Co24003a

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Fecha: 20070916

Título: Aprender a conmovernos con el dolor de los demas

Original en audio: 15 min. 27 seg.


Con toda razón, mis hermanos, este texto del capitulo quince de San Lucas, es considerado como una de las páginas más conmovedoras de la Biblia.

Podemos imaginarnos ese abrazo entre el hijo, seguramente sucio, mal alimentado, avergonzado, sobre todo de su antigua conducta, y este papá que se alegra por el retorno del muchacho, que lo abraza y que lo besa.

Esa escena ojalá quede bien grabada en nuestro corazón, porque es una de las descripciones más perfectas de cómo es el amor de Dios.

El amor de Dios, que por una parte nos deja libres, y si queremos irnos, no nos amarra; pero aunque nos deja libres espera por nosotros, es el Dios que otea el horizonte, es el Dios que está aguardando que nosotros demos esos pasos decisivos, esos pasos que el hijo pródigo pudo dar, y que es bueno que nosotros conozcamos con un poquito más de detalle.

¿Qué fue lo que sucedió en él? Lo que sucedió en este muchacho fue que él, como decimos a veces, "tocó fondo".

La dureza de la situación en la se encontraba, sin amigos, porque se le acabó el dinero y se le acabaron los amigos; sin los placeres, a los que se había acostumbrado con sus riquezas; incluso sin un salario justo, pasando hambre; en medio de todas esas dificultades sucedió algo hermoso, algo maravilloso, que es tal vez es lo más maravilloso de todo este relato.

Este hombre cayó en la cuenta, el verbo que utiliza esta traducción es, “recapacitó”, y esa es la primera puerta de la conversión, recapacitar, mirar uno lo que está haciendo y sentirse de pronto espantado, de pronto disgustado, de pronto frustrado o triste.

Pero en todo caso sentir: "Esta no es la vida que debería de llevar, yo no vine a esta tierra para esto, este no puede ser el final del camino, tiene que haber otra cosa, tiene que haber algo más, esta no puede ser más mi vida".

Llegar a sentir ese hastío, ese cansancio ya es un regalo de Dios, llegar a sentir que uno puede como mirarse desde fuera y que uno dice: “Esto que yo estoy viviendo, esto por lo que yo estoy pasando, esta no puede ser mi vida".

Ese recapacitar es el primer punto, es el punto fundamental en la conversión. “Cayó en la cuenta”, y es hermoso descubrir que vino a él como un sentimiento parecido a la nostalgia, como una sensación de: “Yo iba para otro lado, mi vida iba mejor antes, yo no tenía que estar en estas”.

Observemos por ejemplo que esto es lo que a veces pasa cuando muchas personas recuerdan tiempos anteriores a su vida, de pronto recordar la infancia, de pronto recordar, de pronto recordar, que sé yo, la Primera Comunión, o cómo era la vida en algún momento en la familia de uno, si era una vida agradable y si era una vida recta, honesta, hermosa.

Recordó, este hombre se espantó de su situación presente y recordó su situación pasada, hizo una comparación y dijo: “Aunque yo no pudiera recuperar todo lo que perdí, por lo menos estar en la casa de mi papá sería una gran conquista”.

Y ese hombre entonces se pone en marcha, no se queda únicamente en un deseo, no se queda únicamente en un pensamiento, se pone en marcha, empieza a caminar hacia la casa del padre.

Y eso era lo que estaba esperando el papá, y el papá lo ve llegar a lo lejos, y aparece un verbo que es muy importante en la escritura, especialmente en los evangelios, “el papá lo vio a lo lejos y entonces se conmovió profundamente” San Lucas 15,20, “se conmovióSan Lucas 15,20.

Yo quiero destacar en esta ocasión esos verbos: el muchacho recapacitó, y el papá se conmovió, y se da ese abrazo, y lo más hermoso es que aunque este joven decía, o quería decir: "Trátame como a uno de tus jornaleros"San Lucas 15,19, el papá ni siquiera le dejó decir esa frase, sino que le restituyó todos sus derechos y toda su condición de hijo.

Son muchas las lecciones que podemos aprender aquí y yo quisiera como terminar esta sencilla reflexión, el Espíritu Santo les dirá más a ustedes, si ustedes vuelven sobre este texto: Lucas, capítulo 15.

Pero yo quisiera invitarlos a que nos pusiéramos por un momento en el lugar de cada uno de los protagonistas de esta historia, por supuesto que la primera persona con la que uno se puede identificar es con este muchacho.

Porque muchos de nosotros hemos cometido errores, nos hemos apartado del camino de Dios, de pronto algunos hemos negado la existencia de Dios, de pronto ha habido tiempo en nuestra vida en que se nos olvidó por completo orar, de pronto hay tiempos en que quisimos echar la culpa a Dios de todo lo que no funcionaba en nuestra vida, o de pronto hubo tiempos en que sabíamos: "Esto que estoy haciendo no está bien, pero qué caramba, lo voy a hacer de todos modos".

Entonces no es tan difícil identificarse con ese muchacho, no es tan difícil reconocernos ahí y entender que también nosotros tenemos que seguir lo que él hizo, recapacitar y ponernos en camino, con un acto sincero de arrepentimiento.

Y eso es lo que la Iglesia nos ofrece, por ejemplo con el sacramento de la Confesión. La Confesión es la oportunidad de vivir esta parábola, uno se pone en camino, y en el reconocimiento de las propias culpas, uno está haciendo un acto tremendo de sinceridad y de humildad que abre los brazos de Papá Dios.

Bueno, es fácil, relativamente fácil, por lo menos para mí identificarme con ese joven, pero hay otros dos personajes, pensemos en el caso del hermano mayor. El hermano mayor es el que se considera que siempre se ha portado bien, él cree que él es el bueno.

Evidentemente Jesús dijo esta parábola porque en el tiempo de allá de Jesús había unos que lo criticaban, los fariseos y los escribas, y lo criticaban porque Jesús andaba con pecadores, es decir, esos que lo criticaban se consideraban los buenos.

y en el fondo la parábola tiene un poco ese sentido, mostrarle a los escribas y a los fariseos, que se consideraban los buenos, mostrarles que ellos están en la situación del hijo mayor, que ellos se están quedando por fuera de la fiesta, por fuera del banquete de la misericordia, se están recomiendo de amargura y de envidia porque se consideran demasiado buenos para alegrarse de que uno malo se haya convertido.

Entonces ahí también uno puede identificarse, de pronto también hemos caído en eso, de pronto ha habido tiempos en nuestra vida en que hemos sentido que somos los buenos y nos hemos sentido con derecho de maltratar a otras personas o de hundirlas, o de pronto hemos pensado: "Dios debería acabar con tales o cuales personas".

Un poco como les pasó a algunos discípulos de Cristo que no los recibieron en cierta misión que estaban haciendo y entonces le decían a Cristo: “¿Mandamos que caiga fuego del cielo que acabe con esta población?” San Lucas 9,54.

Hay veces que uno quiere tomarse la justicia por la propia mano, quiere decir: "Estos son los buenos y estos son los malos", y siempre uno queda de lado de los buenos, y quiere que los malos reciban sobre todo castigo, que les den duro, uno tiene a veces muy poca flexibilidad para esperar que la gente mejore, a veces parece que es más que reciban su merecido.

Frente a esa mentalidad, el salmo 130 en la Biblia nos recuerda que, “si Dios llevara cuenta de los delitos, ¿quién podría salvarse?” Salmo 130,3.

Pero en todo caso una cae a veces en eso, uno se considera el bueno por muchas razones: o porque ha tenido cierta formación religiosa, o porque es de los que va a Misa, o porque es de los que reza, o porque no ha cometido algunos pecados.

Pero en realidad solo Dios sabe lo que hay en cada corazón, y es muy poco sensato tomar esa actitud del hermano mayor. El hermano mayor en realidad no quería al papá, quería las cosas del papá, dice: “Yo te he servido todos estos años y nunca me has dado un cabrito para comerlo con mis amigos” San Lucas 15,29.

Su corazón no estaba conectado con el corazón de su papá, sino que sus ojos estaban conectados con los bienes del papá, es decir que en el fondo el hermano mayor quería lo mismo del hermano menor.

El hermano menor tuvo el coraje, el valor de pedir la herencia, pedirle los bienes al papá; en el fondo el hermano mayor tenía la misma mente, también vivía pendiente de los bienes del papá, los cabritos, los rebaños, las cosas del papá, pero no tuvo el valor, quiso conservar una buena imagen, vivía tal vez de la imagen, de la autoimagen o de la imagen ante otras personas.

Y uno puede caer en eso, uno cree que manteniendo una imagen puede engañar a mucha gente, pero no hay manera de engañar ni al propio corazón ni mucho menos engañar a Dios, entonces también ahí es necesaria una conversión.

La parábola termina cuando el papá habla con el hijo mayor y le dice: “Mira, es bueno que te alegres, que te alegres que tu hermano haya regresado y es justo que haya fiesta” San Lucas 15,32, y ahí termina la parábola.

Es decir, no sabemos al fin qué pasó con el hermano mayor, pero indudablemente él también necesitaba su propia conversión, entonces ahí también nos podemos identificar.

Pero el tercer personaje es el papá. Este padre compasivo y a la vez sabio, compasivo y a la vez generoso.

Y aquí quiero yo decir que también nosotros podemos identificarnos con ese papá, porque también nosotros podemos cultivar ese corazón misericordioso.

Nosotros podemos cultivar ese corazón si aprendemos a alegrarnos cada vez que mejora la vida de alguien, cada vez que alguien se vuelve hacia Dios, si aprendemos a alegrarnos cada vez que mejora la situación de alguien, si aprendemos también a dejar a las personas para que sean lo suficientemente libres y maduras para tomar sus propias decisiones.

Porque este papá no quería vivir la vida de los hijos, los dejó vivir a ellos, pero al mismo tiempo les ofreció lo mejor de su amor.

Entonces somos invitados a ser hijos de este papá, a tener ese mismo corazón, a cultivar ese mismo sentimiento, a cultivar sobre todo ese verbo: “Se conmovió profundamente” San Lucas 15,20.

Yo creo que cuando uno pasa por dificultades, y a veces siente que la vida de uno no le importa a nadie, a veces uno puede volverse muy duro, y este evangelio, mis hermanos, es un evangelio para ablandar el corazón, a pesar de que la vida haya sido dura con nosotros; aprender a ser compasivos, aprender a mirar la lucha que tantos otros pasan y padecen, y aprender a abrirle un espacio ahí en el corazón.

Yo quiero decir que este papá pudo abrirle un espacio en el banquete al hijo que volvió, porque siempre tuvo un espacio en su corazón para ese hijo. Uno primero tiene que abrir espacio en el corazón para que luego la gente quepa en la agenda de uno, o en los talentos que uno pueda ofrecerles, o en las cosas que uno tiene.

Lo primero es siempre ensanchar el corazón, que quepa ahí la situación del otro, con su lucha, con su dificultad; es difícil ese ejercicio, pero también es hermoso.

Yo, por supuesto, no puedo decir que ese es ya mi corazón, pero sí puedo decirles que algo he conocido de lo que se experimenta cuando queremos vivir ese amor así, y es de los más dulce y de lo mas hermoso que le puede pasar a uno en esta tierra.

Que Jesús nos regale esa clase de corazón, un corazón que se alegra por el bien del otro, que se conmueve por el mal de otro y que a la vez sabe dejarlo libre.