Co15001a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 19980712

Título: Lo unico que sirve para la vida eterna es que Dios me amo por misericordia

Original en audio: 34 min. 15 seg.


Hace ya bastante tiempo, bendito sea Dios, sabemos que toda la Ley de los Profetas se resume en ese mandamiento único y bello a la vez, que hemos vuelto a escuchar el día de hoy: “Amarás al Señor con todo tu corazón y al prójimo como a ti mismo” San Lucas 10,27, ahí está todo.

No con ánimo de complicar lo que Dios hizo simple, sino de entender lo que quiere de nosotros, vale la pena que nos preguntemos qué hay en este mandamiento. A mí me sigue pareciendo que hacer con humildad, con discreción, pero también con profundidad, preguntas a la Escritura, es como una buena manera de aprovechar sus tesoros y recibir su alimento.

Entonces, hagamos una o dos preguntas sobre ése mandamiento. En total, si a veces nosotros hacemos preguntas, tal vez Jesús nos mire como miró a este letrado, o tal vez nosotros haciendo nuestras preguntas estamos queriendo lo mismo que quiso este letrado, queremos aparecer como justos.

Pero corramos ese riesgo, y que no se disguste Jesús con nosotros, sino que más bien nos diga alguna parábola al alma, nos dé alguna explicación al corazón, para que nosotros podamos recibir mejor lo que ha querido enseñarnos.

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y al prójimo como a ti mismo” San Lucas 10,27.

Preguntas, preguntas como de niño. Primera: Si debo amar a Dios con todo mi corazón, y si todo mi amor está en amar a Dios, entonces ¿con qué amor voy a amar al prójimo? Ya le di todo el corazón a Dios, entonces ya no tengo corazón para amar al prójimo. Esa pregunta es una típica pregunta de niño, pero no deja de apuntar a una realidad profunda.

¿Cómo puedo estar totalmente dedicado a Dios, y al mismo tiempo esta obendiente de las otras personas? Y hay una segunda pregunta perecida a esta, amar a Dios es amar el bien, la luz, la verdad, la belleza, la santidad, la grandeza, el poder, a aquel que me hace bien.

Muchas veces todas estas cosas, cuando vamos a amar al prójimo, existen, pero todas al revés; entonces amar al prójimo muchas veces no tiene como mucho de luz; hay prójimos como en tinieblas, y hay prójimos que no parecen tener mucho ni de bien, ni de verdad, ni de belleza.

Y, por si esto fuera poco, mientras que de Dios solo recibimos bienes, del prójimo recibimos muchas cosas, algunos bienes y algunos males, y a veces, sobre todo cuando uno se acuerda de este mandamiento, el prójimo del que se acuerda qes uno del que no ha recibido muchos bienes, sino tal vez algunos o muchos males.

Segunda pregunta de niño: ¿Cómo puede Dios pretender que estuvieran tan unidos esos dos amores? Porque Él nos manda, prácticamente en una sola orden, que unamos dos amores que son tan distintos; mientras que amar a Dios parece evidente, pues amara al prójimo parece a veces parece una tarea, un ejercicio muchas veces penoso.

¿Cómo se van a unir estos dos amores? ¿En qué corazón caben estos dos amores? O sea que ya tenemos dos preguntas. La primera, si amo a Dios con todo el corazón, ¿qué corazón me va a quedar para amar al prójimo? Y la segunda: siendo tan distintos Dios y el prójimo, ¿cómo se pretende que un mismo corazón los ame a ambos?

A veces Jesús, con sus enseñanzas, hizo como hacían algunos barcos en tiempo de guerra, arrojaban bombas en el mar, pero no para que estallaran en la superficie, ni ahí, ni a dos, ni a cinco metros, sino para que penetraran y estallaran en el fondo, éstas se llaman cargas de profundidad.

Se supone que el efecto bélico de estas cargas de profundidad, da la victoria en ciertos combates navales.

Entonces Jesús viene también como a ponerle asalto, como a asediar con su misericordia, con su amor y con su luz el corazón; es un amable asalto, es una hermosa victoria que Cristo tiene preparada para tomarse el alma.

Él la va sitiando, y finalmente se la toma, y en esa batalla, Cristo utiliza muchas armas, todas nacidas del amor de su infinito y Sagrado Corazón; pero utiliza muchas armas, y algunas de esas armas son de profundidad, como las cargas de las guerras navales.

Yo creo que con este mandamiento Cristo echó “unas cargas de profundidad”, y nosotros, cuando hacemos nuestras preguntas como de niños, estamos percibiendo que no es nada obvio lo que nos estaba diciendo, porque es que lo obvio obvia lo superficial, y estas cargas no son de superficie, sino de profundidad.

Y por consiguiente, si uno se queda en la superficie, todo parece tranquilo, nada ha cambiado, dijo: “Amarás a Dios, amarás al prójimo”, y todo quedó tranquilo, en la superficie.

Pero por allá, por dentro del alma, en los hígados o riñones, explota el poder de esta Palabra y va abriendo brechas, y uno se va dando cuenta de que no se había dado cuenta, y uno va entendiendo que no había entendiendo nada.

Cualquier niño de Primera Comunión, que no debería decirse así, sino “niños que van a comenzar a comulgar”, pero bueno, cualquier niño que va a empezar a comulgar, después de una debida preparación, sabe esto.

Pero probablemente ese mismo niño, movido por amor de Dios, entra a una Orden de religiosos dominicos, estudia la Teología, se devana los sesos, y luego de sesenta o setenta años, muere santamente sin todavía acabar de entender lo que dijo Jesús.

Esta no es una historia imaginaria. Santo Tomás de Aquino, le llegó una de esa cargas, podríamos decir la primera, la más fundamental.

Y preguntó el niño Tomasito: ”¿Y qué es Dios?” Y con esa pregunta primera lo fue llevando Dios; "¿Y qué es Dios? ¿Y qué es Dios"" Y con esa pregunta, años, décadas, muchísimas horas, cientos de horas, tal vez miles de horas de de estudio, muchas horas de oración, y se murió y no tenía toda la respuesta.

Porque es que las respuestas, con estas enseñanzas divinas, no es que uno las tenga, sino que ellas lo tienen a uno; no es que uno agarre a Dios, sino que mientras uno está tratando de agarrarlo, Él lo abraza a uno, y cuando uno se da cuenta, está agarrado por Dios.

Eso pasa como aquella definición de noviazgo: un hombre que quiere conquistar a una mujer, hasta que ella lo atrapa; es algo como lo que sucede aquí: mientras uno está ocupado tratando de agarrar el océano, ya se hundió, ya se ahogó; fue el océano el que me agarró a mí, fue él el que me atrapó .

Pero nosotros, fieles a la tradición de nuestros mayores, seguiremos preguntando, debemos obrar como aquellos músicos del Titanic, el barco aquel que se hundió hace no sé cuántos años. Se estaba hundiendo el barco y ellos seguían tocando sus instrumentos, aunque ya sabían que se iban a hundir y que iban a morir.

Así también, el teólogo católico tiene que seguir preguntando estoicamente, no debe olvidarse de la razón, debe resistir hasta donde pueda, con amor, con fe, con fortaleza, pero sabe que el mar se lo va a tragar.

Así tiene que obrar uno haciendo sus preguntas ante Dios, uno tiene que seguir preguntando sobre quién es Dios, sobre cómo es Dios, qué quiso Dios de mí; mientras uno todo eso pregunta, el barco se está hundiendo y uno sigue teologando, haciendo preguntas.

Porque en el fondo esas preguntas son las que garantizan que uno se va a hundir, por los menos hasta el mismo nivel de las cargas de profundidad; y eso es bueno, que uno se hunda, que uno se sumerja en Dios porque, ¿qué será el Cielo, sino eso?

Así que seguimos preguntando, y no quedamos excusados de intentar una respuesta a nuestros interrogantes de niño; "si amo a Dios con todo el corazón y con toda el alma, y con todas las fuerzas y con todo el ser, pues no me ha quedado ni ser, fuerzas, ni alma, ni corazón para amar al prójimo".

Y además, ¿por qué Dios quiso unir esos dos amores tan distintos, esos amores tan diferentes? Si hubiera dicho por ejemplo: “Amarás a Dios con todo tu corazón y amarás a lo Ángeles con admiración”.

Bueno, entre Dios y lo Ángeles buenos uno ve que hay una desproporción, claro, hay una desproporción infinita entre el Creador y la criatura, pero bueno, los Ángeles buenos causan admiración, Dios causa adoración, no hay problema, pero es que entre Dios y algunos prójimos sí está muy difícil.

Cuando yo pienso en esto me acuerdo de la primera Misa que me tocó celebrar recién ordenado, tendría uno odos días de ordenado. Llego yo a Chiquinquirá, mi lugar asignación en aquella época, y con todo el fervor de que era capaz en mi joven corazón, fui a celebrar la Santa Misa.

Salí, y había dos personas, una en el extremo derecho, que era el sacristán, y otro en el extremo izquierdo, una señora sorda, que solía ir. Esa fue la primera concurrencia que hubo para la Santa Misa celebrada por este Padre.

Pero bueno, uno sabe que en esa señora sorda obraba Dios, y uno sabe además que el sacristán no había perdido la fe, los sacristanes a veces pierden la fe, yo creo que este no había perdido la fe.

O sea que el problema no era de falta de fe, el problema era que estaban tan separados, que uno quedaba “bizco”, cuando iba a decir: ”El Señor esté con vosotros”, yo no sabía a cuáles de los “vosotros” se lo estaba diciendo.

Así le pasa a uno con el amor a Dios y al prójimo, con esas distancia infinitas entre Dios y el prójimo, ¿cómo hace uno con el corazón? El letrado, queriendo parecer como justo, le pregunto: ”¿Quién es mi prójimo?” San Lucas 10,29.

Jesús toma en serio la respuesta que tiene que dar, porque toma en serio la pregunta del hombre; tal vez la intención del hombre no era la mejor, tal vez había hipocresía, tal vez hay vanidad o hipocresía en muchos teólogos.

Pero Jesús toma en serio una pregunta que está bien hecha, esto es un consuelo para nosotros, porque muchas veces uno cree que si no tiene todos los requisitos del formulario, Dios no le va a responder nada.

A veces uno piensa eso: "Pero ¿mi petición si estará como en forma, en regla realmente? ¿Habré llenado todos los papeles, todas las fotocopias, autenticaciones, registros notariales, todo lo que tengo que hacer?" Jesús tenía que saber primero que el Evangelista, y desde luego, primero que nosotros, tenía que saber que este letrado quería aparecer como justo.

Uno se puede imaginar que era un viejito hipócrita, que había estudiado mucho, y seguramente algunos de sus discípulos estaban ahí cerquita de Jesús, y tal vez lo estaban viendo detrás de Jesús; entonces este letrado quería parecer como justo, delante, entre otras cosas, de sus discípulos.

Porque es que imagínese que llega el letrado a preguntar: ”¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?" San Lucas 10,25. Tres día con dolor de cabeza pensando qué le iba a preguntar a Jesús, una pregunta así que lo deje "boquibierto".

Y llega Jesús, y le dice: "Bueno, y usted ¿qué ha leído? Y lo primero que aprende el letrado es esto, o sea, lo devolvió a la Primera Comunión, sólo que ellos no hacían Primer comunión.

Es como si le hubiera dicho, en términos de hoy, un gran teólogo que hace una gran pregunta y dice Jesús: "-Bueno, cuando le dieron catequesis en su parroquia, ¿usted qué aprendió?" "-Que había que amara a Dios y al prójimo", "¡Pues eso!" Entonces, imagínese, el letrado no podía dejar la cosa de ese tamaño.

Entonces se repuso, tomó aire y dijo: "¿Y quien es el prójimo"San Lucas 10,29. Jesús tuvo que haberse dado cuenta de que era una pregunta hecha más por razones humanas que otra cosa.

Pero Jesús es menos exigente de lo que pensamos, porque sí Él vino a sanar nuestras enfermedades, nuestras enfermedades no son sólo nuestros egos, no; ese tener que guardar una imagen ante uno mismo, esa también es una enfermedad, ese tener que guardar esa vanidad y ese respeto humano, eso también es una enfermedad.

Es que “infirmus”, en latín, entre otras cosas significa el que viene firme, y nosotros hacemos este tipo de cosas como las que hizo el letrado, porque no nos sentimos firmes; precisamente intentamos quedar bien ante nosotros, y más o menos sostener una imagen y estar al derecho, ¿por qué? Porque no nos sentimos firmes.

Entonces Jesús sabe eso, ¿cuántas de las oraciones que uno hace estarán bien hechas? Yo no sé, unas cuantas, tampoco voy a decir, ¿por qué? Porque eso podría ocasionar lo que le pasó al profeta Ezequiel.

Él estaba predicando frente a los dirigentes de Israel, les dijo las verdades a la cara, y de pronto cayó uno muerto, le dio un ataque de darse cuenta que no había hecho nada en la vida, que no había servido para nada, que no era dirigente ni era nada.

Ahí cayo muerto delante de Ezequiel, y entonces Ezequiel se postró y dijo: “Señor, ¿vas a acabar con tu pueblo?” Ezequiel 11,13.

Yo tampoco voy a aquí a decirle a ustedes: ”Miren, sus oraciones, quizá ninguna haya servido para nada", ¿por qué? Porque después vienen los problemas.

Tal vez nuestra vida no ha sido muy agradable, no nos digamos mentiras, tal vez nuestras preguntas no han sido las mejores, nuestras peticiones no han sido las más humildes, nuestras alabanzas han estado muy vacías, tal vez.

Pero es que Jesús sabe eso, precisamente sabe que no estamos firmes, que no estamos consolidados, ¿no hemos oído acaso aquello que Él dijo, que "Él no había venido a apagar el pábilo vacilante, ni a quebrar la caña cascada"? Isaías 42,3; ya está vencida, está cascada la caña, ya está que se parte.

Si Jesús obrara como muchas veces obramos nosotros, hubiera dicho: "Esta caña no sirve para nada, ¡fuera! Y esa llamita, que ni es ni no es, ¡apáguenla, se acabó!" Pero si Jesús obrara así con nosotros, en primer lugar, ustedes no tendrían esta predicación, pues yo hubiera desaparecido hace mucho tiempo, y en segundo lugar, quién sabe si habría a quién predicarle.

Jesús sabe que la pregunta del letrado está hecha con un corazón envidioso, un corazón vanidoso, pero, como en el caso de Ezequiel, Jesús dijo que había venido no a condenar, sino a salvar, entonces Jesús viene a salvar a todos, dice esta parábola.

La respuesta del letrado es que el que se portó como prójimo fue el que practicó la misericordia con él.

Yo creo que esta palabra "misericordia" nos ayuda a responder nuestras preguntas de niño. Me explico. La segunda es la disquera del corazón: "¿Cómo hago para amar a un Dios bueno, infinito, grande, y un prójimo tan limitado, tan mala clase a veces, tan complicado, tan difícil de querer?"

La palabra que une esos dos amores, el amor que une esos dos amores, es el mismo amor que unió la naturaleza divina y la naturaleza humana de Cristo en una sola persona, es amor de misericordia.

Si nosotros pensamos en el amor en términos de admiración, que esa es una especie de amor, es el amor con el que uno se enamora, la admiración por un bien.

Ese amor no va a servir para pegar estos dos amores tan distantes, porque precisamente el prójimo, cuando es difícil de amar, es porque no le veo nada de admirable, sino al contrario, de reprensible es que le veo, de fastidioso es que le veo.

Entonces si uno tiene en la cabeza el amor, la admiración, no hay manera de pegar esos dos amores, porque siempre debo sentir que admiro y admiro más a Dios, y me va a fastidiar más y más el prójimo, y entre eso voy a intentar refugiarme en Dios, y cuando ya sienta que estoy allá con Dios, entonces Dios me dice: "¿Y tu prójimo?"

Uno va a sentirse como un pajarito que lo tiran del nido caliente, ¡otra vez el prójimo! ¡Vuelve y juega el prójimo!

O sea que eso no tiene solución por ese lado, la clave está en la palabra misericordia, según nos enseña San Lucas, o la clave está en esa palabra que nos dice la Carta de Juan: ”Es que Dios nos amó primero” 1 San Juan 4,10.

Fíjate en lo que nos dice San Juan: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amo primero" 1 San Juan 4,10.

Esa traducción yo creo es buena cuando dice: "En esto consiste el amor:" 1 San Juan 4,10. Ahí no nos está dicendo: "Mire cómo se dio el amor: primero Él nos amó y luego nosotros amamos", no; dice: "En esto consiste el amor" 1 San Juan 4,10.

Esa expresión "consiste" está indicando que es como en cierto modo la esencia, la clave, lo central, y el que habla así seguramente es porque ha tenido que pensar mucho en estas cargas de profundidad que echa Jesucristo.

"En esto consiste el amor" 1 San Juan 4,10, es como cuando uno va a resolver una ecuación de tercer grado en una incógnita, y no encuentra por dónde, hasta que alguien le dice: "Mire, la clave que encontraron matemáticos como Cardano, la clave es esta; ¿qué tal que hiciéramos esto y esto? Date cuenta".

"Imagínate que agrupáramos estos términos de esta manera y estos de otra y otra, ¿cómo la ves? En esto está la solución, la clave"

Osea que lo que San Juan nos dice es algo como eso, la clave, la clave del asunto del amor es ésta, mire, el núcleo, el fondo está aquí". Entonces, "en esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios" 1 San Juan 4,10.

¿Ahí qué está negando el Apóstol San Juan? Porque está diciendo no esto, sino esto, ¿y qué es lo primero? Lo que él dice, que no, dice que "no en que nosotros hayamos amado primero a Dios" 1 San Juan 4,10.

¿Qué es lo que está negando ahí? ¿Qué tipo de amor es el que niega ahí? El de admiración, el amor que proviene de la especulación filosófica, o de la simple admiración a partir de la naturaleza, o del ejercicio intelectual de decir: "Él es el más grande, el más grande, el más grande".

Ese tipo de amor que surge de ahí, no es el que me va a servir para el prójimo, y esto es gravísimo porque es lo que diferencia precisamente al cristianismo al neoplatonismo, y hay mucho neoplatonismo, sobre todo, las almas contemplativas tienden al neoplatonismo sin darse cuenta, tienden a ello, es una tendencia que hay ahí en la inteligencia y en el corazón humano.

¿Cuál es la diferencia? En que el amor neoplatónico, amor como el de este filósofo Plotino, consiste en la continua admiración del ser de Dios: "¡cómo es de grande, cómo es de grande, es el único, es el uno, es el bello es el verdadero, ¡cómo es de grande, cómo es de grande!".

El ejercicio propio del neoplatonismo es ése: "Me desprendo de toda la gente, y me voy a contemplar al Único", hasta que el Único habla y dice: "¿Y el prójimo?" Es cuando San Juan dice: ”No en que nosotros hayamos amado a Dios” 1 San Juan 4,10, quiere decir que por ese camino no se va a ninguna parte.

A pesar de que Plotino fue un hombre admirable en ciertas cualidades humanas, uno habla de Plotino, -otro día hablamos de Plotino, porque eso requiere de otra homilía-, uno habla de Plotino y descubre una cantidad de cualidades, pero hoy no vamos a hablar de él.

El problema no es Plotino, el problema es que San Juan dice: “No en que nosotros hayamos amado a Dios” 1 San Juan 4,10; el que quiera entrar en la escuela del amor, debe permanecer en una certeza y esa es: ”Me amó primero”, en el fondo esto ya estaba en el Antiguo Testamento.

Fíjate cómo, cuando Dios va a dar los mandamientos, empieza diciendo :”Yo soy el Señor que te sacó de Egipto, de tierra de esclavitud. Te amé primero, te di libertad, ahora, para que nada te esclavice, entonces ámame sobre todas las cosas, y no desprecies mi nombre, y no seas esclavo del trabajo, santifica las fiestas; para que nada te esclavice; nunca mientas" Deuteronomio 5,6-11-12.

Entonces el amor empieza en que Él nos amó, y nos amó ¿cómo? Nos amó con amor de misericordia, porque ¿qué podía admirar Dios en nosotros?

Por favor, ¿cuándo nos despediremos de ese amor de Plotino, por favor, ¿Cuándo lo dejaremos? ¿Cuándo nos daremos cuenta de que ese no es el camino de la vida cristiana? Eso sirve para otras cosas, no es que no sirva, eso sirve para ser científico, sirve para ser filósofo, sirve para ser artista, para muchas cosas, pero para la vida eterna, no sirve.

Lo único que sirve para la vida eterna es la certeza de que me amó por misericordia; Él no tenía que crearme, lo ha hecho por amor; no tenía que salvarme, lo ha hecho por misericordia.

Sólo desde ahí, sólo desde esa certeza, yo me regalo a ese amor, y regalado a ese amor, con ese amor amo a mi prójimo. O sea que en el fondo, “amarás a tu prójimo” no es, "saca de donde queda amor para tu prójimo, probablemente te estalles, pero saca amor para tu prójimo'"

Ese no es el mandamiento, el mandamiento es: "No detengas la corriente del amor, no detengas la corriente de la misericordia".

Y por eso cuando dice aquí: ”Amarás al Señor con todo tu corazón” Deuteronomio 6,5, es: "Regálate, déjate invadir de ese amor infinito que te amó primero, que te amó por misericordia, que te ha hecho libre. Abre la boca, y yo te la saciaré; abre el corazón, regálate a ese amor". Ese es el primer sentido.

Y luego viene otro amor: "Y ahora que estás lleno de amor, deja que el amor corra, porque el viento es libre, el viento sólo existe en mi oído, déjale que corra, déjalo que ame también a los otros, no detengas a tu Dios, para que Él te siga iluminando, para que Él te siga colmando, puesto que Él nunca se detiene, nunca cesa en su ejercicio de amar".

"Déjalo que corra, y así no tendremos por qué temer amar a Dios con todo el corazón y tener amor para amar al prójimo. Amo a Dios con todo mi corazón, le he abierto puertas y ventanas, que entre y haga todo lo que quiera, y una vez que habita en mí, es Él propiamente quien ama al prójimo a través de mí, claro, con un acto que es también mío.

Y eso explica por qué esos dos amores, que parecen tan distintos, pueden darse en un solo corazón. El primer corazón en que esto sucedió de modo inminente y santísimo fue precisamente el Corazón de Jesús.

A Él, nuestro Maestro y Salvador, sea la gloria y la alabanza por los siglos infinitos.

Amén.