Co24001a
Fecha: 19980913
Título: Para encontrar a la oveja perdida, Dios hace el mismo camino del pecador, pero no lo hace pecando
Original en audio: 9 min. 41 seg.
Maravillosamente coinciden las lecturas de hoy en cantar los distintos aspectos de la misericordia de Dios, de su compasión en favor de nosotros.
Una misericordia que es inteligente, una misericordia que es sabia; la misericordia de Dios no es simple paciencia de Dios, no es solamente como que Dios esté sentado esperando a que las personas cambien; es una misericordia que, con sabiduría, prepara la conversión, la prepara, por ejemplo, haciendo que otras personas oren, como en el caso de Moisés.
Santa Catalina de Siena se maravillaba de éste aspecto de la misericordia divina, que suscita y despierta oraciones de intercesión, las cuales Él mismo escucha; suscita deseos de cambio, que luego Él fortalece.
En verdad, los caminos de la misericordia divina están llenos de sabiduría, están llenos de ciencia y de conocimiento; muchas veces a nosotros se nos escapan esos caminos, y por eso podemos malinterpretar las cosas y creer que la paciencia de Dios o que la misericordia de Dios es simple paciencia, simple esperar de Dios.
No, Dios no está esperando que los pecadores cambien, está abriendo caminos para que esto sea posible.
En la lectura de la Primera Carta de Pablo a Timoteo, encontramos otro aspecto: “Me hizo capaz,-dice él-, y luego se fío de mí” 1 Timoteo 1,12, ¡qué bello eso! Así como Dios primero suscita la oración y luego la escucha, así también Dios, primero nos hace capaces de recibir sus dones, y luego los otorga.
De nuevo está este aspecto de la sabiduría divina, que con unas gracias va preparando otras, ¿luego que pasó?: “Me hizo capaz y luego me confío este ministerio” 1 Timoteo 1,12.
Pero no para ahí, Dios no sólo es sabio en cada conversión que otorga, sino en qué orden da las conversiones; por ejemplo, de la conversión de San Pablo se siguieron miles, y yo me atrevo a decir millones de conversiones, en una serie que todavía no termina, porque sus escritos siguen haciendo bien y su palabra sigue resonando en el mundo.
De manera que Dios es sabio también en las conversiones, esto lo ve uno cada rato, por ejemplo, en las familias, o en los grupos de amigos, o en las universidades, o en los lugares de trabajo. En qué orden y cómo va a llegar Dios a un determinado sitio, es la cosa que uno no alcanza a imaginarse, pero Dios lo logra.
Tocando ciertos puntos, tocando puntos neurálgicos de nuestros intereses, logra que nos volvamos a Él; y tocando en cierto orden a las personas, logra que el organismo recupere salud, que el grupo humano recupere salud.
¿Cómo se las va a ingeniar Dios para renovar a la Orden Dominicana? No sabemos, ¿qué está haciendo el Señor y en qué orden lo está haciendo para que nosotros respondamos verdaderamente a nuestro carisma? No lo sabemos, pero Él lo está haciendo.
Y aquí y allá, Él prepara cosas que uno no alcanza a ver, de pronto uno se encuentra con personas que han sido tocadas profundamente por Dios, y uno siente, -se me perdona la comparación-, como que esa persona y la otra y la otra, fueran como piezas de un rompecabezas, que uno no alcanza a saber cómo es que Dios lo está armando.
Entonces dice aquí San Pablo: “Se compadeció de mí, para que en mí mostrara Cristo toda su paciencia, y pudiera ser modelo de todos los que creerán en Él y tendrán vida eterna” 1 Timoteo 1,16; y luego, esta misericordia está ordenada no sólo a nuestro bien, sino a la gloria de Dios, y está ordenada al gozo de los bienaventurados.
Hay un destino último de la compasión divina, que aparecen en esas expresiones del Evangelio: “Felicitadme, he encontrado la oveja perdida" San Lucas 15,6; "he encontrado la moneda que me hacía falta” San Lucas 15,9.
Hay un orden final de toda la compasión, de toda la economía de la misericordia divina hacia la gloria de Dios. Se logra de tal manera, que describe nuestro Señor Jesucristo: “Hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión” San Lucas 15,7.
Esos noventa y nueve justos que no necesitan conversión, estaban aludiendo indudablemente a aquellos fariseos y letrados que murmuraban de la manera cómo Cristo acogía a los pecadores. Ellos se sentían como esa ovejas que habían sido dejadas de su pastor, abandonadas de su pastor, mientras que el pastor se iba detrás de la oveja perdida.
Pero ahí también hay una última enseñanza que quisiera compartir con ustedes. Para encontrar a la oveja perdida, Dios hace el mismo camino, éste el aspecto más sorprendente, el aspecto más sobrecogedor de la misericordia divina: que Dios haga el mismo camino del pecador, pero no lo hace pecando, esto es precisamente lo que nos muestra la vida de Cristo.
El Credo, dice: “Descendió a los infiernos”, descendió a lo profundo de la miseria de lo absurdo humano. Realmente, Jesucristo, hasta hundirse en el fango, hasta hundirse en la miseria, hasta hundirse en la incredulidad, en la desesperación, en el odio, Cristo el Señor, se sumergió en los abismos de la miseria, para mostrar los abismos de la misericordia.
Cristo va recorriendo los abismos de la miseria, sobre todo en los espantosos dolores de la Cruz, en la espantosa tortura de la Cruz, Cristo es el que está siguiendo el trayecto del pecador, aunque sin cometer pecado; Jesús se convierte así en un Dios que hace camino junto el hombre, que hace camino para el hombre, pero cuando Jesús nos encuentra, el camino hacia Dios está hecho y es el mismo Jesús.
Dios ha hecho camino hacia nosotros en Jesús, y nosotros tenemos camino hacia Dios en Jesús; Dios ha recorrido nuestro propio camino, esto humilla profundamente, yo creo, nuestras faltas, cuando pensamos que los lugares, que las circunstancias, que los dolores, que los sinsentidos, las injusticias que nosotros hayamos cometido, de algún modo los ha recorrido Jesús.
Escuché a una señora, hija de papá alcohólico, que decía: “Siendo yo niña, tuve que pasar muchas veces por el espectáculo deprimente de salir a buscar a mi papá, un alcohólico, tuve que salirlo a buscar".
"-¿y a dónde tenía que irlo a buscar?" "-Pues a las tabernas, a los bares, a los prostíbulos, a las discotecas”; a esta pequeña niña, el alma se le dañó, le quedó herida, Dios quiera sanarla, le quedó herida, brutalmente herida, porque ella tuvo que pasar por esos lugares preguntando: "¿Y aquí está mi papá?.
Podemos imaginarnos a Jesús haciendo un recorrido de esa naturaleza, pasando por esos momentos absurdos, por esos ridículos, por ese momento en que nosotros y tantas otras personas le han dado la espalda, y Él va como tocando de de puerta en puerta y diciendo: "¿Aquí está mi niño? ¿Aquí está mi niña? ¿Ha pasado por aquí? ¿Le han visto?"
Y ustedes se pueden imaginar a esa pobre chiquilla yendo de una taberna a una discoteca, ¿cuántas vulgaridades, cuántas obscenidades le tocaría oír? ¿Cuántas cosas que lastimaron su corazón?
Así también Cristo, en ese recorrido, en esa búsqueda de cada uno de nosotros, fue quedando herido, y por eso sangra en la Cruz, porque Jesús iba de una parte a otra averiguando por nosotros y finalmente, cuando nos encontró, pues ya ves el rostro que tiene, es el rostro del Crucificado.
Hay que amar esas Llagas, hay que besar esas Llagas y querer esa Sangre, porque es Sangre por nosotros, Él no estaba así, Él se ha vuelto así tocando de una puerta a otra puerta y recorriendo la senda del pecado sin ser Él pecador, hasta encontrarnos.
Y desde luego que esa es una victoria maravillosa, y entonces nacen, estallan los cánticos en el cielo y el gozo, porque ahí, en cada pecador arrepentido, Dios mismo se ha, en cierto modo, gastado; Dios mismo se ha empeñado, Dios mismo se ha entregado, porque lo ha hecho por amor, ese mismo amor que lo hace Eucaristía, ese mismo amor que lo hace perdón en el sacramento de la Reconciliación, ese mismo amor que nos mueve a nosotros a orar, a bendecir y alabar..