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Fecha: 20070121

Título: Preguntarle a Dios cual es el lugar que tenemos cada uno de nosotros en esta tierra

Original en audio: 17 min. 6 seg.


Bueno, mis hermanos, son muy abundantes las lecturas de hoy, o mejor, abundante el texto que esas lecturas nos traen. En esta hoja que utilizamos para poder seguir los textos, fíjate que no quedó espacio para nada más. Son lecturas más largas, podríamos decir, que de costumbre, sobre todo la segunda.

Algún día antes de morirme, yo quisiera entender por qué hay esa distribución entre la segunda lectura, que va como por un lado, y la primera y el evangelio, que llevan casi siempre un tema parecido.

Tal vez es como para ofrecer dos platos distintos en este banquete que es la Palabra de Dios. Así como se acostumbra en muchos banquetes: se ofrece, por ejemplo, la sopa, y luego el que llaman el segundo, o el seco, o el plato principal.

Entonces, parece que así es también aquí. Hay siempre un plato principal que es el que va en la primera lectura con el evangelio, y hay otro platico que no tiene una relación directa a veces, que es la segunda lectura.

Pero, ese platico es bastante generoso también en este día, con ese tema tan hermoso del cuerpo, cómo estamos todos unidos en Cristo, cómo nos necesitamos todos unos a otros.

Hay una historia muy bonita de dos hombres que iban por un camino y llegaron a un cierto lugar supremamente pedregoso, complicado, con un abismo al lado. Y uno de estos amigos estaba seriamente impedido: apenas podía moverse con unas muletas. El otro también estaba muy impedido, porque era ciego.

Entonces, al de las muletas le quedaba muy difícil avanzar entre todas esas piedras y dijo: "Yo, aquí, me voy es a rodar por ese abismo". Al ciego le quedaba muy difícil avanzar a través de ese lugar, ya que no reconociendo el camino, también podía perder la vida.

Pero, llegaron a un feliz acuerdo. El ciego cargó al cojo. Por lo tanto, el cojo que tenía buenos ojos, iba dirigiendo, y el ciego que tenía buenas piernas, iba avanzando. Así los dos pudieron salvarse.

Esa historia, esa fábula, se parece a lo que es la vida humana cuando aprendemos a apoyarnos. Todos nos necesitamos. Nadie tiene todos los dones, nadie tiene todo lo que necesita.

Necesitamos maestros como necesitamos doctores. Necesitamos mecánicos y marineros, necesitamos gente en los negocios y en la política. Hay que aprender a hacer presencia en todos esos lugares.

Nos necesitamos; es un mensaje muy bonito de esa lectura de hoy: "Así como el ojo necesita de la mano, o la mano del ojo" 1 Corintios 12,21. Aprender a necesitarnos y a contar unos con otros, es parte de lo que significa la verdadera vida cristiana.

Y así lo vemos también en la misma Iglesia: hay muy distintas vocaciones. A veces se alaba mucho la vocación del sacerdote cuando es un buen sacerdote.

Pero, todos necesitamos de las distintas vocaciones. Ser papá es un trabajo de veinticuatro horas al día como estamos comprobando en esta Misa. Es difícil ser papá, ser un buen papá. Ser una buena mamá es difícil, ser un buen esposo, formar una familia.

No se necesita mucha ciencia para pasar una noche con una mujer o con un hombre. Pero, sí se necesita mucha ciencia, paciencia, devoción, entrega, generosidad, tolerancia, capacidad de perdón, para formar un hogar. ¡Y necesitamos esa vocación!

Necesitamos vocaciones santas de papás, de mamás, de esposos, esposas. Necesitamos personas que nos den un testimonio de espiritualidad y de oración, porque el mundo está hambriento de oración.

En Francia, el gran éxito cinematográfico del momento se llama, "El gran Silencio". No sé si esa película ya llegó, o va a llegar aquí, o cómo va a llegar.

"El gran Silencio" es una película que es como un "reality". Haga de cuenta que describe cómo es la vida de unos monjes contemplativos. Ellos se llaman los cartujos, allá, en Francia.

Y la razón por la que se habla de "El gran Silencio", es porque la mayor parte de la vida de estos hombres es, silencio y silencio, anonimato, oración, penitencia, dedicarse a Dios.

Tienen algunas obras manuales, algunas huertas, lo que sea. Pero, su vida es un testimonio de absoluta dedicación a Dios, de completa dedicación al Señor. Es una vocación especialísima.

Tal vez ninguno de los que estamos aquí tiene esa vocación, mas qué bueno que exista. Estos hombres, allá, están dando un gran testimonio.

Y yo creo que ese testimonio vale mucho, porque me decía un amigo, que por lo menos en Francia ha recogido más dinero la película de "El gran Silencio", que el siguiente capítulo de Harry Potter. Entonces, esta vez es más popular la Cruz de Cristo que Harry Potter, en Francia, por lo menos.

Necesitamos esa vocación, pero no todos tenemos esa vocación. Necesitamos gente que nos dé testimonio en las misiones. ¡Cuánto bien hace una persona en su trabajo misionero, en las obras de misericordia!

Sin embargo, también necesitamos cristianos convencidos, que estén en los parlamentos, y que ayuden a limpiar ese aire por allá, porque se entra toda clase de ideas. Ustedes saben que hay una campaña mundial por autorizar o despenalizar el aborto en todas partes.

Es un lavado de cerebro en todo el mundo, y uno se pregunta: "Bueno, pero los políticos que aprueban éso, es que, ¿qué? ¿Qué? ¿No son bautizados, o es que no conocen la fe, o es que no saben cómo defenderla?"

Entonces, fíjate, necesitamos gente, allá, en "La Gran Cartuja", en silencio, perdidos en la montaña, orando, pero también necesitamos cristianos católicos convencidos, de saco y corbata, defendiendo en el Parlamento la vida humana.

Y necesitamos padres de familia, necesitamos sacerdotes y necesitamos misioneros. Todos somos necesarios.

En este Cuerpo de Cristo que es tan grande, todos tenemos un lugar. Y por eso, una aplicación práctica de esta lectura, es que tenemos que preguntarle a Dios, cuál es el lugar de cada uno de nosotros.

Hay un "sticker", una calcomanía muy simpática que se difundió un tiempo en Colombia, que dice: "Yo valgo mucho; Dios no hace basura". Creo que es importante.

Cada uno de nosotros es precioso a los ojos de Dios. Los teólogos dicen: "Si Jesús tuviera que venir al mundo y padecer todo lo que padeció para salvar a una sóla persona, también lo haría".

Jesús nos ama a cada uno de nosotros de ese modo radical, absoluto y personalizado. Somos valiosísimos ante Dios. Por eso, defendemos toda vida humana, o debemos defenderla.

Somos preciosos ante los ojos de Dios, y por tanto, tenemos que preguntarnos como se preguntaba Santa Teresa del Niño Jesús, Santa Teresita, la francesa. Tenemos que preguntarnos: "Bueno, Señor, ¿y cuál es mi lugar dentro de tu Cuerpo? ¿Qué quieres tú de mí?"

A veces la gente orienta sus decisiones únicamente en términos de, "dónde voy a ganar más dinero, o dónde puedo ascender más rápidamente, dónde voy a tener más prestigio".

Cosas que son legítimas, -nadie dice que no-, pero es hermoso y es necesario también preguntarse esto: "Con la historia que yo tengo, con la vida que yo tengo, con lo que yo he sido en esta tierra, ¿cuál es mi lugar, Señor? ¿Cuál es mi lugar en esta tierra? ¿Qué es lo que tú quieres de mí?"

Porque, Dios no hace basura. Porque, cada uno de nosotros tiene un papel que realizar, y ese papel no se lo puede transferir a otra persona. Cada uno es necesario, cada uno es importante.

Entonces, hay que preguntarse éso. Mas, de pronto alguien dice: "Esto puede valer para la gente que ha sido buena, pero tengo una cantidad de pecados en mi pasado y me pesan en la conciencia muchas cosas".

Pues, ahí se puede aprender el testimonio de un famoso norteamericano, famoso en el mundo católico, el Doctor Nathanson. Este doctor fue conocido como, "el rey del aborto", para seguir con ese tema. No obstante, el hombre tuvo una conversión, y entonces, él, ahora se dedica a dar conferencias.

Es muy difícil que alguien le gane una discusión a él, porque puede decir: "Mire, es que yo dirigí una clínica de abortos, yo sé cómo se hace éso. Yo sé cuál es el negocio que está detrás, yo sé cómo se presiona a los políticos, y vengo a decirles que el camino no es por ahí".

Luego, fíjate cómo incluso si uno tiene un pasado vergonzoso, -que eso nos puede pasar a muchos de nosotros-, ese pasado también puede servir de testimonio.

Por ejemplo, esa mujer samaritana de la que nos habla el Evangelio según San Juan en el capítulo cuarto, ya llevaba una colección de maridos, ya iba como por el quinto, sexto marido.

Ella podía pensar: "¿Mi vida de qué le sirve a Dios si mi vida es como tan sucia, tan vergonzosa?" Pero, cuando ella empezó a testimoniar de Jesucristo, lo primero que le decía a la gente era: "Fíjese que me encontré con Alguien que me ha dicho todo lo que he hecho" San Juan 4,29.

Ella utilizó la vergüenza de su pasado como una manera de proclamar que Cristo era un genuino Profeta. O sea que incluso las vergüenzas del pasado pueden servir: los errores que uno ha cometido. Todo le puede servir a Dios, y hoy tenemos que preguntarnos para qué nos quiere a nosotros.

En el mundo de las finanzas, en el mundo de la economía, muchas veces somos solamente un número. Fui a pedir una visa, -como buen colombiano pidiendo visas en todas partes-, para una visita al Reino Unido. Porque, es muy peligroso irse uno ilegal.

Entonces, fui a pedir la visa y uno tiene que entregar un sobrecito, -o eso me tocó a mí-, un sobrecito, ahí, con los papeles, el pasaporte y no sé qué: lo reciben detrás de una oficina blindada.

Allá le pregunta un señor que si ya pagó. "-Sí, ya pagué". "-Bueno, entregue sus papeles". Entrega uno su pasaportico y le pregunto yo a él que si pongo mi nombre. "¡No, no! No es necesario. Hay una referencia: empieza con las letras gwf 114375818".

Entonces, usted tiene que poner en su sobre: "Yo no soy Nelson Medina, yo no soy nadie, yo soy gwf 11 ..., no sé cuánto. Eso es lo que yo soy". Y así lo tratan a uno para muchas cosas.

En el mundo de las grandes empresas, la gente hace cuentas así. Es noticia en Irlanda que "Intel", que es el mayor empleador, por lo menos foráneo aquí en Irlanda, tiene más de dos mil empleados y está despidiendo cerca de cien en este primer semestre.

Cien empleos que salen, porque están, aquí, "downsizing", dicen ellos: están disminuyendo un poco, están encogiéndose. Por tanto, salen cien empleos y los que toman esas decisiones: "¡Eso es así! Tienen que salir cien empleos como sea".

En el mundo del dinero, en el mundo de los negocios, en el mundo de las empresas, somos éso. A uno lo contratan y dicen: "Bueno, se acabó la temporada. Vaya ya, patitas en la calle, busque a ver a dónde se va a armar sandwich, o qué va a hacer. Pero, usted se va de aquí; esto se terminó". El mundo es así: "¡Ponga ahí su número! "

Dios nos trata de una manera tan diferente, y nosotros en la Iglesia tenemos que aprender a tratarnos de una forma diferente, con nombre, con apellido, con historia, con rostro, con sonrisa, con lágrima, con abrazo.

Tenemos que aprender a conocer, poco a poco, sin invadir, obviamente, pero tenemos que aprender a conocer y a querer nuestras historias, aprender a saber que somos como dice San Pablo, "miembros los unos de los otros" 1 Corintios 12,25.

Saber que cuando uno se entristece porque no le salió la visa, o porque sí le salió se alegra, pues, éso le importa a otras personas, esto es lo que cuida la vida humana. La vida humana se cuida de esa manera, se protege de esa manera.

Así es como se protege la vida humana, sabiendo los unos de los otros, alegrándonos con los que se alegran, y entristeciéndonos con los que se entristecen.

Uno de los síntomas de enfermedad mental es que la persona sólo piensa en sus cosas: sólo existe su dolor, sólo existe su alegría, sólo existe su ira, sólo existen sus pensamientos. ¡Eso es muy grave!

Cuando una persona no tiene más problemas que sus problemas, tiene un grave problema mental. Además de sus problemas, tiene el problema de la enfermedad mental.

En cambio, es un síntoma de curación cuando una persona es capaz de salir de sí misma y es capaz de interesarse por otros, de alegrarse por otros. Eso es lo que nos propone esta hermosa lectura.

O sea que hoy hemos hecho esta meditación sobre el plato secundario. El plato principal lo dejamos ahí, que ése es el plato de la Palabra de Dios y de la misión de Cristo. Ése lo dejamos para otra ocasión.

Por ahora quiero que cada uno se sienta especial, se sienta amado por Dios y le pregunte al Señor con mucha fe y con mucho amor: "¿Para qué me creaste? Me has dado muchas cosas: me has dado salud", si la tenemos, "me has dado juventud", si todavía la conservamos, porque a algunos se nos va quedando atrás la juventud.

Entonces, los que no podemos decir: "Me has dado juventud", decimos: "Bueno, me has dado juventud, ya pasó. Ahora me estás dando experiencia". Uno tiene que ver la manera de arreglarlo.

¡En todo caso, Dios nos ha dado tantas cosas! Darle gracias por esos dones, saber que nos ama con nombre propio y preguntarle: "¿Cuál es mi lugar?" Para que aprendamos a amar, para que aprendamos a conectar, para que aprendamos a ser tejido con los hermanos.