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Fecha: 19981025

Título: Las puertas del cielo estan muy cerca: en nuestro corazon arrepentido

Original en audio: 14 min. 32 seg.


De modo ordinario la vida de Dios se comunica a nosotros a través de la oración. Pero si hay entre ustedes algún maestro o maestra en oración, hay que acudir a él; porque las personas que saben orar son las que conocen verdaderamente el camino hacia la vida.

Encontrar el camino hacia la oración es encontrar el camino hacia Dios, o mejor, es encontrar que Él nos estaba buscando; y este es el encuentro más maravillosos que puede realizar el ser humano; esta es la transformación más preciosa de nuestra vida; en esto está toda nuestra grandeza, porque esta grandeza de la unión con Dios es más fuerte que todo, más fuerte que el dolor, más que la pobreza, más que la enfermedad, incluso más fuerte que la muerte.

El que ha encontrado el camino para Dios, el que es maestro en oración, ese lo sabe todo. Hay que buscar a las personas que son realmente maestras en la oración.

¿Pero a quién acudiremos en primer lugar? ¿Quién podría enseñarnos mejor que el mismo Cristo? Y es sobre todo el Evangelista Lucas el que nos muestra varias veces a Jesucristo orando y a Jesucristo predicando sobre la oración. Hoy, por ejemplo, nos presenta el contraste entre este fariseo y el publicano.

El fariseo ora por lo que no es; el publicano ora por lo que Dios sí es; el fariseo, en su oración, da vueltas en torno a sí mismo y en torno a los demás; su oración no le levanta de la tierra; está pendiente de sí y está pendiente de los otros, no está pendiente de Dios.

Por eso en realidad no está orando, está conversando consigo mismo. Y de esa conversación sale tan ciego como entró, tan mudo como entró, tan sordo como entró, tan vacío como entró. Entró al templo y salió del templo.

Pero si es verdad que Dios en los templos tiene lluvias de bendiciones divinas, hay que llegar sin paraguas; porque si uno llega con paraguas a la lluvia de las bendiciones divinas, pues se queda igual, no recibe lo que Dios le quería dar.

Y ese fue el caso de este fariseo; él oraba protegiéndose, y estaba tan bien protegido, que estaba protegido de Dios; triste protección esa. Estar tan impermeabilizado, estar tan bien protegido y estar tan perfectamente separado, que pueda estar uno también apartado de Dios, esa es la mayor de las desgracias.

Está tan impermeabilizado este hombre que ni siquiera pronuncia su oración. Su "oración", su supuesta oración ni siquiera sale al exterior, es algo que está en su interior, es algo que está en su propio corazón. En realidad el dios que él está buscando es él mismo, se está buscando a sí mismo, no está buscando a Dios.

Pero ya que sabemos lo que no debemos hacer, tratemos de aprender lo que sí debemos y podemos hacer. ¡Que hace este publicano en cambio? El publicano se quedó atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sólo se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Dios, ten compasión de este pecador!" San Lucas 18,13.

Él no miraba al cielo, pero el cielo sí lo miraba a él, y cuando golpeaba su pecho, en ese corazón estaba ya golpeando las puertas del cielo. No es difícil golpear a las puertas del cielo, están aquí cerquita, están al alcance de tu mano y ahí puedes golpear a las puertas del cielo.

Y cuando uno golpea las puertas del cielo, arrepintiéndose de sus pecados, Dios sale y abre, porque Él dijo: "Pedid, y se os dará; llamad, y se os abrirá; buscad, y hallaréis" San Mateo 7,7. Eso fue lo que hizo el publicano.

Las puertas del cielo están muy cerquita; hay gente que busca las puertas del cielo más allá de las nubes, otras buscan las puertas del cielo en doctrinas extrañas, en técnicas harish de meditación, de concentración; las puertas del cielo están muy cerca a nosotros. Dios dejó la puerta de su cielo aquí, aquí en nuestro propio pecho, en nuestro pecho contrito, en nuestro corazón humillado.

De manera que si uno golpea a las puertas del cielo, si uno golpea el propio corazón, es Dios quien sale a abrir, es Dios quien nos atiende, es Dios quien está cerca de esos corazones arrepentidos. El arrepentimiento, mis hermanos, es un don precioso. Pidámosle al Señor ese don del arrepentimiento, pídámosle el don de la contrición.

Santa Teresa de Jesús, que yo creo que es maestra de vida espiritual; si hay gente que sepa orar, entre ellos haría que contar a Santa Teresa de Jesús. Santa Teresa de Jesús decía que a veces se lograba más en un minuto, en un momento, en un instante de contrición, que en largas horas de meditaciones, agradecimientos o incluso alabanzas.

La contrición tiene una gracia muy grande, porque nos hace, a través del abismo de nuestra miseria, asomarnos al abismo de la misericordia de Dios.

Nadie tiene un retrato tan cercano del amor de Dios, nadie tiene una experiencia tan inmediata del amor de Dios como la persona que se reconoce pecadora, como la persona que puede ver su pecado superado, su pecado vencido.

He dicho que el publicano estaba tocando a las puertas del cielo cuando golpeaba su pecho; pues sí, es así, y Dios está tan cerca del pecador arrepentido, está tan cerca tan increíblemente cerca, que es casi como si a carne de ese pecador, el cuerpo de ese pecador y la vida de ese pecador fueran tomados por Dios, fueran tomados por Jesucristo.

Si esto parece exagerado, intentemos mirarlo de otro modo, en el sacramento de la confesión, sacramento maravilloso, invento preciosísimo del Corazón de Jesucristo.

Yo les cuento esta experiencia como confesor: cuando uno de sacerdote escucha los pecados de los penitentes, uno sabe bien que hay una presencia de Cristo en el sacerdote, porque en realidad es solamente Cristo el que puede perdonar los pecados; el sacerdote dice, pero dice en persona de Cristo: "Te absuelvo tus pecados pecados".

Sabemos que hay una presencia de Cristo en el sacerdote que absuelve, pero hay que saber también que hay una presencia de Cristo en el pecador que se arrepiente. Mire: yo les comento, abriendo mi corazón de sacerdote a ustedes, que uno muchas veces siente a Jesús ahí.

Cuando las personas se arrepienten, como este publicano, cuando lloran con sinceridad sus culpas, cuando gimen pidiendo misericordia, créanme que uno siente que eso sucede en persona de Cristo también. ¡Qué maravillosa es la confesión!

Uno siente que esa persona que tiene un dolor, que es sobrenatural por el pecado, un dolor de aquellas cosas que antes le gustaban, es que eso es lo paradójico de la confesión, que a uno antes le gustaban las cosas, porque por algo cometió los pecados, porque le gustaba, porque le encontraba sabor, porque le encontraba atractivo al pecado.

¿Pues cómo es este milagro, que lo que antes a uno le gustaba, lo que antes a uno le atraía, lo que antes tenía poder sobre nosotros, ahora lo podemos rechazar, ahora nos duele y nos hace salir lágrimas de arrepentimiento? ¿Quién ha hecho eso si no Jesucristo? Por eso hay que creer en la presencia de Cristo en el penitente.

Es muy alta y muy bella la dignidad que el Señor nos concede a los sacerdotes, sin mérito nuestro, para absolver los pecados, eso es muy grande; pero la admiración que ustedes tengan por la dignidad de nosotros, por favor, que no disminuya la admiración que ustedes deben tener por el Cristo que los conduce, que guía maravillosamente hacia el arrepentimiento. ¡Es que el trabajo duro le toca a Cristo!

Muchas veces las personas le dicen a uno con solidaridad, con amistad, con cariño: "Qué duro es el ministerio de la confesión! Pues sí, tiene su dureza como también tiene su belleza; pero la parte dura no le ha tocado a uno, la parte dura la hizo Cristo, la parte dura la hizo el Señor allá en el corazón de la persona, habitando en ella, soltándola, desatándola, liberándola, convirtiéndola, educándola, iluminándola, hasta que la persona detesta lo que antes amaba y busca lo que antes no le interesaba.

Esa sí es la obra grande, ese es el maravilloso camino; de manera que cuando la gente le llega a uno, ya el pecado llega maniatado, empacado y resuelto. Ese no es gran mérito para uno.

Otras personas preguntan: "¿Y por qué ustedes los sacerdotes no reciben daño de tantos pecados que oyen, de tantas faltas que oyen?" Sí, eso es cierto, a uno le toca oír cosas terribles y terriblemente dolorosas.

Muchas veces el dolor lo hace llorar también a uno, pero no le hace daño a uno, porque ese pecado ya viene atado, ya viene vencido, ya viene encadenado. Es la serpiente antigua, pero encadenada; está encadenada, ella no hace daño. El pecado, cuando se confiesa, no hace daño.

Y esa es la razón, dicho sea entre paréntesis, por la que uno de sacerdote tampoco ha de tener temor cuando la Iglesia lo delega para un exorcismo. Más de un sacerdote tiene temor de que el demonio, aprovechando las circunstancias, se vuelva en contra del sacerdote, por ejemplo desacreditándolo, diciendo basura, ciertos pecados que uno ha cometido, como por hacerlo quedar mal a uno.

Y yo digo, un hombre pecador como yo, que ha tenido que arrepentirse de tantas cosas, ¡cómo quedaría de mal, Dios mío, en una circunstancia de esas, con todo lo que se puede decir de mí, con todo lo que se podría decir de mí!

Yo en una época sentía, para qué digo mentiras, como miedo de eso, y yo decía: ¡Virgen Santísima!, ¡qué tal que en una de estas, ¿ah? Lo desnuden a uno y quede uno prácticamente al descubierto!: "Mire es que realmente usted es un criminal, mire de quién reciben ustedes la Misa, miren a quién han escuchado, miren de quién acogen los sacramentos". Yo tenía como cierto temor, pero se me ha pasado.

Se me pasó ese miedo y se me pasó por dos razones: primera, porque resulta que en el cielo todos vamos a ver las vidas de todos; de manera que un poco que se adelante eso, tampoco me pone muy grave.

Y en segundo lugar, no me inquieta eso por otra razón y es, porque si se le ocurriera al enemigo antiguo, si se le ocurriera al demonio hablar de mis pecados, de mis defectos, de mis incoherencias, de mis problemas, de mis vergüenzas, si se le ocurriera hablar de esas cosas, por cada cosa que él dijera, yo podría recordar torrentes de la misericordia del Señor.

Y yo sé que la fuerza de esa Sangre, que me ha perdonado y me ha sanado, es suficiente para callarle la boca a mil infiernos; de manera que no tengo temor, no tengo miedo de eso.

Querido amigo, pues aprendamos entonces a orar con arrepentimiento, con sinceridad, con humildad; aprendamos a tocar las puertas del cielo, que ahora sabemos que están muy cerca, y recibamos de Dios su unción para tener sus mismos sentimientos.

Yo quiero terminar con las palabras que dijo San Agustín, el gran obispo y doctor de la Iglesia. Dijo san Agustín: "Si no te pareciste a Dios amando el bien, ahora puedes parecerte detestando el mal".

Retirémonos, apartémonos pero por amor a Dios; apartémonos de nuestras antiguas faltas, y llenos de confianza, llenos de humildad y llenos de fe, repitamos también nosotros estas palabras del publicano: "¡Dios, ten compasión de este pecador!" San Lucas 18,13.