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Fecha: 20071021

Título: La oracion es darle la oportunidad a Dios para que El obre

Original en audio: 17 min. 54 seg.


Amados Hermanos:

El tema de las lecturas de hoy parece bastante claro: la oración. Pero también el tema es “Dios que sale en defensa de sus escogidos” San Lucas 18,7, como dice hermosamente la traducción del evangelio que hemos oído. La oración es la puerta que tú le abres a tu gran aliado, que es Dios.

La oración no consiste en convencer a Dios; la oración consiste en abrir la puerta para que Él, que es tu gran Aliado, pueda batallar junto a ti, pueda defender tu causa.

La oración no es un cambio que nosotros producimos en Dios; la oración es el cambio, la oportunidad que nosotros le damos a Dios para que Él cambie lo que nosotros somos, lo que nosotros pensamos, lo que nosotros decimos y obramos, y esperamos también.

Quisiera yo que esa frase quedara bien grabada en el corazón de todos hoy: “La oración es la oportunidad que le doy a mi gran Aliado”. Tengo un Aliado grande. Yo no sólo tengo grandes problemas para Cristo, sino tengo un gran Cristo para mis problemas.

Yo tengo un gran Aliado, pero tengo que dejarlo obrar, tengo que darle oportunidad a Él para que obre. Y la oración es eso, la oración es abrirse a las obras, a los planes, abrirse al tamaño de Dios.

Muchas veces uno entra a la oración solamente cuando ha descubierto las propias limitaciones. Hasta cierto punto es normal que suceda así. Uno descubre que es limitado y entonces se abre al Infinito, se abre al Ilimitado, al que no tiene límites: Dios nuestro Señor.

Uno empieza a orar cuando descubre que Dios de pronto tiene ideas mejores que las de uno. Quizás a Dios se le pueden ocurrir cosas que a mí no se me han ocurrido. Es posible que Él vea lo que yo no estoy viendo. Es posible que los planes de Él vayan más allá de lo que yo quisiera planear, planificar. Como Dios es más grande, entonces yo le doy oportunidad al más grande.

Es como cuando los niños van a destapar un frasco en la casa; y a veces el frasco tiene la tapa muy pegada. El impulso del niño es buscar al fuerte de la casa, por ejemplo al papá, y le pasa el frasco para que lo destape. "Yo no puede, pero mi papito que sí tiene fuerza, él sí lo va a destapar".

La oración es darle la oportunidad al gran Aliado, al Aliado grande que tenemos. Darle una oportunidad a Él para que obre, darle una oportunidad a Él para que se luzca. Por eso hemos hecho en esta Eucaristía tanto énfasis en la alabanza. La alabanza no es adulación; la alabanza no es negociar con Dios, no es persuadir a Dios.

La alabanza es la conciencia crecida que tenemos de ese Dios que es más bello, que es más puro, que es más bueno, que es más sabio, que es más fuerte. Esa es la alabanza. La alabanza no cambia nada en Dios. Hay una oración en la misa que dice eso, un prefacio.

La alabanza no cambia nada en Dios. Dios está más allá de todo pensamiento, de todas nuestras palabras, de todas nuestras danzas, de todo nuestro don de lenguas. Dios está mucho más allá. Es tan grande, tan grande, rebasa nuestro entendimiento.

La alabanza no es para que cambie algo en Dios. La alabanza me ayuda a mí a convencerme de que ese Dios de verdad como que piensa cosas que a mí no se habían ocurrido. Ese Dios como que puede cosas que yo no podía.

Entonces la oración, especialmente la oración de alabanza, es la oportunidad que le damos a Dios para que Él se luzca.

Cuando vayan a orar por un enfermo, pídanle al Señor en esa dirección. Algunas veces, –yo creo que esto hay que corregirlo-, algunas veces las personas van a orar por los enfermos más o menos como tratando de convencer a Dios.

Vamos a suponer que este es el enfermo, ¿no? Entonces voy a convencer a Dios: “Señor, sánalo, sánalo, Señor, tienes que sanarlo, acuérdate, Señor, sánalo, tienes que" –ojo, ojo, "tiene que”. Yo no sé, es como extorsionando a Dios, es como presionándolo, es como que Dios no quisiera hacer los milagros, como que Dios estuviera por allá lejos y: "No sé si voy, no sé si vaya, quién sabe, voy a pensarlo".

Ese no es nuestro Dios. Nuestro Dios no es un Dios indiferente, ni es un Dios al que uno tiene que convencer. Los que nos tenemos que convencer somos nosotros. Entonces, ¿cuál es el problema?

Cuando yo voy a orar aquí por mi enfermito, bien alimentado, cuando voy a orar aquí por mi enfermito, ¿entonces yo qué tengo que hacer? Lo que tengo que convencerme es que no es mi poder, ni el poder de mi medicina, ni el poder de mis remedios, ni el poder de mis ideas, ni el poder mental–porque parece que existen cosas como el poder mental-, eso es difícil de probar, pero parece, hay cosas que son raras en esta vida, y quizás existe algo que se llama poder mental.

Entonces, la oración no es poder mental, la oración no es que yo me voy a concentrar. Por eso existen también algunos perritos que comen concentrado. La oración no es que yo me concentro. Yo concentro mi fuerza. La oración no es la concentración de mi fuerza.

La oración es la concentración de mi fe y la concentración de mi esperanza y de mi amor. Y porque estoy convencido de quién es el Dios en el que creo, yo le abro espacio. Entonces digo: “Lúzcase, mi Dios”, ahí se lo dejo, “lúzcase Señor”, “mire, ahí está esa criatura, lúzcase; tenga la bondad, Señor, haga su obra maravillosa ahí, que brille ahí su gloria”.

¿Dónde nos enseñó esto Jesucristo? En el Padrenuestro. El Padrenuestro ¿cómo dice? Dice: "Padre nuestro que estás en el Cielo", ¡lúcete! “Santificado sea tu Nombre” quiere decir eso: que tu Nombre sea glorificado, que tu Nombre sea santificado, que la gente sepa quién es Dios. Porque la gente no lo sabe.

Entonces, cuando uno ora por la persona y dice: “Santificado sea tu Nombre, Señor”, lo que le está diciendo es: "Mira, en este caso tienes una oportunidad magnífica, magnífica, esta es la oportunidad perfecta, Señor, para que te glorifiques, para que te luzcas.

Esto se entiende mejor con un contraste. Hay una obra que no es cristiana, que no es católica y que hace un daño espantoso a la fe, llamada “Un Curso de Milagros”. Hay gente que me ha escrito a mi correo electrónico para criticar que yo critique esa obra.

Pues mire, la razón por la que critico no es por lo que dice, sino porque se quiere presentar como cristiana y no lo es. Porque las batallas según aparecen en la primera lectura, las batallas se vencen fundamentalmente así, con las manos extendidas al Cielo y dándole oportunidad al Señor para que se glorifique.

Mientras que libros como ese “Curso de Milagros”, dicen cosas como: "Concéntrense en su poder mental”, “el magnetismo que hay en usted”, “la fuerza de su ser”.

La oración no es la fuerza de mi ser. La oración es la oportunidad que le doy a la fuerza del grandote, poderoso y bello, ¡muá!, te quiero, Papá. Ése es, es la fuerza de Ël.

Entonces, de acuerdo con lo que dice el “Curso de Milagros”, o la literatura que se le parezca, la cuestión consiste en esto: yo tengo que estar en una actitud relajada, piernas en posición de loto, respirar profundo. Eso no es que esté mal, relajarse está bien.

Entonces, “Curso de Milagros” y lo que se le parezca, ¿cómo funciona? Yo me relajo, respiro profundo, concentro mi fuerza aquí. Hay toda una pseudomística del tercer ojo aquí entre las cejas. Concentro mi fuerza, y con esa fuerza concentrada yo empiezo a atacar lo que esté mal en el cuerpo del enfermo. Paso de pronto mis manos, etcétera.

Así funciona también el indio amazónico; es una concentración de mi fuerza; yo me concentro. Es mi fuerza, mi, mi, mi, mi magnetismo, mi movimiento de las manos.

Vamos al Evangelio. Porque la pelea mía con el “Curso de Milagros” no es porque escriban eso, no. La gente tiene derecho a educar sus hijos haciendo plata de alguna manera. Mi problema es que ellos digan que eso es cristiano, porque la Biblia no lo muestra así.

A ver ¿en dónde aparece en la Biblia que Jesús se concentraba, respiraba profundo, hacía flor de loto? No, eso no era lo que hacía Jesús. Los milagros que hacía Jesús, los hacía en un contexto que no corresponde a lo que la gente llama relajación.

¿A quién de los que está aquí, le parece relajante que llegue una persona y le toque a uno la lengua? Eso no es relajante para nadie; y así hacía milagros Cristo.

Una vez estaba Cristo en una sinagoga y había un hombre que tenía una mano seca, y entonces los fariseos estaban espiando ahí a Jesús para ver si curaba en sábado para tener de qué criticarlo.

Y Jesús en ese momento echa, –dice el evangelio, no el de hoy sino en ese pasaje- Jesús, dice, echando entorno una mirada de ira le dijo al hombre de la mano seca: “Párate ahí” San lucas 6,8.

Y después dijo: “A ver, ¿qué es lo bueno y qué es lo malo? ¿Echar a perder una vida o salvarla?"San lucas 6,9. Jesús estaba alegando, estaba bravo, estaba profundamente disgustado; estaba bravo; no estaba relajado.

Señores del “Curso de Milagros”, Jesús no estaba relajado, estaba bravo, porque se estaba cerrando el camino de la vida para un hijo de Dios; estaba bravo. Y con esa rabia le dijo: “Ahora, extienda la mano entonces”. Y el hombre extendió la mano y la tenía curada.

Esa clase de milagro es ¿magnetismo, sería que Jesús secretamente se estaba concentrando, sus fuerzas magnéticas, las que había aprendido en su curso por correspondencia? Jesús lo que tenía era la convicción de que Papá Dios puede hacer cosas maravillosas.

Y lo que hizo fue quitar todos los obstáculos a izquierda y a derecha, quitar todo obstáculo para que Dios se muestre. Esa es la oración: yo quito todo obstáculo porque yo creo en Él. Entonces la oración del “Curso de Milagros” no es oración, es un ejercicio de concentración cerebral con el cual yo con mi magnetismo llego aquí a obrar sobre este cuerpo.

La oración no es eso; la oración no es yo poniéndome en medio; la oración es yo quitándome de en medio. La oración es decirle a Dios: “Mira, Señor, a este pobre hombre, mira, Señor, a este que te necesita; a este que te necesita y que tú amas tanto; a este que te necesita y que te ama tanto”.

“Señor, todo está dado, tú lo amas, él te ama, todo está dado, lúcete, el terreno es tuyo, hazlo, glorifícate, que sea santificado tu Nombre”.

Y Dios obra con poder y hace maravillas. Por eso todos podemos orar, y tenemos que orar con perseverancia, por eso la perseverancia en la oración es posible, ¿por qué? Si la oración dependiera de una concentración mía, uno se cansa de estar concentrado.

Uno se cansa de estar pensando siempre lo mismo. Uno se cansa; pero de dejarle el terreno a Dios, ¿cómo se va cansar uno? Uno lo que está es gozándose.

Yo tuve oportunidad de concelebrar en el Campín con el Padre Emiliano Tardif una semana antes de que muriera, pero ¿quién se iba a imaginar que iba a morir? Concelebramos ahí en el Campín, y lo que más me llamó la atención de los milagros que Dios hacía a través de este Siervo suyo, Emiliano, es que el gozaba como un niño los milagros.

El Padre Emiliano Tardif, en lo que yo puedo certificar de lo que yo lo conocí, jamás se apropiaba los milagros, jamás. Él gozaba como el que ve un espectáculo delicioso.

Él decía: “Y ahora verá lo maravilloso que es mi Dios, seguro que Dios va a hacer una cosa lindísima como no la ha hecho nunca y nos vamos a gozar esto aquí”. Ese es Emiliano Tardif, es el hombre que le deja el espacio a Dios, es el hombre que dice: “Dios lo puede hacer”.

Y la Renovación Carismática aquí en Colombiao ha tenid también gente maravillosa. Esa fue la escuela de oración de Monseñor Alfonso Uribe Jaramillo, exactamente: "Vamos a dejarle el espacio a Dios".

Por eso los carismas no dependen de si la persona es demasiado inteligente, preparada o lo que sea, dependen ¿de qué? De la capacidad de darle el espacio a Dios. ¡Bien pueda Señor, lúzcase! Por eso uno no se cansa, uno no se cansa de orar.

"Señor, yo veo ese matrimonio destruido, pero tú eres más grande, tú tienes otras ideas, tú tienes ideas maravillosas, tú puedes lo que nadie puede. ¿Por qué no vas a poder hacer aquí algo maravilloso? Ahí te dejo".

La oración cristiana se parece mucho a lo que dice el humorista López: “Deje así”. Con una diferencia: que nosotros no dejamos así para que las cosas no cambien, sino que las dejamos así en las manos del que todo lo cambia. ¿De acuerdo?