Co30002a

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Fecha: 20011028

Título: Hagamos la oracion del publicano, que es la que le agrada a Dios: "Senor, ten compasion de mi, que soy un pecador"

Original en audio: 17 min. 25 seg.


Hubo una vez un Padre que tenía que predicar del evangelio de hoy, y entonces dijo: "Démosle gracias a Dios que nosotros no somos como ese fariseo". Ahí estamos repitiendo el mismo error.

Esto del fariseísmo es una cosa muy chistosa, porque cuando uno señala a otra persona para decir: "Mire ese fariseo", de pronto el fariseo está es de este lado del dedo. Cuando uno se considera autorizado para juzgar a la otra persona porque juzga a los demás, uno está cometiendo el mismo error que critica.

Una vez estuve en misión en un pequeño pueblo que no les voy a decir cuál fue, pero no fue aquí cerquita. Apenas había llegado yo, y yo no conocía a nadie y se me acerca una señora y me dice: "Padre, yo le digo aquí como en secreto, en este pueblo todas son unas chismosas de miedo". La primera chismosa, ella. Ahí está la situación.

Por eso esta parábola no es para que nosotros se la lancemos a otras personas. Cristo siempre que habla es para que uno se analice a uno mismo. Yo creo en realidad que todos tenemos algo de fariseo y algo de publicano.

Yo me he dado cuenta a estas alturas de la vida, ya entrando en el ocaso de mi vida, me he dado cuenta de que todo, prácticamente todo lo que yo he criticado en otras personas, yo lo he cometido.

Pero sobre todo me he dado cuenta de una cosa: que lo que uno critica con más fuerza, es lo que uno más quisiera hacer. Lo que uno critica con más fuerza, es lo que a uno más le duele porque seguramente es lo que uno más quisiera hacer.

Por eso creo que todos tenemos algo de fariseo. Este fariseo, cuando se pone a orar en el templo, a él le ha costado mucho trabajo ser bueno, o mejor dicho parecer bueno, y por eso se alaba, se festeja, se aplaude a sí mismo, para darse ánimo porque le cuesta mucho trabajo ser bueno; es bueno a la fuerza. Y yo pienso que todos tenemos algo de eso. Por eso hay una frase famosa que dice: “Si quieres conocer el carácter de un hombre, dale poder”.

Hay muchas cosas que uno no las ha hecho por miedo o por falta de poder, y por eso nosotros tenemos mucho de esto de fariseos. A veces creemos que la sociedad está peor ahora que antes; de pronto es cierto.

Pero de pronto es cierto porque antes había más hipocresía. Yo he visto por ejemplo, algunas veces, confesando gente mayor, que cuando hacen una confesión general de su vida y recuerdan lo que ha sido su vida, seguramente encontramos muchas de las faltas que se dan hoy, sólo que antes eran, por decirlo así, más tapadas.

Ser bueno siempre ha costado trabajo, ser bueno siempre ha sido difícil, y por eso nosotros, lo mismo que este fariseo, hay momentos en que sentimos que tenemos que darnos ánimo, recompensa, aplauso, porque nos está costando mucho trabajo ser buenos.

Pero Cristo Jesús nos cuenta que dentro de nosotros también existe la posibilidad de este publicano. A ambos, al fariseo y al publicano, les costaba trabajo ser buenos. El fariseo optó por una cosa: “Yo me voy a vanagloriar”. El publicano optó por otra cosa: “Yo voy a reconocer que no he podido”.

Y se encontró primero con Dios el que reconoció que no había podido, el que reconoció que le quedaba grande, el que reconoció que no conseguía la meta.

Eso también lo tenemos nosotros. Cuando nosotros paramos un poco este ritmo de vida a veces agitado que llevamos, cuando entramos un poco dentro de nosotros mismos, cuando vemos cuáles son nuestros anhelos más puros, cuando pensamos en cuál es el futuro que verdaderamente quisiéramos y qué es lo que estamos haciendo en el presente, seguramente vamos a sentir lo que sintió este publicano, este recaudador de impuestos.

Entre lo que yo quisiera ser y lo que estoy siendo, entre lo que yo anhelaría y lo que yo tengo, hay una distancia demasiado grande.

Pero en vez de fiarse solamente de sus fuerzas o de crear un pequeño imperio despreciando a otros, el publicano lo que hace es reconocer su miseria ante Dios, y así se encontró con Dios. Dice el evangelio: “cuando volvió a su casa estaba a paz y salvo con Dios” San Lucas 18,14.

Podemos entonces resumir esta enseñanza de hoy de la siguiente manera: hay gente, y todos tenemos algo de eso, que le cuesta mucho trabajo ser buena, pero que a base de la hipocresía y de juzgar a los demás y de darse ánimo vanagloriándose, ahí logra como mantenerse a flote y no ahogarse. Esa actitud no le gusta a Dios, sobre todo por la crueldad para tratar a las otras personas. Ese es un primer caso.

Segundo caso. Hay gente, esa no aparece en el evangelio de hoy, pero sí existe, que dice: “Yo estoy viviendo mal, yo estoy viviendo cochinamente, puercamente, pero es mi vida y es mi decisión”; es decir, la gente que se descara, la gente que entra en el cinismo. Eso tampoco le gusta a Dios.

Pero de pronto, uno de esos que parecía muy fuerte pero que era pura fachada, se rompe y se da cuenta de la realidad de su vida. O de pronto uno de esos cínicos que está viviendo mal y que sabe que está viviendo mal, se da cuenta de que no va a ninguna parte: “No estoy yendo a ninguna parte, mi vida no tiene sentido”. Y se rompe.

Entre los buenos de fachada y los malos descarados, que son los dos extremos, Dios produce un milagro: el milagro del publicano, el milagro de la persona que se rompe y que se da cuenta: “Yo no estoy en lo que debiera, esto no es así”.

Algunas personas reciben esa gracia a temprana edad, otras personas tardan muchos años. Se confesaba una vez una mujer, que ya tenía tres hijos de distintos esposos, y ahí sí como dice el evangelio, y con el que estaba viviendo tampoco era su esposo.

Y lloraba con angustia, de ver que no le estaba dando ni ejemplo, ni vida, ni hogar, ni nada a esos hijos; de ver que había destruido su cuerpo, su corazón y su vida; de ver que se le empezaba a marchitar la piel, la juventud, la existencia y no había hecho nada, y lloraba como el publicano de esta parábola de Cristo.

Parece que hay gente que tiene que darse duro en la vida; parece que uno tiene que tocar fondo y darse duro con la vida, parece. Lo que pasa es que los fondos son distintos. Hay gente que toca fondo con la primera campanada, otra con la segunda, otra con la tercera, y otra con la cuarta, o yo no sé si hay más.

Pero nosotros lo que debemos pensar es: que tocar fondo es una gracia que Dios concede. Entre los buenos de fachada o los malos descarados, Dios sabe sacudir la vida, a veces, y mostrarle a la persona humana: “Usted no está haciendo nada, lo que usted está haciendo no le sirve, es una mentira”. Ese mensaje duele.

Y por eso este publicano no se atrevía ni siquiera a levantar la mirada al cielo, y se golpeaba el pecho como señal de dolor y de arrepentimiento. Eso duele; pero ese dolor, sana. Ese dolor convierte. El publicano le dijo a Dios: “Ten compasión de este pecador” San Lucas 18,13. Encontró la verdad de su vida.

Resumen pues, tres grupos de personas: el bueno de fachada, el malo descarado y otro, que a veces sale de los que eran buenos de fachada y a veces sale de los que eran malos descarados, otro, el que se rompe, el que se da cuenta: “Yo no estoy haciendo nada, esta vida mía no sirve, así no es, así no es”. ¿Qué tiene que hacer una persona en esas circunstancias? Lo del publicano.

Yo lo que le pido a los que estamos aquí, porque todos tenemos algo de hipócritas, todos tenemos algo de fachada, y todos tenemos algo de cínicos y descarados. Porque Colombia es país de hipócritas y de cínicos, y eso lo sabemos todos. Y yo creo que el mundo está hoy así.

Cuando llegue la gracia, cuando Dios nos visite, ¿qué tenemos que hacer? Yo lo único que les pido y lo único que le pido a mi corazón es que digamos la oración de este hombre.

Yo no les voy a decir a ustedes. “Vengan detrás de mí que yo soy el santo aparecido en este pueblo”, ni les voy a decir: “Vayan detrás de fulano o de zutano”, ni les voy a decir: “Entren a este grupo, a esta comunidad, o a este sitio”, no les voy a decir eso. Lo único que les voy a decir es: “Hagamos la oración del publicano”.

Yo pienso que esa oración, como lo dijo el libro del Eclesiástico en la primera lectura: “Esa oración la oye Dios” Eclesiástico 35,16.

Si usted piensa que usted es un malo descarado, que usted es un cínico y usted está viviendo mal, y usted lo sabe, no empiece por buscar, bueno, ¿cuál es el grupo, o cuál es la comunidad, o cuál es la parroquia, o cuál es, qué se yo. Empiece por esta oración; deténgase un momento en la habitación suya, en su casa, entre un día que nadie lo esté viendo.

Fíjate que el fariseo miraba al publicano, el publicano no miraba a nadie; el publicano sólo quería ser visto por Dios. Un día cuando nadie lo esté viendo entre a una iglesia y haga esta oración: “Señor, yo pienso que mi vida se está perdiendo; ten compasión de mí, Señor; muéstrame el camino; algo anda mal en mi vida; estoy confundido; creo que voy mal; ayúdame, ayúdame”.

Esa oración Dios se la va a escuchar. Si usted la dice, si usted la repite, en su cama, en su cuarto, al llegar al trabajo, al salir de la universidad. Si usted le dice: “Señor, oriéntame, muéstrame, por favor”.

Es muy necesario orar, muy necesario. Porque si usted cree que se ha convertido por unas palabras que me oye a mí o a cualquier otro padre, un día le va a entrar desconfianza: “Ese padre, ¿qué irá a saber? Al fin y al cabo, los padres viven peor que uno; al fin y al cabo, ¿qué? Eso tantos curas ¿para qué? Y el escándalo del padre tal o del padre cual, ¡qué, eso qué curas ni qué ocho cuartos!"

Usted no empiece por fiarse de curas, ni de profetas aparecidos. Primero hay que hacer oración. “Señor, que yo no me deje engatusar, que yo no me deje envolver, que yo no me deje confundir por nadie. Muéstrame tú el camino”, y Dios le va mostrando el camino a uno. Y ahí es donde vienen las hermosas conversiones.

¡Cómo no recordar hoy, por ejemplo, a ese gran convertido, San Agustín. San Agustín fue un hombre que tuvo que llorar mucho, porque él era un malo descarado, y también había sido un bueno de fachada!

Y la vida se le fue rompiendo, y él fue sintiendo: “Esto no tiene sabor, esto es una pendejada, esto es una majadería lo que yo estoy haciendo, esto no tiene sentido”. Y se acercó a la oración, y se acercó a la Palabra de Dios. Y Dios le mostró el camino, y el camino para Agustín estuvo en la predicación de un santo.

Pero Agustín no empezó por seguir a un hombre; ese hombre se llamaba Ambrosio. Agustín no empezó por seguir a un hombre, a Ambrosio, empezó por hablarle a Dios.

Y como Dios lo fue dirigiendo hacia Ambrosio, Agustín empezó a oír la predicación de San Ambrosio y empezó a sentir: “Mi vida tiene que cambiar, mi vida puede cambiar, mi vida va a cambiar, mi vida cambia hoy”. Y se bautizó y se convirtió y es un gran santo.

Que Dios nos dé sinceridad, que dejemos la hipocresía de ser buenos en la fachada, y que dejemos el cinismo de ser malos porque se supone que eso es lo único que funciona. Que nuestra vida se pueda romper ante Dios con verdad, con sinceridad, para que Dios, con esos pedazos, pueda hacer una creatura nueva. Amén