Cp06002a
Fecha:20010520
Título:Tres modos de presencia de Dios entre los hombres
Original en audio: 10 min. 15 seg.
Las lecturas de este domingo sirven para reflexionar sobre la presencia de Dios en medio de los hombres; de pronto podemos encontrar, en esa idea, como un hilo que conduce, que acompaña las lecturas, cómo Dios se hace presente en medio de los hombres.
Por lo pronto, tomemos esa expresión del Salmo: “Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben” Salmo 66,6.
El corazón enamorado de Dios, quiere que la noticia del amor llegue a todas partes; el amor es el que hace misioneros; el amor es el que hace las conversiones; el amor es el que hace la santidad.
Y por eso, el libro de los Hechos de los Apóstoles, que es el libro del amor de Dios, que es el libro de lo que puede el amor de Dios, que es el Espíritu, es el libro de los misioneros, es el manual, es la referencia que nos cuenta todo lo que puede Dios, por el poder de su amor.
Primer modo de presencia entonces, la presencia del Evangelio en todas partes. A través de su Palabra, a través de sus evangelizadores Dios se hace presente. Por que el tema de hoy es: la presencia de Dios entre los hombres. Dios se hace presente a través de los misioneros, Dios se hace presente a través de los evangelizadores.
Surgió un obstáculo, que es el contexto de la primera lectura, algunos decían:" No, eso no puede salir tan barato, la salvación tiene que ser difícil, por eso hay que cumplir la Ley de Moisés, por consiguiente, tienen que circuncidarse y tienen que cumplir la Ley de Moisés".
Pero resulta que la conclusión a la que llegan los Apóstoles, cuando se reúnen para discernir, es distinta: "Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros no imponeros más cargas que las indispensables” Hechos de los Apóstoles 15,28.
El Espíritu Santo hace liviana la carga: “Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros no imponeros más cargas” Hechos de los Apóstoles 15,28.
El Espíritu que anima a las misiones, el Espíritu que mueve a los misioneros, el Espíritu que propicia el encuentro, que quita el obstáculo, que levanta la carga, para que nadie se quede sin recibir el mensaje.
Por eso, la primera lectura nos está presentando el poder del amor que hace presente el Evangelio con un mínimo de condiciones; la salvación no está llena de condiciones, la salvación está llena de amor. Primer modo de presencia, el Evangelio; fuerza del Evangelio, es el Espíritu Santo; y el Espíritu quiere que la carga sea liviana, sólo la carga indispensable.
Bueno. Entonces la segunda lectura nos transporta al cielo,¿tan hermosas esas lecturas del Apocalipsis! Nos lleva al cielo. En una visión, Juan, el autor de este hermoso libro, contempla la morada de Dios con los hombres que baja, dice, "como una novia vestida para su esposo" Apocalipsis 21,2.
¡Hermosa la ciudad santa, hermosa la morada de Dios con los hombres! Eso fue lo que oyó él. Brillaba como una piedra preciosa" Apocalipsis 21,11, era Jerusalén enviada por Dios.
Y bueno, esa morada de Dios con los hombres, que ni siquiera necesita templo, porque toda ella es santa, porque está colmada de la presencia de Dios, ¿qué nos está presentando? El destino, el desenlace, el término.
Primera lectura: Dios, que desde la Jerusalén de esta tierra, empieza a irradiar con el poder del Espíritu la noticia de la salvación, tratando de aliviar las cargas, que es algo tan bello, porque en la primera lectura es tratar de levantar a los hombres, y la segunda lectura es Dios bajando hacia ellos, es el abrazo.
El mismo Espíritu que levanta a los hombres para que sin peso, sin esfuerzo más del necesario, puedan subir hacia Dios, ese mismo Espíritu, ese mismo amor, hace descender la Providencia divina, hace descender el amor de Dios, hace descender la morada de Dios.
Nosotros los creyentes estamos entre esas dos lecturas: hay momentos que uno siente que está la hora de la misión, la hora de la preparación del Evangelio en medio de dificultades; y hay momentos que uno siente que está como en la morada de Dios, y que todo está lleno de la presencia de Dios.
Eso somos nosotros los creyentes, entre la presencia que nos da la Palabra, que es una presencia mientras vamos de camino; y la presencia definitiva, decisiva que llegará con la Jerusalén del cielo.
Pero el evangelio nos presenta un tercer modo de presencia: la presencia en nosotros. Primer modo, en la primera lectura, es el Evangelio en los pueblos; segundo modo, Dios que deja ver la hermosura de su plan y esa gracia última, definitiva, que constituye a todos en su pueblo en su ciudad.
Pero entre esas dos, hay una presencia que está en nosotros: ”Os he hablado ahora que estoy a vuestro lado, pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo, y os vaya recordando todo lo que os he dicho" San Juan 14,25.
La presencia del Espíritu Santo. Es el Espíritu Santo el que empieza a ser presencia en los pueblos, es el Espíritu Santo el que llena a la ciudad santa, el cielo, nuestro destino; y es el Espíritu Santo el que quiere habitar en nosotros, quiere reinar en nosotros, quiere morar en nosotros.
Tres modos de presencia: la evangelización, el cielo, y el Espíritu que habita en los cristianos; tres modos de presencia: Espíritu que hace templo en nosotros, Espíritu que acompaña nuestras palabras, Espíritu que llena con su resplandor la gloria del cielo.
Mientras llega esa gloria del cielo, sigamos esta celebración y sigamos nuestro camino. ¿Por qué hemos oído esta lectura? Ya es el sexto domingo de Pascua, porque ya se ve cerca Pentecostés, porque ya se aproxima Pentecostés, y hay que saber el tamaño de regalos que trae el Espíritu Santo para nosotros.
Él es el que le da eficacia a nuestras palabras, él es el que llena de esplendor el cielo, él es el que quiere habitar en nosotros, para que el cielo empiece ya en nuestros corazones y en nuestras palabras.