Cp05010a
Este es el quinto Domingo de Pascua; ¡ya hemos hecho un recorrido desde la gran solemnidad que abrió este tiempo litúrgico caracterizado por la alegría y la certeza de la victoria de Cristo! Ese gozo, sin embargo, no debe oscurecer nuestra mente frente al mensaje que Cristo ha querido que quede impreso en nuestros corazones. Es decir, a medida que nos vamos acercando al final de este Tiempo Pascual, tenemos que preguntarnos, qué nos deja esta Pascua; y en ese sentido, el Evangelio de hoy, tomado del capítulo trece de San Juan, haciéndonos un inmenso favor, nos responde: “El mandamiento del amor”.
Las palabras de Cristo son completamente claras: “En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros” (Jn 13,35). Eso nos está indicando que el fruto perdurable del Tiempo Pascual, es el amor; si Cristo ha llegado a la cruz, es por amor; si Cristo está presente en la Eucaristía, es por amor. De hecho, si Cristo vino a esta tierra, y si Cristo se levantó de entre los muertos, es el amor, y siempre el amor, la única explicación de su vida y de su misión; y por eso, el amor es también la única explicación de la vida de la Iglesia. Eso quiere decir, que si estudiamos teología, lo hacemos por amor; si vamos a las misiones, es porque amamos; si tenemos colegios, hospitales, si atendemos a los huérfanos, o a los ancianos, es por amor. Y ese amor inmenso que proviene de Cristo, y que actúa a través nuestro, se identifica con la buena noticia del Evangelio.
Este es un buen tiempo, pues, para preguntarnos qué nos está dejando el Tiempo Pascual. Y por eso tenemos que preguntarnos qué tanto hemos experimentado, qué tanto hemos conocido de ese amor perdonador, de ese amor transformante de Cristo; qué tanto hemos recibido, qué tanto hemos acogido de ese amor de Cristo. Y en la medida que recibimos ese amor del Señor, no quedarnos con él, no cerrarnos. Dios quiere que nosotros no seamos recipientes sellados que guardan únicamente para sí, la buena noticia; sino que seamos, más bien, como tubos, como canales que llevan a otros la buena noticia del amor.
Experimentar el amor de Cristo, significa experimentar que hay perdón, que hay misericordia para nosotros. La única razón por la que Cristo ha tenido tanta ternura y tanta paciencia con nosotros, es porque es compasivo, es porque es misericordioso. Pues bien, ese es el mismo llamado para nosotros: que este Año de la Misericordia, al que nos ha convocado el Papa Francisco, dé verdadero fruto en nuestras vidas a través de la acogida al don de la misericordia; y a través de la transmisión, la irradiación, el compartir de esa misma noticia.
Para terminar nuestra breve reflexión, hazte solamente estas preguntas: Entre las personas que tengo cerca, quizá en mi propia familia, quizá en mi propio trabajo, quizá en el aula de clase, ¿quién es destinatario de la misericordia de Cristo? sin duda todos, pero no lo conocen; ¿de quién debo ser testigo? de Cristo; ¿ante quién debo ser testigo? ante el hermano que tiene necesidad.
Entonces, no terminemos este momento sin preguntarnos quienes son aquellos que tenemos al lado, y que están esperando, tal vez, esa noticia del amor. De nuevo, ¡Feliz Pascua para todos!