Co14001a
Fecha: 19980705
Título: Admirar lo que significa la vida y la obra de los misioneros
Original en audio: 11 min. 12 seg.
Queridos Amigos:
Hay una manera de poner el corazón en movimiento, a través del miedo, el miedo nos hace correr; pero hay otra manera de poner el corazón en movimiento, a través del amor, que también nos hace correr, pero de otra manera, con otro estilo, con otro fruto.
Y el amor tiene como principio la admiración. Todo aquel que se haya enamorado, sabe que primero hay que pasar por la admiración: admiración de la belleza, admiración de la inteligencia, admiración a veces de cosas muy materiales: el estilo de vestir, el carro que se maneja....
Pues así también quisiera yo que hoy nosotros despertáramos a la admiración, porque Jesús nos presenta hoy toda una estrategia misionera, toda una labor misionera. Yo quisiera que Dios me diera palabras para ponderar lo que significa la vida y la obra de los misioneros, lo que significa ser misionero.
¿Qué tal que Dios me diera una palabra tan maravillosa, tan luminosa, tan dulce, que quizá alguno de los aquí presentes, niños, niñas, jóvenes, se animara, se enamorara del tal manera del Evangelio, que pensara incluso en hacerse misionero?
Hacerse misionero es un programa de amor; de esos hombre y mujeres que dejan su cultura, su familia, sus comodidades; esas personas que dejan atrás su lengua y sus amigos; esos que dejan la estabilidad de un trabajo, para seguir en alas del Espíritu, para encontrarse con otros pueblos, con otras gentes, con otras lenguas, muchas veces para pagar su audacia a precio de enfermedades, de cansancio, de incomprensión, y en algunos casos incluso con la muerte.
Se parecen a los embriagados o a los orates, a los locos; hay que estar medio locos y hay que estar medio embriagado; loco por Cristo, ebrio del Espíritu; hay que estar apasionado por Dios para dar un paso de esos.
Y aunque es verdad que todos podemos ser misioneros, allí en nuestra familia, en nuestro trabajo, no cabe duda de que la admiración se apodera del alma, cuando pensamos en aquellas personas que emprendieron viajes inciertos, aferrados tan sólo al mástil de la Cruz.
Para nosotros los Dominicos de Colombia, hay un hombre que lo dice todo en materia de misiones: San Luis Bertrán, un español,un valenciano del siglo XVI, fraile de nuestra Orden, que dejó la tranquilidad de recoleta de su convento de España, para atravesar el océano en condiciones penosísimas y luego adentrarse en estas tierras.
Se ha calumniado tanto la labor de los misioneros, se han dicho tantas tonterías sobre la obra de los misioneros, que hemos perdido casi la capacidad de admirar el valor, el arrojo, la fe, la esperanza de esos hombres y mujeres que nos dieron las semillas del Evangelio; ¿que cometieron errores? Tal vez, seguramente, pero hay que tener en cuenta que la historia se ha contado con muchas mentiras.
Mucha gente no sabe que estos misioneros, más que ser perseguidos por las tribus indígenas aquí, eran más perseguidos por sus compatriotas, porque precisamente fueron los heraldos de Cristo los primeros que denunciaron las injusticias contra los indígenas.
Dos retratos breves quiero trazar de San Luis Bertrán. En alguna ocasión estaba evangelizando a un grupo de indígenas que adoraban, con esa devoción que sólo se debe al Dios verdadero, adoraban a un ídolo, una especie de tótem.
Y el santo, habiendo abonado con sus penitencias y con sus oraciones ese terreno y esas almas, se esforzaba con lo mejor de su elocuencia en convencerlos de que el Creador es distinto de toda creación, de todo lo que pudieran hacer nuestras manos.
Aunque sabía que se trataba de una tribu sumamente violenta, en un arranque de amor, en un arranque de pasión, de santa ira, se acercó donde estaba ese ídolo venerado por todos, y les repitió aquellas palabras de la Escritura: "Ved que no puede defenderse, ved que no es Dios" (véase ), y lo arrojó al suelo.
Los indígenas al ver su dios destrozado en pedazos, primero pensaron en atacar y volver también pedazos al misionero, pero la obra del Espíritu salvó en ese momento a esa vida, la vida de ese predicador y logro ahí fe para ellos.
¿Y quién más estaba ahí que creyera en Cristo? Nadie más. O sea, que si a este señor lo cogen entre todos y lo despedazan, pues ahí muere y muere por Jesús. Ese es el celo, ese es el amor que trajo la fe a nuestra tierra.
Pero ese mismo santo hablaba con claridad a sus compatriotas de España sobre la terrible explotación que se estaba haciendo en contra del indio, y se cuenta este milagro terrible, ya veremos por qué lo llamo terrible.
Se acercaba a una finca que era posesión de españoles, de aquellos que oprimían y explotaban hasta la sangre a los indios; a la sazón, aquellos españoles estaban comiendo unas arepas de maíz, y cayó este misionero en cuenta de explicar que no se debe explotar a los indígenas, que así se está apartando la gente, se la está alejando de Jesucristo.
No parecían ponerle cuidado, entonces, de nuevo, poseído por esa especie de ira, de amor sublime, por ese celo quemante, San Luis Bertrán les dice a estos hombres: "Pues entonces miren en sus manos de qué sangre están comiendo".
Y el que da testimonio juramentado del milagro cuenta que, del mismo maíz del que estaban comiendo sus arepuelas aquellos explotadores, empezó a brotar un líquido rojo semejante a la sangre. Y así comprendieron que se estaban alimentando con sangre, y así comprendieron que Dios lo ve todo en todas partes.
Se podrían contar tantos retratos de misioneros. ¿Qué tal que habláramos aquí de aquellos que entregaron su vida en tierras de la China, en el Japón? ¿Usted ha oído hablar de lo que es una tortura china? Parece que hay una especial creatividad malévola, por lo menos algunas personas de ese pueblo, para diseñar modelos refinados de dolor, y eso lo padecieron hombres y mujeres por predicar a Jesucristo.
Podríamos hablar de los que han gastado su vida en el África o en Asia, o podríamos seguir recordando a los que hicieron posible que nosotros creyéramos.
A ver, Jesucristo dice. "La cosecha es abundante" San Lucas 10,2; la traducción a la que estábamos acostumbrados decía: "La mies" San Lucas 10,2; bien, está más cercana esta palabra, la cosecha. ¿Y por qué Jesús dice que envía a los misioneros a cosechar?
Porque la siembra la hizo el mismo Cristo, porque el amor de donde nacen los cristianos ya lo derramó Jesucristo con su Sangre en la Cruz, ya la siembra está, ahora se necesita gente que sea capaz de arriesgar por Cristo, se necesita gente, que llenos de un amor y de un celo semejantes a los de Luis Bertrán, se vayan hasta el último rincón a decir que el amor está vivo, que Jesús ha muerto por nuestros pecados y que ha resucitado para nuestra salvación.
Amigo, conozca historias de misioneros, no se indigeste solamente con las imágenes de la televisión, dese un espacio y deje descansar un poquito a los partidos de fútbol; tome un libro distinto, ¿por qué no? ¿Por qué no tomar un libro de un santo, de una santa? Hay gente que se ha convertido leyendo a un santo o a una santa.
Edith Stein, una judía, un día encontró en la biblioteca de su casa un librito, el libro de la Vida, la autobiografía de Santa Teresa de Jesús, y dedicando sólo una noche, hasta el amanecer, emprendió con avidez la lectura de ese libro, que la hizo no sólo cristiana, sino monja carmelita y no sólo monja, sino mártir y santa de la Iglesia.
Tome usted una lectura distinta, ¿por qué no? Averigüe de vidas de misioneros, conozca los santos, apasiónese por Jesús, haga algo por Él, anúncielo a alguien y usted experimentará una alegría distinta a todo lo que ha conocido hasta el día de hoy.