Co20002a

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Fecha: 20010819

Título: El juicio de Dios

Original en audio: 12 min. 36 seg.


Queridos Hermanos:

La Primera Lectura nos ha presentado una escena terrible de la vida del profeta Jeremías, la situación era esta: El reino de Judá estaba siendo amenazado por los Caldeos, Jeremías se da cuenta de esa catástrofe, porque eran unos malvados, los que venían en contra de Judá.

Jeremías se da cuenta de que esa catástrofe no es un asunto solamente de política, ni es un asunto solamente de guerra, sino que en ese acontecimiento, Dios está mostrando algo. Jeremías se da cuenta de que en la historia humana, no sólo entran en juego las voluntades humanas, sino que hay un nivel muy profundo, en el que se realizan los juicios de Dios.

Esto es difícil de entender, especialmente cuando le pasa a uno. Jeremías, con su corazón unido a Dios, tiene un poquito de la mirada de Dios, tiene un poquito de los ojos de Dios, para darse cuenta de lo que está sucediendo y ver que las cosas no suceden por que sí; más allá del juego, de los intereses humanos, de las estrategias, los pactos, los ejércitos, los dineros, las políticas, hay algo profundo: el juicio de Dios.

Y desde esa mirada profunda, Jeremías habla y le dice a la gente que él ha visto el juicio de Dios, y que el juicio de Dios se va a realizar sobre ese pueblo y que, por consiguiente, ya no es hora de organizar ejércitos, es tiempo, más bien, de arrepentimiento y de sufrir. Ha llegado la hora de sufrir las consecuencias de lo que hemos hecho, ese es el mensaje de Jeremías.

Ahora nos toca sufrir las consecuencias de lo que hemos hecho, inmediatamente, se van contra él: “Este hombre nos está desmoralizando, este hombre no puede venir de Dios, este hombre está hablando en contra de la Alianza de Dios; acabemos con este hombre, y entonces lo meten a ese pozo húmedo, oscuro, a un aljibe, lo meten a que se muera en el fango.

Bueno, Dios se vale de una persona para sacar a Jeremías de ahí, pero notemos qué fue lo que sucedió.

Primero: Jeremías tiene algo de los ojos de Dios, tiene un poquito de la mirada de Dios. Segundo: Jeremías ve el problema de la historia humana, no es solamente un problema de las voluntades humanas, sino que hay un problema muy profundo en el que Dios sabe, por decirlo así, salirse con la suya y va haciendo justicia en la historia.

Tercero: Jeremías anuncia al pueblo la necesidad de la penitencia. Este no es tiempo de creer que con un gran ejército, "nos vamos a lucir delante de esos enemigos"; este es tiempo de penitencia. Cuarto: Ese mensaje resulta terriblemente antipático y la gente se vuelve contra el profeta.

Con estos cuatro puntos en claro, podemos entender mejor el evangelio, porque si Jeremías tiene algo de los ojos de Dios, ¡Cristo tiene toda la mirada de Dios! Cristo penetra el misterio de las vidas, el misterio de los suyos, el misterio de las naciones, y por eso, Cristo sabe que así como Jeremías fue rechazado, también, el mismo Cristo tenía que ser rechazado.

Y el que se quiera poner del lado de Cristo necesariamente va a recibir una vez que otra, o muchas veces, empujones: "¡Quítate, nos estorbas! "Tus palabras no vienen de Dios" "¡Métanlo a una cárcel!" "¡Tortúrenlo! "¡asesínenlo! Esa es la historia de los mártires cristianos.

Este mensaje da pánico aplicarlo, por ejemplo, al mundo de hoy, o aplicarlo, por ejemplo, a nuestro país, porque todos nosotros quisiéramos que hubiera soluciones mágicas: "¡Que venga un gran presidente!" "¡Que vengan los Estados Unidos!" "¡Que se legalice la droga!"

Tres propuestas muy distintas, ¿pero qué tienen en común? Tienen en común que todas esperarían, que en el curso de unos pocos años, la situación del país fuera completamente distinta, y aquí, como en el juego de Plaza Sésamo, hay que decir: "Una de estas voces no es como las otras, es diferente de todas las demás".

Porque, qué tal, un profeta, un Jeremías, que hoy le dijera al pueblo de Colombia: “No esperen ustedes, que la llegada de los ejércitos norteamericanos, no esperen ustedes, que la legalización de la droga, no esperen ustedes, que el próximo presidente va a hacer magia".

Es tiempo de una profunda entrada en nuestro corazón, es tiempo de soportar, y créanme que estamos soportando todos. Es tiempo de soportar y de aprender, es tiempo de producir, de engendrar, de dar a luz un nuevo corazón, porque un nuevo gobierno, o más plata, o menos droga, no hace mucho, sin un nuevo corazón.

Y el corazón sólo nace de nuevo a través del fuego, ese fuego del que habló Cristo: “He venido a traer fuego” (véase San Lucas 12,49), pero un fuego que fastidia, como fastidia la voz de Jeremías.

“He venido a traer fuego” (véase San Lucas 12,49), dice Cristo, por eso digo yo que da pánico aplicar esa lectura a la actualidad de Colombia, porque si esa lectura es cierta, la mayor parte de nosotros, tal vez, vamos a morir, incluso, los niños pequeños que caminan por la iglesia, también ellos van a morir, antes de ver un cambio sustancial.

Esto puede estar en el plan de Dios, y no somos nadie para decirle a Dios que las cosas tienen que ser de otro modo. Claro, eso no significa que nos vamos a sentar simplemente a esperar que todo acontezca, no. El político, el científico, el abogado, el médico, el funcionario público, el conductor de transporte urbano; todos tenemos que comprometernos generosamente, y luchar con lo mejor de nosotros; Dios nos llama a luchar, Dios nos llama a sembrar.

Pero Dios nos está diciendo hoy, es perfectamente posible, que no veas el fruto de tu siembra. Los educadores, los predicadores, los gobernantes tienen que estar dispuestos a sembrar más allá de lo que ven sus ojos, porque los ojos de Dios, parece que alcanzan a ver un poquito más de lo que alcanzan a ver nuestros ojos.

Por eso, hermanos, esta lectura es de candente actualidad. Nos está convocando Cristo a ser auténticos, a ser verdaderos, a saber que eso tiene como cuota una participación en la cruz. Pero a saber también, como nos dijo Pablo: "Que si padecemos con Él, vamos a reinar con Él" (véase 2 Timoteo 2,12). No le vamos a poner condiciones a Dios, no le vamos a poner restricciones. A nuestro sí, movidos por el Espíritu, le vamos a decir a Cristo, "sí", y eso significa a lo que es ser un buen padre de familia, un buen fraile, un buen ciudadano, un buen gobernante.

Hoy le vamos a decir a Dios “sí”, pero sabemos, que ese “sí” puede suponer rechazo en el presente y no alcanzar a ver los frutos grandes, jugosos y gordos en el futuro.

Que Dios se apodere de nosotros con ese fuego, como se apodera del Pan Eucarístico, y haga en nosotros el comienzo de ese milagro que tal vez sólo mirarán completo las generaciones que vengan.

Amén.