Co22010a

De Wiki de FrayNelson
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El Evangelio de hoy, está tomado del capítulo catorce de San Lucas, y con la ayuda del Espíritu Santo quisiera destacar dos enseñanzas de este Evangelio: vamos a decir que una de estas enseñanzas es muy profunda, y vamos a decir que la otra es bastante sutil.

La enseñanza profunda que quiero destacar, es que Cristo nos dice: “invita al que no te puede invitar”; “haz bien, al que no te lo puede devolver” (cf. Lc 14,12-14). La invitación de Nuestro Señor Jesucristo, es también, una manera de poner nuestro corazón en sintonía con la gracia de Dios. Observemos que el amor que Dios nos ha tenido, tiene una tremenda desproporción, porque Dios no necesita de nosotros, y nosotros sí necesitamos de Él. Esto hace que la manera de amarnos Dios, esté completamente sellada por una palabra que es muy importante en este año; es la palabra “misericordia”. Pero también, otra palabra tiene que venir a nuestra mente, y es la palabra “gracia”. La palabra “misericordia”, alude a ese amor que se tiene por una persona, simplemente porque está en necesidad, no por lo que yo pueda sacar de esa persona; la palabra “gracia”, alude a ese amor que se vuelca sobre el otro, y que precisamente, como lo indica la raíz, se da gratis, se da sin esperar retorno. La palabra “misericordia” y la palabra “gracia”, están profundamente conectadas; podemos decir que el amor de misericordia, es el amor que también hace abundar la gracia divina en nosotros.

Claramente, este es el tipo de amor que caracteriza a Dios; así es como ama Dios. Y por consiguiente, nosotros, amados con ese amor de gracia, compadecidos por su infinita misericordia, somos invitados también a amar, no pensando en lo que podamos obtener, en el pago que podamos recibir, en lo que pueda llegar en retorno, sino, simplemente, pensando en la necesidad de la otra persona. De eso es de lo que se trata cuando hablamos del amor de gracia, el amor de misericordia, y esta es la enseñanza que estimo muy profunda, cuando Cristo nos dice: “invita al que no te puede invitar”, “hazle el bien al que no te lo puede retornar”. Al hablarnos así, Cristo nos está poniendo en la ruta de amar como Dios ama, y de ser expresiones de su misma misericordia y de su abundante gracia. Esta es la que podríamos llamar la enseñanza profunda, porque tiene que ver con el corazón mismo de la vida cristiana.

Pero existe también otra, que es la enseñanza sutil, y la llamo sutil, porque aunque uno ha pasado muchas veces por encima de este pasaje del capítulo catorce de San Lucas, tal vez, se nos ha escapado; ¿a qué me refiero? Me refiero a que Cristo dice: “mira, si te invitan a un banquete, no vayas a buscar los primeros puestos, siéntate por allá, humilde en el último lugar, y entonces cuando ya te llame el que te invitó, entonces, vas a ascender, y entonces, vas a quedar muy bien ante los comensales” (cf. Lc 14,7-11). Eso es lo que dice el texto de Evangelio, y me llama la atención esto, porque el argumento que está dando Cristo, es: “mira, se humilde, porque te conviene ser humilde; se humilde, porque con esa humildad vas a quedar bien ante los comensales, vas a quedar bien ante los demás”. Si uno lo examina con cierto rigor teológico, uno dice: “pues, parece como una motivación un poco mundana; ¿cómo es aquello de que sea humilde, para que quede bien, para quedar bien ante los demás?”; pero, si luego lo analizamos, encontramos una sutileza que corresponde a la pedagogía de Cristo: Cristo se da cuenta que el ser humano, cuando va acercándose hacia Dios, normalmente no puede dar el salto desde su imperfección y su egoísmo, hasta ese amor de gratuidad, hasta esa expresión de misericordia y de bondad de la que hablábamos hace un minuto. Es decir, Cristo se da cuenta que cada uno de nosotros, va mejorando sus motivaciones en la vida cristiana, a medida que va caminando, y por eso lo que le plantea a aquel fariseo es apenas un pasito, un paso pequeño: “mira, no es tan bueno ser tan vanidoso; avanza un poco y verás que te va mejor”. Cristo, todavía no le plantea la perfección absoluta, apenas le está diciendo: “mira, te va a ir mejor así, esto es mejor para ti”; y esa es la enseñanza sutil, porque nos acerca a la pedagogía de Cristo: cómo, teniendo que llevarnos desde la bajeza de nuestra mediocridad, y nuestro pecado, hasta la altura de su gracia y santidad, el Señor no nos catapulta, y no nos pide algo que resultaría absolutamente imposible, sino que nos invita a que paso a paso, vayamos descubriendo que en la obediencia a Él, en la docilidad a sus palabras, está lo mejor para nosotros.

Yo quiero darle gracias a Dios, por esa pedagogía de Cristo: Cristo se acomoda a nuestra pequeñez, Cristo se acomoda a nuestras necesidades, y Cristo, desde esa pedagogía, nos va llevando para que aprendamos a ser verdaderos discípulos suyos.