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Fecha: 19980405

Título: Jesus si nos puede regalar verdaderas palabras de aliento, porque El nos conoce por dentro

Original en audio: 30 min. 29 seg.


Durante su vida, durante su predicación, Jesús había hablado muchas veces de una hora que estaba por venir, por ejemplo, cuando decía: "No ha llegado todavía mi hora" San Juan 2,4;San Juan 7,6

Y esa hora definitiva, esa hora decisiva es la que estamos contemplando y la que vamos a vivir con Él durante esta semana, esta semana de pasión, de amor, esta semana de fe, esta semana de dolor y de gozo.

Vamos a acercarnos a la hora de Jesús. Y la lectura que nos ofrece la Iglesia al comienzo de la semana, de esta Semana Santa, es precisamente el recuento de los momentos más duros de esa hora, la hora de Jesucristo.

Durante esa hora, durante ese tiempo, en ese momento decisivo se dan cita los sentimientos más profundos, las verdades más profundas, el amor más profundo. Debemos acercarnos a este tiempo como el que se acerca a un abismo, es un abismo que no tiene fondo, como no tiene fondo el amor de Dios; es decir que cada uno sacará de esta Semana Santa lo que se sumerja en este abismo.

El que entre poquito, encontrará sólo unos días de descanso; el que entre más, encontrará descrita la humanidad con su capacidad de traición y de lealtad; el que entre más, verá el cumplimiento de las Escrituras; el que entre más, encontrará el palpitar del Corazón de Jesucristo.

El que entre más, descubrirá los misterios de la obediencia del Verbo encarnado; el que entre más, escuchará el designio de Dios Padre, su voluntad de salvarnos; el que entre más, encontrará al amor mismo de Dios donándose a nosotros; y si alguien entra más, encontrará nuevas y mejores y mayores cosas.

Una comparación un poquito grotesca: se parece la Semana Santa a esas cenas, a esas comidas elegantes en las que se disponen las viandas como un buffet, que se suele decir, y cada uno toma lo que cada uno alcanza a tomar, lo que cada uno quiere tomar.

Efectivamente, esta es la hora de Jesucristo, y Él despliega, como en un banquete, toda su verdad, toda su luz, toda su bondad, toda su ternura, toda su misericordia.

Si estamos de afán o hay poca hambre, llevaremos poco; si tenemos el tiempo, si tenemos el apetito, si tenemos el amor, llevaremos mucho, y encontraremos mucho y comulgaremos mucho.

Como se trata de un banquete infinito, ninguna predicación podría agotarlo, se siente uno como predicador cual si estuviera en la mitad de un inmenso lago del océano: ¿qué dirección tomar ante estas palabras, que no son desconocidas pero que nunca podremos decir que las hemos comprendido completamente?

¿Quién puede decir que ha entendido hasta el fondo lo que hay detrás de las palabras de Jesús, especialmente de las palabras decisivas de esta hora? ¿Cuánto hay detrás de esa súplica: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen"? San Lucas 23,34.

¿Cuánto hay detrás de esa sublime predicación del Señor: "Yo te lo aseguro, hoy estarás conmigo en el Paraíso"? San Lucas 23,43. ¿Cuánto hay detrás de esa última oración: "Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu"? San Lucas 23,46.

Es infinito, y por eso yo creo que ante estos textos, sobre todo los demás venerables, adorables, lo que yo creo que tiene uno que pedir como predicador, no es que Dios le muestre todo lo que hay aquí, porque para eso no alcanzaría la historia de la humanidad, "ni cabrían los libros en este mundo" San Juan 21,25, como dice el cuarto Evangelio.

Lo que uno tiene que pedir como predicador no es: "Padre, muéstrame todo lo que hay aquí", sino: "Padre, Papá Dios, con la luz de tu Espíritu, ilumíname qué aspectos de este misterio tú quieres que nosotros contemplemos hoy.

Ante este grupo, ante estas personas, ante ustedes, hermanos, congregados aquí por la fe, por la Palabra, por la Iglesia, por el amor, ante ustedes yo ruego a Dios que me diga, qué de todo esto es lo que más necesitan ustedes, porque este misterio en sí mismo no lo agotaremos nunca.

¿Qué de todo esto es lo que necesitan ustedes? Y con ese propósito y con esa intención estaba yo escuchando las lecturas, y mientras oía la Palabra de Dios le rogaba al Señor eso.

De algunos conozco el nombre, de otros no sé, no tengo el gusto de saber quiénes son. Pero el Señor sí les conoce y el Señor sí sabe qué es lo que ustedes necesitan, y yo le pedía a Dios, porque yo sabía desde el principio el misterio infinito al que nos íbamos a encontrar, yo le pedí a Dios que me dijera qué, qué podía hacer, qué podía a decir.

Con esa intención empecé el Santo Sacrificio, junto con ustedes. Y yo creo que el Señor escuchó mi oración y yo creo que el Señor alguna indicación me dio. Yo trataré de ser fiel a lo que el Señor me inspiró, y por eso diré unas palabras sobre aquello que aparece en la primera lectura, y que desde luego tiene su plena realización en el Evangelio.

Esa primera lectura está tomada del profeta Isaías, es uno de los llamados "Cánticos del Siervo". En Isaías nos encontramos cuatro bellísimos textos poéticos, en los que un extraño personaje habla como en primera persona y se presenta como servidor de Yahvé, como siervo de Yahvé.

El que hemos escuchado en este Domingo de Ramos es el tercer cántico del Siervo, capítulo 50 de Isaías "Mi señor,-dice Isaías-, me ha dado una lengua de iniciado para saber decir al abatido una palabra de aliento" Isaías 50,4.

Yo creo que esta Eucaristía es para esto, para decir al abatido una palabra de aliento. Yo creo que uno como sacerdote tiene que aprender a sentir la asamblea.

Así como cuando uno está atendiendo en la confesión, yo creo que hay que pedirle al Espíritu Santo que le permita a uno "sintonizar" con el corazón del penitente, así también yo creo que en la celebración eucarística uno de sacerdote debe pedirle al Espíritu Santo, y así procuro hacerlo, que Él tenga piedad, pedirle que uno pueda sintonizar con la asamblea.

Y haciendo ese ruego, haciendo esa súplica, la palabra que viene a mi mente, la palabra que tengo en el alma desde que hemos empezado esta celebración, es la palabra "abatimiento".

Como de ustedes no conozco sino muy poquitico, como apenas puedo ver sus rostros, yo tengo que fiarme de mi oración, tengo que fiarme de lo que el Señor me ha respondido, y yo voy a creer que esa es la palabra fundamental, el mensaje fundamental que el Señor quiere que prediquemos en esta tarde.

Repito, dice el Siervo de Yahvé: "Mi Señor me ha dado lengua de iniciado para saber decir al abatido una palabra de aliento" Isaías 50,4.

La descripción que sigue nos resulta muy familiar sobre todo después de escuchar el Evangelio, lo que sigue es una descripción de los dolores del siervo de Yahvé: "Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, no oculté el rostro a insultos y salivazos" Isaías 50,6.

Sí, definitivamente esto tiene su plenitud y realización en Jesucristo, es decir, el verdadero Siervo de Yahvé es Jesucristo, pero yo vuelvo a ese pensamiento que yo creo que el Espíritu Santo me puso en el corazón para ustedes hoy. Porque esa es la maravilla de la homilía, la homilía no es una palabra que explica otra palabra, es una palabra que da vida a una asamblea, así debe ser una homilía.

Repito: "Mi Señor me ha dado lengua de iniciado para saber decir al abatido una palabra de aliento" Isaías 50,4. Esa frase, de acuerdo a lo que estoy diciendo, la podemos ver, la podemos escuchar de los labios de Jesucristo, y ya cuando la escuchamos, así, de Jesucristo, tal vez surgen algunas preguntas en nosotros.

¿Qué es un iniciado? "Me ha dado una lengua de iniciado" Isaías 50,4, ¿qué es un iniciado? Es una palabra un poco extraña en la Biblia, no es nada frecuente, iniciado es como lo contrario de novicio.

El novicio es el no iniciado, es el inexperto, es que le que está empezando; el iniciado es el que ha tenido ya una iniciación, una introducción, es el que ya ha recorrido el camino, ese es un iniciado.

Muchas religiones, muchas creencias religiosas, incluso no cristianas utilizan esa palabra, los iniciados; por ejemplo en la gnosis, los gnósticos, en la Nueva Era, se utiliza mucho esta expresión,los iniciados, es decir, como personas que ya han tenido una primera etapa de formación básica.

Evidentemente, el sentido aquí es, aquel que ha recorrido una vez el camino. Entonces podemos recibir como venidas de Cristo estas palabras: "Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado para saber decir al abatido una palabra de aliento" Isaías 50,4, "saber decir al abatido una palabra de aliento" Isaías 50,4.

Yo sentí en mi corazón la palabra "abatimiento" ante esta asamblea. ¿Es esa es la realidad de cada uno de ustedes? Yo no se, pero yo sí siento que es la palabra sobre la que debo predicar.

Y Fíjate lo que nos dice Jesucristo, si oímos ahora de los labios del Señor, lo que Él está diciendo es esto: "Yo sé decirte una palabra de aliento", ahí hay algo maravilloso que va apareciendo.

Pero antes de asomarnos a eso maravilloso, mira esta reflexión. Saber decir una palabra de aliento, ¿eso toca aprenderlo? Claro que hay que aprenderlo. Si hay algo difícil en esta vida es dar una verdadera palabra de aliento.

Piensa en las personas desalentadas, en las personas que se pincharon, que se desinflaron, que se desalentaron, que no tienen respiración, que no tienen vida, ¿cuántas son esas personas? Piensa que tal vez tú eres en algún sentido una de esas personas, y piensa en lo difícil que es saber decir una palabra de aliento.

Yo creo que nosotros más bien sabemos lo que es no dar palabras de aliento, y los ejemplos son fáciles de encontrar: se muere un ser querido, y las personas que se acercan a dar lo que llamamos en castellano "el pésame", supuestamente "me pesa", ese es el sentido, ¿no? "Me pesa", las personas que se acercan a dar "el pésame", ¿qué tan creíbles resultan? ¿Esas palabras son palabras de aliento?

Nosotros recibiríamos en los dolores reales y concretos, en las soledades reales y concretas de nuestra vida, pregunto yo, ¿de quién recibiríamos nosotros una palabra que le pudiéramos creer? Eso no es tan fácil recibirlo, mucho más difícil es ofrecer una verdadera palabra de aliento, no es tan fácil creer una palabra de aliento, no es tan fácil.

Y por eso, yo sé que algunos de nosotros, cuando nos encontramos a alguien que tiene mucho sufrimiento, más bien preferimos es callarnos, como por no decir tonterías, como por no lastimar peor el dolor de la persona con algo que tal vez no le vaya a servir; muchos de nosotros preferimos es guardar silencio y callarnos.

Pero he aquí que Jesús dice,- nosotros le aplicamos a Jesús el tercer Cántico del Siervo de Yahvé, capítulo 50 de Isaías-, y Jesús dice: "Yo sí sé decir esa palabra de aliento, yo tengo esa palabra y yo la sé decir, yo puedo decir esa palabra de aliento a tu vida".

Preguntémonos por qué es tan difícil decir las palabras de aliento, porque casi siempre, me atrevo yo a responderme, cuando nosotros supuestamente consolamos a las personas, lo que hacemos es desentendernos de ellas, interrumpir, cortar el chorro de las lamentaciones aburridas de los demás.

Muchas veces, cuando supuestamente escuchamos a las personas y les decimos palabras de aliento, de consuelo, en realidad lo que estamos haciendo es diciéndole a la persona: "Mira, yo también tengo mis problemas, por consiguiente, tú sufres mucho, yo también sufro mucho; dejemos la cosa de ese tamaño, estamos más o menos empatados",

Es difícil decir palabras de aliento porque es difícil salir uno de uno mismo, eso es bien difícil, no es nada fácil salir uno de uno mismo, y añadir a todos los problemas que uno tiene, los problemas de otras personas, eso no es fácil.

y por eso, lo que uno suele hacer es decirle a la persona cosas que en el fondo fíjate que no resuelven nada: "Sí, es cierto, sí, es que la gente es así".

Cuando nosotros decimos, con aparente diplomacia y tranquilidad, "sí, es que la vida es así, la gente es así; sí, eso pasa hoy, hoy está pasando mucho eso, casi todo el mundo está así", cuando utilizamos esas expresiones, ¿en realidad qué le estamos diciendo a la persona?: "Mira, mi límite de escucha de quejas está llegando a su tope", está bien lo que me has dicho, es suficiente con eso, ya te oí bastante, así estamos todos".

Es difícil tener una palabra que no sea para taparle la boca a las otras personas, porque es que muchas veces lo que hacemos con nuestras palabras no es solucionar o ayudar a solucionar, ni consolar ni alentar, nada de eso, lo que hacemos es hacer con nuestras palabras un tapón que le ponemos en la persona en la boca para que ya no diga más.

Y expresiones como: "C´est la vie", "así es la vida","así son las cosas", "eso es lo que pasa", "en todas partes sucede lo mismo", "hoy estamos viviendo tiempos terribles", "estos son tiempos de tribulación, de incoherencia, de pecado de tinieblas", ese género de expresiones muchas veces lo único que tienen es un tapón para cerrarle la boca a la otra persona.

En realidad, no queremos, y si vamos a ahondar más, en relalidad, no podemos cargar con el dolor de otras personas, además, es bien difícil, bien, bien, bien difícil reconocer uno que uno no puede hacer nada por la otra persona, y resulta que muchas veces no podemos hacer nada por la otra persona. Por esto es difícil decir palabras de aliento.

Y también es difícil por otra razón, no siempre es que uno sea un egoísta, no; muchas veces es que es que a uno no se le ocurre nada simplemente. Uno quisiera tener una palabra de solución.

Fíjate que uno inconscientemente asocia palabra de aliento con palabra de solución, palabra que arregle el problema, y hay muchos problemas que no tienen arreglo.

Se acerca a mí una persona desesperada, disgustada, entristecida, por ejemplo, porque no tiene trabajo, ¿qué le puedo yo decir a esa persona que no tiene trabajo? ¿Yo de donde voy a sacar un trabajo para decirle: "Mira, aquí está este trabajo y ya, ya puedes empezar a alegrarte"?

Yo no tengo soluciones; pero ahí es donde nosotros deberíamos preguntarnos si dar palabras de aliento es dar palabras de solución, ¿y sabes que esa pregunta no es nada mala? Es muy buena, porque si dar palabras de aliento es dar palabras de solución, el Señor Jesús no tiene como muchas palabras de aliento que tiene que dar en la Cruz.

Y sin embargo sabemos de muchos santos que hablan de la Cruz y de Cristo crucificado como su fortaleza, su ánimo, su alimento, y dice uno: “¿Pero qué palabras de aliento puedrá dar el señor Jesús en la Cruz, si Él mismo se está hundiendo en la muerte y no me está dando ninguna solución?"

De hecho, ese malhechor que estaba crucificado con Cristo y que le decía con altanería y con rabia: "Sálvate y sálvanos a nosotros" San Lucas 23,39, lo que le estaba diciendo era eso: "Si tú eras eres el de las palabras de aliento, que tus palabras sean de solución, de resolver el problema".

Pero Jesús no tenía palabras para resolver el problema, esa no es la palabra que tenía Jesús, lo que Él dice es: "Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado para saber decir al abatido una palabra de aliento" Isaías 50,4.

Él habla de su capacidad de expresión, su lengua, como de un don de Dios, fue Dios, mi Señor, me ha dado una lengua de iniciado". Dar palabras de aliento es un don, un regalo, no es la obra de un análisis nuestro, no es la propuesta de una solución nuestra. Dar palabras de aliento es algo distinto, por lo que vemos, es un don.

Ahora, con la gracia del Señor, asomémonos a eso: Cristo como Aquel que da palabras de aliento. Ya vimos por qué es difícil dar palabras de aliento, ya vimos que no es algo tan sencillo como: "Voy a analizar tu problema y te voy a hacer cinco propuestas, y tú escoges, más o menos, la que parezca más razonable".

Eso no es lo que dice Cristo en la cruz, es decir una cosa distinta. Queremos asomarnos a Cristo como Aquel que da palabras de aliento. ¿En qué sentido lo hace? ¿Cómo lo hace? "Cada mañana me espabila el odio para que escuche como los iniciados"Isaías 50,4. tiene palabras, pero tiene oídos, escucha.

Dar palabras de aliento empieza cuando se puede leer a la persona por dentro, esto es lo que queremos expresar con un verbo maravilloso que es "comprender", sentirse uno comprendido, sentirse acogido. Las palabras de aliento empiezan cuando uno siente que le están comprendiendo lo que uno está diciendo.

Dar palabras de aliento en primer lugar es poder leer lo que hay dentro de la persona, y en esto Cristo crucificado es insuperable. El que lea con amor la Pasión de Jesucristo, descubrirá cómo el Señor Jesús comprende lo que hay dentro de uno; no hay sentimiento de los que espantan, asustan, oprimen nuestro corazón, no hay sentimiento así que no esté también en su corazón.

Esto hace que Él y nosotros tengamos una solidaridad profunda; Jesús habla como un iniciado, como Aquél que ha recorrido el camino, y por eso, discreto, humilde, manso, sabe expresar que Él conoce lo que nosotros somos.

Atención, que conoce lo que nosotros somos, no sólo en lo que hemos sufrido, porque nos ha pasado; sino Él sabe los intentos que hemos hecho, y Él sabe con qué voluntad los hicimos. Él sabe eso. Y eso es lo que uno necesita para sentirse acogido.

Él sabe que uno muchas veces no quiso ser malo, Él lo sabe, eso es lo maravilloso de Él, que cuando decimos que Él conoce lo que hay dentro de nosotros, no solamente que conoce las heridas que todo el mundo puede ver.

Sí, que soy un amargado, eso lo sabe todo el mundo y me lo andan repitiendo; que soy triste, que estoy solo, que me quedé solo, eso ya lo sé; que estoy enfermo, que soy pobre, eso ya lo sé y eso lo sabe todo el mundo.

Pero yo necesito es alguien que sepa de los esfuerzos que yo he hecho, alguien que sepa cuánto trabajo me ha costado, que yo no he sido indiferente, que muchas veces intenté cosas que nadie me las entendió, son esos rincones del alma a donde uno a veces se acurruca y llora.

Son esos los rincones donde Jesús tiene las palabras de aliento, allí donde están los esfuerzos secretos, allí donde están los dolores íntimos, porque muchas veces las personas que nos hicieron daño ni siquiera sabían que nos estaban haciendo daño.

Y una de las cosas duras de esta vida es esa, saber que uno tiene dolor y que uno ha sido ofendido y saber que ni siquiera puede echarle la culpa a la otra persona, porque uno mismo tiene claro que ella no quería hacer eso, ¡pero yo qué hago si a mí me duele! ¡Yo qué hago si eso me lastima!

Eso es dar palabras de aliento en primer lugar, poder leer esos rincones del alma, poder encontrar, poder decir, y ese es el segundo punto en esto de las palabras de aliento, porque si hay una tortura peor que tener un dolor, es tener un dolor sin palabras, un dolor que uno no puede decir, un dolor que no tiene nombre.

Cuando Jesús visita con nosotros la casa del alma, cuando Jesús recorre con nosotros hasta esos rincones oscuros, Jesús le va dando nombre a las cosas.

Porque la historia de Jesús no empezó cuando Él fue concebido en las entrañas purísimas de la Virgen María, y bien lo dice Mateo: "Genealogía de Jesucristo" San Mateo 1,1, y empieza por Abraham; y Lucas va mas atrás, hasta Adán mismo.

Jesús empezó hace mucho tiempo, Jesús ha recorrido de mil maneras la historia de la humanidad, y este Jesús que es, como diría Pablo VI, "experto en humanidad", este Jesús, si nosotros le acompañamos y Él nos acompaña, le va dando nombre a las cosas, y esto también es dar palabras de aliento.

Porque es muy triste tener uno un dolor y no poder ponerle otra etiqueta sino "fracaso", eso duele mucho, tener uno un dolor y sólo poder ponerle una etiqueta que dice "frustración".

Pero Jesús llega allá y arranca esa etiqueta que decía "fracaso", que decía "frustración", Jesús llega allá y le da un nombre nuevo a esas partes muertas, a esas partes enfermas, a esas partes heridas del corazón, son nombres sorpresivos, son nombres extraños.

Tú dirás que estas son fantasías, tal vez, de mi corazón entusiasmado; no, el Evangelio muestra que Jesús hace eso.

Te voy a recordar un ejemplo reciente, un ejemplo que leímos el domingo pasado. Una mujer sorprendida en adulterio. cuando ella llega, ¿con qué nombre llega?: "Adúltera, adúltera, "adúltera", esa es su etiqueta; "y a usted sólo le espera piedra y muerte", esa es su etiqueta.

Jesús le quita esa etiqueta y le pone otra etiqueta: "Perdonada". Cuando ella se levanta, no aplastada por las piedras, sino bendecida por la gracia, ya no lleva el mismo nombre, ya lleva otro nombre, lleva el nombre de "Perdonada".

Eso mismo puede hacer Jesús, y eso es dar palabras de aliento.