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Fecha: 20070513

Título: La paz que Jesus nos da

Original en audio: 12 min. 28 seg.


Jesús, al salir de esta tierra, dejó muchos regalos. Nosotros, que amamos a la Santísima Virgen, sabemos que Ella misma fue como un regalo que Cristo nos dejó, porque en la persona de Juan, a cada uno de nosotros nos dijo: "Ahí tienes a tu madre" San Juan 19,27.

De manera que la Virgen en cierto sentido es un regalo de Cristo en la despedida; pero Cristo dejó muchos otros regalos.

Nos dejó el mandamiento del amor, del que hemos hablado en otra ocasión, y nos dejó un regalo maravilloso muy necesario: nos dejó el regalo de su paz. Meditemos un momentico, hermanos, en ese regalo; sobre todo porque Cristo hace una diferencia entre la paz que Él da y la paz que se puede tener en esta tierra, la paz que el mundo da. Él les dice: "Les doy mi paz, pero no como la da el mundo" San Juan 14,27.

¿Cuál es la diferencia entre la paz de Cristo y la paz del mundo? Me parece que casi siempre entendemos la palabra paz en el sentido simple de tranquilidad, es decir, ausencia de perturbación; estar uno libre de problemas, poder llevar a cabo las propias metas, los propios deseos sin interrupciones, sin necesidad de entrar en conflicto con otras voluntades o con otros proyectos.

La paz del mundo se resume en eso; es una ausencia de conflicto, es estar libre de perturbaciones. Yo creo que este ideal de paz está muy profundo en el corazón nuestro.

¿Quién no tiene esa idea? ¿Quién no tiene ese anhelo? Chicos o grandes, hombres o mujeres; sea cual sea nuestra nacionalidad o nuestra lengua amamos eso, sentir que tenemos el camino despejado, sentir que podemos hacer lo que deseamos sin obstáculos.

Eso es algo muy profundo, es algo muy común, pero también es algo muy irreal, porque en la vida hay obstáculos, en la vida hay dificultades.

Entonces, si el ideal de paz que uno tiene es que no haya problemas, uno puede estar suspirando por una paz que en realidad no existe porque problemas sí hay, dolores, contradicciones, obstáculos oposición, siempre los va a haber.

Entonces un modo de interpretar este texto es: que la paz que da el mundo, la paz como se entiende normalmente, es no tener problemas. Y Cristo dice: yo no estoy hablando de esa clase de paz, porque esa paz en el fondo es irreal.

La paz, en cambio, que Cristo quiere traer es la paz que es más grande que los problemas. Y yo creo que aquí la cosa se pone muy interesante. ¿Cómo es eso de tener paz en medio de la contradicción, en medio de la tribulación?

Pero, en efecto, este es el sello de las almas grandes; este es el sello de la gente verdaderamente sabia. Aquellos que conservan la serenidad; aquellos que conservan, como se dice, la cabeza fría y saben mantenerse en orden; esas son las personas realmente grandes.

Y los proyectos que llamamos grandes siempre se han realizado venciendo obstáculos; es decir, siempre ha habido gente que ha sabido mantener el rumbo, que ha sabido mantener una cierta serenidad, una cierta paz en medio de las tormentas para llevar adelante lo que se desea.

Tenemos un ejemplo, me parece que muy cerca de nosotros, en este proceso de paz en Irlanda del Norte, y todos deseamos que sea un completo éxito lo que se ha realizado ahí, ha sido un camino largo. Por supuesto que todavía pueden surgir muchos obstáculos, no decimos que las personas o los protagonistas sean perfectos o sean unos santos.

Seguramente hay defectos, o si queremos decir, pecados de ambas partes, pero es hermoso, es admirable, y es un ejemplo para muchas naciones esto de Irlanda del Norte. Porque en medio del dolor, de la rabia, del deseo de venganza, pues Irlanda grande ha sabido sobreponerse, ha sabido mirar como por encima, ha sabido buscar un ideal más grande.

Y yo me siento muy feliz de saber que el camino más firme y más próximo hacia esa paz de Irlanda del Norte indudablemente nació el 10 de abril de 1998 con el acuerdo del Viernes Santo. Repito: no hay que meter las manos al fuego todavía, porque son seres humanos.

Los líderes que están ahí implicados son seres humanos con fallas, con errores. De pronto tienen sus propios intereses guardados todavía. Pero es por dar un ejemplo relativamente próximo, de esto que queremos decir: una paz que vence obstáculos, una paz que está más allá de las dificultades.

Otro ejemplo muy querido para nosotros es el de la santa Virgen María cuando está al pie de la cruz. La muerte de su propio hijo, la muerte de jesús en la cruz es como la contradicción más absoluta, es la herida más profunda, es la batalla más terible contra el corazón de ella.

Simeón, el anciano, le había dicho a la Virgen: "Una espada te va a a travesar el corazón" San Lucas 2,35. Y es hermoso ver que este corazón atravesado de la Virgen, este corazón traspasado no rompe en maldiciones o en amenazas de venganza, no empieza a blasfemar, a renegar de Dios o a prometer desquite.

Ella permanece, nos dice el evangelio de Juan, "al pie de la cruz" (véase San Juan 19,25), y está ahí, contemplando, no solamente el dolor, sino dándole un sentido a ese dolor con su propio dolor.

Ese también es un ejemplo de esa paz grande, la paz que todos necesitamos. Esa paz que está más allá de las dificultades y de las contradicciones. Y por supuesto que es Cristo quien nos puede dar esta paz, porque el mismo Cristo tuvo que sufrir la más violenta de las contradicciones.

Cristo, cuando llega a la cruz, ¿cómo llega? Pues traicionado por sus amigos, abandonado por sus compañeros, en manos de sus enemigos, azotado, burlado, humillado. Y sin embargo, ese Cristo es, al mismo tiempo, el Cristo pacífico, el Cristo que está por encima de todo eso y lo demuestra porque es incluso capaz de orar por sus enemigos. Es el Cristo grande, es el Cristo majestuoso.

Podemos decir que su mismo sufrimiento, el mismo sufrimiento que le causaron, sirvió para demostrar esa grandeza de alma, para demostrar lo que había en su corazón. Y es maravilloso también pensar que esa es la paz que Cristo nos quiere dar a nosotros.

Porque no sabemos lo que nos depara la vida, pero lo que sí sabemos es que, aunque por el momento, quizá no tenemos grandes dolores o quizá sí los tenemos, de todos modos, la tribulación vendrá tarde o temprano a nuestra vida.

Y ahí vamos a necesitar esa clase de paz. De distintas formas; a veces es un descalabro financiero; a veces es una enfermedad terminal, la pérdida de un ser querido, una bancarrota, la traición de un amigo. Ahí necesitamos esta fortaleza, esta bendición, esta paz de Cristo.

Otras veces no es un solo golpe, sino es más bien un proceso pero que también nos pone a prueba. El mismo proceso de envejecer y quedarnos a veces solos; la vejez es muy dura para muchas personas; la soledad es espantosa para mucha gente. ¡Cuántas personas conoce uno que hubieran querido para su vida un trabajo mejor que el que tienen.

Y ahí también se necesita la paz de Cristo. Porque yo no he podido nunca lograr el trabajo que yo quisiera, mis dos alternativas son: me lleno de maldiciones y de amargura, o le busco un sentido a ese aspecto de contradicción de mi vida y trato de seguir adelante de la mejor maner, dando y recibiendo amor.

Es decir, no todo golpe, no toda tribulación llega en un instante; a veces es un proceso largo pero asfixiante que nos achica, o una enfermedad. ¿Qué vamos a decir? Eso nos puede pasara cualquiera de los que estamos aquí presentes. Una enfermedad.

Aquí, por ejemplo, en casa tenemos ese caso: uno de nuestros hermanos que se enfrenta al hecho de una enfermedad degenerativa, progresiva de su cerebro, de sus capacidades mentales. ¿Cómo afrontar eso? ¡Por Dios! ¿Cómo afrontar que cada vez voy a ser menos yo? ¿Cómo enfrentar que mi memoria, mi capacidad de razonamiento se van a ir disminuyendo?

Hay gente que se lanza al abismo de la desesperación y dice: "Yo prefiero suicidarme entonces". Es una respuesta que se puede dar, pero, ¿es esa la mejor expuesta? ¿Es esa la respuesta que finalmente va a llenar de sentido tu eternidad? ¿O tal vez has renunciado a creer en esa eternidad? Pero también, esa renuncia muchas veces es un acto de desesperación.

Los que dicen: "Con la muerte se acaba todo", normalmente lo dicen como un grito de angustia, de desesperación, de desengaño.

Entonces, hermanos, yo les invito a que aceptemos, a que recibamos este don maravilloso de la paz de Cristo. Pidámoslo hoy; quizá lo estemos necesitando hoy mismo. Pero, si no, con toda seguridad lo vamos a necesitar en el futuro. Pidámosle a Cristo que abunde esa paz, que reine esa paz en nosotros, en nuestros hogares y en nuestras naciones y en el mundo entero.San Lucas 2,35