá, ¿y cómo anda la gracia de Dios en tu hija?

Fíjate, "Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia"San Lucas 2,52. Yo creo que esa última se nos olvida mucho.

Ustedes saben que uno tiene que confesar a todo género de personas, y es impresionante ver que llega un señor muy respetable, que puede ser alguno de ustedes, un señor muy, respetable, muy compuesto: "-Padre, yo quiero reconciliarme, yo quiero confesarme", "-claro, caballero, siga".

Empieza uno a ver el estado de ese corazón, y yo les digo con todo dolor y con toda sinceridad, muchos señores, que incluso tienen sus estudios y tienen su prosperidad material, la formación religiosa que tienen es la del chino de primera Comunión, esa es la formación que tienen, ¿por qué?

Porque nos hemos ocupado de crecer en otras cosas, ¿pero quién se ocupa de crecer en la fe? Bueno, y cómo se crece en la gracia? A través de los sacramentos, la oración personal, las lectura de la Palabra de Dios, el conocimiento de la fe de la Iglesia.

Nosotros creemos que la catequesis es para los niños. Mire, sí, la catequesis es para los niños, pero todos necesitamos formación. ¿Usted cree que con lo que usted aprendió de Primera Comunión ya con eso tiene, pues, para toda la vida?

Yo siempre hago la misma comparación: cuando me llegan esos señores, que suelen ser barrigoncitos, porque, claro, los años no han pasado en balde, yo le digo al señor: "Mire, usted imagínese que yo le trajera aquí su vestido de Primera Comunión, ¿usted cabe en ese vestido?

Instintivamente, el hombre mete la barriga, entonces dice: "No, no, padre, yo creo que yo no cabría en ese vestido". "Usted creció, ¿cierto? Se volvió grandecito, usted ya no cabe en ese vestido".

"¿Usted cree que la catequesis que le dieron en esa época le basta para todos los problemas que trae hoy la prensa, la televisión, la política, la ciencia? ¿Usted cree que las situaciones de violencia, de injusticia, ustede cree que las situaciones de intimidad, de afecto, de familia, que todas se van a resolver con lo que usted aprendió hace no sé cuántos años en una catequesis?"

Entonces, la familia es para crecer en sabiduría, sí, hay que crecer en sabiduría, hay que crecer en estatura y hay que crecer en gracia.

Yo podría traducir esas tres palabras hoy de esta manera: hay que crecer en nuestros conocimientos, hay que crecer en nuestra salud integral y hay que crecer en la vida de Dios.

La familia es para eso. Y, por favor, muchachos y niñas que estén pensando en hacer hogares, tengan ideas claras en la cabeza, ¿para qué es una familia? Para formar un hogar en el cual los niños crezcan, claro que para que crezcan es necesario que primero se les deje llegar.

Pero bueno, supuesto que se les deje llegar, que crezcan, que tengan salud integral, que sean muchachos sanos, útiles a la sociedad; que tengan conocimientos, que tengan sabiduría y sobre todo que tengan la vida de Dios. Es un ideal muy alto y muy hermoso.

Jesús, en esto, como en tantas otras cosas, es nuestro Maestro y es nuestro Médico.

Entreguemos, pues, nuestras familias al poder del amor de Jesucristo, para que Él renueve todo lo que nosotros somos, para que Él nos enseñe a amar y a perdonar de otra manera, y para que los niños tengan vida, vida abundante en Jesús.