Co11001a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 20070617

Título: La verdadera contemplacion de la Cruz de Cristo

Original en audio: 26 min. 33 seg.


Hermanos Muy Queridos.

Una expresión que utilizamos muchas veces, una expresión muy bella, es invitar a Jesús a nuestra casa. Yo creo que todos, pero especialmente los que son cabeza de familia, papás, mamás, alguna vez, si son católicos fervorosos, alguna vez habrán pensado, cómo sería de hermoso tener de huésped a Jesucristo.

La gente que ha tenido ocasión de un encuentro, por ejemplo, con el Papa, o de un encuentro con un gran personaje, según los estándares y la mirada de este mundo, la gente que ha tenido estas oportunidades, nunca lo olvida.

Hace unas semanas, estaba hablando con uno de mis hermanos aquí en el Convento, y él contaba de una cena o un almuerzo que pudo compartir con el Papa Juan Pablo II, eso sucedió hace muchos años, pero yo creo que él todavía hoy, podría reconstruir cuáles fueron los platos que pasaron, cuál era el postre de ese día, porque todo quedó profundamente grabado en su corazón, es una ocasión única.

Y por eso nosotros hablamos de lo que significaría recibir a Jesús en nuestra casa, esa es la historia que nos ha narrado también el evangelio de hoy.

Un hombre, llamado Simón, invita a Jesús a cenar, y Jesús va a la casa de Simón. Por lo pronto sabemos que Jesús iba a muchas partes, por lo visto no era demasiado difícil invitarlo, y por lo menos en una ocasión Él mismo se hizo invitar, según cuenta el relato aquel de Zaqueo, -el que era publicano-.

Jesús fue a comer a casa de Zaqueo el publicano, fue a comer a casa de Simón el fariseo; Jesús aceptó la hospitalidad, el cariño, las atenciones de la familia de Betania, Marta, María y Lázaro; Jesús, en fin, tiene esa disponibilidad de ir a nuestros hogares.

Y lo primero que quiero destacar es eso, que hay que invitar a Jesús a nuestros hogares, invitarlo, porque hoy muchos hogares están sacando a Jesús de sus casas.

El orgullo más grande de una familia, hace unos años, por lo menos en muchos hogares de Colombia, era esa imagen, preciosa, la más bella de todas: la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, mostrando que el amor de Cristo estaba ahí, en el centro, visible, reinando, no sobre unas paredes o unos muebles, sino reinando sobre los corazones, reinando sobre las conversaciones, reinando sobre las proyectos de esa casa.

Pero la gente empezó a pensar que era demasiado poner a Jesús así de visible, y empezaron a esconder a Jesús, y lo graciosos de nosotros los seres humanos, es que nosotros alejamos a Dios y luego nos quejamos de que Dios se ha ido; nosotros escondemos a Jesús y luego décimos: “¿Que será que Jesús no me oye?” Y creo que Jesús podría responder: “¡No te oigo porque estoy escondido, porque tú me escondiste!”

Por eso la primera aplicación muy práctica de este Santo Evangelio es: vuelve a invitar a Jesús a tú casa, vuelve a ponerlo ahí, en el centro, visible, que el que entre a tu casa sepa que entra a un lugar que le pertenece al Rey, al Rey de reyes, y Señor de señores.

Sin embargo, este Simón que invitó a Jesús, no estaba muy seguro de Jesús; invitó a Jesús para asegurarse de Jesús, invito a Jesús para probar, para averiguar quién era ése tal Jesús, para sondearlo, estaba pendiente de qué error podía cometer.

Esta fue una actitud muy propia de los fariseos, porque encontramos varios pasajes en los Evangelios, en que le hacen preguntas difíciles al Señor, lo que llamamos preguntas capciosas, tratando de pescarlo en un error, tratando de asegurarse sobre Él.

Es una actitud hipócrita, porque invitar a Jesús como se invita a un amigo es en realidad decirle: “Mi casa es tú casa”, especialmente en la tradición bíblica, especialmente en ésa tradición semita, la gran muestra de confianza es invitar a la propia casa.

Es comer no sólo alrededor de la misma mesa, porque muchas veces no había ni siquiera mesa como tal, es comer prácticamente del mismo plato; recordemos que en la Última Cena, Jesús moja el pan el la salsa, la salsa de su propio plato, y le da ese pan con salsa a Judas.

Invitar a comer es abrir no sólo la casa, sino abrir el corazón, pero este fariseo quiere que Jesús abra el corazón, quiere que Jesús se muestre tal como es, pero para observarlo, para medirlo, para tomarle el pulso, y como decimos a veces, para sondearlo, para expiarlo.

Podemos imaginar la actitud de Simón como la de aquel que se resguarda detrás de una muralla, y apenas abre una rendija, y la rendija no es para que nadie entre, sino es la rendija para expiar, es la rendija para buscar qué es lo que está mal, es la rendija que busca el error.

Yo creo que aquí hay una enseñanza muy grande para nosotros, porque podemos preguntarnos si de veras estamos buscando el bien, o estamos buscando el mal.

Por supuesto, en Jesús no vamos a encontrar nada malo, pero quien mantiene una actitud de buscar el mal, finalmente se pierde del bien; el que anda buscando defectos, el que anda buscando errores, el que anda buscando escándalos, los encuentra.

Y hay una cosa que es muy cierta, cuando nosotros nos obsesionamos con el mal de las personas, finalmente hacemos nuestra vida amarga y no hacemos mejor la vida de los demás. Este fariseo está encerrado en su búnker, en su fortaleza y está espiando, a ver qué encuentra en Jesús; quiere que Jesús se sienta cómodo y quiere que Jesús se abra, pero él mismo, el fariseo, no se abre.

Y por supuesto que hay una distancia tan grande entre Nuestro Señor Jesucristo y este servidor de ustedes, ¿pero qué tal si yo les cuento que yo muchas veces he sentido eso? ¿Qué tal si yo les cuento que a veces la gente pone a hablar al sacerdote, o pone a hablar al obispo, para eso, para expiarlo, para ver en qué momento se equivoca.

Simón no abre el corazón, Simón está expiando a Jesús, y aunque para expiar se utilicen los ojos, hay una diferencia entre mirar a Jesús y expiar a Jesús; hay una diferencia muy grande entre contemplar a Jesús, y medir a Jesús; hay una diferencia muy grande entre admirar a Jesús y sondear a Jesús y medir a Jesús; hay una diferencia muy grande entre admirar a Jesús y sondear a Jesús.

Y para todo estos verbos uno usa los ojos, pero es que el problema no son solamente los ojos, el problema es qué hay en tu corazón, porque el corazón dirige tus ojos, a veces uno cree que esta viendo la realidad: "Estoy usando mis ojos", pero resulta mis hermanos, que los ojos van dirigidos por el corazón, ¡quién lo creyera¡! Los ojos van dirigidos por el corazón.

La persona que quiere encontrar orgullo y orgullosos, en todas partes ve orgullo y orgullosos; si lo llevas así en tu corazón, tus ojos siguen a tu corazón; y por eso existe, por ejemplo, la depresión.

Uno se pone a pensar cómo es posible que una persona no se alegre ante el espectáculo bellísimo del día que comienza, o la noche estrellada bellísima, pero aquí hay algo muy simpático, hay gente que no se alegra por el día, no se alegran porque llegó el día, pues dicen: “¡Ah, pero esto sólo dura unas horas y ya vendrá otra vez la tiniebla!”

Por el contrario, otra persona, si está de noche, dice: “Todo está oscuro ahora, pero ya vendrá el día”, y los dos tienen razón. El que ve el día, y dice: “Ah, pero va a venir la noche”, tiene razón; y el que ve la noche y dice: “Ah, pero va a venir el día”, tiene razón, y los dos están usando sus ojos, y los dos tienen razón.

Pero la persona que cada vez que ve el día dice: "No le alegra porque ya vendrá la noche", esa persona hace su peopia vida terriblemente amarga; mientras que la otra persona que está usando también sus ojos y que ve la noche, pero ve que va a llegar el día, hace su vida liviana, amable, dulce para sí mismo, y la hace dulce y amable para los otros también.

Por eso digo que los ojos no tienen la última palabra, y ponte a discutir con el que dice que siempre llega la noche, y hay personas que son así.

Te voy a dar un ejemplo. Hay personas que dicen: “-Mira, qué esposo tan cariñoso el que Dios te ha dado”, "-sí, pero espere un momento a que le dé el mal genio y ya verá"; es decir, para ellos la verdad del esposo es cuando está neurótico, malgeniado, congestionado, esa es la verdad de él; en cambio, cuando es cariñoso, cuando es amable, eso no es cierto.

Otra persona puede decir exactamente lo contrario: “Mi esposo es verdad que tiene un carácter fuerte, pero es tan generoso, es tan buen esposo, es tan buen papá”, y ambos están usando sus ojos.

Entonces este fariseo está usando sus ojos, y tiene a Jesús, tiene la imagen real, perfecta de Dios entre nosotros, es Dios con nosotros que esta visitando su casa, pero este hombre no se está muriendo de alegría, este hombre no se está muerto de dicha, está blindado y no recibe esa alegría.

Es como cuando está lloviendo amor que cae desde el cielo y tú usas un paraguas, te estás perdiendo todo eso, pero hay personas que son así, o hay momentos en nuestra vida en que somos así, porque estamos blindados.

Y aquí hay otra enseñanza muy buena, mis hermanos, el que se blinda para protegerse, se enceguece también. Imagínate una persona que quisiera estar protegida por todas partes, por los lados, y por abajo, y detrás, delante y arriba, por todas partes, "-quiero estar sellado por todas partes, para que nada entre en mí".

Cuando estoy perfectamente sellado, cuando no entra nada en mí, estoy perfectamente muerto, y estoy perfectamente ciego.

El que quiere protegerse de todo, absolutamente de todo, termina protegiéndose también de Dios, y eso fue lo que le paso al fariseo.

El fariseo quiso protegerse de todo, porque en el fondo el fariseísmo no es maldad, es miedo; en el fondo el fariseísmo brota de una inseguridad espantosa, y el deseo de tener el control sobre la salvación: "Por lo menos si yo cumplo estas y estas normas, por lo menos si yo hago esto, esto y esto, tiene que venir el Reino de Dios, tiene que venir”.

El fariseísmo surge de un miedo, el fariseo no es alguien que quiera ser malo, si tú le dices a un fariseo, –y creo todos lo hemos sido de una manera u otra-, si tú le dices a una persona así: "-Oye, ¿tú por qué eres tan malo?" "-No, yo no quiero ser malo, yo lo que yo quiero es que toda la gente sea buena, sea recta, sea honesta, que no haya mentira, que no haya falsedad, que todos obedezcamos a Dios".

"-¿Y por qué eres tan duro para juzgar a las otras personas?" "-Pues por eso, porque yo quiero que todo el mundo sea correcto, que los niños sean piadosos, que los jóvenes sean fervorosos, las parejas sean santas, los sacerdotes inmaculados, y el Papa, más allá de este mundo".

Proponiendo esa clase de requerimientos, necesariamente terminamos juzgando y condenando y hundiendo a todo el mundo. El fariseísmo surge del miedo, surge del deseo de controlar, del deseo de estar seguro, del deseo de salir de toda inseguridad, y por eso el fariseo se blinda, apenas deja una rendijita para espiar.

Frente al ejemplo de este fariseo, encontramos a una mujer pecadora pública, una mujer que es exactamente lo opuesto. Si fariseo intenta que nadie sepa cómo es él, si está blindado y mirando por una rendija a los demás, esta pecadora es lo opuesto: se ha cansado de tratar de protegerse, se ha cansado de mantener una apariencia, o tratar de mantener un buen nombre.

Ya todo el mundo sabe lo de ella, todo el mundo sabe quién es ella, se ha cansado de tratar de mantener esa fachada, esa máscara, está agobiada, le duele la espalda de cargar ese peso, y por eso de deja caer a los pies de Cristo, y dejándose caer, deja caer también el peso de esa fachada, arroja de ella esa fachada, esa máscara.

Poco le importa quién la mire o quién no la mire, eso ya no le importa; se ha dado cuenta finalmente de dos cosas. Primero, que de poco sirve esconderse ante los hombres, si de todas maneras Dios se da cuenta de todo; y segundo, yo pienso que ella se ha dado cuenta que en el fondo y en realidad todos estamos hechos del mismo barro.

Y ¿qué sentido tiene entonces que procuremos así escondernos? ¿Qué sentido tiene entonces pretender ser lo que no somos, ¿no es absurdo? ¿No es un juego que, aparte de fatigarnos, nada más logra?

Ella está cansada de ese juego, ella está cansada de cargar esa fachada, esa máscara, tira por tierra esa máscara, salen lágrimas de sus ojos y de una cosa está cierta, sólo de una cosa está cierta: que en ese Profeta, ahí está la verdad de Dios.

Ese Profeta lleno de pureza, que es Jesucristo, por supuesto que hace un contraste dramático con toda la impureza de la vida de ella; en ese sentido, la luz de Cristo, es como un juez para ella; pero por otra parte, la bondad de Cristo, es como un abogado para ella.

Es verdad que Cristo es mi juez, y eso me aterroriza, pero es verdad que Cristo es mi Abogado, y eso me tranquiliza. Yo puedo mirar a Cristo y aterrorizarme, como se cuenta de Martín Lutero, iniciador de la Reforma protestante.

Martín Luetro llegó a un punto, como él mismo lo cuanta, en que casi no podía oír el nombre de Jesús, porque temblaba de terror sintiendo los pasos del juez; lo triste en el caso de Lutero, cosa triste que no se da en el evangelio de hoy, lo triste en el caso de Lutero es que Lutero vio al juez, pero no vio al Abogado.

En cambio esta mujer pudo ver en Jesús al mismo tiempo al Abogado y al Juez, pudo ver en Jesús al que podía defenderla, pudo ver en Jesús al que podía comprenderla, pudo ver en Jesús al que podía salvarla.

Y se arrojó a los pies de Cristo, no pidió nada, podemos decir, o podemos decir, pidió todo. Podemos decir que no pidió nada, porque el Evangelio no nos dice que haya hecho una petición explícita; pero podemos decir también que tenía tanto, tanto que pedir, que eso no cabía en ningún discurso, eso no cabía en ninguna palabra, eso no cabía en ninguna teoría.

Ninguna poesía, ningún discurso bien elaborado podía describir la tristeza, el arrepentimiento, el hambre infinita, la sequedad de ese corazón que ansiaba el rocío del cielo.

Como eso no cabía en ninguna palabra, ella tuvo que empacar su discurso en torrentes de lágrimas, y gracias a la misericordia de Cristo, ese discurso tocó el cielo, porque tocar la Carne de Cristo es tocar el cielo.

Sepamos esto mis hermanos, ahora que celebramos la Santa Misa, sepámoslo, sepamos y entendamos que tocar la Carne de Cristo es tocar el cielo. Cristo no tiene dos cuerpos: un cuerpo de verdad allá en el cielos y otro de mentiritas aquí en los sagrarios; sólo hay un Cuerpo de Cristo, el que padeció por nosotros allá en la Cruz, el que resucitó gloriosos de la tumba.

Y ese único Cuerpo de Cristo que está en el cielo, es el mismo Cuerpo de Cristo que nosotros comulgamos, es el mismo que toca nuestra boca, nuestra lengua y nuestro pecho cuando comulgamos, ése es el mismo Cristo, el mismo.

De manera que esta mujer que padecía un infierno, arrojo su infierno a los pies de Cristo y toco a Cristo y así toco el Cielo. Lavó lo pies de Jesús con su llanto, lavo esos pies, los secó con su cabello.

Hay algo tan hermoso en esa doble expresión, porque el llanto es el discurso del dolor de ella, el llanto es la súplica que ella está haciendo, pero ¿por qué seca esos pies? Porque siente pesar de Cristo, y esto es conmovedor, mis hermanos.

Porque es la misma actitud que nosotros tenemos que tener ante el Crucificado; por una parte, nos llena de gratitud saber que esa Sangre nos salva; pero ¿cómo no nos va a llenar de dolor ver que tuvo que rompérsele así la piel para que saliera esa sangre?

La apropiada contemplación del Cuerpo de Cristo tiene siempre esa mezcla: el llanto con el que yo le entrego mi dolor, y el cabello que seca, expresión del dolor que siente, por el dolor de Él. El que solamente piensa en su propio dolor, no está tocando a Cristo; hay que sentir el propio dolor y hay que reconocerlo, pero hay que reconocer también el daño que le hacemos a Cristo.

Esta mujer se avergonzaba cuando veía esos pies bañados en llanto, se avergonzaba de lo que le estaba haciendo a Cristo y por eso secaba esos pies.

Esa es la apropiada contemplación de la Cruz de Cristo: yo llevo mi dolor, pero no me encierro en él, sino que comprendo que mi dolor lo carga Cristo y me duele que sea así, me duele que haya tenido que llegar hasta las espinas, y hasta la lanza, y hasta las heridas de las manos y de los pies, sobre todo esas.

Ella seca los pies de Cristo, pero además los cubre de besos; son las tres acciones de ella: llora para expresar su dolor, seca los pies, porque siente dolor del dolor que le causa Cristo, y besa los pies, porque ama a Cristo y se deja amar de Cristo.

Son nuestros mismos tres pasos, los mismos tres que tenemos que dar: presentarle a Cristo nuestro arrepentimiento, reconocer con admiración y con dolor santo que le hemos causado ese dolor a Él.

Pero entonces no nos quedamos en la desesperación de Judas: ”¡Ay¡ ¿qué le hice a Jesús? Me voy a ahorcar, No. Yo miro lo que le he hecho a Jesús, y entiendo que sí Él ha llegado ahí, es por amor, y que el único precio que Él está esperando es el del amor, y entonces lo amo, entonces lo beso y Él se deja besar.

Amados hermanos, vamos a esos pies, vayamos a los pies de Cristo, a arrojar nuestras mentiras, no tiene sentido la coraza del fariseo, únicamente sirve para volverse impermeable a la gracia del Cordero de Dios.

Arrojemos la coraza, arrojemos la fachada y arrojemos las lágrimas, pero, sobre todo, arrojemos el corazón, arrojemos el corazón en besos de agradecimiento, de alabanza y de adoración al Hijo del Eterno Padre; arrojemos así el corazón para recibirlo a Él, para bendecirlo a Él, para adorarlo a Él ya desde esta tierra, y luego para siempre en la eternidad.

Amén.