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Hay un verbo que brilla particularmente en las lecturas de este domingo: es el verbo “acoger”. Seguramente recuerdas que entre las siete obras de misericordia, llamadas “obras corporales de misericordia”, hay una que se llama “hospedar al peregrino”, o tiene otros nombres parecidos. Hoy resulta casi imposible realizar esa obra de misericordia en las condiciones usuales de incertidumbre y de inseguridad que tenemos en muchos sitios. Hospedar a una persona extraña, en realidad significa exponer, no solamente los bienes, sino incluso la propia vida; pero, esto no quiere decir, que esa obra de misericordia deba desaparecer de nuestro horizonte.
¿Por qué era importante dar hospedaje al peregrino? Porque como se ve muy bien en la primera lectura, tomada del capítulo dieciocho del Génesis (cf. Gn 18,1-10), en el ambiente bíblico, en ese ambiente del desierto, no acoger a una persona que va de camino, significa, sencillamente, condenarla a muerte. No habiendo ningún otro recurso, ninguna otra posibilidad de alimento, ni de defenderse de la inclemencia del lugar, dejar a un peregrino sin hospedaje, a un nómada sin hospedaje, significa, sencillamente, condenarlo a muerte.
Esa ya no es nuestra situación, eso no es lo que vivimos la gran mayoría de quienes meditamos hoy estas palabras; pero, el verbo acoger, sigue siendo tan importante hoy como en aquel tiempo. Sigue siendo importante acoger, porque hay muchas personas que sufren espantosa soledad; tal vez tienen un lugar donde dormir, tal vez tienen un lugar donde comer; pero, lo que no tienen, es un lugar en el corazón de sus propios parientes; tal vez, carecen de amigos. Varias veces las noticias, en este tiempo, nos han hablado de personas que mueren en la más absoluta soledad; un caso, particularmente patético, se dio en Inglaterra no hace mucho: una persona que murió, vivía sola, completamente olvidada de sus propios parientes, completamente desconocida para sus vecinos, y fue el hedor del cadáver en descomposición, lo que hizo que los vecinos llamaran a la policía. Al entrar los agentes del orden, se encontraron con un cuadro macabro: un cadáver semi descompuesto, en un sofá, delante de un aparato de televisión; y, para hacer más dramáticas las cosas, debo destacar este hecho, que es completamente verídico: el televisor todavía estaba encendido, llevaba meses encendido. Por supuesto, nadie veía esas imágenes, porque el último televidente había sido ese difunto, que murió en la más absoluta soledad. ¿Ya ves?, tenía comida, que por cierto se estaba pudriendo en su refrigerador, tenía hospedaje, tenía cama, incluso, tenía un buen televisor, pero, no era acogido.
Necesitamos recuperar el verbo “acoger”, necesitamos la esencia de esta obra de misericordia, necesitamos volvernos hacia nuestros hermanos, y hacernos una pregunta que puede ser dramática: ¿De verdad, yo acepto a esta persona como hermano mío, no solo en Adán, sino en Cristo?
Pidamos al Señor, que lo mismo que Marta y María en Betania acogieron a Cristo (cf. Lc 10,38-42), así, también, nosotros sepamos acoger a Cristo en nuestro hermano que muchas veces padece necesidad, aunque no se note. Que Dios nos bendiga y nos dé conversión.