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El Evangelio de hoy es tomado del capítulo 12 de San Lucas. Encontramos a Nuestro Señor Jesucristo enseñándonos sobre la relación entre los bienes de la tierra y los bienes del cielo, es un tema que ya aparecía en el domingo pasado con aquella breve parábola del rico que tuvo una gran cosecha.
¿Qué nos aporta el texto de hoy? Como siempre muchísimo porque la Palabra de Dios es inagotable; en primer lugar, está un tema que podríamos llamar el “gran negocio” que para una persona metida en las cosas de este mundo es: “cuando invierto poco y ganó muchísimo”, eso sería un gran negocio. Podemos decir que Jesús nos propone también, a su manera, un gran negocio porque nos dice que aquellas cosas que nosotros gastamos bien y gastamos para el bien en esta tierra, nos aseguran los tesoros perdurables del cielo.
Pensemos en el caso de una enfermera, las labores que ella realiza tienen que ver con las cosas de esta tierra, entre esas labores está el cuidado de los enfermos, la administración de los medicamentos, el tomar ciertas muestras, el llevar un control de las señales vitales, todas esas son acciones que se realizan en esta tierra; pero si ella tiene en su intención verdadera caridad, verdadero deseo de hacer el bien a esa persona, entonces esas acciones que hasta un cierto punto pueden parecer mecánicas, adquieren un valor sobrenatural; es lo que podemos llamar un gran negocio porque estamos haciendo cosas para esta tierra y sin embargo estamos ganando para el cielo, lo que hace la diferencia es que la intención, la manera como nosotros ofrecemos aquello que hacemos día a día, esto significa también que muchas de las cosas que hacemos pueden adquirir ese inmenso valor sobrenatural.
Un santo como Martín de Porres hizo una gran cantidad de cosas que son completamente ordinarias, como por ejemplo preparar una comida o como barrer un pasillo, pero si esas cosas se hacen con la intención de agradar a Dios y con el deseo de hacer un verdadero bien a nuestros hermanos, adquieren un valor inmenso. Ese es el tema del gran negocio y lo mejor de todo, es que ese negocio lo puedes hacer tú, lo puedo hacer yo, está absolutamente abierto a todos ¿y sabes cuando podemos empezar? ¡desde hoy, desde ya, desde este momento! aún las cosas más sencillas las podemos ofrecer con amor al Dios que nos ha amado tanto.
Otra enseñanza que nos trae este Evangelio, es que: “Porque allí donde tengan su tesoro, tendrán también su corazón” (Lc 12,34) y el grave problema es que cuando termina nuestra vida, pues definitivamente no nos quedaremos aquí, eso significa que una persona que solamente ha acumulado tesoro para esta tierra, al momento de morir lo pierde todo; por el contrario, una persona que ha puesto su tesoro en el cielo, al momento de morir lo gana todo. Es hermoso recordar la manera como han muerto muchos santos, por ejemplo Santa Teresa del Niño Jesús con una gran certeza, con una absoluta confianza en la misericordia divina dice: “Voy a gastar mi cielo haciendo el bien en la tierra”, es decir para ella lo mejor de su existencia estaba a punto de empezar, no había cumplido 24 años de edad; tendría unos 50 ó 51 años de edad Santo Domingo de Guzmán cuando murió y también consideraba que su tiempo en el cielo era el mejor tiempo, ¡claro que ya no es tiempo, es eternidad! pero es como la mejor fase de su vida; estos santos tenían la convicción de que entraban en lo mejor de su existencia.
Valeroso el testimonio, por ejemplo el de los mártires jesuitas en Japón, la manera como ellos con un gozo incontenible saludan la llegada de la eternidad, es porque ellos sabían que iban a entrar en la verdadera vida, sabían que morir era ganar; mientras que quien ha puesto todo su tesoro en la tierra pues morir significa perder.
Así que este es el momento de escoger qué es lo queremos, sí queremos al final de nuestra vida perderlo todo, o si queremos ganarlo todo.