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Este es el quinto domingo de Cuaresma. El Evangelio ha sido tomado del capítulo octavo de San Juan; es uno de esos pasajes, que una vez que lo escuchas, queda grabado para siempre en tu memoria.
Una mujer ha sido sorprendida en adulterio, y es llevada ante Cristo para que Él se pronuncie: ¿Qué vas a decir?, ¿hay que condenarla a que muera apedreada como manda la Ley de Moisés?, o ¿vas a desobedecer a Moisés? (cf. Jn 8,5). Básicamente, lo que están buscando los detractores de Cristo es un hecho específico, un hecho concreto que permita acusarlo de que Él desobedece la Ley de Moisés y contradice lo que Moisés dijo; una vez eso quede demostrado, ya habrá una razón para desacreditar a Cristo, o incluso más, para destruir su ministerio de profeta. Ese es el propósito de los enemigos de Cristo, y si para lograr ese propósito, hay que matar a piedra a una mujer, pues, se la mata a piedra.
De esta manera de obrar, tenemos que aprender: primero, el que está enceguecido por el odio, no tiene una mirada para darse cuenta a quienes está destruyendo; segundo, la manera como Cristo, con tanta sabiduría y con tanta misericordia, rescata la vida de esta mujer, la frase del Señor: “El que esté libre de pecado que lance la primera piedra” (Jn 8,7), obliga a todos a irse retirando; y la frase que dice Cristo a la mujer, es muy significativa: “Mujer, ¿dónde están tus acusadores?” (Jn 8,10). Lo que ha hecho Cristo, es quitar los acusadores, pero, ¡atención!, Cristo no ha dicho que ella haya obrado bien; no se trata de una aprobación del pecado, se trata de rescatar al pecador. Eso es lo que ha hecho Cristo, y por eso podemos aprender, en este domingo, la diferencia entre “corregir” y “acusar”. La persona que corrige, hace ver lo que está mal; la persona que acusa, hace ver también lo que está mal, pero el acusador, en el fondo lo que quiere es hundir al culpable; en cambio, el que corrige, si corrige a la manera de Cristo, lo que quiere es levantar al que está cometiendo un error o un pecado.
Hay que tener muy clara esta diferencia, porque algunos piensan que lo de “no juzgar”, en el Evangelio, significa que no hay que corregir; y la verdad, es que sí hay que corregir, y el primero que corrige es Cristo, así como también lo hacen los apóstoles, los catequistas y nuestros obispos. Pero, la gran diferencia, es que el que acusa, quiere hundir; mientras, que el que corrige, quiere levantar. Que Dios nos bendiga.