Co31001a
Fecha: 19951104
Título: El poder y la misericordia de Dios.
Original en audio: 11 min. 55 seg.
Queridos Hermanos:
Las lecturas del día de hoy unen dos palabras que en nuestro mundo, en nuestra sociedad parecen opuestas, contradictorias, incompatibles, son ellas: poder y misericordia.
Nosotros asociamos el poder con aquellos que tienen dominio, con aquellos que tiene autoridad, gobierno; y asociamos la palabra misericordia con los términos compasión, ternura, debilidad.
Poder puede tener el que tiene armas; misericordia puede tener el que está desarmado; poder puede tener el hombre que se hace sentir en su casa porque él es el hombre de la casa; misericordia se supone que tendría que tener la mujer porque es más compasiva, porque es mamá, e incluso se habla del sexo débil, como si nosotros los hombre fuéramos el sexo fuerte al que le corresponde el poder, mientras que a las mujeres les corresponde la compasión.
Desde luego que los estudios psicológicos desautorizan ese modo de hablar. En muchísimos aspectos resultan más fuertes, más tenaces, más constantes las mujeres, y los hombres resultan mucho más débiles y por cierto mucho más necesitados de misericordia.
Pero creo ya que con estos ejemplos se comprende cómo estas dos palabras parecen totalmente irreconciliables en nuestra sociedad y en el mundotal como lo conocemos.
Pero resulta que el libro de la Sabiduría nos ha dicho en el día de hoy: “Señor, tú te compadeces de todos porque todo lo puedes” Sabiduría 11,23.
De manera que perece que Dios tiene la plenitud del poder, –hasta ahí sabíamos, y eso suena como lógico-, pero que esa plenitud del poder es precisamente lo que hace que ese Dios sea misericordioso, y ahí es donde uno no entiende.
Creo que un ejemplo resulta útil. Voy a recordar mi época en la Universidad Nacional. Tuve una dificultad académica, porque resulta que en mi recibo de matrícula aparecía que no tenía que pagar una determinada cuenta.
De los varios rubros que vienen estipulados en esos recibos, había una cierta cifra que yo no debía pagar; pero el papel que decía que yo no debía pagar eso no me había llegado a las manos, cuando ya se estaba venciendo la fecha última de matrículas.
De manera que la misma universidad me exoneraba de pagar unos ciertos derechos, pero no me daba a tiempo el papel, y ya llegaba el último día para pasar ese papel a la secretaría académica; voy yo con mi pequeña angustia a la oficina de la secretaría académica para exponer mi caso.
Y yo le decía al señor que atendía ahí, que desde luego estaba atareadísimo y agobiado con la cantidad de gente, yo le decía al señor que estaba ahí: “-Mire, realmente mi recibo debe estar por salir, no sé que haya sucedido, pero no lo tengo en este momento y yo sé que hoy es el último día de matrícula, y que por consiguiente como ya estas son fechas extemporáneas, por lo visto me voy a quedar sin estudiar”.
El hombre sin parpadear me miró de arriba abajo y dijo: “-Pues entonces no se puede matricular”. Uno siente por dentro como una especie de contrariedad, disgusto, ira.
Pero se contiene y trata de explicarle al caballero: "Mire, no es culpa mía, usted puede preguntar al departamento que corresponda, no me ha salido ese papel, no es culpa mía, simplemente no me puedo matricular, incluso es un favor que la Universidad me hace". “-No, señor, no se puede hacer nada en su caso; por favor, dé permiso que hay mucha gente”.
Entonces uno haciendo un último esfuerzo, le dice, en este caso, le dije: “-Perdone, caballero, ¿con quién pudiera yo hablar sobre mi situación, ante quién puedo apelar?” “-Ante mí, y yo no le dejo”. Esto es lo que llamamos el despotismo de los mandos medios.
Me fui entonces con el resto de mis papelería a la Decanatura, un mando evidentemente superior que al del secretario, fui allá donde este decano, pedí cita, le planteé el caso, el decano me atendió, sonrío compasivo, precisamente compasivo de ver la angustia del muchacho, y me dijo: "No hay ningún problema, en cuanto le salga ese recibo, venga y habla personalmente conmigo, se entiende directamente conmigo y yo paso esto por la otra vía".
Ustedes saben que todas las oficinas tienen dos vías: la de abajo, que es la cola, y la de arriba, que es la del jefe; entonces me dijo: "No se preocupe, yo paso esto por la otra vía, y lo suyo no tiene inconveniente alguno”.
Y así fue y de hecho pude seguir estudiando sin ningún inconveniente. Yo creo que el contraste entre estas dos actitudes nos enseña mucho; es evidente que tenía mucho más poder ese superior académico, creo era el decano, es evidente que él tenía muchísimo más poder y él sabía y él podía entender qué era lo que estaba sucediendo.
El otro hombre tiene poquito poder, pero precisamente porque es poquito trata de hacerlo sentir, manoteando, gritando y poniéndose intransigente. Así nos pasa a nosotros los seres humanos, como nosotros tenemos poquito poder, gritamos mucho y levantamos la voz y nos empinamos, como el niño malcriado y consentido cuando no logra de la mamá lo que quisiera; entonces grita y se empina para que la mamá lo tome en cuenta.
Así somos nosotros los seres humanos, porque tenemos poquito poder, porque podemos poco, por eso tratamos de hacernos sentir.
De manera que el hombre que llega a su casa gritando, vociferando, insultando, golpeando, ese es el que tiene menos autoridad, ese es el que no tiene mucha autoridad frente a la esposa, y porque no tiene autoridad y porque tiene poquito poder y muy poquita respetabilidad, por eso tiene que hacerse sentir a gritos.
Cuando el esposo se sabe respetado y se sabe amado y se sabe entendido, no tiene que acudir a esos recursos; y cuántas estrategias nos buscamos nosotros para hacernos sentir. Cada una de esas estrategias es una prueba de que nos falta la autoridad o quizás el poder que nosotros quisiéramos.
Distinto es el caso de nuestro Dios, Dios tiene todo el poder, Él es realmente omnipotente, todopoderoso, y precisamente porque lo puede todo, Dios no tiene que estar bramando, ni tiene que estar gritando, porque Él tiene el poder de todo, porque no hay quién escape de su mano.
Y precisamente por eso, Él, lo mismo que el decano de mi historia, y muchísimo más, infinitamente más, Él puede compadecerse de cada caso.
En momentos como los que vive nuestra patria, nosotros que tenemos poquito poder, podemos caer en la tentación de levantar los puños al cielo y decirle: “Dios, manda un rayo que quiebre por la mitad a todos los inicuos, a todos los malvados”; y de pronto alguien podría decir: "Sí, padre, eso es lo único que se merecen esos desgraciados porque han hecho y deshecho".
Con esas actitudes sólo mostramos qué poco conocemos del poder de Dios; Él, que todo lo puede, sabe compadecerse de todos, y esa es la historia de este evangelio. Zaqueo, un explotador, porque los recaudadores de impuestos en tiempos de Jesús eran unos explotadores, ellos no tenían más sueldo que lo que lograban exprimirle a la pobre gente.
Pues bien, Zaqueo, jefe de recaudador de impuestos, cuántas maldiciones tenía en la cabeza, cuántas maldiciones le habían echado encima los pobres de su tiempo-, ninguna de esas maldiciones había logrado convertir a Zaqueo, porque todas esas maldiciones querían un dios que a base de rejo, palo y mazo, cambiara la historia.
Llega Jesús, el humilde Jesús, y dejándose invitar a la casa de Zaqueo, y mostrando dos gotas de misericordia ha logrado lo que no lograban todas esas maldiciones. Dios sabe entrar a nuestras vidas por la puerta en la que somos blandos, por la puerta de nuestra debilidad, por ahí sabe Él entrar y hace maravillas.
Por eso la Segunda Carta a los Tesalonicenses nos ha dicho: “No se dejen asustar por mensajes o supuestas revelaciones de que el mundo se va a acabar, de que esta a las puertas” 2 Tesalonicenses 2,1.
Desde luego que hay que convertirse y convertirse pronto porque Jesús está pasando por nuestras calles, pero no es asunto de asustarse ni es asunto de de traer el imperio del terror, del terror religioso en este caso, es asunto de dejarnos ganar por la piedad, de dejarnos convencer por el amor, de que el argumento de la Sangre de Cristo triunfe sobre nosotros.
Así sea para gloria del Padre.
Amén.