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Este es el tercer Domingo de Pascua, y como en todos los domingos, y como en todas las Eucaristías, el protagonista es siempre Jesucristo; pero hay un personaje que destaca en el pasaje del Evangelio de hoy, tomado del capítulo veintiuno de Juan: estoy hablando del apóstol Pedro. Si miramos la relación que se da entre Nuestro Señor Jesucristo y el apóstol Pedro en este Evangelio, encontraremos enseñanzas preciosas para nosotros.
Creo que hay cinco verbos que podemos identificar claramente en el texto de hoy. Nos damos cuenta que Cristo, en primer lugar, da una enseñanza: está Pedro liderando el grupo de los discípulos, y están en el mar, pero su labor es infructuosa, no logran agarrar pescado, entonces viene una palabra de parte de Cristo, este es el primer verbo que nos interesa: Cristo “enseña”, Cristo marca la ruta (cf. Jn 21,1-6). Observemos que en el Evangelio Pedro aparece con una actitud resuelta, “voy a pescar”, dice, y entonces los otros se unen a él, “vamos nosotros contigo” (Jn 21,3). Sí, Pedro parece ser el líder del grupo, pero el verdadero líder, aunque esté oculto, aunque incluso sea invisible, aunque sea difícil de reconocer, el verdadero líder en la Iglesia siempre es Jesucristo. Es Él, el que muestra el rumbo; es Él, el que define la manera; es Él, el que enseña. Así tenemos el primer verbo: Cristo que enseña, que guía al que tiene que guiar a todos.
El segundo verbo es “alimentar”: una vez que llevan todo ese pescado a la playa, entonces, encuentran que Cristo les ha preparado alimento; hay pan y hay pescado en las brasas (cf. Jn 21,9-13). Cristo no solamente enseña, sino que “alimenta”. Necesitamos ser alimentados, porque nuestras fuerzas se agotan; necesitamos ser alimentados, porque nuestro entusiasmo se apaga; necesitamos ser alimentados por Cristo, porque los desengaños, las ingratitudes, la dureza del trabajo en la evangelización, extinguen nuestras fuerzas. Por eso, el segundo verbo: Cristo alimenta.
Luego, viene el tercer verbo: Cristo entra en un diálogo con este apóstol, y básicamente lo que hace es “confirmarlo” en su misión; a través de ese diálogo, a través de esa pregunta tan profunda para Pedro, y profunda para nosotros, Cristo “confirma” en su misión a este apóstol (cf. Jn 21,15-17). La pregunta fundamental es: “¿Me amas?”; eso es lo que también Cristo nos pregunta a nosotros, porque no solamente Pedro en su propia misión, sino cada uno de nosotros en la tarea que tiene, necesita ser confirmado por Cristo, y esa confirmación, siempre es un fruto del amor que Él nos tiene y de nuestra respuesta de amor a Él. “Pedro, ¿me amas?”, pregunta Cristo, y a cada uno de nosotros nos sigue preguntando eso. Cada mañana el sacerdote debe preguntarse si de verdad ama a Cristo, y si quiere hacer todo lo que implique su día de labr por amor a Cristo; el educador, el médico, el abogado, el conductor de un servicio público, desde las labores más sublimes hasta las aparentemente más sencillas, todos somos llamados a expresar y a vivir nuestro amor por Cristo. Porque aquello que se hace en nombre de Cristo, y por amor a Él, eso es lo que tiene verdadero fruto.
Luego encontramos el cuarto verbo: después de que Cristo ha confirmado a Pedro en su misión, entonces, le da un encargo, le da una responsabilidad; una vez que se ha sellado el amor, entonces es posible recibir una responsabilidad (cf. Jn 21,15-17). Recordemos aquella frase triste de Caín: “Yo no soy responsable de mi hermano” (Gn 4,9); en la vida cristiana es exactamente lo opuesto, cada uno de nosotros tiene una responsabilidad, tiene alguien a quien “cuidar”. ¿A quién estás cuidando tú?, ¿cuál es aquella persona que el Señor ha puesto cerca de ti, para que tú la acerques a Él? Ese es el cuarto verbo: “cuidar”, “apacentar”.
Y el quinto y último verbo, es “seguir”: el Señor le da una profecía, el Señor le anuncia algo a Pedro, algo duro porque le dice: “irás a donde no quieras” (cf. Jn 21,18-19). Pero, no nos quedemos con el aspecto rudo de estas palabras; de lo que se trata es: “Te vas a unir al misterio de entrega y de donación que Yo mismo he vivido”. Así también nos quiere Cristo a nosotros; nos quiere dispuestos a asociarnos al misterio de su amor y al misterio de su cruz, para dar vida en su nombre.