Ck05002a
Fecha: 20010401
Título: Dios, ante nuestros pecados, pronuncia la sentencia, pero no la ejecuta, porque tiene misericordia de nosotros
Original en audio: 9 min. 51 seg.
¡Es impresionante el evangelio de hoy! ¡Impresionante! Esa discreción de Cristo, esa delicadeza de Cristo que contrasta con la violencia, con la altanería, con la agresividad de los que pasaban por encima de la vida de una persona con tal de echar a perder el ministerio de Jesús.
La pregunta que le hacen a Jesús, es para tener de qué acusarlo: "Moisés nos dijo que había que apedrear; y usted ¿qué dice?" San Lucas 8,5. Como le oían tanto que la misericordia y la misericordia, y el perdón y el amor, entonces le tendieron esa trampa.
Pero para que esa trampa surtiera efecto, tenía que morirse la mujer. Y no les importaba la vida de la mujer, "que se muera, con tal de que la trampa funcione". Y la trampa era esta: que a jesús le tocaba decir: "¡Matenla!", contradiciendo en cierto sentido todo su mensaje que es de misericordia, de conversión, de amor.
Porque si Jesús decía: "-No, no la vayan a matar", "-Ah, usted está contradiciendo a Moisés, usted está predicando que desobedezcamos la Ley de Moisés, luego el que tiene que morirse es usted". Qué trampa, ¿ah? ¡Qué trampa tan terrible! Fíjense lo que le decían a Cristo: "Decrete la muerte de esta mujer, o la muerte que va a pasar aquí es la suya".
Como quien dice: "O se muere ella, o se muere usted"; porque desde luego, si Jesús decía: "No la maten", entonces ¿qué iba a pasar? Estaba predicando la rebelión contra Moisés, y ¿qué díce el libro del Deuteronomio y el libro del Éxodo, qué dicen de aquella gente que predice rebelión contra Dios?: "Hay que matarlo".
¡Qué trampa tan astuta la que le ponen a Jesús! "¿qué hacemos, la matamos a ella, o lo matamos a usted?" Nótese la prepotencia, ¿no? La altanería de la pregunta. Ellos sienten que tienen la presa bien agarrada, y por eso nos dice el evangelio: "Insistían: bueno, ¿qué hacemos? A ver, ¡diga! responda: ¿la matamos, o qué es lo que vamos a hacer?"
Y digo, frente a esa altanería, frente a esa actitud agresiva, la mansedumbre de Cristo, la humildad de Cristo, la discreción de Cristo, y sobre todo, la delicadeza de Cristo.
Cristo nunca negó que se había cometido ese pecado; es lo mismo que sucedía en la parábola del hijo pródigo, Cristo nunca dijo que el muchacho había obrado bien; Cristo no negó el pecado de la mujer, y eso es lo más admirable, que sabiendo que era una pecadora, la defendió; y sabiendo que era una mujer que había caído en un pecado tan sucio, la trató con pulcritud y con delicadeza.
¡Y ese es un mensaje muy hermoso para nosotros! Porque esa mujer cometió ese pecado, pero nosotros tenemos nuestros propios pecados, y es muy consolador para nosotros saber que Cristo cumple aquello que dice el Salmo 103: "No nos trata como merecen nuestros delitos" Salmo 103,10.
A veces pasa en la jusiticia de los hombres, que cuanto peor es el crimen que ha cometido una persona, peor lo tratan. Si es un criminal asqueroso, repugnante, se le trata a las patadas y a los empellones. En cierto sentido eso es explicable, porque es un hombre peligroso, entonces es entre cadenas, es esposado y es a empellones: "¡Entrese!"
Cristo no nos trata así; lo que nosotros hemos hecho contra Dios es muy grave y Cristo no nos trata así. Cristo, aunque nosotros somos sucios, nos tata con pulcritud; y aunque nosotros hemos hecho cosas feas, nos trata con delicadeza.
Y viene la respuesta del Señor: " El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra" San Lucas 8,7. Qué sabiduría, ¿ah? ¡Qué sabiduría! Fíjate la profundidad de la respuesta de Cristo, no dijo que la mujer no mereciera las piedras de que hablaba Moisés, porque no dijo que la mujer fuera inocente.
La sentencia, Cristo la ratificó: "Se merece las piedras, pero ustedes no son nadie para ejecutar la sentencia. La sentencia quedó pronunciada, pero no quedó ejecutada. ¡Qué sabiduría la de Cristo!¡Qué manera de responder!
Y ahí también tenemos una enseñanza para nosotros. Fíjate lo que hemos dicho: la sentencia quedó pronunciada, pero no quedó ejecutada. Sentencia, claro, claro que se necesita la sentencia, Dios es justo, y la sentencia está ahí. Los grandes y verdaderos sabios y santos han sabido esto, que en realidad lo que merecen nuestros pecados es sentencia, eso es lo que merecen los pecados, sentencia.
Por ejemplo, le decía San Luis Bertrán, que fue misionero por todas estas tierras, precisamente, le decía a Dios: "Limpiame, limpia lo que haya que limpiar; cura y quema lo que haya que curar o que limpiar. ¡Limpiame, curame!" Luis Bertrán sabía que necesitaba ser limpiado por Dios.
Otra santa, la dominica aquella del siglo catorce, una laica consagrada, Catalina de Siena, le decía a Dios: "¡Cómo es esto, yo soy el culpable, -le decía a Cristo crucificado-, yo soy el culpable y te condenan a ti! ¡Yo soy quien merece esa culpa!"
De manera que el camino de la conversión no es declararse uno inocente, no; sino es, reconocer que la sentencia es justa". Por eso nos enseña el rey Daviden el famosísimo salmo 51: "En la sentencia tendrás razón, en el juicio brillará tu rectitud" Salmo 51,7.
¡Claro! La conversión consiste en darle la razón a Dios y decir: "La sentencia está bien pronunciada, porque condenación, infierno es lo que merecemos". ¡Claro! La sentencia está bien pronunciada, eso es lo que merecemos, pero, el único que está sin pecado es Cristo.
Cristo dijo: "El que este sin pecado, tire la primera piedra" San Lucas 8,7. El único que podía tirar esa piedra era Cristo, de los que estaban ahí, sólo Cristo podía tirar la piedra, Cristo, que pronuncia la sentencia: "El que esté libre de pecado, tire la primera piedra" San Lucas 8,7, por eso Cristo pronunció la sentencia.
Lanzó la sentencia, no lanzó la piedra; pronunció la sentencia, no la ejecutó. Así es Dios con nosotros. Dios pronuncia la sentencia para que nosotros sepamos que somos culpables, que cometer pecado trae consecuencias, y mucho de lo que estamos viviendo es por nuestros pecados, eso es así, el pecado tiene consecuencias.
Pero Cristo no ejecuta la sentencia, de esa manera se unen su sabiduría, su justicia y su misericordia.
¡Qué hermoso es Jesucristo!